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Los Milagros

 

Desde chicos sabemos que todo lo que escapa a lo habitual, lo raro y lo exótico nos atrae. Basta con recordar las historias que nos contaron en aquellas épocas infantiles, de brujos y hadas, de Blancanieves y los siete enanitos, de Súperman y del hombre murciélago, todo eso no tiene relación alguna con la vida cotidiana. En las fiestas de chicos y grandes, el mago atrae la atención de todos los invitados. La Torá ya nos advirtió a no dejarnos llevar por personas que pretendan demostrarnos sus “verdades” mediante milagros (D’varim 13:2) y el Ramba”m nos hace saber que nuestros abuelos no creyeron en D”s simplemente por haber visto maravillas. No obstante, vemos que a la gente todo eso sí le atrae. ¿Será porque la vida que llevamos es “aburrida” y queremos vivir en un mundo que no sea tan real, aburrido, angustiante y cruel como el nuestro?

La lectura de Va’erá y Bó también habla de milagros. Moshé le advierte al Faraón que si no permite la salida de los judíos de Egipto, sufrirá toda clase de plagas. Y todas ellas terminan por cumplirse. Y cada vez que ocurren estas plagas, los judíos que habitan en la tierra de Goshen salen ilesos. ¡Vaya milagro! Dejemos de lado por un instante la visión triunfalista del tema (la mayoría de los judíos no se merecieron salir de Egipto, pues a pesar de las plagas se sentían bien en Egipto y no estaban convencidos de querer irse), concentremos la atención en la característica milagrosa de las plagas en si.
¿Para qué sucedieron los milagros? ¿Son deseables los milagros? ¿Rezamos por ver milagros?

Este tema tiene una arista educativa que también nos debe plantear ciertas dudas. En muchas historias de rabinos famosos, encontramos que merecieron el desenlace de una situación apremiante en la que ocurrieron milagros de algún tipo. ¿Se debe relatar estas historias a los niños? ¿Poseen elementos pedagógicos desde lo judaico?

Antes de seguir, creo indispensable aclarar que el milagro tal como lo estamos tratando, es decir, algo que escapa a lo natural, no es el único fenómeno que los judíos denominamos como “nes” (milagro). Agradecemos diariamente tres veces en la Amidá: “ve’al niseja shebejol iom imanu” (= por los milagros que nos suceden diariamente). Ahora bien. Diariamente nos pasan muchas cosas, buenas y malas, pero no nos parecen ser algo fuera de lo natural. Nos referimos pues, en este agradecimiento a D”s a los “milagros naturales” que suceden en cada instante a los que habitualmente denominamos “naturaleza” simplemente porque estamos tan acostumbrados a ellos que nos parece “natural” que ocurran.

Estos milagros y maravillas que acontecen dentro de nuestro cuerpo tal como los distintos sistemas (circulatorio, digestivo, nervioso, respiratorio, reproductivo, etc.) o fuera de él (el cosmos, la fuerza de gravedad, la fotosíntesis, etc.) a los que llamamos naturales, son los que hacen que podamos vivir una vida “normal”. Confiamos ciegamente en la constancia de esta naturaleza para todo lo que hacemos. Si la naturaleza no fuese constante y confiable, nos volveríamos absolutamente locos por no poder prever nada. En los Salmos (que recitamos diariamente en los rezos matutino) decimos “y los puso (las leyes naturales) para la eternidad, son decreto inamovible. A diferencia de lo que sucedió en Egipto, el agua siempre debe ser agua, y la sangre, sangre. El auto no hará combustión con puré de papas y no nos vamos a servir un vaso de “nafta extra sin plomo”. El sol saldrá del este y las cosas que soltamos se nos caen hacia abajo. No debemos desear que eso cambiara, pues, si la naturaleza no fuera constante, el mundo no sería un lugar en el cual pudiéramos vivir.

Dado que las cosas son así, es superior aquel que reconoce al Todopoderoso en la naturaleza cotidiana, que aquel que no cree a menos que le demuestren que esa naturaleza se puede modificar. Y, si bien D”s hizo los milagros en Egipto para que el Faraón- que se hacía considerar un dios y se negaba a dejar ir al pueblo judío por desconocer la autoridad Di-vina – cambiara su postura, eso no significa que fuese deseable que estos milagros se repitieran con frecuencia.

En el Kidush (bendición que santifica la entrada del Shabat) del viernes a la noche hacemos mención al “zejer lema’asé bereshit” (recuerdo a la creación del mundo), como así también al “zejer lietziat mitzraim” (recuerdo a la salida de Egipto). Si bien pareciera hablarse de dos eventos de distintas épocas, en realidad estamos hablando de lo mismo. Los milagros que acompañaron la salida de Egipto sirvieron para demostrar a los dudosos (egipcios y judíos), que el Creador del mundo es uno, que sabe todo lo que sucede aquí y que constantemente interviene en el quehacer humano.

Está claro entonces, que los milagros suceden porque D”s decide en ciertas instancias que deben ocurrir por las distintas razones que sólo él sabe. Para nosotros es importante saber que si D”s lo decide, dado que él es Quien sabe y hace todo, no existe diferencia ante él en causar “milagros naturales” o “milagros no-naturales”. La casualidad no existe, ni tampoco la naturaleza como algo independiente a D”s. Así también debemos hacérselo saber a los niños. El desafío está en “ver” a D”s en la naturaleza, en nuestro sustento diario y en este mundo “di vrá gireuté” = que creó de acuerdo a Su plan (Kadish).

Las historias de tzadikim, a quienes D”s los asistió con milagros, tienen como objetivo precisamente eso. Pero es importante decirles también que, aunque fuese triste, muchos tzadikim vivieron en la pobreza, perseguidos, enfermos o mártires y no fueron asistidos con milagros. Aun así no perdieron su confianza en D”s y ni siquiera pidieron que les sucedan milagros.

No obstante, no es conveniente insistir en esta clase de historias milagrosas con los niños. Mucho más importante es relatarle a los niños (y grandes) el esfuerzo que implica la lucha por crecer, mejorar las características humanas y observar las Mitzvot cada vez mejor. Que les quede claro qué es lo que significa llegar a ser tzadik y crear en los niños el deseo por ser verdaderamente “grandes” en la Torá. En última instancia vivimos con los pies en la tierra y esta tierra “natural” es tal como D”s la creó para cumplir con nuestro deber.

Daniel Oppenheimer

 

Rab Daniel Oppenheimer

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