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Más allá de la búsqueda del Jametz

Rabí Sh. B. Wineberg, traductor de una amplia gama de obras jasídicas, es Director del Beit Jabad de Kansas, USA.

Nuestra historia está llena de relatos de martirio judío. Desde los días del Patriarca Avraham, la lealtad judía ha sido puesta a prueba repetidamente, y se ha mantenido en alto repetidamente.
En verdad, sin embargo, la Torá no pretende convertirnos en mártires. “Y vivirás por ellas”, dice la Torá hablando de las mitzvot. Las leyes que demandan ser sostenidas aún con el costo de la vida misma son apenas tres. Y con todo, abundan las historias de judíos que amaron las mitzvot más que sus propias vidas, más allá del llamado de la letra de la ley.
Esta devoción es ilustrada vívidamente por las historias de judíos que en prisiones rusas bregaron a toda costa por evitar comer jametz en Pesaj. El judío encarcelado en un gulag soviético compartió con sus hermanos y hermanas una casi patológica repugnancia por el jametz en Pesaj un sentimiento que ha sido parte de la psiquis judía desde tiempos inmemoriales.
Pero, ¿no está permitido acaso comer jametz en Pesaj bajo una situación que amenaza la vida?
Desde luego que sí. Y arreglárselas sin los bocados de burdo pan que constituían el menú exclusivo en las prisiones rusas significaba ciertamente el peligro de morir de hambre. No obstante, para muchos judíos, el mero pensamiento de comer jametz en Pesaj era, y aún lo es, más detestable que la muerte misma.

¿Qué yace en la raíz de semejante repugnancia al aparentemente inocuo producto que es enteramente permisible el resto del año? ¿Por qué tamaña aversión al alimento que se comerá una vez más, con gusto, tan pronto como finalice Pesaj?
Sin duda, esta antipatía está, al menos en parte, arraigada en el esfuerzo casi fanático de la Torá de liberar no solamente al estómago judío sino también al hogar judío de todo vestigio de jametz en Pesaj; durante los ocho días de Pesaj, no sólo se nos prohíbe comer jametz, sino que también tenemos prohibido ver o siquiera tener la más mínima cantidad de éste en nuestra posesión.

Podríamos hacer esta misma pregunta a la Torá. ¿Qué tiene el jametz en Pesaj como para obligar a la Torá a tomar medidas tan estrictas y requerir el castigo de karet la excisión espiritual para aquel que come jametz en Pesaj?
La prohibición de jametz en Pesaj no existe en un vacío. Se relaciona directamente con la ordenanza de comer matzá en Pesaj. ¿Y qué es matzá? Masa a la que no se le ha permitido alzarse y llegar a leudar, es decir, pan al que se le ha impedido que se vuelva jametz.
Jametz y matzá son, así, antitéticos; el jametz proclama la negación de matzá, y matzá declara la ausencia de jametz.
Al analizar la diferencia básica entre jametz y matzá podremos decir, así, lo siguiente: jametz y matzá difieren a causa de los aspectos duales de “tiempo” y “leudado”. La masa a la que se le permite el tiempo necesario para elevarse y llegar a leudar, es jametz; aparta los elementos de “tiempo” y “leudado”, y tendrás matzá.

El mandamiento de comer matzá y la ordenanza de abstenerse de jametz están, por supuesto, directamente relacionados con el Exodo de Egipto, momento en el cual se ordenó al pueblo judío comer matzá y abstenerse de jametz.
El Exodo del pueblo judío de Egipto fue un momento crucial en nuestra historia, pues los judíos fueron entonces no solamente liberados de la esclavitud física, sino que, más importante aún, lograron entonces el estado de nación.
La partida de los judíos de Egipto, sin embargo, sólo constituyó la etapa inicial del nacimiento de los judíos como nación; la culminación de su nacimiento como tal sobrevino sobre cuando recibieron la Torá, como está escrito: “cuando saques a la nación de Egipto, ellos servirán a Di-s sobre este monte [Sinaí]”.
Pues, a diferencia de lo que sucede en otras naciones, el nacionalismo judío está inexorablemente entretejido con el convertirse en una nación espiritual, una nación de Torá. Por eso dijo Di-s al pueblo judío cuando les dio la Torá: “Y seréis para Mí un reino de sacerdotes y una nación santa”, es decir, una nación que sirve a Di-s conforme lo dictamina la Torá, pues el servicio Divino es parte integral del judío como pueblo.

El propósito del Exodo fue, así, transformar una masa de individuos independientes en una totalidad espiritual colectiva, es decir, transformar a gente cuya preocupación mayor hasta ese momento se centraba en su propia personalidad, en una entidad que se ocupe no solamente de aquellos otros además de sí mismos, sino también que se dedique a lograr un estado mucho más excelso que el de sus personalidades colectivas: volverse una nación santa.

Para que el judío pueda alzarse por encima de su propia personalidad independiente y fusionarse en la totalidad mayor para volverse parte de una nación, fue necesario que adquiriera el atributo de la abnegación, la anulación de su propia personalidad independiente.
Este atributo era particularmente necesario puesto que el estado de nación asumido por el pueblo judío era algo mucho mayor que el de meramente convertirse en la suma de sus partes: éste no era simplemente un grupo de individuos que se agrupaban y se convertían en una nación; era una transformación radical de individuos que se transformaban en un pueblo espiritual y santo. Lograrlo, requirió no solamente la subordinación del individuo al grupo, sino también la del individuo a Di-s.

Una de las diferencias fundamentales entre lo espiritual y lo temporal es que lo primero trasciende los límites del tiempo, mientras que lo segundo está limitado por entero a esta estructura el tiempo y opera totalmente dentro de él.
Para que el pueblo judío pueda lograr el pleno beneficio del Exodo convertirse en una nación santa tenía que adquirir no solamente la característica de abnegación que le permitiera trascender su propio sentido de Yo, sino también el atributo de poder alzarse por encima de las limitaciones del tiempo, posibilitándole existir dentro de la estructura eterna y espiritual de Di-s como se dispone en la Torá.

A ello se debe que la partida de Egipto tuviera lugar con tanta premura “ellos no podían demorarse”, como destaca el texto bíblico pues trascender lo temporal y escalar al dominio espiritual del infinito es el tema preeminente del Exodo.
A fin de ayudar a los judíos a lograr este sublime estado, Di s les ordenó, en el tiempo del Exodo, abstenerse de jametz y comer matzá. Similarmente, a fin de que nosotros revivamos y volvamos a experimentar el Exodo durante Pesaj, se nos requiere evitar todo contacto con el jametz y se nos ordena comer matzá. Pues el jametz, con su característica de leudar e inflarse con aire caliente, es símbolo definitivo de la altanería del ego y la importancia atribuida a la personalidad propia, la antítesis misma de la humildad y la anulación personal que es tan central al Exodo y a Pesaj.

Además, el jametz, resultando como lo es del hecho de permitir que la masa permanezca estática por un prolongado período de tiempo, es indicativo de la inmersión en lo temporal. Como tal, está en marcado contraste con el tema de Pesaj, elevarse por encima del tiempo y escalar a lo verdaderamente espiritual y santo.
La matzá, por su parte, es el alimento perfecto de Pesaj, pues su forma chata, su simplicidad y “carencia de aire”, junto a su producción rápida, simboliza la perfección de los temas duales de anulación de la personalidad propia y trascendencia por encima de los lazos de la temporalidad.

Pesaj, con su mandamiento concomitante de comer matzá, es, así, el tiempo en el que los judíos, tanto individual como también colectivamente, revelan la cualidad esencial de su persona judía y el estado de nación que anula su personalidad independiente de Yo, y la trascendencia de lo corpóreo en procura de lo Divino.
Puesto que la realización y el logro de estas dos características son centrales a la conducta del judío no solamente en Pesaj sino durante el año entero, se desprende de ello que cualquier cosa que obstaculice su expresión debe ser totalmente erradicado y desterrado.
Porque jametz es tan contrario a este concepto, el espíritu y tema de Pesaj, a los judíos no solamente se les exige abstenerse de comer jametz, sino que también se les prohíbe siquiera poseer la más ínfima cantidad de éste durante Pesaj. Además, los judíos harán esfuerzos extraordinarios para evitar la asociación con una entidad que, durante Pesaj, simbolice algo tan completamente ajeno a su mismísimo ser.

Finalmente, la renuncia absoluta y el repudio al jametz en Pesaj hablan poderosamente acerca de aquello que el judío defiende y sustenta: el sacrificio absoluto del propio ego y ser, tanto en aras del pueblo judío como un entero convirtiéndose en parte de la nación judía , así como también del objetivo de transformarse uno mismo, de un ser corpóreo en un ser santo y espiritual, una nación santa, compuesta por individuos totalmente unidos a Di-s.

Shalom B. Wineberg

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