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Mitzvot y milagros (purim)

de “Neshei Chabad Newsletter” (NY) .

Hace varios años, para Purím, mi esposo trajo del servicio sinagogal a casa una versión infantil de la Meguilá (el Rollo de Ester) para leérsela a su tristemente inculta esposa judía.
Me sentí fascinada por la historia de Ester y su primo y sus claros héroes y heroínas. Me trajo a la mente mis fugaces dos años de paso por la Escuela Dominical Hebrea y me recordé como una niña de nueve o diez años con un disfraz de Reina Ester y una matraca para ahogar el nombre de Hamán.
Cuando terminó de leer, pregunté a mi esposo:
“¿Por qué ya no suceden más milagros como ése?” Ahora bien, soy una persona mínimamente sofisticada, y ni siquiera sé de dónde surgió esta pregunta o por qué la formulé en ese momento. Pero quizás, simplemente quizás, era un presagio del futuro.
Mi esposo contestó rápidamente.
“Quizás todavía sucedan y ya nadie escribe acerca de ellos”.
Pues bien, tenía razón y estaba equivocado. Y les contaré por qué.

Era una fría noche de viernes. Purím había sido el día anterior y estaba nevando copiosamente mientras mi esposo y yo hacíamos el camino a nuestro hogar. Aunque mi esposo no asistía regularmente a los servicios religiosos del viernes por la noche, era el aniversario de la muerte de su padre y estaba decidido a recitar el kadísh en su memoria. Pensaba dejarme en casa, para que pudiera preparar la cena entretanto.
El tránsito era sumamente lento, avanzado centímetro a centímetro por el tortuoso camino. En treinta minutos, apenas habíamos recorrido menos de una milla. Yo podía ver a mi marido mirando el reloj del automóvil y calculando el tiempo necesario para llevarme a casa. Finalmente, observando su rostro preocupado, le dije:
“Iré al servicio contigo, no precisas llevarme a casa”.
Soltó un suspiro de alivio y continuamos lentamente el avance hacia nuestra sinagoga “tradicional” en esa nevada, fría y oscura tarde.

Cuando finalmente ingresamos al parque de estacionamiento, el Rabino lo cruzaba con sus pies hundidos en la nieve. Esta tenía al menos 15 centímetros de altura y los vientos la arremolinaban en rápidas ráfagas. Mi esposo tuvo que despejar un sendero para mí para llegar hasta la puerta de la sinagoga, de tan profunda que era.
Cuando entramos al santuario, sólo estábamos nosotros cuatro: el Rabino, mi esposo y yo, y el bedel que había llegado rápidamente. Un par de minutos después dos feligreses más salieron de la cegadora nieve.
Aunque no había minián (el quórum mínimo para las plegarias comunales), el Rabino dijo que no podíamos esperar más y que comenzaría con el servicio. Apenas había comenzado cuando pareció tener lugar algún tipo de conmoción en el vestíbulo. El Rabino escudriñó afuera y airadamente comentó a sus feligreses que el “shéitl” (peluca que usan las mujeres judías observantes) y los “sombreros” que ahora se veían en el vestíbulo estaban interrumpiendo su servicio.
Lo que yo vi era una joven mujer judía y seis o siete muchachos de entre trece y catorce años vestidos en sus tradicionales trajes jasídicos negros.
El rostro de mi esposo se iluminó y dijo:
“Rabino, pidamos a los muchachos que recen con nosotros y formemos un minián”.
“No rezarán con nosotros”, replicó el Rabino. “Se creen demasiado buenos, pero haz como quieras”.
Mi esposo fue al vestíbulo y preguntó a la mujer si los jóvenes rezarían con los hombres. Ella se acercó a la puerta del templo y dijo:
“Sí, podrían rezar si la señora pasa a otra sala”.
Yo recogí rápidamente mis pertenencias y me uní a ella y al bedel en el vestíbulo mientras los muchachos entraban al servicio.
Me dijo sosegadamente:
“Fue muy amable de tu parte salir. Muchas mujeres hubieran estado enojadas”.
“¿Enojadas?”, respondí, “es mi placer hacer esta mitzvá de ayudar a obtener el minián. Mi esposo quiere decir el kadísh por su padre”.
Nos sentamos amigablemente y conversamos durante todo el servicio religioso. Me contó que se llamaba Leah, y que había estado conduciendo su furgón desde otro suburbio para traer a los muchachos para pasar el Shabat en una Bar Mitzvá. Había partido dos horas y media antes. Como el tránsito avanzado muy lentamente y el sol ya bajaba sobre el horizonte, se sintió aterrada. ¿Dónde encender las velas, dónde encontrar velas, dónde estacionar el furgón ahora que el Shabat estaba tan cerca? Rápidamente bajó la ventana de su automóvil mientras la tormenta rugía y preguntó a la mujer del automóvil en el carril próximo al suyo:
“¿Eres judía?”
Cuando la mujer contestó afirmativamente, le dijo:
“¿Puedo ir a tu casa y encender las velas allí?”
La mujer contestó:
“Mi sinagoga está muy cerca, ve allí, ellos se ocuparán de ti”.

Y así había conducido frenéticamente la siguiente milla tratando de vencer al reloj — con un ojo puesto en el traicionero camino y un ojo en el traicionero reloj que con su tic-tac se acercaba a la puesta del sol. Aunque no estaba familiarizada con el vecindario y el camino, las luces de nuestra sinagoga la había guiado y acogido.
Cuando llegó allí, el bedel de la sinagoga encontró inmediatamente velas para encender y le ayudó a llamar a su casa para informar a su esposo de su paradero, no sea que se preocupara por ella y los muchachos. Además dijo que era demasiado tarde para llamar a la casa del Rabino donde los muchachos debían haber bajado. De modo que el bedel mismo llamó y habló con un joven miembro del hogar y obtuvo instrucciones para llegar a su casa.

Leah, por supuesto, con calma y deliberación, planeaba caminar con los muchachos la milla o más hasta la casa de la Bar Mitzvá una vez concluido el servicio. Habló de ello estoicamente, aceptando con valor su responsabilidad de llevar a los muchachos a su destino, sin nerviosismo ni fanfarria. Yo habría tenido reservas si caminar hasta mi buzón de correo esa noche, y Leah estaba decidida y sin miedo a la travesía que le esperaba. No preguntó por qué, ni se quejó del clima o su tarea. Simplemente aceptó su obligación. Claramente en su mente no había duda en que caminarían; nada de conducir un automóvil en Shabat.
Ella y yo pasamos un sereno momento ameno esa noche. El bedel caminaba por el vestíbulo murmurando:
Mitzvot y milagros — Di-s dice que donde hay un problema, siempre hay una solución”. Y así pareció que la había.
Observé la bonita y orgullosa cara de Leah; las velas titilaban y nos brindaron calor. En mi mente vi a mi abuela con su pañuelo encendiendo las velas de mi niñez hace tantos años. Vi las muchas generaciones de mujeres encendiendo esos símbolos de nuestra fe y tradición remontándonos por siglos. Supe que nunca olvidaría de nuevo encender esas velas de Shabat. Si era lo máximo que podía hacer, era también lo mínimo que podía hacer para portar el mensaje de fe para todas las generaciones, tanto anteriores como siguientes a mí.

Leah preguntó:
“¿Dónde están todos los miembros de tu congregación para el servicio de Shabat? En mi sinagoga, el clima no nos detendría y la sinagoga estaría llena; los hombres se calzarían botas y caminarían toda distancia necesaria”.
El bedel contestó risueño:
“Si ofrecieras una cena, la sinagoga estaría llena”.
Leah me describió sus invitados de Shabat, sus cinco hijos, su vecina, y también una mujer cuyo esposo estaba en la cárcel. Me dijo, “es fréilaj”. Yo me imaginé el cálido resplandor, las caras de los niños, la jalá (pan sabático trenzado), la sopa de pollo, el vino kasher. Pensé en mi propia familia fragmentada, mis costumbres asimilacionistas y cómo había abrazado otros hábitos más fáciles.
No me culpo, ni miro hacia abajo a los ortodoxos por su vestimenta, su estilo de vida, o sus valores y tradiciones. Su mundo es blanco y negro, correcto y errado — no lleno de las concesiones diarias que hacemos nosotros. Que se vistan como les gusta y practiquen las tradiciones que escogen y nos ofrecen un ejemplo de su compromiso con la religión judía que todos amamos. Respetémonos unos a otros. Una mujer ortodoxa no es un “shéitl” y los jóvenes no son “sombreros”. Ellos son nuestros hermanos — tenemos mucho más en común que lo que nos damos cuenta.

Cuando terminó el servicio sabático, Leah y los muchachos trataron de vestirse tan abrigadamente como fuera posible para la larga caminata en la profunda nieve. Yo le di una bufanda, mi esposo les dio guantes y botas y el bedel también. Les dimos nuestros buenos deseos mientras comenzaban a caminar en esa noche tormentosa.
“No se preocupen”, dijo Leah, “estaremos bien”, y yo supe que de algún modo lo estarían, en esa noche brutal.
Volví al vestíbulo, donde las velas seguían derramando su cálido resplandor, pero la sala estaba súbitamente vacía ahora que Leah se había ido.
Mitzvot y milagros”, murmuró el bedel, quien habían sobrevivido el Holocausto y los campos de concentración. Y me pareció que cada uno de nosotros había ganado esa noche una mitzvá y sido testigo de un pequeño milagro. No, no la partición del Mar Rojo, sino la partición del malentendido que nos mantiene separados. Y los pequeños milagros nos habían traído a cada uno de nosotros aquello por lo que habíamos venido a la sinagoga en esa noche nevada. Leah había encendido sus velas bendecidas, los muchachos habían hallado un asilo judío seguro para rezar, el bedel había logrado su mitzvá mediante su asistencia y los actos de bien para con Leah, el Rabino había visto a los jóvenes muchachos ortodoxos entrando a su santuario y leyendo las mismas antiguas palabras que sus escasos feligreses, y rezaron juntos a nuestro Unico Di-s, y mi esposo tuvo un minián de modo que pudiera decir el kadísh para honrar la memoria de su padre.
Y yo — tuve la renovación de mi fe — pues siempre encenderé las velas por mi abuela, mis hijas, yo misma, y todas las mujeres de mi fe.
Sí, ¿lo ven? Mi esposo, por lo tanto, estaba a la vez en lo cierto como equivocado.
Los milagros aún suceden, y a veces alguien todavía escribe sobre ellos.

 

(extraído de Jabad Magazine, www.jabad.org.ar).

 

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