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Los Pajaros al Rescate

Extraido de El Narrador vol. 5. Kehot Lubavitch Sudamericana

Era víspera de Shabat.

En el campamento judío había mucho bullicio y movimiento, en preparación para el sagrado Shabat. Las mujeres en particular estaban ocupadas en la elaboración de toda clase de comidas con el maná, aquel alimento celestial que había llovido cada una de las mañanas de la semana.

El día 15 del segundo mes luego de la gloriosa salida de Egipto, los Hijos de Israel habían arribado al Desierto del Sinaí. El Monte Sinaí se veía a la distancia, pero aún faltaban dos semanas para llegar hasta él. Muchas cosas habrían de suceder todavía antes de que alcanzaran el Monte de Di s, incluyendo una guerra con los amalequitas en la localidad de Refidím.
Pero los Hijos de Israel, en ese momento, no tenía la más mínima sospecha de algo así. Mientras tanto tenían otras cosas por las que

preocuparse. Habían dejado Eilím, con sus doce fuentes de agua fresca, una para cada una de las Tribus de Israel, y sus setenta palmeras datileras, y recién habían llegado al Desierto del Sinaí. Después de aquel refrescante oasis, el desierto parecía más desolado que nunca. Para colmo de males, las pocas matzot que habían llevado consigo al abandonar Egipto, y que por milagro habían durado exactamente un mes, se habían terminado.
Estaban sin alimentos, en un desierto desolado.
La gente comenzó a recordar las ollas de carne de Egipto y a quejarse con amargura, culpando a Moshé y a Aharón por la difícil situación en que se encontraba.

Obviamente, sin embargo, Di-s no permitiría que murieran de hambre en el desierto después de haberlos liberado de Egipto con milagros y maravillas, por lo que dijo a Moshé que hablara al pueblo acerca del “pan celestial” que los conservaría con vida a lo largo de su viaje por el desierto. Sería maravilloso: En él hallarían todos los sabores imaginables en el mundo; podría comerse fresco, horneado o guisado, y convertirse en cualquier plato que uno deseara. Cada porción ocupaba el espacio de un ómer (unos 2 litros) siendo suficiente esta medida para satisfacer las necesidades diarias de cada persona; nada de éste podía guardarse para el día siguiente. De esta manera los Hijos de Israel aprenderían a dirigir todos los días sus ojos al Cielo y agradecer a Di-s por su pan de cada día.

Todo sucedió tal cual Moshé les había dicho. Día tras día, sin falta, este precioso alimento llamado man (“maná”, en español) caía del cielo. Pero ahora era viernes, víspera de Shabat, y algo extraño ocurrió esa mañana. En lugar de un ómer por persona, los judíos se encontraron con que habían juntado dos porciones. Los príncipes líderes de las doce Tribus de Israel fueron a ver a Moshé para contárselo. Moshé les recordó que el Shabat estaba cerca y que ya habían aprendido algo acerca de este santo día cuando se encontraban acampando en Mará. Por lo tanto, les dijo Moshé, debían hacer lo siguiente: hacer correr la voz entre la gente del pueblo avisándole que no tendrán que ir a recolectar maná en el sagrado día de Shabat; esa era la razón de que recibieran una porción doble el día anterior a Shabat. Su preparación hornearlo o cocinarlo se llevaría a cabo durante el día, antes de Shabat, y el maná seguiría manteniéndose fresco al día siguiente.

Y esa era la razón de que las madres e hijas del pueblo de Israel estuvieran tan atareadas ese viernes: cada una de ellas intentaba superar a las demás en preparar con el maná los manjares más deliciosos en honor al Shabat.
Mientras todo el campamento judío estaba felizmente alborotado, había dos hombres que permanecían tristes en una de las tiendas.
Eran dos viejos peleadores y rebeldes, Datán y Avirám, los hijos de un hombre llamado Eliav. Su padre era un nieto de Rubén, el mayor de los doce hijos de Iaacov, y envidiaban terriblemente a Moshé y a Aharón por que estos habían recibido el máximo honor del pueblo judío a pesar de ser descendientes de Leví, el tercer hijo de Iaacov.

Su primer choque con Moshé se remontaba a los días de antaño en Egipto. Ambos se habían visto envueltos cierto día en una acalorada discusión, y uno estaba por golpear al otro cuando apareció Moshé y trató que hicieran las paces. Ellos sabían que Moshé había sido educado en el palacio del Faraón, como un príncipe, y que estaba ansioso por mezclarse con sus hermanos. También sabían que el día anterior Moshé había dado muerte a un capataz egipcio que estaba torturando a un esclavo judío. Estos rubenitas (descendientes de Rubén) tenían bien en claro que Moshé apuntaba a convertirse en “príncipe y juez” sobre los judíos, y que ellos no obtendrían nada de todo eso. Por eso, le dijeron groseramente que se metiera en sus propios asuntos, y lo amenazaron con denunciarlo a las autoridades egipcias por matar al capataz en defensa de un judío. Cuando cumplieron su amenaza, Moshé se vio obligado a huir de Egipto para salvar su vida.

Cuando muchos años después regresó a Egipto como mensajero de Di-s para liberar al pueblo judío de su esclavitud, Datán y Avirám seguían siendo los cabecillas de toda riña en contra de él y de su hermano Aharón. Jamás dejaban pasar una oportunidad para ocasionar problemas a los dos líderes del pueblo judío. Cada vez que la gente comenzaba a murmurar contra Moshé, o directamente se quejaba por algo, Datán y Avirám se aseguraban de estar en lo más espeso del suceso, y ser los agitadores y rebeldes más ruidosos, si no los instigadores mismos.

Así, cuando el pueblo judío llegó al Desierto del Sinaí y se encontró sin comida, Datán y Avirám estaban a la cabeza de quienes protestaban a gritos:
“Mejor hubiera sido que muramos en la tierra de Egipto, cuando estábamos junto a las ollas de carne y comiendo pan hasta hartarnos. ¿Por qué nos has traído aquí, a este desierto? ¿Para matar de hambre a toda la congregación?”
Como siempre, también esta vez su protesta tuvo corta vida. Muy pronto descendió el pan celestial y la queja fue reemplazada por exclamaciones de alegría y placer.

Datán y Avirám, sin embargo, no eran de los que se darían por vencidos tan fácilmente. Tenían que desafiar a Moshé, quien había dado orden de que no se guardara maná para el día siguiente. Datán y Avirám guardaron a propósito un poco de éste para el otro día, pero pronto se arrepentirían de su decisión. El maná que habían guardado se llenó de gusanos. Por todo el campamento corría un aire apestoso, ¡y el origen del mal olor fue rastreado hasta las tiendas de Datán y Avirám! Moshé los reprendió severamente.
Cualquier otro hubiera aprendido bien la lección tras semejante fracaso, pero Datán y Avirám estaban hechos de un material mucho más duro.

Y así es como en este momento, el viernes por la tarde, estaban amargados en la tienda de Avirám, intentando planear alguna trampa para poner en apuros a Moshé y a Aharón.
“Bien, hermano, ¿se te ocurre algo?”, preguntó Datán.
“Quizás sea una buena idea fingir que el maná nos hizo mal provocándonos horribles dolores de barriga”, sugirió, con cierta duda, Avirám.
“¿Quién creería un cuento así? ¡Todos saben que el maná es saludable y delicioso, y hasta ahora nadie se quejó de dolor de estómago! En realidad, aun si nos creyeran, simplemente dirán: `¡Se lo tienen bien merecido! ¡Miren qué olor crearon en el campamento al dejar maná para el día siguiente!’ No, Avirám, debemos pensar en algo mejor que eso”.
Se devanaron los sesos en silencio. De pronto, el rostro de Datán se iluminó.
“¡Tengo una idea! Haremos quedar a Moshé como un mentiroso”.
“¿Y cómo harás eso? ¿Acaso también tú eres capaz de hacer milagros?”
“El plan es tan simple que me sorprende que ni siquiera a un tonto como tú se le haya ocurrido. Escúchame bien: recuerdas que cuando guardamos el maná…”.
“Oh, por favor, ¿debemos volver a eso?”
“¡No me interrumpas! ¿Por qué falló nuestro plan aquella vez? Porque no debíamos conservar nada de maná para el día siguiente, ¿verdad? ¡Pero cuando se trata de Shabat, como ese día no cae el maná, el viernes recibimos una partida doble, para el viernes y para Shabat. Eso significa que sí tenemos permitido guardar maná para el día siguiente!”
“¿Y qué hay con eso?”
“¡Tienes el cerebro de un asno! Yo…”.
“¿Acaso estás buscando pelearte conmigo nuevamente?”, dijo Avirám con un serio todo de amenaza en su voz.
“Tranquilo, amigo, tranquilo. Este no es momento para pelear. Estoy tratando de contarte cuál es mi plan: ayunemos hoy y guardemos nuestro maná de hoy para mañana. Después de todo, hoy tenemos una porción doble, de modo que entre ambos contamos con una buena cantidad de alimento. Mañana por la mañana nos levantaremos temprano, cuando todo el mundo esté profundamente dormido. Bien sabes que en la mañana del Shabat los judíos duermen hasta más tarde que en otros días. De modo que tomaremos nuestro maná y lo esparciremos por el suelo alrededor del campamento. Más tarde iremos con nuestras canastas, diciendo a todo el mundo que estamos camino a recoger maná. Por supuesto, la gente nos preguntará: `¿Cómo recoger maná? ¿No dijo Moshé que no habría maná en Shabat?’ Entonces le responderemos: `¿Así? ¡Vengan, y les mostraremos que Moshé es un embustero!’ Recogeremos nuestro maná y daremos una fiesta, y… ¡qué cara pondrá Moshé mañana!”
“¡Brillante! Eres una verdadera maravilla, Datán”.
Los dos conspiradores siguieron juntos por un rato, puliendo los últimos detalles de su plan. Luego Datán salió de la tienda de Avirám, sonriendo alegremente.

Datán y Avirám estaban convencidos de que esta vez su plan terminaría bien, y nadie descubriría su trampa. Sin embargo, sin que lo supieran, un pájaro se había posado en el extremo del poste de su tienda y lo había escuchado todo.
“¡Qué personas malas que son!”, pensó el ave mientras volaba a contarles a sus amigos y vecinos acerca del plan de los dos sinvergüenzas. De inmediato fueron enviados pequeños mensajeros alados a todos los demás pájaros de alrededor del campamento israelita para que rápidamente se presentaran a una reunión importante. Pronto el cielo se llenó con el colorido vibrar de sus alas y plumas y su melodioso piar. Los niños que jugaban en el campamento miraron hacia arriba y señalando en dirección a las aves dijeron:
“¡Miren! ¡Parece que están celebrando una boda!”

Pero los pájaros se preparaban para otra cosa. Estaban muy enojados con esos dos malvados, y querían arruinar sus planes. ¡Algunos estaban tan furiosos que sugirieron un ataque en masa sobre los dos traidores… para arrancarles los ojos! Pero el más anciano y sabio de todos tenía una idea mejor. Era bastante simple: los pájaros se quedarían en sus nidos hasta el amanecer, dando a los rebeldes suficiente tiempo para esparcir el maná de acuerdo con su plan. Cuando regresaran a sus tiendas, descenderían silenciosamente y se comerían todo el maná desparramado en los campos, de manera que no quedara ni rastros de éste. Así, los rebeldes volverían a convertirse en el centro de la risa del pueblo, ¡y quedaría demostrado una vez más que la palabra de Moshé era auténtica, tal como la Torá lo era!

A la mañana siguiente Datán y Avirám se levantaron muy temprano, pero no tanto como los pájaros. Cuidándose de no hacer ruido, ambos conspiradores llevaron sus cestas repletas de maná a los alrededores del campamento judío, más allá de las tiendas. Desparramaron aquel maravilloso alimento celestial por el campo y regresaron a sus tiendas tan silenciosamente como habían llegado.
A la señal convenida, todos los pájaros descendieron en bandada y comenzaron a picotear y comer el maná. Muchos de ellos volaban hacia el campo y regresaban a sus nidos llevando maná para sus pichones que aún no sabían volar. Los pájaros comieron hasta hartarse, hasta que todo el maná desapareció. No quedó ni una sola miga. Tanto habían comido, que a duras penas podían levantar vuelo para regresar a sus nidos. Desde allí, echados en la seguridad de sus nidos, observaban y esperaban mientras ahogaban sus risas en sus picos.

Cuando el campamento comenzó a despertar y el movimiento de gente se hizo más intenso, Datán y Avirám comenzaron a pasearse por éste convocando a la gente a unirse a ellos en una búsqueda de maná.
“¡Les demostraremos que Moshé es un mentiroso!”, decían.
Algunos simplemente se reían de ellos; otros, en cambio, los siguieron sólo por curiosidad, para ver qué ocurriría.
Guiados por Datán y Avirám, la gente caminó hasta el campo, ¡pero no había nada de maná a la vista! Datán y Avirám estaban consternados y, una vez más, deshonrados. De no haber sido Shabat, la gente seguramente los habría bañado en una lluvia de piedras. Y como si todo esto fuera poco, Datán y Avirám se quedaron con hambre, ya que no habían probado bocado alguno el día anterior, y ahora tampoco tendrían qué comer en Shabat. No se atrevieron a pedir alimentos a ninguno de sus vecinos, pues de hacerlo todos se enterarían de su jugarreta. Además, ¿quién querría tener algo que ver con dos individuos desobedientes que habían intentado mostrar a su reverenciado y amado líder como un embustero?

Todo ese Shabat los pájaros sobrevolaron el campamento de Israel gorjeando y piando. Planearon por sobre todas las tiendas, y luego volaron en círculos una y otra vez sobre la de Moshé Rabeinu.
Moshé salió de su tienda y miró hacia los pájaros con gratitud.
“Queridos amigos alados”, les dijo. “Han hecho una gran obra. No lo olvidaremos. Todos los años, este mismo Shabat, el pueblo judío los recordará. Pondrán fuera de sus casas granos cerealeros para ustedes, demostrando de esa forma que los recuerdan y les están agradecidos por lo que hicieron hoy”.

Nisan Mendel

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