Profundizando
Educación Judía
El arte de corregir
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Padres e hijos

En las últimas dos publicaciones del Ajdut nos dedicamos a ilustrar al lector sobre la delicada Mitzvá de tratar de corregir las malas costumbres ajenas. En todo momento, nos referimos a la figura hacia quien estaba dirigido nuestro interés, como un tercero con quien nuestra relación posiblemente sea inconstante o poco frecuente, es decir, una persona con quien tenemos cierta confianza, pero con quien podemos estrechar el vínculo o bien podemos tomar alguna distancia. Esos podrían ser: compañeros de estudios, socios laborales, conocidos de la comunidad, o parientes. Sin embargo, cuando la relación es más estrecha, como ser padres, hijos, hermanos y cónyuges, no existe la viabilidad de tomar distancia sin que esto genere alguna fricción y malestar. La Mitzvá, no obstante, es la misma, y, dada la proximidad natural y la intimidad habitual, los errores suelen ser más penosos que si se tratara de otras personas con quienes el vínculo es más remoto.
Entre todos los parientes, el conflicto más ingrato se crea con el propio hijo. ¿Por qué? Pues en cuanto al hijo, el padre y la madre tienen la obligación innata (por sentir a su hijo como “propio” y para “quedar bien” ante la sociedad) y también sagrada (por orden de la Torá) de educarlo. Siendo así, no hay frialdad o desapego posible. Los padres están ligados al futuro de sus hijos en una unión que no tiene comparación con ningún otro vínculo y todo lo que hagan los afecta de algún modo.

Los padres gozan de los éxitos de sus hijos, sufren con sus penas y enfermedades como si ellos mismos padecieran ese mal y están pendientes de cada paso correcto o equivocado de sus hijos. Dado este contexto, a menudo los padres se sienten frustrados y desilusionados con algún aspecto de los hijos “que le tocaron”. Vuelcan esta desgracia y este infortunio sobre las cabezas de sus pequeños, tratando de rectificar el curso de los eventos para adecuarlo a sus propias expectativas.
De ahí que los progenitores a menudo se conviertan en los mayores agresores de sus hijos, cuando, en el curso de “corregir” lo que ellos entienden que se debe modificar, provocan peores males emocionales que el perjuicio supuesto o genuino que alegan enmendar.

Obviamente, esto que acabo de escribir es muy genérico, y no es bueno generalizar. Por lo tanto, es interesante leer lo que los Sabios recomendaron respecto a los hijos, para intentar proceder de acuerdo a sus enseñanzas. Se trata de conceptos difíciles de poner en práctica, pero sin duda que en última instancia, los beneficiados serán los propios padres y sus hijos.

Ante todo: “Como principio, una persona no debe implementar un temor excesivo en su hogar…” enseña la Guemará en Guitín 6. La autoridad genuina no necesita asistirse con el miedo para hacerse respetar. En otras áreas de la vida todos sabemos quien es autoridad en un tema determinado al tomar conciencia que esa persona conoce profundamente la materia. A su vez en la paternidad, los padres son autoridad, no porque la constitución del país les otorgó la potestad, ni porque asusten a alguien con su prepotencia, o necesariamente por su superioridad intelectual frente a los hijos, sino porque éstos ven en ellos a sus progenitores y, desde chicos, buscan imitarlos – para bien – y/o para mal.

Por otro lado, los Sabios cuestionan al rey David por no advertir a su hijo Adoniahu la vida pública que llevaba (aparentaba ser el futuro rey, cuando D”s había determinado que sería Shlomó el heredero del trono – Melajim 1. Adoniahu terminó ejecutado). Lo que nos quieren demostrar con esta enseñanza, es que el hecho de no decir las cosas que están mal – quizás por temor a “perder” al hijo – en realidad juega en contra de los objetivos genuinos del padre – y del hijo. Cuando la reprimenda es necesaria, se convierte en un “derecho” del hijo, que al privárselo del mismo, sólo se lo terminará dañando. (Lo cual no significa que se lo reprenda en cualquier momento y modo que se le venga en gana al progenitor). “Todo amor que no lleva consigo una admonición o exhortación, no se denomina amor (Bereshit Rabá 54).

¿Cuál es el camino óptimo? “Como pauta, debe ser la mano izquierda la que aleja y la derecha la que acerca” (Talmud Sotá 47). La mano derecha simboliza la más fuerte de las dos. La confianza irrestricta donde no se distingue la figura del padre, ni la distancia fría que aleja los corazones, brindan el espacio ideal para la educación. Es necesario que ambas conductas convivan en un mismo vínculo – dando prioridad y mayor fuerza – a la familiaridad y a la franqueza.
¿Acróbatas? No. “Simplemente” padres. ¿Nunca escuchó estos temas que acabamos de enunciar? Ud. no es el primer padre que no tomó clases de educación, y, lamentablemente, no será el último. Pero no se desanime. Ahora es el momento para comenzar a pensar y actuar, si aun no lo hizo o si solamente “tocó de oídos”.
Existen conductas de los hijos que nos irritan. “Ya le dije tantas veces que no se trepe… “Bájate de allíííí…”, “Siempre andás con la camisa afuera”, “”. Pues ahí sigue la recomendación de los Sabios de emplear : “el enojo del semblante y no un enojo del corazón” (= aparentar o fingir disgusto frente al hijo, en caso de necesidad, pero que internamente no se encolerice – Mesilat Iesharim de R. Moshé Jaim Luzzatto, 11). No se tome los desafíos educativos de sus hijos con agitación, turbación y angustia. No ganará nada. El es un niño y es suya la tarea de enseñarle. ¿O pensó que de su panza saldría un adulto que no requeriría de suatención?
Tristemente, no funciona siempre así. La reacción de muchos padres irascibles suele ser más una venganza que un castigo (Alei Shur del R. Shlomó Wolbe shlit”a). “Mirá lo que me hizo” – “Me ensució la cocina” – “Me arruinó la reunión” – “Me vino con una mala nota”. Todos esos “me”, sólo significan egoísmo de los padres. Los niños no “les” hacen problemas. Sólo se portan como niños. Cuando los padres los sancionan, suele ser más una represalia por la propia frustración que una merecida penitencia.

Vemos entonces, que si bien el tema de corregir siempre es un reto, con los hijos se torna más grave. A su vez, no podemos dejar de mencionar el tema de la impresión que causa en los niños, quienes están aún en su etapa evolutiva, toda agresión que sufran de terceros y, en particular, de sus padres. Muchos coincidirán que las palizas que reciben por lo general no rectifican nada, y menos aún, si se administran con mucha frecuencia, sino que casi indefectiblemente, tendrán el efecto contrario. Sin embargo, lo que pocos notan, son los resultados del abuso verbal del cual son objeto los propios hijos. La lectura de esta semana nos prohibe herir a cualquier persona con la palabra (ona-at devarim). Los epítetos indeseados que le dicen al niño, aun en casa, duelen y mucho. Lo mismo sucede con los gritos, las amenazas, presiones y comentarios cínicos ante los fracasos. Lo que seguramente sucederá, es que en el futuro el niño, y luego el adulto, repita estas ofensas en contra de otros, o, al menos, contra sus propios hijos. En esta rueda, la violencia sólo genera más de lo mismo.
Por otro lado, uno de los objetivos más importantes – que a menudo se pasa por alto – es la constitución de un ser humano con una sana auto-estima, que es lo que va a sostener al futuro adulto en los momentos críticos de su vida. El aliento para que siga adelante, el apoyo para que supere las dificultades, y la felicitación por el esfuerzo que significa cada paso que da, son los que, al fin de cuentas, motiven al joven a seguir creciendo en forma independiente, aun cuando ya no tenga la asistencia de sus progenitores.

Me siento tentado a terminar este Ajdut con el “continuará” de los anteriores. El tema de la educación de los hijos es un asunto que siempre continúa. Bajo un título u otro, D”s mediante, volveremos sobre esto para ampliar las ideas. Por hoy ya nos queda suficiente para reflexionar.

Rab Daniel Oppenheimer

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