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Maor Hashabat: Cuando hay enojo, no hay ganadores

Editado por Maor Hashabat, de la comunidad Ahabat Ajim, Lanus, Argentina. Editor responsable:Eliahu Saiegh

VAIKTZOF MOSHE AL PEKUDE HEJAIL (31-14)

Era un famoso Talmud Torá, que debía su prestigioso nombre a la esforzada y minuciosa labor de su director, quien logró formar, luego de años de esfuerzo, un excelente equipo docente, que trabajaba mancomunadamente en pos de llegar al máximo nivel de excelencia pedagógica.

En este «casi perfecto» mecanismo de relojería, como es de esperar, había una pequeña falla, un pequeño resorte desajustado…

El maestro de cuarto grado….

El era la antítesis de lo que uno podría esperar de un maestro de escuela: desalineado, desordenado, distraído…
Sus compañeros no llegaban a determinar si era voluntaria o involuntariamente, pero lo cierto es que, luego de largas reuniones docentes, planificaciones y entrega de consignas, en fin… pautas claras para el desarrollo de las clases… él se las arreglaba para hacer todo lo contrario…

Mientras que el resto de los maestros se divertía con sus extravagancias, el director se desvivía tratando de mantener el orden, si hubiera sido por él, lo hubiera echado mucho tiempo antes…
Pero había algo que se lo impedía.

Todos los niños que habían pasado por sus manos, tenían un excelente rendimiento en el estudio… Como si esto fuera poco, aquellos que no lograban adaptarse en otros lugares, con su ayuda, no solo lo lograron, sino que crecieron y desarrollaron todo su potencial.

Por todo esto, no solo era querido por los chicos, sino que los padres estaban felices con él, y las alabanzas a este maestro, eran el tema obligado de todas las reuniones, lo que obligaba al director a dejar pasar todos sus errores, y hasta podría decirse que se había encariñado con él.
Hasta que un día…

Como es de esperar, la excelencia de la escuela hizo que rápidamente se corriera la voz, produciendo un importante crecimiento en el alumnado, llegando a superar la capacidad del pequeño edificio.

Fue para esa época, que el director escuchó acerca de un donante que estaba buscando una escuela donde invertir una importante suma. La elegida recibiría un nuevo edificio totalmente equipado en memoria de sus queridos padres…
Sin perder tiempo, se contactó con él y acordaron una visita al establecimiento.

Acto seguido, reunió a todo el plantel docente, dándole precisas instrucciones de cómo atender al importante visitante, ya que este entraría a cada grado, por lo que deberían asegurarse que todo estuviera limpio, brillante, resplandeciente y ordenado…

Obviamente, también este maestro participó de la reunión, y escuchó atentamente todas las indicaciones…pero…simultáneamente, en esos días había hecho un trato muy especial con sus alumnos: si estudiaban con entusiasmo y se sacaban buenas notas en sus exámenes recibirían un premio…

¿Y cual era el premio tan anhelado? Un divertido juego: Nada más ni nada menos que «los autitos chocadores», pero esta vez seria algo especial…

Todos darían vuelta sus bancos convirtiéndolos en verdaderos «autos de carrera» y se chocarían unos con otros arrastrando sus bancos por toda el aula…
Los chicos aceptaron la propuesta con gran entusiasmo y alboroto…
Estudiaron bien, rindieron exámenes…

Finalmente llegó el día fijado para la visita de este potencial benefactor de la escuela.
De acuerdo a lo planificado previamente, lo llevaron de recorrida por cada rincón del pulcro establecimiento, se lo veía asombrado y satisfecho por el orden y la limpieza del lugar, como así también por el respetuoso comportamiento del alumnado.

Hasta que llegaron al aula donde dictaba clases nuestro simpático maestro…
Seguramente ustedes estarán sospechando que ese era justo el día del tan ansiado premio…
Efectivamente… Quien puede acordarse del esperado pero inoportuno visitante…
Desorden total… los bancos dados vuelta… mientras que algunos chocaban entre sí, otros aplaudían y victoreaban al que parecía el ganador…

Ante la mirada atónita de los visitantes, de debajo de una montaña de niños enrojecidos por la excitación, emergió el maestro sonriendo tímidamente, sin saber como justificar su imperdonable olvido…
Imposible describir la cara del director…

Una vez que se hubo retirado el donante, a quien se le pidieron disculpas de todas las formas que se puedan imaginar, el director descargó toda su furia y frustración en el pobre maestro.
-¡Llévate todas tus pertenencias, y andate de esta escuela! ¡Con tus propias manos desarmaste todo mi proyecto! ¡Después de lo que este hombre vio en tu aula ya no querrá donarnos ni un centavo!

En vano fueron las disculpas ofrecidas por el maestro… En vano fue el pedido de clemencia… Tengo diez hijos, y usted me esta dejando sin sustento…
Pero el director estaba furioso.
El maestro salió del Talmud Tora muy triste…

El mismo director cuenta: No pasaron dos días, y uno de mis hijos se cayo fracturándose una pierna, al día siguiente otro de mis hijos, se cortó al romperse una ventana de vidrio y debieron darle puntos, al otro día mi hija no podía mover la cabeza y hubo que internarla, y por si fuera poco mi esposa se cae en la calle y se fractura la mano y la pierna.

Entendí que algo fuera de lo común estaba ocurriendo, y decidí acercarme a uno de los Guedole Ador para contarle lo que estaba pasando en mi casa, y aconsejarme…la primer pregunta que me hizo el Rab fue: acaso provocaste que alguna persona sufra en este ultimo tiempo?
Le contesté afirmativamente, y le conté todo lo sucedido con el maestro…

Dijo el Jajam: Hiciste algo que no debiste hacer, y ya mismo debes ir a pedirle perdón, esto no es una broma.

Inmediatamente seguí el consejo del Rab: Llamé al maestro y le pedí perdón, le rogué que vuelva a la escuela.
El, con su buen corazón, no dudó en perdonarme, pero se negó a volver ya que había encontrado otro trabajo y no deseaba regresar con nosotros…

Como si esto fuera poco, una semana más tarde llegó a la escuela una carta del donante, en la que le solicitaba una entrevista al director para ultimar todos los detalles, ya que «ESTA HABIA SIDO LA ESCUELA ELEGIDA POR EL ,PARA HACER SU DONACION».

En su carta destacaba que, durante su visita a la escuela hubieron muchas cosas que lo impresionaron favorablemente, pero hubo una cosa que le llamo poderosamente la atención: esta escuela era diferente a todas las que había conocido. «En ninguna otra terminaba de convencerme la relación que había entre los maestros y los alumnos, en cambio vi que ustedes son especiales, prueba de ello fue aquel maestro que se encontraba sentado en el piso jugando con los niños, eso me convenció…Este era el Talmud Tora que yo estaba buscando…»

Al leer esta emotiva carta, el director sintió una opresión en su pecho: este hecho cambio su vida y su visión frente al mundo. Hashem le demostró de una manera clara algo que sus ojos no habían visto todavía…

Debemos contenernos en los momentos de ira, aunque en ese instante estemos convencidos que tenemos razón.

Por no saber contenernos, no tenemos idea de lo que podemos provocar y provocarnos, con una sola palabra…
Tanto es así, como nos cuenta nuestra Perashá, que el mismísimo Moshe Rabenu, en un momento de enojo, en un instante en el que perdió el control, frente a un auditorio de seiscientas mil personas, que seguían atentamente las enseñanzas de su maestro… de su líder que los había sacado de Mitzraim… frente a un público expectante que esperaba escuchar de su boca las Halajot que les permitirían hacer Kasher los utensilios… simplemente las olvidó… ya que en ese momento de enojo, como nos explican nuestros Jajamim, la persona olvida la Torá que estudió…

Si esto le ocurrió a Moshe Rabenu, cuanto más debemos cuidarnos nosotros, y justamente en ese momento, cuando sentimos que no podemos callarnos, ¡Ese es el momento justo de cerrar la boca! Debemos saber, que una vez que dejamos salir la primera palabra, ya no podremos gobernar sobre ella… ni sobre las que le siguen…
Dichosa la persona que sabe hacer esto…

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