Profundizando
1. Perspectiva del Amor desde la Torá
El Amor, La Mujer Judía y El Matrimonio
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¿Los matrimonios están hechos en el cielo?

(Selección extraída del libro “2 partes de un todo”, por Rab Irmiahu Abramov y Tehilla Abramov, © Perspectivas)

 

Una matrona romana preguntó una vez a Rabí Iosi ben jalafta: “¿Qué hace D-s todos los días desde que creó el mundo?”
Rab Iosi contestó: “Arregla bodas, forma parejas para que puedan casarse”.
La matrona romana se burló: “¡Pero si eso no es nada dificil! Tengo mil sirvientes hombres y mil mujeres. ¡Fácilmente podría unirlos a todos en una noche!”
Rab Iosi le dijo: “Quizás pienses que es así de fácil, pero aprendimos que D-s lo considera más difícil que partir el mar Rojo”.
Después de ésto, la matrona no pudo resistirse a intentar unir parejas por sí misma. Esa noche formó parejas entre sus mil sirvientes hombres y mujeres. Y bien, la mañana siguiente no fue espléndida. Las parejas la acorralaron quejándose, insultándola y hasta maldiciéndola. Unos tenían las piernas rotas, otros los brazos rotos y algunos los ojos hinchados y morados. Evidentemente, no querían las esposas que la matrona les habla elegido.
Completamente irritada, la matrona mandó a buscar al Rab Iosi: “¿Cómo hace D-s ésto?
Rab Iosi respondió con naturalidad: “D-s usa su infinita sabiduría para formar las parejas y así decide quién es el mejor para cada persona. Y los junta desde distintas partes del mundo para que se combinen a la perfección. Ha estado haciendo esto desde que creó el universo”.

La matrona romana admitió entonces: “No hay D-s como vuestro D-s” (Bereshit Rabah 68.-4).

* * * * * *

En el Talmud está escrito (Sotah 2a): “Cuarenta días antes de la concepción se decreta en el Cielo: ¡La hija de esta persona es para el hijo de aquella personal” En la formación de parejas no admitimos el elemento popularmente aceptado de la suerte o la coincidencia. No creemos que el encuentro de nuestras parejas predestinadas se realice tirando los dados; que nuestros destinos pendan del hilo de un encuentro “casual”. Por el contrario, todo se ha considerado extremadamente bien y se ha planeado cuidadosamente con anterioridad.

Rubén Schwartz era un exitoso comerciante de diamantes de unos treinta años. Disfrutaba viajar, reunirse y conectarse con gente. Cuando no estaba viajando vivía en una próspera comunidad judia de Nueva York. La hermana vivía cerca con su familia y muchos otros parientes vivían en la ciudad. Pero pese a su propio esfuerzo y al de la familia por encontrarle una pareja apropiada, seguía soltero.
Tomaria el vuelo nocturno del martes, anticipando ansiosamente su regreso a Nueva York para llegar a tiempo para el Año Nuevo judío ese miércoles a la noche. Acababa de pasar cuatro productivos dias en Bangkok, para concluir un viaje de negocios de un mes en el lejano Oriente. El vuelo 081 llegaría a Nueva York a la mañana siguiente, a tiempo para erev Rosh Hashaná.
Exhausto por el agotador viaje, Rubén abordó el avión, se acomodó en su asiento y se relajó mientras los demás pasajeros terminaban de acomodarse para el despegue. No percibió al oficial de aspecto preocupado que se dirigía hacia su asiento.
– Disculpe, ¿usted es el señor Schwartz? Rubén abrió los ojos.
– ¿Hmm? ¿Si?
Un hombre bajo y corpulento vistiendo uniforme de vuelo estaba parado en el pasillo, mirándolo.
– Lo lamento señor, pero nuestra computadora acaba de detectar una diferencia. Su pasaje no es válido. Tendrá que acompañarme.
La somnolencia de Rubén desapareció.
– ¿Que? ¡Es imposible! ¡He estado usando ese pasaje durante todo el mes!
– Lo lamento señor. Pero falta el último talón para este vuelo. Estoy seguro de que sólo es un descuido, pero debemos cumplir las normas.
Rubén estaba estupefacto.
– ¡Pero compraré un pasaje nuevo! ¡Este es el último vuelo a Nueva York y debo estar en él!
Los pasajeros próximos lo miraban compasivamente. Un hombre se inclinó para ofrecer su ayuda. El oficinista negó con la cabeza.
– Por favor, señor, no hay tiempo para emitir un pasaje nuevo. ¡Debe bajar del avión y acompañarme a la oficina!
A Rubén siempre le habla preocupado viajar con un horario apretado cerca de una festividad judía, pero en quince años nunca le había pasado algo semejante.
“¿Qué sucede?”, pensó. “Mi pasaje no tiene nada malo. ¡Es imposible! ¡No puedo quedarme en Bangkok para Rosh Hashaná?!”
El oficinista se negó a moverse sin Rubén, pero en la oficina no habla forma de arreglar las cosas a tiempo… y el vuelo partió sin él. Un llamado a Nueva York minutos después, confirmó que el descuido había sido un simple error numérico. Su agente de viajes había cometido un pequeño error que dejó varado a Rubén en Bangkok en erev Rosh Hashaná.
Aún en la oficina de la aerolínea, Rubén pensó rápidamente. Por una conversación que había tenido unos días antes, se enteró de que difícilmente un judío observante se quedaba en Bangkok para las grandes festividades. La mayoria las celebraba en Europa, por lo que no disponía de muchas opciones.
– ¿Hay algún vuelo a Hong Kong? – preguntó.
Afortunadamente había uno por la mañana. Hong Kong era la ciudad más próxima con una comunidad judía con la cual celebrar Rosh Hashaná.
Por fin, Rubén llegó a Hong Kong completamente consumido. Hizo varios llamados desde el aeropuerto para informarse y se alegró mucho cuando una tal señora Fisher lo invitó a pasar la festividad con su familia.
“Que alivio no tener que quedarme en un hotel otra vez”, pensó Rubén cuando el taxi lo dejó en casa de los Fisher. Rubén no podía evitar extrañarse ante el singular giro de los acontecimientos que lo llevaron a celebrar Rosh Hashaná en Hong Kong.
Después de tres días como huésped de la familia Fisher, Rubén comenzó a comprender con más claridad por qué los acontecimientos cambiaron de esta misteriosa forma. Al unirse a la cálida familia para todas las comidas de Iom Tob, Rubén conoció a la hija mayor de los Fisher, Sara.
Rubén no se apresuró a abandonar Hong Kong. En cambio, se instaló en un hotel cercano después de Rosh Hashaná. El y Sara necesitaban más tiempo para conocerse.
Veinticinco años más tarde, Rubén sigue riéndose con Sara sobre el agente de viajes que cometió un “error” con el pasaje. “Para nuestro bien”, le dice a su esposa guiñándole el ojo.

* * * * * *

¿Es esta historia una excepción? Bueno, para Rubén y Sara seguro lo es. Pero si alguna vez oímos a otras parejas casadas contar entusiasmadas la historia de cómo se conocieron, casi siempre se palpa la misma sensación de admiración sobre la forma asombrosa en que se desarrollaron los hechos. Los acontecimientos se instalan en trenes (¡o en aviones!) muchos años antes de que la pareja se encuentre.
Un ejemplo famoso, en el que la serie de acontecimientos que los llevaron a unirse fue más evidente de lo normal, involucro a un gran Sabio de la Torá, el Rashash, Rab Shmuel Shtershun, que además manejaba un fondo de préstamos sin costo para los pobres.
Un dia, un sastre llamado Rab Zalman vino a pedir prestado dinero. El Rashash le otorgó un préstamo de trescientos rubios que se devolverla en un año y registró la transacción en el libro de préstamos.
Un año más tarde, según habían convenido, Rab Zalman fue a la casa del Rashash para devolver el dinero. Al ver que el Gran Rabino estaba profundamente inmerso en el estudio de la Torá, no quiso molestarle. Entró a la habitación en silencio, se disculpó por la interrupción, colocó los trescientos rubios sobre el escritorio del Rab y se marchó.
Rab Shmuel metió el dinero en el tomo que estaba estudiando y siguió leyendo. Para cuando terminó, se había olvidado por completo del dinero y devolvió el tomo de la Torá que habla estado estudiando, con el dinero adentro, a su estante.
Unas semanas después, Rab Shmuel revisó su libro de préstamos y vio que el préstamo al Rab Zalman todavía estaba impago. Mandó a llamar al Rab Zalman para preguntarle por el dinero.
Por supuesto, Rab Zalman afirmó que había devuelto el préstamo justo el dia convenido. Pero no había testigos y el Rab Shmuel no recordaba en absoluto el asunto.

Acordaron ir a la corte rabinica para una solución. Dado que se establecía que era la palabra de un hombre contra la del otro, Rab Zalman tendría que jurar que había pagado el préstamo y entonces seria absuelto de la deuda. El Rashash, sin embargo, estaba preocupado por la posibilidad de inducir a otro judío a jurar en falso, por lo que retiró el cargo. El caso se cerró.
Pero mientras tanto corrieron las noticias de que un simple sastre tuvo el coraje de poner en tela de juicio la palabra del santo erudito, ¡Rab Shmuel! La gente dejó de hacer negocios con el sastre. Se burlaban y lo degradaban y, finalmente, tuvo que llevarse a su familia y abandonar la ciudad, arruinado. Pasó un año y el Rashash se encontraba nuevamente estudiando el mismo tomo. Imaginen la sorpresa cuando lo abrió y adentro encontró una gran suma de dinero. ¡Sólo tardó un minuto en darse cuenta de que éste era el dinero que el sastre afirmaba haber devuelto!
Inmediatamente el Rashash buscó al Rab Zalman. Encontró al sastre viviendo en condiciones deplorables en una zona despoblada. El Rashash le suplicó que lo perdonara. Se ofreció a ir a todas las sinagogas para anunciar que había cometido un error terrible y que el sastre era digno del mayor respeto.
Sin embargo el Rab Zalman dijo que era demasiado tarde. La gente no creería en su inocencia. Sólo dirian que el Rashash lo estaba haciendo por compasión, puesto que era una persona virtuosa.
El Rashash sabia que el Rab Zalman tenía razón. Se había cometido una gran injusticia. Ahora debía pensar en la manera de rectificar la situación. El Rab Shmuel pensó intensamente unos minutos y finalmente habló: “Si hacemos que mi hija y su hijo formen pareja”, el Rashash sonrió, “seriamos parientes y nadie dudaría de su honestidad y respetabilidad”.
Rab Zalman estuvo de acuerdo y arreglaron para que sus hijos se conocieran. El hijo del sastre y la hija del Rashash se entendieron y pronto se llevó a cabo la boda.

Estaba decretado en el cielo que los dos se casarían pero (al igual que en nuestros propios matrimonios) una larga serie de acontecimientos tenían que suceder, antes de que esta unión, poco probable, entre el hijo de un simple sastre y la hija de un renombrado sabio pudiera concretarse.

(Basado en “The Forgotten Loan” del The Maggid Speaks)

Ver ejemplos aqui

Rab Irmiahu Abramov y Tehilla Abramov

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