Festejando
Januca
Januca: Significado y reflexiones
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Luces y…luces

Una de las cosas que más cambió la vida del hombre moderno es la luz. Hace no tanto tiempo el ser humano amanecía y vivía prácticamente solo con la luz natural. La cera para las velas era muy cara y se economizaba para utilizarla en casos de necesidad para alumbrar la noche. Todo esto cambió. La tecnología permitió hacer prácticamente las mismas cosas de día que de noche. Los aviones despegan y aterrizan a cualquier hora. Paseamos y nos visitamos y… hasta estudiamos de noche. ¿Querés tomar sol y no tenés tiempo de día? ¿Está nublado? ¡No problem! Están las camas solares.
Esto también trajo aparejado un aspecto negativo. La noche y el impedimento de salir daban lugar a un espacio para la reflexión. La contemplación (y el saber cómo usar el tiempo de estar solo sin T.V. y sin compañía) hizo crecer a más de uno.
Todas las luces tampoco son uniformes. Hay luces que iluminan. Hay luces que encandilan. Hay luces que marean. Cuando sacamos una foto nos damos cuenta que una de las cosas importantes a tener en cuenta es que no falte… ni sobre luz. Excesiva o escasa luz a veces puede significar… oscuridad.

Los Sabios señalaron que cuando la Torá se refiere a los distintos exilios a los cuales estuvimos expuestos, el de Grecia (Iavan) se denomina “Joshej” – oscuridad. Y no por casualidad. Iavan es descendiente del hijo de Noaj llamado Iefet. Iefet se caracteriza por su sensibilidad a la belleza, a las artes, a la estética, a las estructuras del pensamiento y de la filosofía, a las esculturas. Su hermano Shem, del cual proviene el pueblo judío, personifica el nombre. El nombre de las cosas, en el idioma hebreo, es su esencia. Las cosas se definen no por palabras convencionales para que todos llamemos a las cosas por un mismo nombre y sepamos uno qué es lo que dice el otro, sino por la función Di-vina que posee cada persona u objeto. Un arma, p.ej., puede ser un elemento de defensa para uno, un elemento de trabajo para otro (el asaltante), un objeto “deportivo”, para un tercero o “mercadería” para el comerciante que la vende. Cada cual lo mira desde su óptica personal. Cuando Adam adivinó los nombres de los animales supo comprender su esencia fundamental por encima de su mirada personal.

Esta diferencia entre Shem y Iefet se puso de manifiesto en Janucá. Iaván (Grecia) quería imponer en el mundo una “religión” en la cual las artes, el deporte, la desnudez del cuerpo humano asumían un aire religioso. Sin embargo, en la realidad, las artes no dejan de ser apariencias e imágenes que se tratan de proyectar. A diferencia de esto, el judío debe buscar la esencia de su existencia para la cual fue creado. El arte de Iefet es positivo para acompañar a la esencia, no para reemplazarla. Cuando intenta hacerlo, se convierte en algo opaco, en oscuridad.

Los Jashmonaim (macabeos) “se arriesgaron”, lucharon porque los griegos habían prohibido la observancia de Shabat, Rosh Jodesh, Brit Milá (este último les molestaba en particular, porque para los judíos representa el sometimiento del cuerpo al espíritu, mientras que para los griegos el cuerpo y su belleza son el factor central de la existencia humana). Todos los judíos hubiesen podido hacerlo, pero gran parte de ellos optó por lo que estaba de moda en aquella época, que era la cultura del “físico”. Lucharon por la Neshamá (alma) del pueblo judío. Restauraron el Bet HaMikdash (templo).
La Neshamá se llama la “vela” Di-vina que está en nuestras manos. Los macabeos buscaron y encontraron aceite puro. Muy poco. No alcanzaba para los ocho días que demora preparar aceite nuevo. ¿Qué se hace en tal situación? ¿se diluye? ¿se busca un caeite aunque no sea puro? ¡No! El aceite debe ser puro, aunque sea poco, pero sano, intacto. Encendieron el poquito aceite puro que tenían y… ¡oh milagro! aguantó ocho días. Demostraron que no es la cantidad la que define las cosas. Se requiere pureza. Es posible que al comienzo haya solamente poca luz. El primer día, la Januquiá está casi vacía. Pero si el aceite es puro, al cabo de ocho días tenemos la Januquiá llena.

La luz genuina de la Torá, por un lado, y el brillo aparente de la Grecia antigua, por el otro, siguen compitiendo por nuestra atención. Si sabremos asentar nuestra vista, podremos ver con la luz de la Torá sin encandilarnos con los otros destellos ocasionales.

Rab Daniel Oppenheimer

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