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El Libro de Bamidbar (Números)
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Maor Hashabat

Editado por Maor Hashabat, de la comunidad Ahabat Ajim, Lanus, Argentina. Editor responsable:Eliahu Saiegh

Al que le va bien: ¡Que levante la mano!

Observemos a nuestro alrededor: caras tensas, preocupadas, tensionadas, presionadas, con rayas en la frente, arrugas…
La necesidad de tomar “pastillas” llegó a su máximo exponente. Calmantes, antidepresivos, ansiolíticos, para dormirnos, para despertarnos…
Agresión en las calles… en las escuelas… agresión verbal y física… la sociedad vive bajo presión… con amargura.
Así como nosotros vemos a los demás… ellos nos ven a nosotros…

Somos parte del inconformismo generalizado que nos rodea, y no nos faltan motivos: basta con escuchar las noticias, el curso de la economía, la lucha diaria para conseguir el sustento, y ni que hablar de lo que cuesta conservar la salud, el estado físico, el estatus…y cuanto más…
Pero salgamos por un momento de esta realidad cotidiana que nos atormenta, y volemos con nuestra imaginación hasta llegar a la generación del Desierto…

Ellos sí tuvieron una vida confortable, hotel 5 estrellas… todo el tiempo rodeados por las nubes de gloria… una nube por debajo como una alfombra mágica, otra por delante mostrándoles el camino, y todas las mañanas recibían el man, para saciar su apetito. Este se podía moler, cocinar, freír, y tenia el gusto de la comida que desearan saborear, todos los manjares del mundo estaban a su disposición en una sola comida!

No solo eso, sino que también tenían ganado vacuno.
Hasta en la misma Tora dice: Estos son cuarenta años que Hashem estuvo con vos y no te faltó nada.
No tenían más que abrir la boca para que apareciera lo que deseaban…
Ojalá nosotros…
Si hubiéramos vivido en esa época ¡que felices seríamos!. Sin problemas de parnasá (sustento), de enfermedades, sin preocupación por la educación de los hijos, etc.

Con Moshe Rabenu y Aharon HaCohen a la cabeza, con un Rab cada diez personas, otro cada cincuenta, otro cada cien, otro cada mil, y el presidente de la Tribu y el Sanhedrin Guedolá (corte suprema), ¡IMPRESIONANTE!
Todo esto es verdad, sin lugar a dudas. Sin embargo, vemos en la Perashá que los Iehudim se quejaron: No descansamos en tres días!, no damos más, no paramos un momento.
¿Sufrimiento en el camino? Si estaban sobre la nube, Hashem los llevaba, no les faltaba nada, hasta les acortó el camino para llegar a la tierra prometida.
Si esto es sufrimiento, ¿qué es tranquilidad? Por esto Hashem los reprendió, ¿acaso aprendieron?
¿Pueden creer que no? Siguieron quejándose…Ahora querían comer carne. Pero si tenían carne vacuna. NO, ahora querían carne de ave.

Que decimos nosotros viendo todo esto:
¡Que desagradecidos!, están en el Gan Eden(paraíso) y se quejan, sentados a la mesa de Hashem, y se enojan?
Si nosotros estuviéramos en su lugar, ¡que felices estaríamos!
Sin embargo, acabamos de vernos en un espejo….

Imaginémonos una conversación con nuestro bisabuelo: Si le hubiésemos contado que hoy no necesitamos ir a buscar agua al pozo, sino que dan vuelta una perilla y sale agua de la pared… Se hubiese agarrado de la cabeza incrédulo.

Si le contáramos que no tenemos necesidad de ir al bosque a cortar árboles para encender el fogón, para calentar el agua, sino que de la canilla sale fría o caliente, a elección. El nos diría que tenemos mucha imaginación…

Y si le dijéramos, que no necesitamos encender paja para prender el fuego, sino que tenemos hornallas a gas, y no una ni dos ni tres… y además un horno eléctrico y un microondas.

Además no cargamos con la ropa hasta el río para lavarla, sino que tenemos lavarropas, secarropas, plancha a vapor y sin vapor… heladera…fríser…mesas de fórmica fáciles de limpiar, sillas acolchadas. Sillones mullidos, colchones, frazadas, armarios, estantes, ropa, zapatillas.

A esta altura nuestro bisabuelo diría, meneando la cabeza y con una sonrisa divertida dibujada en su cara: Si querido, cuando venga el Mashiaj.
Pero debemos decirle que esto no es todo, sino que también tenemos estufas, calefacción, aire acondicionado, relojes de pared, relojes de mano en lugar de los de arena, y biromes y lapiceras en lugar de las plumas…y computadoras, calculadoras, mp3, mp4, PALM… y una biblioteca repleta de libros…
Abuelo, pero esto es solo una parte de lo que tenemos, y aún así no estamos contentos.

El nos hubiera mirado sorprendido: -¿No están contentos?
A lo que agregaríamos: Si, abuelo, viajamos en coches confortables, en aviones supersónicos y acortamos distancias, hablamos por teléfono y celular con los lugares más remotos del planeta. Mandamos faxes,… y estamos amargados.
Compramos pan hecho, y leche envasada. Con solo un llamado telefónico nos traen manjares ya preparados y listos para comer… y estamos tensos, depresivos y nos quejamos…

¿Que diría nuestro abuelo? ¿Acaso esto no es ser desagradecido?
¿Qué nos diferencia a nosotros con la generación del desierto? Acaso ¿no somos nosotros como ellos?

El llanto de un Iehudí

Para agradecer a Hashem, no es necesario esperar que nos haga grandes milagros, basta con despertarnos por la mañana, abrir nuestros ojos, encontrarnos con nuestras piernas sanas, con nuestro corazón bombeando sangre a todo nuestro organismo, los pulmones y los riñones funcionando a pleno.
Todo esto es suficiente para saltar de alegría y agradecer a nuestro Creador por hacernos un favor tan grande.

Escuchemos esta historia, que sucedió en las inmediaciones del Kotel con el Rab Elimelej Firer, como protagonista.
Este Rab es director de la organización Ezra Umarpe, que se ocupa de ayudar a personas con problemas de salud de toda índole, a quienes aconsejan y conectan con diversos especialistas, según sea necesario.
Por la función que cumple y el kidush Hashem que hace, es alabado en todo el mundo. Sabemos que también desde la Argentina, mucha gente lo ha consultado por problemas de salud.
Cabe destacar que esta persona no es médico, pero por su gran interés en ayudar a la gente investigó y acumulo una gran cantidad de conocimientos de medicina.

En cierta oportunidad, a la sede de llego un donante muy importante, y después de una entrevista conmovedora con el Rab Firer, quien lo puso al tanto de las necesidades y angustias que padecían quienes lo consultaban a diario, decidieron viajar juntos al Kotel Hamarabi para hacer tefilá.
Así fue como llegaron a los restos del Bet Hamikdash siendo pasada la medianoche.

De repente, escuchan voces de llanto que llegan a ellos de algún lugar del Kotel.
Se acercan al lugar de donde venia la vos, y se encuentran con un iehudi de unos 55 años, quien estaba parado junto al muro, con su cabeza apoyada sobre las piedras y lloraba desconsoladamente.
Tan profundo era el sentimiento que transmitía con su llanto que conmovió a toda la gente que se encontraba en el lugar.

Cuando Rab Firer escucha un llanto, no puede seguir con el orden del día, aun teniendo a su lado a un importante donante.
Se dirigió a él y le dijo: -No en vano Hashem nos hizo llegar hasta aquí, seguramente ha sido para que escuchemos el llanto de este hombre y lo ayudemos.
Hagamos un trato, yo me voy a acercar a el y me voy a presentar, y si va a necesitar un consejo que tenga que ver con su salud o la de un ser querido, lo voy a ayudar en todo lo que pueda.
Si en cambio me va a contestar que su problema es económico, vas a entrar vos en escena y le vas a ofrecer tu ayuda.
De esta forma ambos se pusieron de acuerdo.

En primer lugar se acercó Rab Firer a la persona, y palmeándolo suavemente en el hombro, se presentó y le ofreció su ayuda. Estaba dispuesto a conectarlo con los mejores médicos del mundo, si fuera necesario.
-No, no. No necesito ninguna ayuda de este tipo. Baruj Hashem no tengo ningún problema de salud.
El Rab le hace una seña a su acompañante, indicándole que es su turno de entrar en escena.

El donante se acercó prontamente, y se ofreció a asistirlo monetariamente en lo que necesitara.
Nuevamente la respuesta fue negativa:
HaKadosh Baruj Hu me dio todo lo que necesito, Baruj Hashem, no me falta nada.
Los que conocen a Rab Firer saben que es difícil encontrarlo en un momento de indecisión, sin saber lo que hacer, pero esta ves realmente estaba intrigado…
-No entiendo, porque llora tanto, conmoviendo y alborotando a toda la gente que lo esta rodeando, se preguntó.

Decidido a no quedarse con la incógnita, se acercó nuevamente para averiguar cual era el problema que lo aquejaba.
Al ser interrogado el Iehudí contesto: – En una sola frase te voy a contestar porque lloro:
Anoche case a mi hijo querido, al ultimo de los doce que Hakadosh Baruj Hu me dio, y vine a agradecerle a El, los grandes favores que hizo con migo durante tantos años, hasta que tuve el zejut de llevar a la Jupa a mi último hijo…

Así como siempre había tenido constancia en venir al Kotel y pedir delante de Hashem que tenga el zejut de casar a sus hijos, siguió explicando este iehudí, de la misma forma, después que todas sus tefilot fueron recibidas con amor frente al Creador de Todo, y que gracias a ello esta noche pudo casar a su último hijo, no podía dejar de venir especialmente, para agradecer por esto.
-¡No existe que deje de venir al Kotel para agradecerle!
-¡¿Acaso solo cuando necesitamos salvación nos acercamos a pedir?! ¡¿Y después nos olvidamos?!
Esta persona tan especial terminó diciendo: ¡¿Como puedo no llorar, cuando vengo a agradecer por favores tan grandes…?!

Así es un agradecimiento a Hashem. Un agradecimiento que sale directo del corazón, con el sentimiento que solo un hijo puede expresar frente a su padre, cuando reconoce los favores recibidos de El.
Seguro que este agradecimiento, no es necesario que sea en el Kotel, o después de casar a todos los hijos…
Todo iehudi se puede parar frente a la pared de su casa o de donde se encuentre y agradecer a Hashem por todo lo que hizo, lo que hace y lo que va a hacer por el durante el transcurso de su vida.
Este agradecimiento, además de ser en si mismo, una gran mitzva, produce una unión entre la persona y el Creador que hace ingresar en su corazón una inmensa alegría.

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