Festejando
Rosh Hashana
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¿No festejamos ya Rosh Hashaná el año pasado?(II)

El candidato electo a presidente de la Nación recientemente nominado por su partido, después de haber ejercido el cargo durante dos períodos (en las épocas cuando la re-re-elección era posible), estaba sentado frente a las cámaras de televisión y a los periodistas que estaban esperando que se pronunciara acerca de sus planes para el futuro de su país, en caso de ser nuevamente votado por la mayoría del electorado. Confiado y con la vehemencia que lo caracterizaba, el postulante comenzó a enumerar las ideas que pensaba poner en práctica: Bajar los impuestos, elevar los haberes mínimos de todos los jubilados, subir el salario de los empleados públicos, bajar el desempleo, promocionar la actividad agropecuaria, la industria y la exportación, mejorar la salud y la educación pública, pagar la deuda externa, equilibrar el gasto público, etc. Los cronistas tomaban nota, mientras a más de uno se le cruzaba por la mente la pregunta de si este programa de gobierno era realmente realizable. Algunos de los más veteranos que ya habían escuchado tales promesas en el pasado, se intercambiaban las miradas como queriendo decir: «allí va otra vez con sus ofertas …» Uno de ellos aprovechó una pausa en las palabras del tribuno y preguntó en voz alta: «si quería poner en práctica todas estas medidas… ¿por qué no lo hizo hasta ahora…?» Aquí y allá en la sala se escucharon algunas risas reservadas. El postulante, político de raza, no se dejó llevar por el comentario inoportuno (que para él «no venía al caso»): «Se puede» – decía sonriente, una y otra vez – «síganme, que no los voy a defraudar» – «el país necesita un cambio, y el cambio soy yo».

Rosh HaShaná es el momento en el cual los judíos sabemos que tenemos una nueva oportunidad para volver a comenzar. En cierta manera, entendemos todos los que conocemos algo de judaísmo que Rosh HaShaná representa la fecha para aquel cambio (para mejor) que esperamos. Volcamos en estas jornadas nuestra creencia en que nuestro futuro puede y debe mejorar. De ahí viene la costumbre de enviar las tarjetas con augurios por un año mejor.

Sin embargo, para que realmente ocurra esa transformación anhelada, nos dicen los Sabios que D»s espera que también nosotros modifiquemos nuestra conducta. Y ahora sí, sin cámaras de televisión y sin periodistas, nos preguntamos: ¿Podemos, acaso, cambiar? ¿Queremos cambiar? ¿Por qué no hemos cambiado hasta ahora?

Este tema no es para nada simple. Podemos argumentar que en muchos aspectos de nuestra vida, no hemos elegido el camino que transitamos por nuestra propia decisión, sino que hemos seguido desde un comienzo, lo que vimos en nuestra niñez, y luego, en la mayoría de los casos, nuestra vida fue el producto de imitaciones de modelos aplastantes e incuestionables que marcan las conductas de las multitudes desde las pantallas y que hemos adoptado para nosotros porque «todos lo hacen así». Es triste y no es elogioso ni enaltecedor decirlo, pero es la realidad más frecuente. Aun cuando sabemos que muchas actitudes son objetables, no cambiamos nuestra postura. ¿Por qué?

Distintos elementos interactúan para impedir la modificación para mejor. Quizás lo que siga no sea un panorama cabal. Sin embargo, es importante conocer los obstáculos que nos estorban el camino para poder esquivarlos, si tenemos la voluntad de hacerlo.

El «perfecto». Existe aquel que no cree tener defecto moral alguno. En realidad, si se lo enfrenta, diría: «verdaderamente, todos podemos mejorar» o algún otro slogan que no lo comprometa demasiado, pero en principio sostiene que todo está bien. «Perversas» son, según él, aquellas personas cuyo comportamiento es inferior al suyo. Él mismo siempre transita por «el camino medio», «ni muy muy, ni tan tan», y no hay necesidad de corregir, salvo obviamente que uno quisiera ser un santo, un mártir o un E.T., cosa que no está en sus planes por el momento. Esta persona puede vivir unas cuantas decenas de Rosh HaShaná, «sin que se le mueva un pelo», ayunará en Iom Kipur para seguir la costumbre de sus padres y abuelos y se puede sentir muy bien consigo mismo. A menudo, si se invita a esta clase de persona a una conferencia en la cual se traten temas que le parezcan comprometedores en su estilo de vida, conteste que «no me interesa» u otra evasiva para eludir enfrentarse con cuestionamientos que impugnen su estilo de vida.
Si bien solo en parte, esta disposición es un aspecto de la postura del «ba-al ga-avá», el arrogante, el altanero, el que nunca se equivoca. Por lo general, la tendencia de este personaje es aproximarse a círculos de personas que no lo superen en lo moral y evitará el contacto con quienes le pueden presentar un desafío. A esta clase de persona, Pirkéi Avot le recomienda: «sé cola de leones y no cabeza de zorros», es decir, que aunque le sea molesto inicialmente, se acerque a los que le puedan influenciar para bien.

El desesperanzado. Hay otra persona, que reconoce que el personaje anterior es realmente mediocre (desde lo ético) y es fruto de las circunstancias. Sabe que dentro de aquella clase de raciocinio (o falta de meditación, si Ud. así lo quiere), existe un grave peligro, porque esa moral puede fluctuar hasta niveles de conducta animalística (dado que «todos lo hacen»), y, por lo tanto, cada cual debe esforzarse en rectificar su modo de vivir. No obstante, cuando se encuentra con la inmensidad de la tarea que representa alterar siquiera una sola de las características humanas, baja los brazos derrotado y decide que no lo va a lograr. «Tenés razón, pero no puedo» – dice. Este individuo mira con cierta envidia a quienes tienen más fortaleza que la suya, querría incluso alcanzar lo que otros lograron, pero flaquea ante lo que cree que no conseguirá nunca. Al sentirse vencido antes de comenzar la batalla, ni siquiera intenta cambiar algún mínimo aspecto.
Si bien este segundo individuo pareciera ser superior al anterior, pues al menos reconoce su falencia, no deja de ser de igual forma perjudicial. Los Sabios llaman a esta actitud: «I-ush», o sea desesperanza, impotencia, desaliento y se presenta de distintas maneras y pretextos. Esta persona no cree en si mismo, y queda inmovilizado en su situación por toda la vida o por muchos años, convirtiéndose en esclavo de la inercia natural, de sus hábitos y vicios, por más que conoce que debería liberarse de ellos.

El postergador. Otra alternativa dentro de esta misma figura, es la persona que decide que «sí o sí» va a enmendar lo que está mal en su vida, pero lo deja «para más adelante». (También están aquellos que deciden que el lunes comenzarán el régimen para adelgazar, sin especificar a qué lunes se refieren…). Esta persona sufre de «Atzlut», es perezosa al menos en lo espiritual, y termina estacionario por falta de determinación.
A él le dice Mishlei (Proverbios) que vaya a contemplar la perseverancia de la hormiga en lugar de asustarse y aplazar la tarea.

El «pobrecito». Una opción usual dentro de esta gama, la presenta aquel que resposabiliza a factores externos (cónyuges, padres, hijos, vecinos, colegas de trabajo, socios, compañeros de aula, etc.) por su falta de decisión. Si bien ocurre con frecuencia que las personas cercanas a uno no colaboran con los objetivos morales que él se propone, en muchas instancias se magnifica la realidad de la situación. El destino lo elige uno mismo. Si se está rodeado de gente racional y explica su postura, no tienen por qué crear dificultades en los objetivos espirituales de uno, mientras no les afecte directamente.

El charlatán. Otro es aquel que menciona continuamente acerca de la necesidad de corregir ciertas conductas, asiste a innumerables conferencias, asiente con la cabeza, y como conclusión… sigue hablando del tema, y va a escuchar más conferencias por el resto de su vida.
Todo estos pretextos que acabamos de describir, suelen mezclarse entre ellos y frecuentemente se suman o aparecen en forma alternada. Los auto-engaños y fingimientos con los cuales vivimos son incontables, porque cuando de nosotros se trata, la inclinación negativa es tan ingeniosa y perspicaz como nosotros mismos…

¿Ud. es candidato a algún cargo? (¿Al cargo de ser un ser humano, creado a imagen de D»s, portador de la Torá, perteneciente al milenario pueblo judío?) ¿Quiere ser creíble hacia afuera? No es una tarea fácil, pero el comienzo de la misión pasa por creer en nosotros mismos y arremangarnos.

Rab Daniel Oppenheimer

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