Ascendiendo
Mesilat Iesharim del Ramjal
+100%-

Midát hanekiút: jabón

Extraído del curso Cómo hacer la cosa justa en el momento justo impartido por 
Rav David Scher en cursos halel www.halel.org © del autor 2011.

 

El tercer paso que hay que dar en el trabajo interior cuando las personas quieren reconocerse es nekiút-limpieza. El primer paso como hemos visto es la precaución y el segundo la agilidad.

Continuamos con Avinoam que aún sigue en el bosque sin encontrar una respuesta a la pregunta que se hizo: “¿Quién es más ágil, un tigre o una tortuga?” Pensó racionalmente: “Unos piensan muy rápido, otros de forma muy profunda; a unos les encanta pensar y otros no lo soportan”. Caviló y se fijó en un lago que había en el bosque. Vio que en el lago habían dos aves espátula; una estaba en el fango y la otra en el extremo del lago donde el agua era cristalina. Avinoam observó que las dos buscaban su alimento de la misma forma, hacían los mismos movimientos y se preguntó si era lógico que hiciesen los mismos gestos para filtrar el lodo y extraer los insectos, pues en uno de los lado el agua era limpia y transparente. Y siguió pensando la respuesta a su pregunta.

En la nekiút hay dos tipos de limpieza, “con agua” o “con jabón”, depende del grado de suciedad. Después de la precaución y de la agilidad, la nekiút comienza por el cuerpo, las siete cualidades (sefirót) inferiores, y le sigue la cabeza, con las tres cualidades (sefirót) superiores. Precaución y nekiút son dos ramificaciones de la misma raíz. Podríamos entenderlo a través de las aves que vio Avinoam, éstas sumergen el pico en el fango, lo mueven de derecha a izquierda repetidamente y así extraen el alimento del barro. Todo depende de la percepción. El ave no piensa, vive según su instinto animal. No entiende de causas y consecuencias, ni tampoco se pregunta porqué tiene que buscar su alimento de esa manera.

La diferencia entre el ave y el hombre, que entiende lo que hace, sería como la que existe entre la precaución y la nekiút; dijimos que la precaución pone el límite. Nuestros Sabios nos enseñan que el ser humano es un micro-cosmos; esto significa que todos los niveles que existen, están también dentro del hombre; o sea, si hay cinco olamot-mundos, el hombre también está dividido en cinco; si cada olám se divide en partzufím, de la misma forma el hombre se divide en partzufím. Y tal como interactúan las sefirót, los partzufím y los olamot, de la misma manera actúa el organismo humano y el néfesh en cada uno de nosotros. Si entendemos cómo funcionan los mundos, entenderemos cómo tenemos que funcionar nosotros también.

Pero ese entendimiento no se puede adquirir de una sola vez; ahora vamos a limitarnos a un aspecto general. Los mundos se dividen en tres secciones que son muy limitadas: Rosh, Toj y Sof. O lo que equivale a una división paralela: Rosh, la kedushá, Toj el libre albedrío y Sof, la oscuridad.

¿Cómo percibimos la realidad? De forma muy general la kedushá sería lo que ya aprehendimos y aceptamos, o sea, lo que HaShem nos exige y estamos absolutamente dispuestos a hacer. Si una persona llega a la conclusión de que cuando se levanta por la mañana hace netilat yadaim, ya no se preguntará cada día si tiene ganas o no de hacerlo, porque ya es parte de la kedushá. Si uno ha tomado la decisión de bendecir antes de comer, no se cuestiona cada día si dice la brajá o no, porque ya lo tiene integrado; no da opción al ietzer hará a que se entrometa. Por supuesto, dentro de cada acción que ya es parte de la kedushá hay mucho trabajo, pero tenemos ya un paso ganado. Toda señal de oscuridad es opuesta a la kedushá; esas son las mitzvot que aún no sabemos cumplir o no hemos conseguido la voluntad de esforzarnos para cumplirlas – no vemos la posibilidad de abordarlas – eso es parte de la oscuridad, es un límite temporal, donde el hombre no tiene posibilidad de escuchar al yetser hatov, o no queremos ser capaces de percibir correctamente. Eso es parte de nuestra oscuridad, que nos indica que todavía no ha llegado el momento de que estemos aptos para cumplir la mitzvá.

Entre la kedushá y la oscuridad hay un espacio neutro, donde está el libre albedrío; ese es el lugar donde no hay conciencia completa de ninguno de los dos sistemas, kedushá y oscuridad. En ese espacio intermedio estamos dispuestos a escuchar al yetser hatov o al yetser hará, porque todavía no nos hemos relacionado con ninguno de los dos sistemas. Nuestra actitud en ese lugar determinará nuestro desarrollo.

¿Cómo ocupamos nuestro tiempo libre? Si lo aprovechamos para cumplir mitzvót ese espacio neutro se unirá a la kedushá.

La precaución determina el límite de la kedushá. La agilidad activa, el cumplimiento de las mitzvót y por lo tanto adhiere el espacio neutro a la kedushá. La nekiút, refina y profundiza en lo que ya hemos conquistado de la kedushá y trabaja allí hasta que eso brille con toda su plenitud. Por eso la primera “limpieza con agua” vendría a ser la precaución. El lavado profundo “con jabón” lo hacemos cuando nos introducimos en la kedushá y pulimos el brillo.

Veamos un ejemplo de cómo una persona puede adherir sus acciones a la kedushá. Por medio de la precaución, la persona llega a la conclusión de que hay que rezar diariamente; durante el rezo pueden entrar en su mente pensamientos ajenos y es entonces cuando se activa la nekiút para que su tefilá sea elevada.

A menudo nos sobornamos a nosotros mismos, sin tomar conciencia de si está bien lo que hacemos o no; el corazón dice: “¡Adelante, seguro que está permitido!”. Ese es el trabajo de la nekiút, entrar en el ámbito que ya es parte de la kedushá y empezar a depurar, para evitar parecerse a esas aves espátula que no tienen la posibilidad de profundizar. Sería como la persona que tiene que rezar y lo hace pero no se da cuenta de la riqueza que tiene entre sus manos, ya que se ha quedado en la “fase de enjuague”, sin llegar a la “fase de enjabonarse”, y por lo tanto, no puede llegar a un nivel más profundo de la nekiút.

Esa forma de auto-justificarnos o sobornarnos a través de nuestras emociones es muy común; nos cuesta mantenernos constantemente en la claridad, hasta el punto de que la justificación se acaba convirtiendo en norma y no aplicamos la nekiút, o la posibilidad de profundizar en cada acto de nuestra vida cotidiana.

¿Cómo se puede romper ese límite o auto-justificación. La persona que quiere elevarse ¿Cómo puede llegar a activar la nekiút? Debemos entender cómo funciona nuestra mente, y aquél que entienda cómo piensa una persona, ¡que se lo diga a Avinóam que tiene temor de pensar!

¿Cómo se comporta una persona? Lo primero que tiene que hacer para poner cada cosa en el límite, es conocer la realidad. Hay dos formas de percepción de la realidad: 1- subjetiva, y 2- objetiva. El individuo que decide rezar pero experimenta el rezo de una forma baja y además activa su percepción subjetiva, pensará que todos experimentan lo mismo que él, sin embargo si percibe la realidad de forma objetiva verá que el rezo es algo elevado y que él carece temporalmente de ese nivel. Eso hará que se esfuerce con la práctica y llegue al nivel apropiado. Para activar la nekiút, tenemos que percibir la realidad objetiva.

Para que la persona pueda conjuntamente con su estado objetivo de conciencia percibir la realidad, necesita la Halajá. La Halajá son los grandes límites que rigen las leyes espirituales de los mundos. Cuando se conocen las reglas, o sea, el manual de uso espiritual, la persona tiene que tomar conciencia de que eso ha sido dictado específicamente para ella y debe despertar esa voluntad interior, que quiere realizar lo que ya conoció en el origen; porque todo ser humano tiene una voluntad buena, pero está tan profunda que ni se ve.

Cada mitzvá que indica la Halajá, es como una piedra preciosa que está en el fango y que las aves espátula, que manejan el pico con tanta destreza, la encuentran y la rechazan porque no saben apreciarla. Hay gente que vive en ese nivel; prefieren encontrar lo rutinario, y si hallan un tesoro, lo desprecian, por falta del conocimiento del valor de una piedra preciosa. Cuando toman conciencia de que las piedras preciosas existen, ven que ellos mismos lo son, y solamente tienen que sacar el barro.

Hay estados en los que los sabios obligan a un marido a divorciarse de su esposa, para que la mujer se libere de él y pueda casarse de nuevo. Para que esto sea efectivo, el esposo debe escribir un guet – acta de divorcio – pero si éste no quiere hacerlo, no se pueden divorciar; en un caso así los sabios le obligarán a hacerlo por la fuerza. Aún más, si el marido escribe el guet sólo porque se siente coaccionado y quiere librarse de la fuerza que ejercen sobre él los sabios, el proceso no será válido. Para que sea válido por la halajá, tiene que ser una decisión propia. ¿Pues qué valor tendría ese acta si está escrita por la fuerza? Para la Halajá si tiene valor porque en su interior, en su néfesh, el individuo quiere hacer mitzvót, y en este caso dar el guet, pero tiene una klipá – cáscara exterior – que se lo impide, que no le deja pensar ni escribir y cuando lo golpean, fuerzan que salte esa klipá y que surja su deseo interior que es realmente sincero.

Todos tenemos el deseo de acercarnos a HaShem y cumplir con todas las mitzvót pero las klipot nos envuelven. Para actuar correctamente, el primer paso, es conocer la halajá, saber qué nos piden. El segundo, es tomar conciencia de que verdaderamente lo que queremos es llegar a percibir lo que HaShem nos exige. Y luego llegaremos a la precaución donde veremos los temas desde nuestra subjetividad, pues a pesar de que ya queramos hacer lo que hay que hacer, aún no somos capaces de ver de forma objetiva; creemos que todo está bien. Ser seres objetivos es poder salir de dentro de uno mismo y pensar todo desde “arriba”. Desde arriba lo vemos todo de forma objetiva y nuestras conclusiones serán cercanas a la realidad.

La forma de pensar todo desde arriba es el trabajo de la nekiút. La percepción subjetiva limita la kedushá; desde “arriba”, objetivamente, se profundiza dentro de la kedushá misma.

La nekiút es un trabajo difícil porque la naturaleza del ser humano es muy débil, aunque creamos que somos fuertes. Cuando el corazón quiere algo, se auto-soborna y se complace muy fácilmente. Se auto-convence y nos convence para que veamos una realidad tal como nos gustaría verla, que es completamente falsa e imaginaria. Y si queremos hacer algo, el corazón muy fácilmente nos dirá no sólo que no está prohibido, sino que hacer eso que queremos hacer es lo mejor que hay. El corazón es un genio explicando la realidad como a él le conviene, no como ésta es realmente.

Resumiendo: la primera parte del estudio de la nekiút es que hay que estudiar Torá y mitzvót para conocer las reglas; el estudio nos desarrolla el reconocimiento de lo malo y cuando descubrimos que hacemos algo malo, dejamos de hacerlo. Sin estudio no es posible detectar lo malo. Lo conocemos, pero como el corazón se auto-justifica tan fácilmente, nos dice que lo malo es bueno. La única forma de poder alejarnos del mal es reconociéndolo. Pero saber no basta; después tenemos que tener la voluntad de llegar a ese trabajo de nekiút que se hace mediante la toma de conciencia, no subjetivamente, sino elevándonos y viendo cada tema de forma objetiva.

“El jabón” no se ha acabado, tenemos la posibilidad de seguir usándolo.
¡Buena limpieza para todos!

Rav David Scher

Extraído del curso Cómo hacer la cosa justa en el momento justo impartido por
Rav David Scher en cursos halel www.halel.org © del autor 2011.
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este texto puede ser reproducida de ninguna forma sin previa autorización escrita de los propietarios del copyright: cursos@halel.org

 

Rav David Scher

Libros relacionados

Mesilat Yesharim



Deje su comentario

Su email no se publica. Campos requeridos *

Top