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Lo realmente nuestro

Leemos en la Perashá Nasó: “Y cada hombre, a sus santidades, para él será” (Bamidbar 5).
Nuestros Jajamim (sabios) aprenden de aquí que cuando un Iehudí destina su dinero a obras sagradas (donaciones para Ieshibá; lugares de Torá; caridad, etc.), es “para él”. Es decir: No es de él todo el dinero que tiene en la mano, sino el que dio a una causa sagrada. Para ilustrar mejor este concepto, veremos lo que sucedió una vez con uno de los más grandes personajes de la historia del mundo judío sefaradí en la época del siglo de oro de España: Rabí Isaac Abrabanel, Z”L.

Cumplía funciones de ministro de finanzas en la casa real, y era conocido como Don Isaac Abrabanel; hombre sabio e instruido en todas las áreas, no sólo en el campo de la Torá. Los ministros que integraban la corte lo envidiaban y odiaban, no sólo por su condición de judío, sino porque contaba con la total confianza, simpatía y afecto del rey, que le otorgaba un trato distintivo.
A todas la calumnias que le inventaban, el rey trataba de desoírlas, porque conocía realmente las cualidades y la calidad humana de “Don Isaac”, de quien dependía casi toda la economía del país. El rey no pudo hacer frente a las presiones, y aceptó investigar la procedencia de los bienes de su ministro de finanzas. Lo primero que hizo, fue pedirle a Don Isaac Abrabanel que él mismo le confeccionara una lista de sus posesiones personales, y a partir de ahí comenzaría la indagatoria.

Después de unos días apareció el Rab con una lista, no muy extensa por cierto. El rey se detuvo a leerla, y no pudo más que sorprenderse, con un poco de decepción. Fue entonces que le dijo, muy molesto:
“Hasta ahora no he desconfiado de usted. Pero después de ver esta lista, me veo obligado a hacerlo”.
“¿Por qué dice eso, su majestad?” preguntó Rabí Isaac.
“Aquí usted ha apuntado que sus posesiones ascienden a una cantidad mucho menor de lo que a simple vista podemos ver que tiene. He ido a su casa; sé más o menos cuánto dinero tiene, y esta declaración no coincide con lo que evidentemente posee. Y si ha falseado esta declaración, da lugar a pensar que se ha comportado deshonestamente en el desempeño de sus funciones como administrador del tesoro de la Corona”.
Rabí Isaac Abrabanel lo escuchó, y procedió a responderle con calma:
“Verá usted, alteza: Se me ha pedido que confeccione una lista con mis posesiones, y eso fue lo que realmente hice. Porque la casa donde vivo; el dinero que tengo guardado; las joyas que atesoro todo eso está en mi propiedad, ¡pero no es mío! Sólo es de la persona aquello que se lleva cuando abandona este mundo. Todo lo que mencioné, cuando terminen mis días, quedará aquí. Lo único que podré llevarme será lo que aporté a obras de bien. En la lista apunté todo el dinero y las cosas materiales que destiné a la causa sagrada de mi pueblo. Eso es realmente mío, porque me acompañará eternamente”.

Guedolé Amenu

(Gentileza Revista semanal Or Torah, Suscribirse en: ortorah@ciudad.com.ar )

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