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Los 49 días del Omer…tiempo de purificarnos

Selección extraída del libro «Nosotros y el tiempo», escrito por Eliahu Kitov

Los siete atributos

Los maestros del misticismo judío consideran los cuarenta y nueve días -siete semanas- del Omer como un período destinado a la rectificación de las mellas que han afectado los siete atributos sobre los cuales está basado el mundo temporal. Ellos son: Jésed – Bondad, Guevurá – Fortaleza, Tiféret
Armonía, Nétzaj – Eternidad, Hod – Esplendor, Iesod – Fundamento, Maljut – Soberanía. Nuestros Sabios, quienes ahondaron en los significados profundos de la Torá, enseñan que este estado de perfección del mundo aparece expresado en el versículo: Y vio Di-s todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno (Génesis 1:31).

Estos siete atributos fueron reimplantados en el mundo -luego de que el pecado de Adám hubiera afectado su perfecto orden- por nuestros grandes antepasados, «los siete pastores», y permanecen en plena actividad aun después de los varios pecados cometidos por el pueblo judío luego de haber
recibido la Torá. En cada generación y época, siempre que el hombre lo desee, puede venir y aferrarse a los atributos de los siete pastores, pues las cualidades que ellos implantaron poseen una fuerza eterna. En particular, el período de la cuenta del Omer es el más propicio para lograr este perfeccionamiento, pues desde el momento en que los Hijos de Israel salieron de Egipto convirtiéndose en el pueblo de Di-s se abrió ante ellos en este período la senda de la pureza, logrando su total purificación en los cuarenta y nueve días sucesivos. De su condición de fabricantes de ladrillos y recolectores de paja para el Faraón en Egipto ascendieron y se convirtieron en un pueblo especialmente elegido por Di-s, una nación de kohaním, reyes y ministros, todos consagrados a Su servicio.

Esta senda de purificación fue allanada entonces, y cada año, al llegar este período, una vez más se abren las puertas y se despeja el camino para todos aquellos que desean poseer los siete atributos en su integridad (Para más detalles, consultar «Guía Espiritual para la Cuenta del Omer, Ed. Kehot Sudamericana).

Los siete pastores

Nuestro Patriarca Avraham constituyó la personificación del atributo de Jésed, Bondad. El alimentó y sustentó a todo el mundo con su inmenso amor, y con su abrumadora amabilidad los atrajo bajo las alas de la Shejiná. En su personalidad no había sentimientos de celos, crueldad u odio.

Nuestro Patriarca Itzjak fue la encarnación de la Guevurá, Fortaleza. Por su intermedio fue introducido en el mundo el temor a Di-s. Toda su fuerza estuvo consagrada al servicio y temor de Di-s. En ello no vaciló. Cuando fue amarrado al altar, no fue su fe la que se estaba poniendo a prueba, sino la de Avraham.


Nuestro Patriarca Iaacov fue la personificación de Tiféret, la Armonía. Todo lo que hizo fue realizado con simplicidad y perfección. Era puro en su relación con el Cielo y con sus padres. Todo lo realizaba de una especial manera armoniosa que se expresó tanto en su relación con Laván, en su
relación con Eisav, y en su lucha contra el ángel. Estaba exento de engaño y traición. Podríamos pensar que fue deshonesto y falso con su padre Itzjak y su hermano Eisav, pero la Torá (Génesis 25:27) atestigua su auténtica talla ante Di-s y el hombre: Iaacov era un hombre perfecto; una perfección nunca antes vista. Hay quienes parecen justos en su naturaleza y rectos en sus acciones, pero en realidad son corruptos. Por el contrario, aunque las acciones de Iaacov puedan parecer a primera vista deshonestas, cuando analizamos detenidamente su personalidad encontramos que son el epítome de la gloria y la rectitud.

Nuestro Maestro Moshé fue la encarnación de Nétzaj, la Eternidad; la eternidad de la Torá. Todo lo que el hombre adquiere es pasajero. Pero si adquiere la Torá de otros, u otros la adquieren de él, es un bien con el cual se benefician tanto el dador como el receptor. No existe nada pasajero o temporario en relación con la Torá; así, Moshé -quien estuvo dispuesto a entregar su vida por la Torá- tuvo el privilegio de convertirse en su maestro y transmitirla a todas las generaciones.

Aharón personificó el atributo de Hod, Esplendor; amó la paz y luchó por ella, amó a la humanidad y la acercó a la Torá. Todo aquel que observaba el esplendor y la santidad de Aharón se veía estimulado a emular sus cualidades y forma de conducirse. Sobre él decía la gente: «Mirad a Aharón, quien aprendió Torá de su hermano menor y se regocijó en su grandeza sin envidiarlo. Cuán agradables son sus caminos y cuánto esplendor irradia de él».

Iosef personificó el atributo de Iesód, Fundamento: la virtud de la moralidad. La piadosa moralidad de Iosef era tan inmensa que logró el máximo nivel de santidad. Esta cualidad se denomina Fundamento pues es la base principal sobre la cual descansa el mundo. Si la generación del Diluvio no hubiera pecado desviándose del pilar de la moralidad, sus otras transgresiones no habrían sido consideradas motivo suficiente para traer la destrucción al mundo.

El Rey David fue la encarnación del atributo de Maljút, Soberanía. David no alcanzó el reinado por sí solo. No llegó a ser rey en razón de su poder ni por su sabiduría, ni tampoco obtuvo la corona por herencia. Sólo Di-s, el Rey de reyes, lo llevó de cuidador de ovejas a convertirse en el fiel pastor
de Israel. Eligió a David porque El sabía que aunque recibiera la capacidad de ascender a las más insignes alturas, continuaría siempre sintiéndose un mero siervo. David era humilde en todo momento: cuando cuidaba sus ovejas, y cuando los reyes del oeste y del este acudían a su corte para honrarlo. Fue David quien coronó a Di-s como Rey de la humanidad y fue él quien suministró
al mundo los medios para alabar a Di-s -el Libro de Salmos-. El se regocijó en la grandeza de otros y la combinó con la propia para honrar a Aquel que es dueño de toda la grandeza: Y David bendijo a Di-s ante toda la congregación, y dijo David: Bendito eres Tú HaShem, Di-s de Israel…Tuyos son, Di-s, la grandeza, el poder, la gloria, la victoria y la majestad… Tuyo es el reino y Tú eres ensalzado, supremo sobre todos los gobernantes… ¿Quién soy yo y qué es mi pueblo para que Te hagamos dones de esta clase?… pues todo es de Ti, y de lo Tuyo Te hemos dado (I Crónicas 29:10-14).


Estos siete atributos están relacionados unos con otros, y cada uno incluye en sí a todos los demás. Así, por ejemplo, no puede haber Bondad sin Fortaleza, pues en tal caso ésta no se consideraría un Atributo, sino tan sólo una expresión de ternura y sensibilidad de corazón. De igual modo, si Bondad careciera de Armonía podría degenerar en apatía e insensibilidad; y así también con los demás atributos, cada uno de ellos posee una luz propia que brilla al combinarse con los otros.

Los maestros del misticismo judío designaron la cuenta del Omer como el período en el cual debemos corregir las fallas en cada uno de los atributos y sus combinaciones. Los cuarenta y nueve días se dividen en siete semanas, y en cada semana prevalece un atributo específico.

La primera semana está consagrada completamente a Bondad. En el primer día, el énfasis recae sobre la conjugación de Bondad en Bondad, que representa la expresión del amor propio y la intensidad que éste alcanza. A medida que pasan los días el énfasis se pone sobre una cualidad diferente siempre combinada con Bondad: Fortaleza en Bondad, Armonía en Bondad, etc. Durante
la segunda semana Fortaleza pasa a ser el atributo principal, incluyendo en sí, cada día, a otra cualidad distinta. Este mismo patrón se repite durante las siete semanas.

Cuando los Hijos de Israel salieron de Egipto contaron 49 días hasta que llegaron a Jorev y acamparon al pie del monte para recibir la Torá. Durante este período se fueron perfeccionando gradualmente, agregando virtudes una a una y combinándolas con aquellas previamente adquiridas, hasta alcanzar el último día la Soberanía completa. Todo el mundo se convirtió, ante sus ojos,
en un reino Celestial donde debía morar la Presencia Divina, y ellos mismos pasaron a ser un reino de kohaním (sacerdotes) y una nación santa, santificada para siempre por la Torá.

Si el esplendor de estas nobles virtudes se empañara, ello sería temporario, pues con sólo poner nuestro esfuerzo por retornar y recuperar aquel esplendor original que quedó arraigado profundamente en nuestros corazones, habremos alcanzado nuevamente esta pureza y santidad eterna. La pureza que el pueblo de Israel adquirió en aquel entonces nunca podrá ser eliminada en su totalidad. Cualquier judío que quiera regresar a ese estado de pureza alcanzado en la entrega de la Torá, puede hacerlo más fácilmente durante estos cuarenta y nueve días del Omer, especialmente propicios para la purificación. Desde entonces y para siempre.

 

Eliahu Kitov

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