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El Libro de Bamidbar (Números)
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Maor Hashabat: La Vida es Sueño

Editado por Maor Hashabat, de la comunidad Ahabat Ajim, Lanus, Argentina. Editor responsable:Eliahu Saiegh

La siguiente historia no habla de un hecho real. Lo que contaremos a continuación, no ocurrió… y seguramente tampoco ocurrirá.

Un día, se encontraron el ángel encargado de los sueños y el ángel encargado de los éxitos, en un lugar elevado de los Cielos. Ambos entablaron una conversación emocionante, en la que cada uno contaba sus vibrantes experiencias en el desempeño de sus funciones.

El ángel de los éxitos contó cómo rescató a un pobre, que dejó de serlo de un momento a otro; y su compañero relató el bello y largo sueño con el que hizo feliz a un niño, enfermo, en su cama. Después de un rato, se despidieron, no sin antes prometerse, el uno al otro, volver a encontrarse, para seguir contándose sus aventuras.

Cuando se separaron, el ángel de los sueños se quedó pensativo. ¡Esa noche pondría en acción todas sus habilidades y crearía un sueño único, uno como nunca se conoció hasta ahora!
Hace días que el señor Henry no es visto por sus conocidos. Su estado de ánimo está muy decaído. Ya hace un par de meses que manifestó su desacuerdo con la forma en la que se estaba trabajando en las sucursales de su empresa, en Nueva York. Ahora a la luz de los resultados, que tenía en frente suyo, comprendió que, lamentablemente, no se había equivocado.
Toda su vida, el señor Henry, había estado convencido que la dicha de la persona dependía de ella misma. «¡Si se esfuerzan, lo lograrán!» Solía decirles a sus empleados.

Sobre su fino escritorio había un cartel en el que se leía: «El secreto de caminar sobre las aguas, está en saber dónde se encuentran las piedras».
Cada nuevo empleado que ingresaba a la empresa, era invitado a leerlo.
«Querido», decía mientras palmeaba la espalda del joven postulante, «si miras, analizas y mides tus actos, tendrás éxito, no hay otra posibilidad».
Pero sabemos que sí existe otra posibilidad.

Los negocios del señor Henry comenzaron a decaer. Ya no sabía como detener el desmoronamiento. En ese momento cambió su discurso, en esa difícil situación, comenzó a repetirse a sí mismo: «no es el éxito, el que hace a la persona exitosa, sino ella misma con su conducta, lo determina».

«Nuestros hijos y vecinos no se enterarán», acordó con su esposa. Poco a poco, fueron bajando su estándar de vida. Los niños, acostumbrados a los más finos manjares, debieron conformarse con un trozo de pan. Comprar ropa nueva, era impensable.

Así fueron pasando los meses hasta que llegó un día, en el que los niños debieron irse a dormir sin comer. No había qué darles, ni siquiera para engañar sus hambrientos estómagos.
Las luces de la casa se apagaron, y el señor Henry se fue a dormir, muy abatido. En ese momento pasó por allí el ángel de los sueños…

En cuanto se quedó dormido, pasaron delante de los ojos del señor Henry, una fila interminable de fotos de su infancia. Tanto se había esforzado para olvidarse de ella, y ahora había regresado.
La sangre hervía dentro de su cuerpo, como si todo volviera a repetirse. Un joven delgado, transpirando de pies a cabeza, bajo el sol ardiente, martilla un clavo, en la caja que se desliza por la cinta automática, en espera de la siguiente.
Un silencio absoluto reina en la casa y el señor Henry comienza a hundirse en las profundidades de un dulce sueño.
Habían vuelto los bellos días, en los que se abrieron muchas sucursales y se hicieron buenas inversiones. Su amigo de la juventud, le ofreció asociarse en un nuevo negocio. Tuvieron éxito, y con las ganancias, no solo cubrieron las deudas, sino que también les sobró suficiente dinero para iniciar un nuevo negocio.

Una amplia sonrisa, se dibujo en su rostro, que ya hacía muchos meses que no sonreía, ni siquiera en sueños.
Como agradecimiento a Hashem, por tanta bendición, organizó un gran banquete, al que invitó a sus amigos y a su Rab. Las mesas estaban dispuestas, adornadas con finos manteles, coloridos centros de mesa, cubiertos de plata y sobre costosas bandejas de porcelana china, los más exquisitos manjares.
Los invitados ocuparon sus lugares y el señor Henry se preparó para decir unas palabras.
Unas horas antes, todavía estaba en duda de cómo comenzar su discurso, finalmente, llegó a la conclusión que lo más adecuado era comenzar cantando al Creador, que lo había salvado de la pobreza. Comenzó a cantar, alzando sus brazos al cielo, mientras sus invitados aplaudían, haciendo vibrar el recinto.

De pronto, empalideció al ver, asomando por la ventana que se encontraba frente a él, una pistola que apuntaba directamente a su cabeza. El arma estaba en manos de un famoso criminal, cuyas fotos fueron publicadas por las autoridades de todas las formas posibles.
Los gritos de «¡socorro, socorro!», que salieron de su garganta reseca, rompieron el silencio de la noche, y en pocos minutos Henry se encontraba en medio de un gran bullicio.
Los vecinos, alarmados, irrumpieron en mitad de la noche, desde todas partes, armados con palos, escobas y lo que encontraron en su camino, para acudir al llamado desesperado de su vecino.

Nuevamente el silencio se apoderó de la casa, parado en el medio del salón, rodeado por sus vecinos, que lentamente fueron soltando los palos y escobas, se preguntaba dónde terminaba el sueño y comenzaba la realidad.
Mientras, los vecinos miraban con pena al pobre Henry, que observaba desconcertado a sus hijos, quienes habían despertado por el ruido y lloraban desconsoladamente, un poco, por el susto, y otro, por el hambre. Algunos de ellos, corrieron a sus casas y volvieron trayendo comida que repartieron entre los niños.

A la mañana siguiente, corrió la voz que el señor Henry había perdido su fortuna… y probablemente, también la cordura.
Cuando nuevamente, se encontraron el ángel de los sueños, con el ángel de los éxitos, el primero no pudo contener la sonrisa, mientras le contaba a su compañero, del señor Henry, conmocionado, parado, a media noche, rojo como el fuego por la vergüenza, mientras sus vecinos revisaban su heladera vacía, en la que no había nada qué dar de comer a sus hijos hambrientos.

El ángel del éxito abrió sus ojos con asombro: «¿No tienes vergüenza? ¡Qué crueldad! Avergonzarlo frente a todos y darle falsas ilusiones ¿Cómo se te ocurrió hacer algo así?».
Ahora, el ángel de los sueños fue el sorprendido: «¿Tú me enseñarás a mí sobre ilusiones vanas? Si tú, ángel de los éxitos, ilusionas a las personas, durante 70 u 80 años. Eliges una persona, le das riqueza, éxito. Ella está segura que nada le falta, se encuentra en la cúspide de los éxitos, ni siquiera le queda tiempo para una clase de Torá, porque está muy ocupada. Pero cuando baja el telón y termina la función, el judío sube a los Cielos y descubre que todo eso era sólo un sueño. No hay riqueza, no hay éxito, nada, es un pobre miserable. Dime: ¿Quién de nosotros es más cruel? ¿Yo, que una noche ilusioné a una persona, o tú que la ilusionas todos los días de su vida?».
El ángel de los éxitos bajó sus ojos y dijo: «Tienes razón, querido amigo, yo me apoyo en ellos, las personas, y espero que utilicen su inteligencia para entender cual es el éxito verdadero».

Los ángeles replegaron sus alas, indicando que su conversación había terminado. Nosotros nos quedamos con el profundo mensaje de que debemos aprovechar cada día, no dejar que se nos escape de las manos la posibilidad de estudiar Torá, un día sin estudio de Torá, es uno que se arrancó del calendario como si no hubiera existido, en cambio, un día de estudio, se graba con letras de oro, en el libro de la vida. El Jafetz Jaim nos enseña, basándose en esta Perasha (Bamidbar 19:14), que el estudio de la Tora no se sostiene, sino por quien se anula ante el resto de las cosas y aprovecha su tiempo para el estudio de la Tora.

1 comentario
  1. Ezequiel

    Qué gran bendición poder leer estas palabras. Muchas gracias y bendiciones

    12/07/2016 a las 19:11

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