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Lazos familiares

Jay Litvin es Director del Enlace Médico del Programa “Niños de Chernobyl”

“¿Qué clase de Di-s no querría que un hijo esté con su madre en una fiesta judía?”, preguntó mi madre, exacerbada cuando le dije que no podríamos conducir nuestro automóvil en Iom Tov.
“Durante 36 años no te importaron las fiestas judías. ¿Ahora te importan pero no puedes traer a tus niños para estar con su abuela?”
Yo sabía que estaba en peligro.
“Estoy contenta de que finalmente hayas decidido ser judío”, continuó ella. “¿Pero tienes que ser tan religioso que no puedes comer en la casa de tu propia madre? ¿Eso es lo que Di-s quiere?”
Le llevé la queja a Rabí Yosef Samuels, el Rabino de Milwaukee que me atrajo a la Torá.
“La Torá no es sentimental”, me explicó. “Encara la verdad, y a veces la verdad no es lo que la gente quiere oír. Pero si confías en la verdad, lo que significa: si confías en Di-s, ella y El eventualmente te guiarán a donde quieres ir, aunque tal vez nunca sepas exactamente cómo llegaste allí”.
Mi madre no lo compró. Ni mis hermanas. Mirando atrás, no estoy seguro de que yo lo hice, tampoco.

Mantener los lazos familiares es un asunto a menudo doloroso para un baál teshuvá (retornante a la observancia judía). La observancia religiosa puede imponer separación de aquellos a quienes más amas, con frecuencia en el peor de los momentos: casamientos, bar mitzvás, reuniones de familia, incluso funerales.
“OK, se está casando en una sinagoga reformista. ¿No puedes venir a la boda de todos modos?”
“Lamento que la cena de aniversario será en un restaurante no-kasher. Pero realmente nos encantaría que tú estuvieras allí”.
“Nosotros no somos ortodoxos. Pensamos que su conversión es suficiente”.
La tensión continuó hasta los años finales de mis padres. Mi familia y yo disentíamos sobre el nivel de atención médica a administrar. El debate entre “calidad de vida” y halajá (ley judía) era intenso. Mi padre falleció tras una prolongada enfermedad. Pero medidas heroicas ayudaron a brindar unos seis maravillosos años adicionales a mi madre.

Comúnmente evitábamos estos desacuerdos, eligiendo mantener la paz. No analizaba cuestiones espirituales con mi familia. Aprendí esta lección en mis primeros años de observancia judía. Yo era provocativo, proyectando una sensación de “he encontrado la verdad y ustedes no”, con mucha arrogancia. Por aquel entonces, creía que mi nueva comunidad de amigos religiosos podría suplantar a mi familia. Pero me encontré con cuán errado estaba. Sólo tengo un juego de padres, y dos hermanas. Nadie los puede reemplazar.
Mi esposa y yo invertimos gran energía en crear una familia observante de la Torá. Ya preveo, más allá en el camino, mi mesa del salón comedor llena de hijos y nietos. La mesa se estira hacia adelante en el curso de las generaciones. Rabinos y eruditos, comerciantes y maestros, madres y padres están sentados allí, todos abrazando la Torá. Y aunque la Torá que abrazan es una Torá de verdad y no de sentimentalismo, mi visión es muy sentimental. Estoy muy agradecido, y orgulloso, de la vida que mi esposa y yo estamos forjando.
Pero por más maravillosa que sea mi fantasía no reemplaza el amor que siento por mis padres y hermanas, o mitiga el dolor que siento cuando hay distancia entre nosotros. Y por eso, cada vez que podemos, mis hermanas y yo compartimos nuestras vidas.

En mi última visita a los Estados Unidos, mis hermanas y yo fuimos al cementerio para visitar a nuestros padres. Era muy íntimo. Mi hermana trajo pétalos de rosa todavía frescos de la boda de su hija y los esparció sobre el pasto bajo el cual yacen nuestros padres. Yo coloqué una piedra que había traído desde Safed.
Una hermana leyó un hermoso párrafo acerca de cómo cuando pierdes de vista a un barco que cruza el horizonte, el barco todavía existe; y si bien no puedes verlo, sabes que hay otros del lado opuesto aguardando recibir a sus ocupantes. Yo traje un libro de Salmos, del que pensaba leer uno o dos capítulos. Leo suavemente en hebreo, mis hermanas en inglés. Cuando terminamos los dos que había escogido, una hermana dijo: “Leamos uno más”. Esto continuó una media hora, mientras leímos una docena.
Después, en el almuerzo, mi hermana mayor nos contó que recientemente se había asociado a una sinagoga por primera vez en su vida. “Quiero aprender más sobre el judaísmo y estudiar hebreo”, dijo. “¿Crees que soy demasiado vieja para comenzar?”
Mi otra hermana (también mayor que yo) pertenece a una sinagoga reformista. Nos contó que había comenzado a asistir a clases con un Rabino ortodoxo, mientras su esposo estudia con el mismo Rabino en un grupo de “almuerzo y estudio” varias veces en la semana. Ella explicó que no planeaban “volverse ortodoxos”, pero disfrutaban de la profundidad del estudio.
Yo estaba complacido con estas actividades, pero me significaron menos que el simple placer que compartíamos en el restaurante y la proximidad que habíamos sentido ante la tumba. Supe ahora que lo que buscaba era intimidad, no coincidencias religiosas. Disfruté de nuestra unidad de familia y me maravillé por la capacidad de mis padres en mantenernos juntos, incluso en la muerte.

Camino de regreso del restaurante, todos concordamos en que la visita al cementerio había sido “simplemente perfecta”. Yo regresaba a Israel en un par de horas, y cuando nos despedimos, cada uno dijo al otro “te amo”. En ese instante sentí la presencia de los otros tres que habían venido para unirnos en este momento de partida, los tres que crearon los nexos que nos mantuvieron juntos y continuarán haciéndolo.
Quizás lo imaginé, pero mientras nos dimos besos de despedida sentí que se nos habían unido mi madre y mi padre, sabiendo que estaban sonriendo; y que todos nosotros estábamos siendo rodeados y envueltos por Di-s, cuyo misterio y benevolencia incesantemente se despliega de las maneras más inesperadas. “Pero si confías en la verdad, lo que significa si confías en Di-s, ella y El eventualmente te guiarán a dónde quieres ir, aunque tal vez nunca sepas cómo exactamente llegaste allí”.



(extraído de Jabad Magazine, www.jabad.org.ar).
(gentileza gráfico, www.houstonjewish.org).

 

Jay Litvin

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