Estudiando
8.Pinjás
El Libro de Bamidbar (Números)
+100%-

Maor Hashabat: Cambio de Ruta

Editado por Maor Hashabat, de la comunidad Ahabat Ajim, Lanus, Argentina. Editor responsable:Eliahu Saiegh

Shenaym Layom Olá Tamid
Dos por día, ofrenda de elevación continua (Bamidbar 28-3)

En la Perashá de esta semana leemos acerca del Korban Tamid (Ofrenda constante).
Aparentemente una pequeña ofrenda – dos corderos de un año – eso es todo…
¡Pero que grande era su efecto!
«Dos corderos de un año que purificaban de sus pecados al pueblo de Israel, ¡quedaban limpios de pecados como bebés de un año!». Así lo describe el Midrash.

Nos asombramos: ¿Cuál es el mérito de este Korban? ¿En qué residía su fuerza, por encima del resto de los Korbanot?
La respuesta: «Dos por día, ofrenda de elevación continua».
¡La frecuencia, la continuidad, la permanencia, la perseverancia! Que sea solo un cordero… pero continuo y constante. A la mañana y a la noche. Sin
interrupción. Ya que si hubiera interrupción, ya no sería Tamid.

Le preguntaron sus alumnos a Rab Ada Bar Ahaba: «¿Por qué tuvo usted larga vida?»
Les respondió: Nunca en mi vida fui riguroso dentro de mi casa, tampoco me alegré por el tropiezo de un compañero, nunca apodé a persona alguna»
Nunca…

Los alumnos de Rabí Predá le preguntaron a su maestro: «¿Por qué tuvo usted larga vida?». La respuesta fue: Nunca en mi vida alguien llegó antes que yo al Bet Midrash.

Por otra parte, enseña el Rambam: «Una de las bases de la fe en la Torá es cumplir un precepto – de los 613 – constantemente, sin otra intención que servir a Hashem con cariño, como consecuencia de ello tendrá el mérito de tener vida en el Mundo Venidero».

El libro Reshit Jojmá agrega un comentario al respecto: «Todo aquel que cumple un precepto durante toda su vida – de los 613 preceptos» y añade: No existe más mérito sino el que fija para sí mismo este precepto que no dejó de cumplir durante toda su vida.

La familia Slotvitzky era una familia muy respetada en Tel Aviv. Decenas de años atrás fueron un ejemplo para sus vecinos y allegados, con su proceder santificaron el nombre del Creador en gran medida.
Entre ellos se destacaba Rabí Abraham, cuyos modales y conducta, ya desde joven, eran ejemplares. Quien nos cuenta recuerda que en una oportunidad caminaba junto a Rabí Abraham volviendo a casa, después de horas de estudio en la escuela.
«Eran las vacaciones de verano y el clima era agobiante, en ese entonces teníamos entre 8 y 9 años, yo vivía en el norte de Tel Aviv. Después de un rato de caminar, noté que mi acompañante seguía a mi lado, a pesar que para llegar a su casa hacía rato que debía haberse desviado por una de las calles laterales. Le pregunté por qué no lo había hecho.

Su respuesta me sorprendió:
Es cierto que para llegar a mi casa debía haberme desviado hace rato, dijo el pequeño, pero qué puedo hacer si uno de los balcones que da a esa calle pertenece una familia a la que uno de sus hijos, de nuestra edad, le falleció en un accidente automovilístico, D-os libre, y su madre está sentada en el balcón llorando todo el tiempo. Si ella me viera pasar por la calle, caminando con alegría, sano e íntegro, gracias a D-os, aumentaría su sufrimiento y su dolor. Como no quiero provocarle mayor angustia, desvío mi ruta, camino a mi casa, para que no me vea…»
Este tipo de pensamientos acompañaron desde temprana edad al Rab Slotvitzky.

Una de las características más notables de su personalidad, era que cuando decidía hacer algo, no había nada que se lo impidiera, aunque se tratara de asumir un compromiso que tendría que repetir diariamente. Con un gran dominio sobre sí mismo, lo llevaba a la práctica con constancia.
Esta misma historia, la del desvío de su ruta, se repitió durante todos los días durante un largo período, hasta que se hubo convencido que al pasar por esa calle no le provocaría sufrimiento a la madre del fallecido. Cada día extendía su camino cerca de dos kilómetros, solo para no hacer sufrir a esta madre.

Uno de sus hijos cuenta que, antes de ir a dormir, su padre tenía el hábito de estudiar de unos cuantos libros, entre ellos Shemirat Halashón (Cuidado de la palabra), El cuidado de los ojos, y otros… Tampoco este hábito abandonó nunca.
«A veces – cuenta su hijo – volvíamos de un casamiento a altas horas de la noche, y papá nos enviaba a dormir sin pérdida de tiempo, pero él se quedaba estudiando, según su costumbre».
Para ilustrar mejor su perseverancia en sus costumbres espirituales, cuentan sus hijos y hermanos, hasta cuanto se esmeraba en el cumplimiento del precepto de honrar a su madre, que durante años no abandonó la costumbre de saludar a su madre, viuda, con un «buenas noches», antes que se fuera a dormir. La llamaba todas las noches, sin que faltara ninguna.

Durante años, su madre se acostaba tarde y normalmente, él ya se encontraba en su casa resultándole fácil acercarse al teléfono para llamarla, pero en sus últimos años, cuando su salud se resintió, debía acostarse muy temprano y por lo general el Rab no se encontraba todavía en su casa, sino que estaba estudiando o asistiendo a algún acontecimiento, él salía especialmente en busca de un teléfono para llamar a su madre, y darle las «buenas noches», sin pasar por alto ningún día.

También cuentan que cuando llegaba al lugar donde estudiaba, se olvidaba de todo cuanto le pudiera pasar, hasta tanto, que su compañero de estudio atestiguó que nunca lo vio dormirse ni evidenciar cansancio mientras estudiaba, ni tampoco se veían en él señales de sufrimiento, a pesar de los que padeció en sus últimos años.

Este es el inmenso valor de la ofrenda Tamid – su constancia – observemos cuanto valor tiene algo pequeño, pero constante. Cuanto más establecer un horario fijo durante el día para el estudio de Torá, en el que sostengamos que pase lo que pase, ese momento dedicado al estudio es «inamovible».

Deje su comentario

Su email no se publica. Campos requeridos *

Top