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1.Devarim
El Libro de Devarim (Deuteronomio)
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Maor Hashabat: La Fuerza la dá la Union

Editado por Maor Hashabat, de la comunidad Ahabat Ajim, Lanus, Argentina. Editor responsable:Eliahu Saiegh

¡Es grande la fuerza de la unión del pueblo judío!
Los Jajamim nos enseñan que, lo que es posible conseguir a través de la hermandad y la cercanía de los corazones, es mucho mayor que cualquier otro logro espiritual.
No hay duda que a partir de la unidad mancomunada, es posible ganar cualquier batalla y enfrentar al más poderoso de los enemigos.

Al respecto, el libro Col Mebaser, hace referencia a una parábola, contada por Rab Bunim de Parshisja ZZ»L, para responder a la pregunta que se le formulara: ¿Quién ganaría la guerra, el poderoso ejército de Napoleón o el del zar de Rusia?
Así respondió: En una ciudad, había un Conde, rico e importante, dueño de muchas propiedades, en distintas partes de la comarca, también poseía viñedos y extensos campos, donde pastoreaba numeroso ganado vacuno y ovino.
Pero su más preciada posesión, eran sus caballos. Tenía agentes que recorrían el mundo en busca de los mejores ejemplares e invertía grandes fortunas en ellos. En consecuencia, en sus establos había caballos árabes, rusos, persas, belgas, españoles, ingleses.
Le gustaba organizar competencias ecuestres para lucirse con cada nuevo ejemplar que adquiría y cada día se paseaba con uno diferente.

Un día, anunció a sus súbditos que deseaba recorrer sus posesiones. A tal efecto, les ordenó a sus sirvientes que prepararan su magnífico carruaje y que pusieran al frente a seis de sus mejores caballos.
Con prontitud obedecieron la orden de su amo, y prepararon el carruaje, tal como él les solicitó. A la cabeza, ubicaron al caballo árabe, el más caro de todos. En segundo lugar, pusieron al belga, el más fuerte. Detrás de él, al persa, luego al inglés, el holandés y por último, la más reciente adquisición, un fino caballo español.

El conde estaba ampliamente satisfecho. Sonriente se acomodó entre los almohadones de seda del asiento trasero de su carruaje, mientras le eran entregadas las riendas a uno de los mejores cocheros de la comarca, de gran habilidad en el manejo de estos animales.
A gran velocidad, atravesaron campos y ciudades, montes y laderas, despertando admiración a su paso.

De camino a una de sus propiedades, debían pasar por un denso bosque, con espesa vegetación y muchos lagos naturales. En uno de ellos, y por una ligera distracción del cochero, la imponente carroza con sus seis caballos, quedaron empantanados en el barro, sin poder salir.
El cochero, les pidió al conde y a sus acompañantes que bajaran de la carroza, que él, con un certero latigazo, les daría impulso a los caballos para que la sacaran de allí, en un instante.
Así hicieron y el cochero le pegó, en primer lugar, al caballo árabe, pero el carruaje no se movió. Hizo lo mismo con el belga, con el mismo resultado, así con cada uno y el carruaje seguía en el mismo lugar. Azotó al caballo español y nada…

En ese momento, pasó junto a ellos una carreta cargada con afrecho, conducida por un sencillo aldeano y arrastrada por dos débiles caballos, que ante la mirada sorprendida del conde y su séquito, atravesó el barro sin problemas.
Al ver esto, el conde le gritó al aldeano para que regresara y los ayudara a sacar su carruaje de allí.
El hombre accedió gentilmente, pero le pidió al cochero que desatara los seis caballos y sacara a uno por uno del barro, mientras tanto, él trajo a los suyos y los amarró al carruaje, diciendo que ellos harían el trabajo.

El conde lo observaba incrédulo y pensaba: «¿Cómo podrán estos débiles animales lograr lo que no pudieron seis de los mejores caballos del mundo?». Pero como otra opción no tenía, dejó hacer al aldeano, quien se subió al asiento del cochero y al grito de «¡arre!, ¡arre!» incentivó a sus caballos, que con un fuerte envión sacaron el carruaje del barro.
El conde y su gente se frotaron los ojos sin poder creer lo que estaba pasando frente a ellos.

«No puedo creer lo que ha sucedido», le dijo al aldeano, «yo, con los seis mejores caballos del mundo, no he podido sacar mi carruaje del barro y tú, con esos dos pobres y debiluchos… ¿Acaso hiciste alguna brujería?»
«Ninguna brujería» se rió el aldeano. «No cabe duda que tus caballos son los mejores, pero cada uno de ellos es bueno, cuando está solo, pero cuando los juntas, cada uno quiere mostrar su superioridad frente al resto, e íntimamente, se odian uno al otro. Cada uno de ellos nació en otro extremo del mundo, tiene sus propios intereses, y desea presenciar el traspié de su compañero.

El árabe odia al ingles, el holandés al español, por consiguiente, mi señor conde, cuando los seis caballos estaban empantanados en el barro, cada uno pensaba en si mismo y no le importaba del compañero. Por eso, cuando tu cochero le pegó al caballo árabe, el resto se alegraba por su sufrimiento y en lugar de ayudarlo a salir del barro, empujaban el carruaje hacia atrás, y esto se repetía cada vez que el cochero golpeaba a uno, el resto se alegraba y empujaba el carruaje hacia atrás…
En cambio, mis caballos, a los que ves, débiles e indefensos, se criaron en el mismo establo, crecieron juntos, comieron del mismo pesebre, hicieron travesuras juntos, lo que le ocurría a uno afectaba al otro, por eso, cuando los até a tu carruaje, uno ayudó al otro, y así es como lograron sacarlo del barro sin inconvenientes.

Así concluyó el Rab: Napoleón unió en su ejército a soldados de distintos países, franceses, austríacos, germanos, etcétera, y los llevó a un lugar lejano, a pelear por una tierra extraña, sin motivación alguna para hacerlo.
Frente a ellos están los rusos, todos de la misma raza, nacidos en el mismo país, peleando por sus tierras, hombro con hombro, con un solo objetivo, mientras que entre los soldados del ejército de Napoleón no hay ningún vínculo que los una…

Observemos la profundidad de la inteligencia de Moshé, quien antes de separarse del pueblo, nos sorprende con uno de sus primeros pedidos, al comienzo de su despedida, antes de fallecer: Shamoa Ben Ajejem Ushfatem Tzedek (Escuchad entre vuestros hermanos y juzgaréis con rectitud) (Debarim 1:16)

Próximamente entrarán a la Tierra de Israel, les suplico que se impongan, básicamente, la necesidad de escuchar a sus hermanos, vale decir, prepárense desde un principio para escuchar lo que tienen para decir vuestros hermanos, préstenles atención, eso es vital para nuestra subsistencia.
Escuchar, equivale a comprender y considerar al compañero, aceptar su opinión, aunque sea diferente y por supuesto, permitirle expresarse sin interrupciones.
«Escuchad entre vuestros hermanos»

Si supieras que tu compañero, en realidad, es tu hermano, de tu sangre, a pesar de las diferencias, sería más fácil escucharlo, te es difícil, porque lo sientes ajeno, te ves como una unidad diferente a él, pero en realidad, pertenecemos a la misma familia, y esta es causa suficiente para vivir en paz y tener fuerza suficiente para enfrentar cualquier adversidad.

Cuando alguien desea sobresalir por sus virtudes, tiende a quedarse clavado en el barro, mientras que, los que lo rodean empujan el carruaje hacia atrás, con tal de disfrutar el tropiezo del compañero, aunque ellos también sufran por esto. En cambio, cuando tengamos en cuenta que la finalidad de nuestra vida, es compartir, aunque seamos vistos como débiles y escasos, lo que tenemos en común, lo más valioso y santo, nos dará la fuerza necesaria para sacar cualquier carruaje del barro y sentirnos fuertes como una roca, esperando con ansias la pronta salvación.

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