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Pequeños dialogos

Judith Leventhal es una psicoterapeusta de práctica privada en Brooklyn. Ella dirige Resolve, un grupo de apoyo para parejas infecundas, y es madre de dos niños.

En Israel, donde hay gran demanda de tierra fértil y no hay campos para el pastar del ganado, la carne es una mercancía escasa y debe importarse desde Sudamérica. Gran parte de la carne de Israel llega, de hecho, del Paraguay, y fue a ese país que tres Rabinos-shojatím israelíes viajaban regularmente. Trabajaban allí en un enorme matadero que les permitía faenar ganado según la ley judía, proveyendo así a los ciudadanos de Israel con carne kasher. Habían trabajado en el mismo matadero durante tres años, y a pesar de los peligros del lugar –su reducido tamaño, la traicionera maquinaria, las formidables proporciones del ganado– se sentían seguros.
Un día, sin embargo, algo funesto sucedió. Inspeccionando alguna carne dentro de un enorme congelador, los Rabinos se sorprendieron por el ruido de un atronador sonido metálico mientras la enorme puerta del congelador se cerró repentinamente detrás de ellos, encarcelándolos en su interior.
Se miraron con horror. Gritaron pidiendo ayuda. Golpearon vigorosamente sobre la puerta. Pero nadie respondió. Ni sus voces ni sus ruidosos esfuerzos parecían llegar a lguna oreja.
“Seguramente alguien pasará pronto y oirá nuestros golpes”, tranquilizó un Rabino a los otros.
“¡Por supuesto!”, contestó otro de corazón. “Alguien tiene que encontrarnos pronto”.
Pero nadie lo hizo.

Las horas pasaron. Los Rabinos habían gritado y golpeado interminablemente, pero nadie había oído su griterío.
Superados por la falta de oxígeno y las gélidas temperaturas los Rabinos empezaron a sentirse débiles. Sus voces se tornaron más tímidas a medida que sus energías disminuian lentamente. Su optimismo inicial desvaneció. Mirando sus relojes, se dieron cuenta que era la hora en que la enorme planta cerraba. Con esta realización, toda esperanza murió.
Hablaron tristemente de las esposas e hijos que dejarían atrás. Sacaron su Salmos miniatura que siempre llevaban en sus bolsillos y comenzaron a prepararse para lo peor. Una extraña calma descendió sobre ellos. Ya habían aceptado su destino.

Afuera del matadero, Emilio, el gerente, sujetaba el candado mientras se disponía a asegurar el edificio para la noche. Como era su costumbre, antes de cerrar caminó por la planta para asegurarse de que no habían rezagados, y como no vio a nadie cerró el sector. Caminando hacia el estacionamiento pasó al guardia de seguridad. Emilio se sorprendió al ver a Golya, el guardia, en su puesto usual.
“¡Golya!”, exclamó, “¿no se supone que debías comenzar tus vacaciones hoy?”
“Así era, señor”, contestó Golya, “pero a último minuto, mi reemplazante temporario avisó que estaba enfermo. El personal me preguntó si podía hacerles un favor y quedarme un día más. El tipo nuevo comenzará mañana en cambio, ¡y entonces me voy!”
“¡Que la pases bien!”, dijo Emilio sinceramente, mientras se despedía y dirigía a su automóvil.
“¡Señor!” lo llamó el guardia inquietamente. “¿No se estará yendo ya por la noche, no?” A Emilio le sorprendió la pregunta. Golya nunca se lo había preguntado antes.
“Sí, Golya”, contestó. “Por supuesto que me voy por la noche. Ya estoy bien pasado de la hora de cierre”.
“Pero Señor”, dijo Golya ansioso. “Estoy bastante seguro de que hay alguna gente adentro”.
“¿De qué hablas, Golya?”, dijo Emilio. “Yo mismo revisé la planta, como hago siempre, cada noche. Todos se han ido”.
“Por favor, Señor, estoy bastante seguro. Por favor, verifique nuevamente”.
Emilio pensó que Golya actuaba de manera extraña, pero era un hombre concienzudo y confiable que nunca le había dado problemas. Para mimarlo, Emilio regresó al matadero y lo revisó a conciencia por segunda vez. Una vez más, no vio nada ni a nadie.
Volviendo al punto de control de seguridad, Emilio tranquilizó a Golya, “Todo está en orden. No hay allí adentro”.
Golya, comúnmente un hombre tímido, se mostró raramente enérgico.
“Todo no está en orden, señor. Estoy seguro de que hay gente adentro. Por favor verifique nuevamente”.
Emilio estudió a Golya con interés. Golya nunca antes había sido tan fuerte o afirmativo, no en todos los años que lo conocía. Su comportamiento era tan extraño.
“¡Por favor, señor!”, rogó Golya.

Una vez más, Emilio regresó al matadero, lo recorrió cuidadosamente, y se cercioró de que a pesar de las dudas de Golya, no había nadie.
Pero todas las promesas no apaciguaron al ahora insoportable Golya.
“¡Le digo que hay gente adentro!”, insistió a gritos.
Emilio empezaba a molestarse. ¿Qué le pasaba al guardia? “Mira Golya, ¡esto está empezando a ser ridículo! Ya lo he verificado tres veces”.
“¡Entonces déjeme ir con usted, señor, y ayudarle a verificar nuevamente!”, Golya insistió apremiante.
Golya actuaba tan extrañamente que Emilio estaba en un dilema en cuanto a qué hacer. Finalmente, cedió a los argumentos de Golya “Okay, ven conmigo”, dijo.
La búsqueda de Golya fue más completa que la de Emilio. Registró armarios, verificó los pisos, se agachó bajo las enormes máquinas para ver si alguien estaba atrapado debajo. El gerente estaba totalmente desconcertado por el extraño comportamiento del guardia. ¿Estaba en sus cabales?
Entonces avanzaron hacia el congelador, que Emilio antes había pasado de largo.
“¡Esto es!”, gritó Golya con convicción mientras se arrojó sobre la puerta y la abrió triunfal. Adentro, azules e inconscientes, yacían los tres Rabinos.
“Pero, ¿como lo supiste?”, preguntó Emilio a Golya luego, mucho después de que la excitación hubiera descendido y los Rabinos llevados precipitadamente al hospital, donde fueron resucitados.
Golya explicó: “Estos Rabinos han estado viniendo aquí durante tres años. Cada vez que vienen, se acercan para hablar conmigo. Cuando llegan a la mañana, siempre se detienen y dicen: `Hola Golya, buenos días, cómo está usted, cómo está su familia, el trabajo, tenga un buen día, nos vemos luego’. Cuando salen por la noche, pasa lo mismo. Siempre paran para unas pocas últimas palabras. `Bien, Golya’, dicen, `¿Cómo fue su día? ¿Pasó alguna cosa interesante? ¿Qué hay para la cena?’, y cosas por el estilo. Siempre me hacen sentir que soy importante, como si yo cuento. Y lo han estado haciendo durante tres años sin pausa. Y aun si no estoy en mi puesto por un minuto justo cuando están por partir, me esperan hasta que regrese para decirme adiós. Todos estos años, nunca sucedió, ni una vez, que no se aseguraran de desearme buenas noches antes de abandonar la planta.

“Señor”, continuó Golya, “cuando usted vino salió del edificio y cerró por la noche, me preocupé. `Golya’, me dije, `durante tres años esos Rabinos han parado para decir buenas noches sin falta. ¿Por qué sería diferente esta noche?’ Por lo que supe que algo terriblemente malo estaba sucediendo”, concluyó, “y que deben estar atrapados en algún sitio adentro”.

Reimpreso de Small Miracles of Love and Friendship

(extraído de la enseñanza semanal, www.jabad.org.ar).

 

Yitta Halberstam & Judith Leventhal

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