Estudiando
4. Tazría-Metzorá
El Libro de Vaikrá (Levítico)
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Maor Hashabat: Código Samurai

Editado por Maor Hashabat, de la comunidad Ahabat Ajim, Lanus, Argentina. Editor responsable:Eliahu Saiegh

Rab Iehuda Iosefi, cada jueves, dicta una conferencia basada en la porción de la Torá que se lee en la semana.
Abraham, uno de los asiduos concurrentes a este curso, tenía un amigo – Ian – muy alejado de la Torá y las Mitzvot, y con constancia, cada semana volvía a invitarlo para que lo acompañara. Le aseguraba que no se arrepentiría de escuchar una charla tan seria y profunda. Finalmente, Ian aceptó la invitación y fueron juntos a escuchar a Rab Iehuda.

El Rab comenzó su conferencia hablando, como de costumbre, de la Perashá de la semana. Habló del Midrash que cuenta que Paró atrapó a Moshé después de haberle dado muerte al egipcio y lo condenó a la pena máxima.
Cuando el verdugo quiso ejecutar la condena, ocurrió un milagro y al posarse la espada sobre su cuello, este se transformó en mármol. Así fue como Moshé logró escapar del palacio real.
Rab Iosefi repitió con gran emoción la conclusión del Midrash: «¡Incluso una filosa espada, sobre el cuello de una persona que no pierde la fe en la Misericordia!»

Ian escuchó el Midrash y su conclusión y estalló en una carcajada, poniéndose de pie dijo: «¡¿Acaso vine hasta aquí para escuchar la fábula del cuello que se transformó en mármol?! ¡¿Cuál es el sentido de la espada filosa?! ¡¿Acaso es lo que tienen los religiosos para vender?!»
Sin más abandonó la sala insolentemente.

Abraham sufrió porque esta clase haya comenzado con este Midrash tan impresionante, pero que provocó que su amigo se fuera sin escuchar las bellas palabras del Rab.
El Rab, por su parte, continuó con la conferencia sin hacer ningún comentario.
Pasaron dos años, y al concluir la clase de ese jueves, un joven de barba insipiente se acercó a Rab Iosefi y le preguntó tímidamente:
«¿Acaso el Rab me recuerda?».
El Rab lo observó unos instantes: «Realmente no…»
«Soy Ian, el joven que se rió de tu clase hace dos años»
«Ah, si… ¿Qué fue de tu vida desde entonces?»

Ian le contó al Rab que después de eso viajó al lejano oriente, estableciéndose, después de un tiempo en Japón. Allí se enredó en un negocio oscuro con la mafia de Japón.
En un momento intentó engañarlos, pero fue descubierto. Rápidamente organizaron un juicio en el medio del campo y lo condenaron a muerte – bajo la espada samurai.
Por supuesto, no se puede describir con palabras el dolor y la angustia de que fue presa a partir de ese momento hasta el día que debía cumplirse la sentencia.
Cuando llegó el momento, lo acostaron sobre una mesa especial. Su cuerpo, sus manos y su cabeza estaban atados, listos para la ejecución. De pronto recordó la clase de Torá de la que había participado hacía dos años y las palabras del Rab volvieron a él:
«¡Incluso una filosa espada, sobre el cuello de una persona que no pierde la fe en la Misericordia!».

Ian, que estaba a pocos segundos de su fin, bajo el filo de la espada, alzó sus ojos al cielo y gritó:
«¡Creador del Mundo! ¡Quiero ver si me sacas de aquí! ¡Quiero ver si es verdad lo que dices!
El verdugo clavó sus ojos en su cuello… alzó su espada…
Ian cerró sus ojos… listo… llegó el final… una voz femenina se escuchó desde el extremo del recinto. Ian entreabrió sus ojos y pudo ver a una mujer japonesa que había entrado al lugar gritando:
«¡¿Qué les pasa a ustedes?! ¡¿Por qué lo van a matar?! ¡Este joven israelí salvó mi vida y la de mis hijos!

Ian reconoció a la esposa del jefe de la mafia, por orden de quien estaba por llevarse a cabo su ejecución. El marido interrogó a su esposa y esta le recordó que hacía cinco años, en medio de un gran terremoto, este israelí había salvado misericordiosamente la vida de ella y la de sus hijos.
Mientras tanto, Ian la observaba con el rabillo del ojo, mientras su cabeza seguía atada y no podía creer lo que escuchaban sus oídos.
Acto seguido, el jefe se dirigió a su gente y les dijo que según sus códigos, debían ser agradecidos con quien había ayudado a uno de ellos y salvarle la vida a cambio.
Una vez a salvo, Ian trató de explicarse cómo había llegado esta mujer allí, justo en ese momento, ¿y de qué terremoto le estaba hablando? Ella dijo que esto había pasado hacía cinco años y él hacía solo dos que estaba en el lejano oriente…
Seguramente otro israelí les salvó la vida a la esposa del jefe de la mafia y a sus hijos. Pero a los ojos de los japoneses, todos los israelíes son iguales…

Rab Iosefi estaba conmovido por la historia y Ian concluyó sus palabras diciendo: «Como sea, me fue devuelta la vida como un regalo, por mérito del Midrash de ‘la espada filosa’. Después de eso, decidí regresar a Israel y al llegar, el camino a tu clase semanal fue corto».
Una persona cerró un cajón y un dedo quedó atrapado. Le quedó una lastimadura y se le hizo un hematoma. Más tarde se le curó la herida – y dejó detrás de sí una mancha blanca rojiza. Es posible que sea lepra…
Agarró la plancha y se quemó la mano. Quedó una mancha blanca rojiza. Es posible que sea lepra…
¿Qué diríamos nosotros? Esto le puede pasar a cualquiera…
¿Qué haríamos? Le ponemos una venda y nos olvidamos del tema, o como mucho, si la herida es un poco más profunda, consultamos con el doctor.
¿Pero qué nos dice la Torá que hagamos?

Que estudiemos la Perashá y consultemos con el Cohen. Es posible que haya necesidad de un aislamiento de siete días, para obligarnos a una introspección, no sea que hayamos sido afectados por una de las siete cosas que le provocan manchas a la persona: hablar del compañero, matar, jurar en vano, robar, orgullo…
Y si pasó y quedó la mancha espiritual, pero luchó contra ella y esta se fue achicando, tampoco la mancha material se extenderá y el Cohen podrá purificarla.

Pero si la mancha espiritual se extiende y también se refleja en la carne, el Cohen la impurificará y el encierro continuará para permitir un examen más profundo y sincero.
Las manchas, eran parte de la ‘supervisión personalizada’ que acompañaba a todo el pueblo. En las generaciones en las que los milagros eran más frecuentes, también las advertencias eran más evidentes.

En nuestra generación, el ocultamiento del Rostro nos priva de estas demostraciones. Pero en esa época también había gente que dudaba. ¿Qué decían? «Esta mancha es por una quemadura». ¿La mancha en la ropa? «Seguramente es una mancha de aceite». ¿La mancha en la pared? Es una mancha de humedad.
La Torá Santa nos avisa: Nada ocurre casualmente. Todo tiene un motivo. Ni siquiera el retraso de un colectivo es casual. Mucho menos lo que escuchamos en una clase de Torá, aunque pasen dos años y no lo tengamos presente.

¡Cuánto necesitamos tener esto en cuenta en nuestros días, en los que el ocultamiento es mayor, y las personas se afanan en buscar el por qué de las cosas, sin darse cuenta que la salvación no llegará hasta que no veamos, en todo, la mano de Hashem!

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