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Mi paso por el jardín del Edén

Elul, y más particularmente los días iniciales de Tishrei, de Rosh HaShaná a Iom Kipur, son tiempos de inspección interior, de análisis de la propia vida.

¿Cómo habría sabido yo del Jardín del Edén si no lo hubiera visto con mis propios ojos? Era una extensión torrencial de belleza que me azotaba como un diluvio, y mis ojos se cerraron por reflejo. Con mis ojos cerrados, olí la dulce combinación de bosque y flores, y oí los mullidos sonidos de la fauna silvestre que prosperaba por allí.
Mis ojos se abrieron para ver un colibrí sorbiendo néctar de un pimpollo en un árbol. Lo había visto antes una vez, pero aquí sucedía a mi alrededor por todos lados.
Lo aprecié hondamente, pero también me inquietaban ciertas preguntas. Había encontrado el Jardín del Edén y resultaba lógico que me preguntara quién lo había hecho en primer lugar, y quién lo mantenía funcionando. ¿Por qué merecía estar aquí, tras toda mi vida, previo a este momento, en uno de los suburbios más feos de la costa oeste norteamericana? Había llegado aquí de un paisaje gris de supermercados, restaurantes y bares, del asfalto recortado por listones con chispeantes luces.
En suma, me aturdía la existencia de este Jardín del Edén en el mundo, y mi existencia en él. Parecía que hubiera tropezado con él, y ahora no podría abandonarlo nunca. ¿Cómo puede alguien regresar a la Autopista 46 y el Túnel Lincoln tras una travesía por el Jardín del Edén? Calle Edén era la dirección de la pequeña Universidad Ecológica donde yo enseñaba Composición Inglesa. Aparentemente, los padres de la urbanidad habían hecho antaño la misma conexión que yo.
Camino a mi clase en la universidad pasé delante de pequeñas casas y almacenes que constituían el grueso de la vida ciudadana. A una distancia de fácil caminata desde estas casas y almacenes estaban los bosques y campos gloriosos. En la otra dirección estaba el puerto, un aspecto totalmente diferente de este Jardín del Edén y su magnificencia: el mar.
El puerto era el punto más oriental del continente, de modo que cuando miraba desde el último piso de mi casa, veía una infinitud de mar. Una extensa profundidad y longitud que intentaba comprender. Más cerca, la costa rocosa era un virtual Jardín del Edén acuático con espléndidos musgos tapizando las piedras y extensas poblaciones de criaturas calcáreas.
Solía sentarme durante horas sobre una de esas piedras y observar las algas meciéndose en el agua. El sonido perpetuo de las sirenas de neblina punzaban mi sueño toda la noche, y en días de bruma, todo el día.
En la universidad ecológica estaban atareados debatiendo cuánto tiempo más existiría el Jardín del Edén, considerando la terrible cuota que la negligencia humana cobraba. Oí las predicciones — no más agua pura para beber, cantidades astronómicas de plástico que nunca se descompondrán, y fauna silvestre en extinción. Según los expertos, nuestros días en el Jardín estaban contados, y los pequeños esfuerzos heroicos que podríamos hacer para perdurar nunca serían capaces de mantener a raya la marea de destrucción.
Las estadísticas fatalistas eran prologadas con “para el año 2000…” y, en el mejor de los casos, teníamos hasta entonces para armar nuestro acto. Considerando el estado de conciencia global sobre el tema de salvar al mundo, quizás tendré la suerte de alcanzar la madurez de los cincuenta años.
Traté de hacer mi parte. Atesoré mis cáscaras vegetales como si fueran mercancías preciosas, y constantemente alimentaba la pila de abono en la trastienda de la casa. Nunca arrojé una bolsa plástica. Comía granos enteros y molía mi harina con un molinillo de mano para ahorrar electricidad. Quemaba leña en la cocina, y cuando usaba la calefacción central en la casa, estaba tan baja que apenas me mantenía caliente. Mientras la gente de la universidad diseñaba casas calentadas con energía solar, yo le enseñaba cómo redactar propuestas de subsidio e informes.
Pero todo seguía siendo vasto e incomprensible. Cuando centraba mi foco en los árboles o en las piedras, o siquiera en un único árbol o piedra, sentía la emanación de una fuerza vital o espíritu, y entonces, cuando miraba todo lo que se alzaba alrededor de mí –extensiones boscosas, lagos glaciares y vastos paisajes– todo tronaba con una fuerza de vida que era la suma de todas sus partes infinitas.
Sentí mi conexión con ello porque también yo estaba viva como todo eso lo estaba. ¿Pero de dónde vino toda esta vida? En las frías noches de invierno, solía caminar sobre el sendero costero próximo a las aguas heladas y sentía como si esta pregunta sin respuesta me mataría, tan segura como si me recostara sobre una de las rocas y dejara que el mar me arrastrara.
En suma, no podía vivir sin una respuesta, y nadie que conocía la tenía para mí; ninguna de esas mentes intelectuales masivas en la universidad, y ninguno de esos musculosos pescadores o bronceados tenderos que vivían en el pueblo. Los pescadores estaban ocupados partiendo antes del amanecer, arrastrándose por su presa, y vivían sus vidas, mientras que los intelectuales en la universidad consideraban soluciones a preguntas prácticas como ser cómo vivir frente a estos graves pronósticos para el planeta.
Entretanto, un verano vino y se fue. A fines del septiembre americano las hojas comenzaron a mutar, y los árboles se encendieron en llameantes sombras de rojo y amarillo. El tarareo de fondo del verano fue reemplazado por un atronador susurro. Había una ráfaga de aire crespo cuando abrí la puerta. Entonces, después de que los colores pasaran, la primera nieve cayó suavemente.
Y vino invierno.
El gélido invierno era prohibitivo, pero tenía su propia belleza exquisita con campos de nieve prístina y un silencio profundo. El frío era intenso, y aprendí a vestir larga ropa interior seguida de varias capas de prendas, y gruesos abrigos. Cuidaba mantener mi automóvil bien afinado con un tanque lleno de combustible a causa del verdadero peligro de congelarme en caso de un desperfecto.
Y entonces llegó la primavera, justamente cuando pensábamos que no podríamos soportar el invierno un día más. El frío menguó, y la fuerza de vida emergió por todos lados. Era poderosa y alborozante. Pasé las tempranas horas matinales de pie ante la orilla en la marea baja. Me encantaba recoger caracoles. Cuando mi bolsa estuvo llena, la llevé al jardín y cuidadosamente hice una guirnalda de hebras resbaladizas alrededor de cada semilla minúscula que estaba germinando.
El verano volvió. Fui a recoger fresas para poner en mermeladas, panecillos y helados. Los estantes de mi despensa estaban atiborrados de frascos de jarabe de fresas, guisado de tomates y otras conservas para los meses venideros.
Vivía con el ciclo, y podría haber continuado así indefinidamente como lo habían hecho otros. Aquí estaba yo, una criatura en el Jardín del Edén, y no podía imaginarme viviendo en ningún otro sitio después de haber sido mimada por su esplendorosa belleza. Mis amigos de la Ciudad podrían esperar a jubilarse para radicarse en el Jardín y comenzar una existencia rural. Pero el tiempo parecía terminarse, y yo no quise aplazarlo en caso de que los estadísticos tuvieran razón con sus sangrientos vaticinios.
Leí libros sobre “simplemente ser” y “estar en paz con ser”. Practiqué mis ejercicios Zen de meditación y lidié con mis pensamientos. Me colocaba por largos tiempos en la postura del cadáver, mientras todas las células de mi cuerpo se relajaban, y me relajaba aún más. Traté de estar en paz, pero la pregunta siempre emergía nuevamente.
Si no obtenía respuesta a esa pregunta, nunca sabré qué hacer con mi vida fuera de disfrutar la espléndida belleza de navegar, esquiar, sentarme próxima al hogar de leña y comer mis propios tomates frescos. Discúlpenme, pero tenía que saber.
Necesitaba esa respuesta a fin de manejar todas las demás preguntas tributarias que me acosaban. ¿A dónde debo dirigir mis esfuerzos y en razón de qué? ¿Debo casarme? ¿Tener niños? Y en un nivel más mundano, ¿qué estilo de ropa debería vestir, y qué comer? ¿Debería siquiera preocuparme por la amenaza a las ballenas y firmar la solicitud para salvarlas?
Todas estas preguntas secundarias también se volvieron irrespondibles sin la respuesta a aquella primer pregunta. Sentía que me estaba paralizado con la duda. ¿Cómo puedo tomar decisiones día a día cuando no sabía para qué vivía, por qué había sido puesta en el planeta y por Quién?
Tenía un excelente trabajo en la universidad y una maravillosa vista al mar. Pero la vida en el Jardín me estaba exterminando, y no había alguien que comprendiera mi miseria.
La gente en la universidad estaba preocupada principalmente con el mundo material y su supervivencia, y todas esas medidas hacia la conservación eran en verdad simplemente otra forma de materialismo y veneración de las cosas. Organizaron conferencias sobre sistemas de energía solar y no pensarían en servir las cenas en platos plásticos; pero, ¿dónde estaban las dimensiones espirituales de la vida? Aquí estaba la gente más sabia y hermosa que había conocido alguna vez, con muchos de ellos diez o hasta veinte años mayores que yo, y sin embargo estos científicos, ingenieros y filósofos, no parecían saber más que yo sobre los fundamentos que apuntalan la realidad.
Mi mejor amiga y su esposo diseñaron una minúscula y altamente eficiente casa al borde de una alberca. Admiraba cómo contenía todo lo necesario para la existencia humana a menos expensas del ambiente. Lentamente, también yo trabajaba para alcanzar mi meta de hacer crecer todo mi alimento orgánicamente y coser todas mis ropas con fibras naturales. Hice planes para construir mi propia pequeña casa, pero sabía que incluso una vez que me plantara en su interior próxima a la estufa a leños en una fría noche de invierno, no sería feliz.
A lo mejor, vivía una vida animal del máximo calibre porque trataba de no lastimar nada o a nadie alrededor de mí. Pero los propios animales lo estaban haciendo mejor que yo, y aun mejores que los animales eran las plantas, y en la cima de mi lista de entidades envidiables estaban las piedras cuya aceptación indiferente y cero dependencia del ambiente eran inigualables.
Me encontré caminando por el Jardín y envidiando las piedras a mis pies. Solía yacer sobre las rocas que se alineaban en la costa y trataba de sentir lo que sentían ellas — inmóviles y mudos testigos a las cambiantes mareas y temporadas. En perfecta armonía con su porción en el universo. Podía sentir el aspecto pedregoso de mí uniéndose a ellas, y yacería allí tratando de experimentar su estado de eternidad. Pero luego siempre me levantaba, era humana nuevamente, y continuaba.
Entonces sucedió algo que me pareció fortuito y hasta insignificante. Una mañana dominical revisaba una caja de libros que nunca había desembalado desde que me mudara al Jardín. Había una viejo libro judío de plegarias, un Sidur, que yo había pescado del mueble de caoba y tirado apresuradamente con los demás cuando empaqué para venir.
Lo tomé de la pila y lo abrí. Olía a moho, y las palabras inglesas del lado izquierdo estaban llenas de los arcaicos “thou” y “thy Lord”. Miré el lado hebreo. Guardaba una clara memoria de leer las palabras hebreas de niña. Tenían una cierta integridad, y sentí que lograría pronunciarlas si aplicaba mi mente a ello.
Era otro glorioso día de verano, y el sol todavía estaba alto en el cielo. Tomé el libro en la mano y conduje un par de millas al Parque Nacional que bordeaba la ciudad portuaria. Tras estacionar el automóvil al pie de una de las montañas, comencé a ascender por un sendero del parque. A medio camino cuesta arriba me detuve y me senté con la espalda contra uno de los pinos. Algo me decía que este viejo libro de plegarias podía tener una parte de la respuesta a mis preguntas. Leí unas líneas en voz alta — “Alabemos ahora, ensalcemos, enaltezcamos al Hacedor de Cielo y Tierra…”.
Miré a mi alrededor. Estaba en medio de esta Tierra celestial, e instintivamente supe que tenía que haber un Hacedor. Todo era demasiado perfecto y demasiado hermoso. Hasta el árbol contra el que descansaba tenía una cierta gracia integral y plenitud en la manera en que sus ramas se estiraban al sol. Y cuando miré más de cerca los detalles diminutos, el delicado musgo que cubría el tronco del árbol, tuve una sensación de perfección en cada momento de su crecimiento y en cada aspecto de su existencia. Simplemente el mirar su sombra de verde resultaba curativo a mis ojos.
El Hacedor de Cielo y Tierra. Este Hacedor también debe ser un Hacedor de mí y, a diferencia de los musgos, tuve un deseo insistente de saber más acerca de este Hacedor y conectarme con El.
No había acompañamientos atronadores a mis pensamientos y ninguna luz cegadora. No era lo que ellos llaman un destello de conocimiento o iluminación. Continué leyendo las plegarias en voz alta, y sentí claramente que eran un complemento adecuado a la estupenda belleza alrededor de mí. Había visto lo que el Hacedor de Cielo y Tierra era capaz de hacer. Estos años en el Jardín habían sido un curso acelerado en apreciar Su obra manual.
En este punto, todavía no llamaba a este Máximo Constructor y Artista Eximio por el nombre que había conocido en mi niñez. En mis círculos, ese Nombre había caído en desuso. No fue sino hasta unos meses después que Su nombre vino a mis labios en medio de una noche de desvelo.
Fue en el pico de mi intenso sentimiento de aislamiento que me estaba arrastrando literalmente fuera del Jardín. Sufría insomnio, y experimenté un muy peculiar sonido, como si golpeara el fondo de rocas.
Entonces grité: “¡Di-s!”

Grité la palabra desde un sitio más profundo que mi intelecto, porque ciertamente no era parte de mi vocabulario, y no se mencionaba en ninguno de mis libros sobre meditación, curación y filosofías orientales, al menos no de una manera seria. Desde el instante en que Lo llamé, sentí un sutil cambio en mi ser. Ahora estaba orientada en una dirección totalmente nueva, una que ni había sabido que existía.
Al principio avancé ciegamente, y luego comencé a reconocer formas surgiendo en la oscuridad. Allí estaba mi recién encontrada e infinitamente preciosa relación con Di-s, y entonces hubo algo llamado idishkait, judaísmo, que llevaba en sí un modo de vida centrado alrededor de la observancia de la Torá.
El judaísmo me llevaría a una estructura social y a una cultura judía claramente distinguibles. No tenía nada de malo, sólo que me tomó completamente por sorpresa. Nunca imaginé que este Di-s que finalmente había encontrado mediante mi aprendizaje con angustia y soledad existencial, donde yo literalmente vagaba por los bosques e islas costeras, me conduciría eventualmente de regreso a mi pueblo, y no solamente a individuos, sino a una auténtica sociedad.
Pero eso llegaría después. Por aquel entonces, cuando daba mis primeros pasos en la oscuridad, todavía no estaba poblada por gente verdadera. Allí, en los comienzos mismos, cuando la oscuridad yacía sobre la faz de las aguas, y la luz todavía se ocultaba a lo lejos, tomé conciencia de otras realidades y otros tiempos. Me sumergí en la lectura de historia judía: Polonia durante el Holocausto, las matanzas de Chmielnicki en Rusia, la expulsión de los judíos de España por Fernando e Isabel, mejor conocidos por su papel en apoyar la travesía de Colón a América.
Lugares y figuras históricas que yo había asociado con la cultura y la ilustración, ahora se veían mancilladas por su complicidad con el sufrimiento judío. Incluso en Inglaterra, en la cumbre de su Edad de Oro de civilización, hubo numerosos incidentes de persecución y matanza. A lo largo de la historia, decenas de miles de judíos habían elegidos la muerte frente a la conversión a otras creencias.

Un libro escrito por un sociólogo no-judío era un estudio de la vida en los shtetls de la Europa Oriental. Quedé anonadada por los relatos de grandeza espiritual en medio de una demoledora pobreza, y el sacrificio material del que estos judíos eran capaces en la procura de estudiar su Torá.
No era la primera vez que oía esa palabra. Tenía recuerdos de haber visto Rollos de la Torá en la sinagoga de niña y marchar con banderas alrededor de la Torá en Simjat Torá, y mi padre estirándose para besar la Torá con las puntas de sus dedos mientras pasaba delante de él.
Era la misma Torá, pero ésta era otra cosa. Leía sobre gente que eligió morir antes que violar las leyes que estaban escritas allí. Y leí sobre eruditos en el shtetl volcados sobre libros con títulos como “La Luz de los Ojos”. No eran académicos o profesores, ni siquiera intelectuales. Muy probable, jamás habían puesto un pie en las universidades. Esto era claramente otra cosa. Podrían vivir apiñados en los ghettos, pero se remontaban a lo alto en paisajes espirituales, su Jardín aún más primoroso que el mío.
Estudiaron cada letra y cada palabra, cada matiz en la Torá, pero nada tenían en común con los críticos bíblicos que recordaba de mi curso obligatorio de Religión, como estudiante en curso en la universidad. Para estos eruditos, la Torá era el regalo de un Di-s que no era una Entidad histórica que alguna vez había creado el Universo y luego desaparecido. La relación continua de ellos con El mediante el estudio y la plegaria era el foco central de sus vidas.

En su sed de Di-s vi la urgencia que yo había sentido en mi ansiedad por hallar respuestas. Comprendía su sed de Di-s, a causa de mi propia impulsiva sed. Aquí estaban mis compañeros de viaje.
Realmente no había entre mis amigos alguien que pudiera simpatizar con mi obsesión por la historia judía, y ciertamente que compartiera mi entusiasmo. Uno de mis estudiantes se había sentido de pronto inspirado a encontrar sus raíces judías, pero rápidamente había partido a Israel.

Entretanto, la Universidad había invitado una Figura Teológica renombrada que organizó un baile expresando el ciclo de vida. A su término, todos pusieron sus almuerzos en el altar, y luego escogieron al azar uno traído por algún otro. Era un intento de acercar más a la gente y crear nuevos rituales para la New Age.
No pensaba en mi interés por el judaísmo como en una búsqueda de rituales New Age y simplemente otra manera de escalar la montaña. Sabía instintivamente que me había topado con la Verdad, y creía inequívocamente en esas formas que vi en la oscuridad — la gente del shtetl, sus libros santos, y los largos corredores del tiempo llamados “historia” poblados por judíos dedicados a su amor a Di-s y Su Torá.
Yo podría ser la única judía auténtica en millas pero me había conectado a la historia judía de una manera palpable, de modo que me sentí al fin del rabo de una larga corriente de personas y sucesos, y me aferraba a ese continuo con mi propia vida.
La última temporada que experimenté en el Jardín fue a fines del otoño y las primeras nieves del invierno. Hubo especialmente un incidente que aceleró mi partida.
Me encontré con un individuo cuya enajenación parecía similar a la mía. Era un ex abogado que se había desilusionado prácticamente con cada escena con que se había encontrado, tanto en el establishment como en el Anti-establishment. Su última frontera era un par de acres de tierra a una hora de la costa donde yo vivía.
Había comprado la tierra para construir una casa con sus propias manos, excavando los cimientos y cortando los pilotes sin el beneficio de herramientas eléctricas. Podrían pasar años antes de que pudiera mudarse a su casa, pero estaba decidido a terminarla. Entretanto, vivía en una cabaña de piso sucio con una vieja cocina de madera y ninguna instalación sanitaria.
Este ex abogado era bastante claro cuando hablaba, pero los muchos días y largas horas de soledad que pasó en construir la casa lo habían afectado, así como también los demás golpes y desilusiones en su vida que yo desconocía.
Parecía disfrutar la compañía de gente que se había criado en estos bosques, y fue a una de estas familias que me invitó a pasar el Día de Acción de Gracias. Había mucha bebida, y un televisor resonando poderosamente en el trasfondo. Me sentía como un visitante de otro planeta donde el alimento, la conversación, y los fundamentos y principios básicos de la vida me eran ajenos.
Traté de mostrarme amistosa porque parecían ser gente buena y decente. Pero la tristeza que siempre mantenía en reserva simplemente me inundó. Mi amigo había bebido unas cervezas, y cualquier búsqueda que teníamos en común — él se había librado de su dolor con el alcohol.
Ahora limpiaban la mesa para servir el helado y los pasteles. Verían que no había probado bocado de mi plato. Torpemente, me puse de pie, agradecí a la dueña de casa y me disculpé. Mi amigo me acompañó a la puerta. Fue la última vez que lo vi.
Había una familia que vivía cerca, de la que había oído de un amigo mutuo. Conduje hasta allí y encontré su espaciosa cabaña al final de una polvoriento camino.
Habían venido de una de las grandes ciudades orientales y vivían aquí hacía un número de años. Bebían leche fresca de cabra y vestían suéteres hechos a mano, tejidos de la lana de las ovejas en su patio posterior. También tenían vacas y gallinas, pero su principal fuente de ingresos provenía de criar abejas y envasar la miel que vendían a lo largo de Nueva Inglaterra.
El esposo era judío y lleno de sueños de hacer realidad las cosas en un nivel psíquico. Cleady, su esposa no-judía, había compartido su visión al grado de ser totalmente autosuficiente y desarrollar una industria con base en el hogar. Pero había dejado de seguir su línea de pensamiento hacía años, si es que alguna vez realmente lo había entendido, y se alineaba en su contra con sus dos hijos adolescentes. Cuando él salió de la sala, ella se volvió a mí y me confió que últimamente él se había vuelto muy extraño y siempre hablaba de su abuelo.
Habían trabajado juntos muy duro para concretar su sueño de vivir de la tierra. Pero ahora, la mitad judía de esa pareja había comenzado a sentir añoranzas por su pasado judío, como me sucedía a mí, y el sueño había perdido significado. El comenzaba a sentir sus raíces calando profundo en el pasado e incluso más allá, llegando a la Fuente.
No tenía sentido tratar de hablar con él al respecto. Todavía estaba firmemente atrincherado en el Jardín, y yo recién comenzaba a sentir ese poderoso impulso de la velocidad de huida. Observé el drama de esta familia enajenada a la luz de mi propio aislamiento que se hacía cada vez más profundo. Mis palabras se habían acabado y simplemente esperaba regresar a la Costa temprano en la mañana siguiente.
Su cabaña tenía un ala con una sala de huéspedes, y yo estaba acostada esperando que pasara la noche. Seguí el mullido contorno de las montañas contra el aterciopelado cielo oscuro. En mi estado mental, estaba desesperada por siquiera una pequeña medida de paz, y nunca podría ser más irritante afuera que adentro. Me vestí bajo la cálida colcha, silenciosamente bajé las escaleras y abrí la puerta exterior.
Había una luna llena y casi un metro de nieve blanca y pura sobre el suelo. Me detuve hacia el final del corredor. A la izquierda, pasaría delante de casas cada tantos cientos de yardas. Giré a la derecha y tomé un sendero por el espeso bosque.
A esta hora de la noche, había una quietud más serena que lo que alguna vez conocí. Sabía que me había enfriado tanto como era posible en el curso de toda una vida. No era sólo la profunda helada bajo cero. Hacía tanto frío que mi corazón se estaba volviendo hielo. Sentí como si hubieran pasado muchos años desde que experimentara cualquier calidez verdadera, o nutrición, da lo mismo. Aquí había vivido yo, en el Jardín, y éste se había vuelto un auténtico desierto para mi alma.
Debo haber caminado durante horas, simplemente oyendo el chasquido de mis botas craqueando la nieve. Sentía que con cada paso estaba sellando un pacto con el Creador de esta existencia, que era sólo El y yo de ahí en adelante. La parte de mí que era más que apenas animal y viva, la parte que era yo, lo que comenzaba a considerar mi alma, pujaba hacia adelante con la única manera con que podía expresarse entonces, el movimiento de mí caminando en la tiesa frialdad entre tiritantes espinas de los árboles.
La mañana siguiente, conduje de regreso a la Costa. Todo el camino mi automóvil hizo ruidos extraños y finalmente frenó en seco cuando entraba al camino junto a mi casa. Cuando quise reencenderlo, no pude hacerlo más. Lo tomé como una señal.
Sin explicaciones a la administración de la universidad o a mis amigos en el Jardín, empaqué algunas de mis cosas y partí con el autobús unos días después.

(extraído de Jabad Magazine, www.jabad.org.ar).

 

Varda Brandfam

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