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Maor Hashabat:: Un Ladrón atrapado

Editado por Maor Hashabat, de la comunidad Ahabat Ajim, Lanus, Argentina. Editor responsable:Eliahu Saiegh

Esta historia, fue contada por el Rab Nizan Goldberg, quien la conoció a través del conmovedor discurso de un novio, uno de los mejores alumnos de la Ieshivá de Lomza durante su compromiso matrimonial.

El joven comenzó diciendo que como era costumbre, en ocasiones como esta, agradecer a quienes habían influenciado en el crecimiento del novio, y habían hecho posible que llegara hasta este lugar, también deseaba comenzar su discurso con un profundo reconocimiento a la persona que consideraba responsable de que él estuviera allí.
«Quiero que todos sepan, que si yo hoy me encuentro aquí, y antes de esto, todos los años que estudié con tanto entusiasmo, es por mérito de mi maestro de segundo grado».

Después de agradecer a sus padres, por haberlo educado con tanta entrega y abnegación, contó que siendo un pequeño de siete años, uno de sus compañeros de grado, trajo a la escuela un reloj muy valioso, regalo de su abuela con motivo de su cumpleaños.
Ese niño, era hijo de ricos, y su abuela no tenía otra cosa que regalarle que un reloj muy costoso…
Cuando llegó el recreo, todos salieron corriendo a jugar en el patio y el reloj quedó sobre la mesa. Al regresar, la exclamación del dueño del tan preciado tesoro enmudeció a toda la clase.
El reloj había desaparecido. Era claro que alguno de los niños lo había tomado. Mi compañero no tenía consuelo.

En ese momento, nuestro maestro entró en escena. A pesar que era muy pequeño, recuerdo perfectamente que pude percibir que se refería al hecho con gran seriedad y preocupación, pero esforzándose en controlar sus impulsos y palabras.
Pidió que el niño que había tomado el reloj, se pusiera de pie y lo reconociera.
Lo repitió unas cuantas veces, y como no obtuvo resultados, ordenó que todos se pusieran de pie, en sus lugares, y con los brazos en alto.

Comenzó a recorrer la clase, palpando los bolsillos de cada alumno y sus útiles, para desenmascarar al ladrón.
Yo, continuó relatando el novio, temblaba de miedo. Seguramente, ustedes ya se habrán dado cuenta por qué… yo era el ladrón.
Al ver el reloj, tan lindo, no pude resistir la tentación, miré a todos lados, no había nadie en el aula, lo tomé y lo guardé en mi bolsillo.
El maestro seguía recorriendo la silenciosa fila de niños, palpando los bolsillos… está por llegar mi turno… y lo encontrará en mi poder!!!
Las fantasías más negras y aterradoras pasaron por mi mente en ese momento. ¿Qué ocurriría cuando me descubrieran y se anunciara públicamente, frente a toda la escuela que yo era «el ladrón»?

El maestro está a mi lado. Pone la mano en mi bolsillo y encuentra el reloj. Cierro mis ojos y espero los acontecimientos.
¿Qué ocurrió? Normalmente, él debería haber anunciado en voz alta que había atrapado al ladrón. Entre otros motivos, para demostrar su sagacidad, al haber descubierto a quien se había negado a levantarse y reconocer su falta, además hubiera sido la respuesta natural a la gran tensión que reinaba en la clase en ese momento.
Pero mi maestro, actuó de otra forma.
Al descubrir el reloj en mi poder, lo ocultó entre sus dedos y con una rápida maniobra lo sacó de mi bolsillo y lo puso en el suyo, sin que nadie se diera cuenta.

Luego, con total naturalidad, siguió su recorrida revisando al resto de los niños.
Cuando terminó, se paró frente a la clase y anunció que había encontrado el reloj.
«Pero quiero que sepan, que ninguno de mis alumnos robó el reloj… el instinto negativo fue quien entró al grado, y él fue quien lo robó. El niño en cuyo bolsillo lo encontré, es un joven muy especial, diligente y aplicado, y seguramente, el instinto negativo lo dominó por un instante».
Luego agregó: «Estoy seguro que en este mismo momento, él se arrepiente por lo que hizo, y le promete a D-os que no volverá a hacerlo».
Después de eso, hizo un breve comentario con respecto a la obligación de toda persona de superar sus instintos y continuó con la clase, sin que nunca, ningún alumno, conociera la identidad del «ladrón».

Yo, por supuesto, respiré profundamente, continuó relatando el novio frente a los invitados, me había salvado de ser señalado por todos. Por mérito de las cualidades e inteligencia de mi maestro, pude crecer y además arrepentirme sinceramente de lo que había hecho.

Imagínense ustedes, qué hubiera ocurrido si el maestro hubiera reaccionado impulsivamente, y al descubrir el reloj en mi bolsillo, hubiera anunciado a todos mis compañeros: «aquí está el ladrón».
Seguramente, hubiera tenido que abandonar la escuela, a causa de la vergüenza, y cambiar a otra, con mi mal nombre persiguiéndome a todas partes.
Con su proceder, mi maestro provocó muchas buenas consecuencias. En primer lugar, no me avergonzó frente a todos. En segundo lugar, me dio la oportunidad de corregirme, además, pude continuar en esa escuela, estudiando normalmente e incluso superándome.

Pero lo más importante, es que la imagen de mi maestro, quedó grabada en mí, como un ejemplo de buenas cualidades, de alguien que superó el impulso de mostrar su inteligencia, y la tentación de demostrar a sus alumnos que «nadie puede engañarlo, ya que él conoce todos los trucos».
Hasta hoy recuerdo que, cuando descubrió el reloj en mi bolsillo, su corazón palpitaba y era notorio que tuvo que apretar los labios, para no descubrirme, por eso, quiero puntualizar mi principal agradecimiento a mi maestro y declarar frente a todos, que solo por su mérito pude mantenerme en el camino de la Torá.

Nadie hubiera juzgado negativamente al maestro si hubiera acusado a su alumno frente a toda la clase, mostrando su pericia y haciendo gala de su poder.
Hay personas que se sienten importantes contando a un tercero una confidencia de alguien que se acercó en busca de ayuda y terminó perjudicándose.

En esta Perashá, somos testigos del inmenso poder destructivo de la palabra, al ver lo que provocaron los espías, a sí mismos y al resto del pueblo.
Escribe el Ben Ish Jai: Ciertamente, en todas las cosas encontramos fuerzas benefactoras y de destrucción: el fuego, calienta y quema. Las aguas hacen crecer e inundan. Pero si por causa de estos elementos se destruyó, con otros se puede corregir. Por ejemplo, el fuego extermina, pero el agua lo apaga. Las aguas inundan e invaden, pero con piedras se detienen.

Pero cuando la palabra destruye y provoca daño, solo se puede corregir a través de la palabra. Quien ofende a su compañero, debe pedirle disculpas, el que dice palabras desagradables, debe aumentar su Tefilá y su estudio de Torá.
Ese es el poder de la palabra, solo con lo mismo que se destruye, podemos reconstruir.

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