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Maor Hashabat: De Bene Berak a Montreal

Editado por Maor Hashabat, de la comunidad Ahabat Ajim, Lanus, Argentina. Editor responsable:Eliahu Saiegh

Lo Iajel Debaró – No profanará su palabra

La siguiente historia llegó a nuestros oídos a través de la persona que actuó como intermediario entre las partes, quien nos aportó los detalles de este relato estremecedor.

El Rab P.S. es uno de los dos encargados de recaudar donaciones para una de las instituciones más importantes de Bené Berak, Israel.
En uno de sus viajes a Canadá, en Montreal, se reunieron en una casa con un grupo de generosos donantes.
Mientras estaban sentados conversando animadamente, uno de ellos les abrió su corazón y les contó el angustioso sufrimiento que padecía junto a su esposa.

«Sabrán ustedes que D-os me bendijo con grandes riquezas y no me falta absolutamente nada. Pero por otra parte, mi esposa y yo no hemos tenido el mérito de tener un bebé llorando en nuestros brazos. Esto nos provoca mucho sufrimiento. Hace muchos años que estamos casados, y es claro que toda la riqueza que poseemos no vale nada si no tenemos detrás nuestro otra generación que nos perpetúe».

Antes que los rabinos pudieran hacer algún comentario, los detuvo el hombre continuando con su amargo relato: «Revisé mis actos, y estoy convencido que este castigo me fue enviado del Cielo, a causa de un error que cometí cuando era joven, mientras estudiaba en una Ieshivá de Israel.
Yo era uno de los líderes de la Ieshivá, y una noche de Purím subí al escenario, desde donde se dirigían los festejos, y me la tomé con uno de mis compañeros. Lo hice pasar vergüenza, lo desprecié frente a todos los presentes, conté en público su deshonra. El joven se avergonzó y empalideció, luego su rostro se puso morado de tanta vergüenza. También cuando que mis amigos me advirtieron que me estaba pasando del límite, continué abochornándolo y no me detuve hasta que no vi lágrimas en sus ojos…»
«No tengo dudas, continuó el hombre, que este castigo cayó sobre mí por este grave error que cometí en mi juventud».

Estábamos petrificados en nuestros asientos escuchando esta dolorosa historia, sin llegar a comprender que esperaba de nosotros, y así se lo hicimos saber.
Nos respondió que como hace años que vive en Canadá, no tiene idea de donde se encuentra el joven agredido, por lo tanto, nos pedía que al volver a Israel hiciéramos el máximo esfuerzo por ubicarlo y pedirle perdón en su nombre.
El potentado agregó que estaba dispuesto a pagarle a su víctima lo que fuera necesario.
Introdujo la mano en su bolsillo sacando una importante suma de dinero y se la entregó a los Rabanim para que a su vez se la dieran al agredido. Los visitantes se comprometieron a hacer todo lo que estuviera en sus manos para solucionar el problema.

Volvimos a Israel, cuenta el Rab P.S., y para nuestra alegría encontramos en la guía el nombre que nos había indicado nuestro amigo canadiense. Llamamos al teléfono que allí figuraba y le preguntamos a quien nos atendió si él había estudiado en esa Ieshivá para esa época. Cuando comprobamos que se trataba de la persona que buscábamos, le sugerimos hacer una cita con él. Al fin en la reunión, ni siquiera llegamos a terminar de pronunciar el nombre del agresor, cuando nos interrumpió en medio de un estremecimiento: «Ni me nombren a esa persona… él me avergonzó mortalmente…»
Justamente por eso vinimos a ti, le explicaron los Rabanim.

Le contaron que acababan de llegar de Montreal y de cómo conocieron a su agresor, que llora y ruega por su perdón por el daño que le hizo.
«Ni sueñen, nunca lo perdonaré» respondió el hombre.
Le contaron el motivo por el cual rogaba su perdón. Le hablaron de los años que llevaba casado y aún no había sido bendecido con hijos, de su convencimiento que este era un castigo por lo que había hecho, de su profundo arrepentimiento, de su sincero pedido de disculpas…
Pero el agredido seguía negándose a otorgar el perdón, aclarando que por su parte no está en sus planes ni está dispuesto a perdonarlo.
Entonces los Rabanim le explicaron que él, por su parte, cargaría con la responsabilidad de la falta de hijos de su compañero por no perdonarlo, que él estaba impidiendo que esas almas llegaran al mundo.

Estas palabras ablandaron su corazón. Pidió que lo dejaran pensar unos minutos, analizando el tema, de pronto se puso de pie y dijo: Estoy dispuesto a perdonarlo. «¿Acaso lo perdonas de todo corazón?» – le preguntaron.
«Si. Lo perdono de todo corazón» – respondió.
Los Rabanim, felices por el éxito de su misión, le pidieron que hiciera algo más: «Ya que nos encontramos en tu casa, aquí tienes el teléfono de tu agresor, en Montreal, llamémoslo, hagamos la conexión entre ustedes y dile explícitamente que lo perdonas».
Dudó unos segundos, pero finalmente declaró que también a esto estaba dispuesto.

Muchas lágrimas rodaron por las mejillas de los presentes que fueron testigos del perdón otorgado telefónicamente desde Israel hasta Montreal.
Hace un mes y medio, cuenta el Rab P. S., visitamos nuevamente la casa del potentado, un año después de nuestra última visita. Al vernos desde lejos, corrió hacia nosotros abrazándonos efusivamente, luego nos llevó hasta una de las habitaciones para mostrarnos la cuna donde dormía su bebé. «Hace tres semanas le hicimos Brit Milá«, contó estallando en llanto de emoción.
¿Es necesario agregar algo?

Dice el Jidá en nombre de su abuelo: «Toda palabra que pronuncia la persona, si es de Mitzvá, crea un Ángel Santo, si es lo contrario, se crea un Ángel Acusador».
Esto es lo que dice el Pasuk en esta Perashá: Lo Iajel Debaró – No profanará su palabra.
Porque toda palabra que sale de la boca, sea buena o lo contrario, genera una acción en las Alturas y crea ya sea un defensor o un acusador, D-os no lo permita.

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