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Maor Hashabat: No se pierde nunca

Editado por Maor Hashabat, de la comunidad Ahabat Ajim, Lanus, Argentina. Editor responsable:Eliahu Saiegh

No es un secreto para nadie que, a cada segundo, cada uno de nosotros atraviesa por pruebas inmensas, especialmente en lo concerniente a la conducta que debemos tener en nuestra relación con el prójimo.

Estoy seguro de no equivocarme si digo que por ser que los preceptos relacionados con el prójimo son tan elevados por un lado, tan frecuentes por el otro y además son una muestra clara de nuestras cualidades o de la falta de ellas, el mal instinto se ocupa de hacerlos a un lado y que los pasemos por alto.

El protagonista de nuestra historia, a quien llamaremos Iejiel, es un joven de 24 años, de una buena Ieshibá, querido por todos, que llegó a la edad de formar su propia familia.
Su buen nombre lo acompañaba y sus padres no se conformarían con cualquier cosa.
Ellos pretendían una joven de buena familia y esta condición irrevocable llegó hasta las oficinas de los casamenteros…
«él salió de una buena casa, una buena familia, por lo tanto, en ese sentido no haremos concesiones, nosotros queremos una familia igual a la nuestra». Aclaraba su madre a todo quien quisiera escucharla.

Esta vez, se estipularía desde un principio que los padres de la novia pagarían un año de alquiler, y por supuesto la mitad de la boda. Y en el futuro se haría un esfuerzo compartido para comprar un departamento para la nueva pareja.
El intermediario en la búsqueda de pareja, a quien llamaremos Iankel, estaba más que satisfecho con el acuerdo al que habían arribado las familias.

Comenzaron los encuentros entre los jóvenes y al término de uno de ellos, fueron notificadas las partes – «¡Mazaltov! ¡Felicidades!» Hay deseos por parte de la pareja de construir un nuevo hogar dentro del pueblo de Israel.

Tras una breve consulta con los padres de la novia, Iankel comprendió que estaban interesados en hacer un Vort (formalización del noviazgo) como es costumbre, pero el abuelo de la novia, que vive en Estados Unidos, tiene muchos deseos de compartir ese momento con ellos y pide encarecidamente que se retrace la reunión diez días.

«El abuelo de América – explicó el papá de la novia – es un hombre acaudalado que ama a su nieta, ella es todo su mundo… pero en este momento está en medio de un tratamiento médico y es muy importante que lo esperemos».
Así se los transmitió Iankel a la familia del novio, quienes estuvieron de acuerdo en esperar a que llegara tan emocionante día.
Transcurridos los diez días, se organizó el Vort en casa de los padres de la novia, y como es costumbre en las buenas familias, se preparó un importante banquete.

La familia de Iejiel se adelantó y lo instruyeron para que él llegara un rato más tarde.
«Por favor, haz lo posible por llegar puntualmente a las ocho, como nos pidieron». Le dijo el padre.
El novio salió de casa de sus padres a las siete, vistiendo un traje nuevo y una delicada corbata. Estaba muy emocionado. El remís lo estaba esperando. El viaje no debería demorarse más de 35 minutos.
«Tengo tiempo de sobra», pensó.

Un atascamiento en el tránsito, a la entrada de la ciudad lo retrazó, pero fue un atraso razonable de quince minutos. Otra demora de quince minutos y Iejiel comienza a tensionarse.
Al llegar al centro de la ciudad se destrabó el tránsito y le dio instrucciones al chofer para que se apurara lo más que le fuera posible.

Al acercarse a la terminal de ómnibus, observó a un hombre mayor haciendo señas para que lo llevaran. El semáforo encendió la luz roja y Iejiel le pidió al chofer que se detuviera cerca del hombre.
«Debo llegar a la calle Dekalim 27, si no es molestia, te agradecería si te queda de camino, que me alcances hasta la dirección justa – le pidió el hombre – ya que me es muy difícil caminar».
«Seguro», respondió Iejiel y abrió la puerta invitando al hombre a subir al auto.

Luego de siete minutos de viaje, el conductor intentó doblar a la derecha, pero un gran cartel se lo impidió: «La calle Dekalim está cerrada al tránsito por trabajos de la Municipalidad».
«Uy – murmuró Iejiel – esto llevará tiempo, ya es tarde. Baje aquí – le pidió al hombre – camine hacia la derecha, y después de cien metros, encontrará la entrada a la calle Dekalim, no tendrá mucho que caminar, le pido disculpas pero no se puede pasar por aquí».
«Lo siento, pero te ruego que me lleves hasta la dirección que te indiqué, te lo pedí expresamente y te expliqué que no puedo caminar. Es cierto, no tengo mucho para caminar, pero me es difícil hacerlo y tú te comprometiste, si no lo hubieras hecho, hubiera tomado un taxi».
Iejiel sintió que el enojo lo inundaba… Por un lado su retraso y por otro este contratiempo…
Los nervios le ganaron la partida y… no van a poder creerlo: ¡Iejiel le pidió al chofer que diera la vuelta y regresara a la terminal de ómnibus!
«Disculpe, pero aquí lo devuelvo justamente al lugar de partida, ahora tome un taxi y vaya donde quiera».

Iejiel llegó con atraso al Vort y fue recibido con muchos besos y abrazos. La mesa estaba preparada con delicias, pero el plato principal todavía no había sido servido.
«¿A quién esperamos?» Preguntó.
«Esperamos al abuelo de tu novia, que acaba de llegar de América – respondió el papá de Raizi – debe estar llegando de un momento a otro y pidió que no comencemos sin él.
Después de cuarenta minutos, golpean a la puerta y al abrirse aparece un anciano sonriente.
¡Bienvenido papá! ¡Abuelo! Exclamaron los familiares de la novia.
«Les pido disculpas por la demora». Después se dirigió a Raizi, su nieta y le dijo:
«Felicidades, escuché que tuviste el mérito de encontrar un novio estudioso. Me contaron que es muy aplicado y amante de hacer favores y que tiene buen corazón. Quiero que sepas que, con la ayuda de Hashem, el próximo año yo les compraré un departamento nuevo, una vez que termine el contrato de alquiler…»
«Abuelo, te presento a mi novio».

El ‘abuelo de América’ observó al novio de Raizi y el desprecio y la angustia se reflejó en su rostro.
Iejiel empalideció hasta la raíz de sus cabellos.
No hay más para agregar. Este novio fue quien llevó al abuelo y lo devolvió a la terminal de ómnibus con enojo e impaciencia.
«¡Siendo yo quien paga este casamiento, no habrá casamiento!»

Fue así como se derrumbó este contrato matrimonial y silenciosamente la familia, que había llegado esperanzada, bajó por las escaleras, desilusionada y avergonzada, especialmente el novio…
Una historia difícil de digerir… y mucho más de escribir. Pero está dirigida a quienes nos reclaman que no es posible que la mayoría de las historias tengan ‘final feliz’.
De todas formas, es posible considerar que tiene un final feliz, si podemos tomar de ella una enseñanza.

Esta Perashá, nos cuenta que el pueblo terminó con la construcción del Mishkan.
El Ialkut dice que la Torá nos enseña que al concluir los trabajos, de todos los obreros que intervinieron, ninguno falleció, ninguno se enfermó y tampoco se rompió ninguna herramienta.

Una de las enseñanzas más importantes que debemos tomar, es que por el cumplimiento de una Mitzvá, no se pierde nunca.
Cuantas excusas utilizamos para explicar por qué no hacemos tal Mitzvá, la más frecuente es que de realizarla, nos veremos perjudicados.

Nos enseña el Ialkut que todos los que se ocuparon de la Mitzvá, no solo no se enfermaron, sino que no fueron afectados por el más pequeño de los daños.
Como podemos saber si las dificultades que se nos presentan para el cumplimiento de una Mitzvá, en definitiva, no serán el origen de nuestra salvación y regocijo.

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