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Maor Hashabat: El Camino Correcto

Editado por Maor Hashabat, de la comunidad Ahabat Ajim, Lanus, Argentina. Editor responsable:Eliahu Saiegh

Hay pocas personas en el mundo a las que Hashem les otorgó una lente especial, de color rosa, que les permite ver positivamente hasta en las situaciones más extremas. Por ejemplo, si cae una lluvia negra, ellos pueden, con la potencia del optimismo que los caracteriza, ver a través de ella, como si fuera transparente. Increíble.
Pero realmente es así. ¿Cómo lo logran? ¿Será solo un regalo del Cielo? ¿O será que quizás cada uno de nosotros nació con una lente como esa incorporada, pero nuestra visión se fue enturbiando por el polvo que levanta la interminable carrera detrás del honor y el dinero?

Dejemos a un costado esta introducción rosa y desviemos nuestra mirada hacia Rafael Rajamim, de quien hasta el día de hoy no queda claro cual va primero – si Rafael o a lo mejor Rajamim – y este mismo misterio recae también en la identificación del nombre de su familia – Rajamim o quizás Rafael.
Rafael Rajamim poseía los lentes rosas de los que hablábamos. Nunca, pero nunca, se escuchó de él ni un gramo de queja por situación alguna.

Este judío optimista tenía diez hijos, que también pertenecían a esta categoría especial, poseedores de pensamiento positivo hacia toda persona y acontecimiento.
Rafael tenía un especial talento musical. Mientras tocaba su guitarra, cantaba hermosas melodías con tanto sentimiento que se quebraban los corazones de sus oyentes.

Conciente de este talento especial, Rafael decidió convertir sus actuaciones en casamientos y otros eventos, en su actividad secundaria y enfocar su energía a alegrar niños y adultos enfermos.
Por lo menos dos o tres veces a la semana sentaba a su lado a Elico, el tamborilero, que tamborileaba con el tam tam, acompañados ambos por un equipo de sonido antiguo, compuesto por dos amplificadores y un micrófono bastante veterano, pero que transmitía música optimista como sus dueños.

Deambulaba Rafael entre las distintas salas y conquistaba con su voz cálida a los oyentes de ´Canciones por pedido´ – Ese era el programa.
Solo tenían que solicitarle una canción y él se las dedicaba.
El personal del hospital apreciaba a nuestro amigo y le cedía todo el espacio necesario para alegrar, cantar y hacer bailar a niños y adultos.

Ahora, con vuestro permiso, le cedo el micrófono a mi amigo Rafael Rajamim. Adelante, Rafael Rajamim.
«Así es, como ya contaste a los queridos lectores, la alegría de mi vida es visitar hospitales. Una noche, después de un duro día de trabajo, mi otro trabajo, el que me provee de sustento, recogí a Elico, con su tambor, y viajamos en dirección al norte, hacia un hospital al que nunca habíamos ido antes.

El personal de allí no me conocía. Me detengo en el hall de la sala de cardiología, conecto el parlante, Elico se calza su sombrero y comienza a tamborilear suavemente. Yo me mojo las peot, trago mi último sorbo de café, comienzo tímidamente con los primeros acordes y «Shabeji Yerushalaim» sale con fuerza de mi garganta y hace temblar las cortinas del edificio.

¡Eh, Eh! ¡Deja de hacer ruido aquí! – Grita la enfermera enojada – Estás asustando a los enfermos, aquí hay algunos en estado crítico… ¡Alto! ¡¿Quién te dio permiso para estar aquí?!
Ok, le señalo a Elico – recoge la batería, iremos a la sala de niños, allí seguro bailarán a nuestro alrededor.
En ese momento, desde una habitación se asoma un doctor con acento americano, que me hace señas para que me acerque: Ven, ven, tengo aquí una gran Mitzvá para ti.

Elico y yo entramos a la habitación, en la que yacía una mujer de unos 60 años, conectada a diversos artefactos, inconciente…
Los relojes digitales marcan cero. No hay latidos, no hay presión sanguínea. Yo ya conozco esos marcadores, no es necesario que el doctor me explique la gravedad de su estado.
´Cántale, cántale, por favor. Esta mujer está en una situación desesperante, hace tres días que está inconciente´ – El doctor me cuenta que hace mucho que está en esta sala – le gustaba escuchar música Jasídica… yo se que su alma sí la escucha… Haz una Mitzvá. A los costados de su lecho, estaban sus dos hijas llorando.
¡¿Cómo podría cantar?! Me sentía ahogado… cerré mis ojos y busqué en mi memoria…

Rajem… Rajem… Bejasdeja… sin guitarra… sin tambor, con los ojos cerrados, la canción salió desde lo más profundo de mi ser, mientras cantaba mi corazón rezaba: Padre de los Cielos, me hiciste llegar hasta aquí para cantarle a tu hija en su agonía, por favor, que esta canción haga efecto Rajem, Na, Rajem Al Ameja… Al Biteja… Al Ieladeja… cantaba y no podía contener las lágrimas…

Yo no soy un místico ni tengo amigos ángeles. Soy un simple judío con una guitarra… Pero de pronto se distinguieron unas vibraciones en los artefactos. Bip, bip, bip, buenas señales por el lado del corazón. Él comienza a bombear.
´Bien, bien´. El doctor se emociona. ´¡Canta, canta, no puedo creerlo! ¡El color vuelve a su cara!´
Yo canto, (¿o rezo…?) De pronto ella abre sus ojos: ´Muchas gracias, muchas gracias´, murmura en dirección hacia donde yo estaba. Fue suficiente. Escapé de allí rápidamente y dejé al equipo médico haciendo su trabajo.
En la mitad de la noche levanté el teléfono y pregunté por la salud de aquella mujer.
´Oh, oh – fue la respuesta de la enfermera – ella recuperó la conciencia. Está muy bien gracias a D-os… déjame adivinar ¿tú eres el cantante? Si, yo soy el cantante.

Al día siguiente, subí al colectivo, en dirección a mi trabajo, en Tel Aviv y mientras viajaba me surgió una pregunta: Un momento Rafael, tú realmente te esfuerzas en alegrar a la gente, especialmente en los hospitales, ¿pero quién te dijo que D-os está conforme con eso? A lo mejor te gusta la atención que recibes allí… A lo mejor te agrada cantar frente a un público forzado, que por su condición no se puede escapar. Mientras circulan estos pensamientos, mi carácter optimista se estremece por esta duda… Entonces dirijo la vista al cielo y murmuro: por favor, Padre de los Cielos, dame una señal clara, si estás satisfecho conmigo házmelo saber ahora, pero ahora, yo quiero que sea ahora, yo te pido ahora una señal… no puedo vivir con esta duda…

No lo van a creer. El colectivo frenó en el semáforo y a su izquierda se paró un camión inmenso, y sobre él un elevador de grandes medidas, en el que se leía con letras grandes y coloridas: ´Rajamim Rafael e hijos, elevadores de alegría´.
Vuelvo a leer el anuncio y no puedo creer lo que ven mis ojos: ´Rajamim Rafael e hijos, elevadores de alegría´. ¿Será posible que haya alguien en mi familia que trabaje en elevadores…? Y si me mandaste este camión inmenso e imponente con elevador, no hay duda que estás satisfecho de que yo eleve a tus hijos con la alegría de la Mitzvá y no con un elevador, sino con mi guitarra…

¿Cómo el pueblo se dejó convencer por el ´Ereb Rab´ y desencadenó todos nuestros sufrimientos?, como dice la Guermará (Sanhedrín 102.1): «No hay sufrimiento que llegue al mundo que no sea a causa del ´pecado del becerro´». No nos preguntamos esto solo para saber qué pasó, sino para aprender como conducirnos de aquí en adelante.
Antes de subir, Moshé les dijo que volvería dentro de las seis horas del día 40. Ellos pensaron que el día del ascenso entraba en la cuenta, olvidando que él les había hablado de días completos: 40 días con sus noches. Y el día que ascendió, no estaba acompañado por su noche… No tuvieron en cuenta que antes de la entrega de la Torá, la noche seguía al día, pero después de esto la noche lo antecedía.

Al transcurrir los 40 días, según sus cuentas, surgieron las preguntas… perdieron el control y fabricaron el becerro.
¿Qué podemos aprender de esto? A veces la persona está en duda, tiene una pregunta, es más, está seguro que su pregunta es con justicia. Ese será el momento de decirle: No hagas nada de lo que te puedas arrepentir, detente, deja de dar vueltas alrededor de un punto, reza, suplícale a Hashem que te muestre el camino correcto… y ¡Él te enviará un elevador que te ayudará a alcanzar la respuesta!

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