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Crecimiento Espiritual
El poder del habla y la plegaria
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Nada mejor que el silencio

Extraído de La Ética del Sinaí. Con los comentarios del Jafetz Jaim. Editorial Obelisco

Los sabios relatan en la Mishná: “Shimon, hijo de Raban Gamliel, dijo: Toda mi vida crecí entre los sabios y no he hallado nada mejor para el cuerpo que el silencio” (Avot, 1:17). En otras palabras: me crié entre ellos y fui capaz de observar sus características excepcionalmente refinadas y sagradas, y al considerar el valor de cada uno de estos atributos, vi que la virtud del silencio es la mejor.

Otra interpretación de este enunciado es que aunque todos eran sofisticados y sabios y seguramente evitaban la conversación trivial, yo he hallado que salvo analizar asuntos de la Torá, lo mejor es el silencio.
La Mishná también puede ser comprendida de la siguiente manera: incluso cuando una persona está en un nivel espiritual e intelectual muy elevado, como lo estaban los sabios, a causa de la cáscara grosera y material [el cuerpo] que cubre su alma, es casi imposible para una persona limitar adecuadamente su habla. Por lo tanto es preferible permanecer en silencio.
Rabí Shimon dijo esto en una generación en la que todos solían entablar exclusivamente conversaciones relacionadas a los tópicos de la Torá, e incluso si alguien no tenía cuidado con sus palabras, no transgredía de ninguna manera los límites del habla permitida. Y sin embargo Rabí Shimon aún sentía que el silencio es preferible.

Consideremos el nivel de la generación actual. Nosotros somos miniaturas espirituales en comparación con los gigantes de la Torá de aquella época. Las personas de nuestra generación han sido acostumbradas desde su infancia a pensar y hablar acerca de asuntos triviales y carentes de sentido alguno. Si no sellamos nuestros labios, contenemos nuestras lenguas y nos mantenemos en silencio lo máximo posible, sin lugar a dudas nuestras bocas continuarán haciendo lo que han venido haciendo desde nuestra juventud, y nuestra pérdida será tantas veces mayor que lo que podemos ganar diciendo esas cosas.

Quien se acostumbra a quedarse callado puede salvarse de violar prohibiciones contra la adulación, la frivolidad, la calumnia, la mentira y la obscenidad. Quedarse en silencio ante insultos es especialmente digno de alabanza, ya que al responder a la otra persona lo único que logramos es enfurecerla más. Por lo tanto una persona sabia se dice a sí misma: incluso si esta persona me insulta, elijo permanecer en silencio porque temo que si le respondo él seguirá largándome insultos aún peores que los que ya me dijo.

Más aún, cuando uno tiene reputación de lacónico, los demás saben que es posible confiar en él. Y siendo que esa persona no suele ir con cuentos de uno a otro, se sienten seguros que sus problemas personales no se harán de dominio público.
Sabemos que: “Vida y muerte están en poder de la lengua” (Proverbios 18:21), porque una persona puede hacer más daño con sus palabras que con una espada. Uno puede matar a otro con sus palabras incluso a distancia, mientras que la hoja de la espada sólo puede inflingir una herida cuando se está cerca de ella. Por eso el hombre ha sido creado con dos ojos, dos oídos y dos orificios nasales, pero sólo una boca, para indicar que debe reducir su habla a lo mínimo.
El silencio concuerda con los sabios, y es aún más adecuado para los necios, porque el versículo nos dice: “La boca del necio le provoca su propia destrucción y sus labios hacen tropezar a su alma” (Proverbios 18:7). Un hombre sabio, sin embargo, sabe cuando permanecer en silencio. Debes guardar tu lengua como guardas la pupila de tus ojos.

Al estar entre gente es mejor que te digan “¡Di algo! ¿Por qué estás tan callado?” que si hablas y tu cháchara molesta tanto a los demás que te dicen “¡Pero cállate de una buena vez!”
El versículo: “Cuida el portal de tu boca de quien yace en tu seno” (Miqueas 7:5), nos dice que la boca es como un portal. A veces es apropiado que el portal de la casa esté abierto y a veces es conveniente cerrarlo. Porque si la puerta de casa estuviera constantemente abierta, su contenido sería robado o dañado.

Lo mismo se aplica al portal de la boca. Hay momentos en los que la boca debe abrirse, cuando se estudia Torá y se entablan conversaciones necesarias, pero el resto del tiempo debería estar cerrada.
Una persona debe saber que la facultad de hablar es sumamente preciosa, mucho más que otros dones físicos que poseemos, porque nos diferencia del resto de los animales.
Sabemos que uno conserva sus posesiones, tales como oro, plata o joyas, bajo llave y candado, seguramente encerradas en una caja fuerte escondida en una habitación interior. Cuánto más esfuerzo debería invertirse en poner cerrojo a la boca, utilizando el poder del silencio.
(Shemirat Halashón, Shaar Hatsevuna, cap. 2)

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