Analizándose
Alegría y Tristeza
Sobre la Alegría y la Gratitud
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Las Puertas de la Gratitud (1)

Extraído de “Las Puertas de la Gratitud” Por el Rabino Shalom Arush y traducido por el Rab Yonatán D. Galed, www.breslev.co.il

 

El Camino a la Redención

Todos desean un mundo mejor. Todos esperan ya la Gueulá, la redención completa. Todos quieren saber qué se puede hacer para poner fin al sufrimiento y llevar el mundo a su perfección. Mucho se ha dicho sobre este tema, pero aquí vamos a conocer la causa fundamental de este amargo exilio. Rectificándola, podremos anticipar la inminente llegada del verdadero Mesías.

El ‘Libro de la Vida’

Para saber cuál es esa importante causa y lo que hay que rectificar, tenemos que reflexionar sobre lo que dice la Torá acerca de la primera redención, el éxodo de Egipto. A partir de ese hecho prodigioso, podemos aprender lo que traerá la redención final que anhelamos cada día.
La Torá no es ni un libro de historia ni un libro de cuentos. Es un manual de instrucciones para nuestras vidas. Cada uno de los escritos de la Torá está allí para enseñarnos lo que el Creador quiere de nosotros. Así, la raíz hebrea de la palabra Torá, significa “instrucción” o “guía”. La Torá instruye a los que la estudian y les muestra el camino que deben tomar. Es por eso que queremos entender lo que la Torá relata sobre el éxodo de Egipto, la estancia del Pueblo de Israel en el desierto, y su eventual entrada en la Tierra Prometida, la Tierra de Israel. Si sacamos las conclusiones adecuadas, vamos a entender dónde están las trampas y lo que tenemos que corregir en nuestra lucha por la redención final.

Lloriqueo y quejas

Desde el mismo principio del proceso de la redención, cuando Moisés vino a liberar a Israel de la esclavitud egipcia – y durante los cuarenta años que estuvieron en el desierto hasta su entrada en la Tierra de Israel – los israelitas se quejaron.
De este comportamiento resultó el mandamiento positivo de recordar cada día cuánto enfurecimos al Creador con nuestras quejas desde el principio de la redención en Egipto (Deuteronomio 9:7): “Recuerda, no te olvides, lo que enojaste a HaShem, tu Dios, en el desierto. Desde el día que has salido de la Tierra de Egipto, hasta que ustedes llegaron a este lugar, rebeldes ustedes han sido rebelado contra HaShem”. El rasgo negativo de quejarse, lamentarse y lloriquear, fue la causa principal de la Ira Divina.
Cualquiera que reflexiona cuidadosamente sobre las partes de la Torá que tratan de la redención de Egipto, observa que una y otra vez, la Torá describe las quejas y lloriqueos del Pueblo de Israel en todas las situaciones y pruebas que soportaron.

El primer ejemplo. Desde los albores de la redención Moisés pidió al faraón que dejara al Pueblo de Israel salir de Egipto. El faraón se negó, y en lugar de escucharle, intensificó sus decretos. Inmediatamente, los Hijos de Israel, se quejaron a Moisés y a Aarón y les culparon de empeorar las cosas, diciendo con tono acusador (Éxodo 5:21): “Que vea HaShem y juzgue – lo que nos han hecho abominables a los ojos del faraón y a los ojos de sus siervos, poniendo una espada en sus manos para matarnos”.

No sólo no agradecieron a Moisés por sus esfuerzos para redimirlos y por arriesgar su vida enfrentando al faraón en su nombre, ellos los culparon de haber intensificado su esclavitud. Si ellos hubieran tenido alguna medida de gratitud, hubieran apreciado los esfuerzos de Moisés y entendido que era natural que el faraón no quisiera liberar a esclavos que trabajaban tan bien gratis… Después de todo, era altamente improbable que el faraón se hubiera simplemente rendido, y dijera a Moisés, “¡Bien, se pueden ir!” La airada reacción del faraón era una parte necesaria del proceso de redención.
Esa falta de apreciación fue, en sí misma, la razón para la intensificación del exilio. Si el Pueblo de Israel hubiera superado su ingratitud desde el principio y agradecido a Moisés en vez de quejarse – hubiera sido redimido inmediatamente.

El siguiente ejemplo: Después de una serie de impresionantes plagas milagrosas, el Pueblo de Israel salió de Egipto por la poderosa Mano Divina. Cuando el faraón les persiguió, se quejaron (Éxodo 14:11–13): “¿Acaso no hay tumbas en Egipto que nos llevaste a morir en el desierto?” ¿Qué nos has hecho, al sacarnos de Egipto? Esto es justo lo que te dijimos en Egipto: ‘Déjanos que sirvamos a Egipto, pues es preferible para nosotros servir a Egipto que morir en el desierto…”.
Podemos entender que la situación era peligrosa y aterradora; el mar estaba frente a ellos y los egipcios detrás. Pero, ciertamente todo estaba orquestado por el Creador, quien estaba plenamente consciente del nivel de dificultad de esta prueba de fe. Él en Su Divina Sabiduría, quería que los Hijos de Israel fueran probados – y ellos tenían todo el potencial para superar esta prueba con éxito.
La diferencia entre pasar la prueba exitosamente y fallar, dependía solamente del nivel de gratitud del pueblo: ¿Reconocieron y apreciaron completamente los milagros de Dios hasta entonces o los negaron? La gratitud no depende de un elevado nivel espiritual, sino de algo muy básico. Un ser humano decente reconoce y no se olvida de todas bondades que su Creador le hizo y le hace cada día, y mucho menos milagros absolutos…

La persona nunca debe olvidar una bondad o un favor que alguien le hizo. El Pueblo de Israel debería haber recordado la multitud de milagros y maravillas que HaShem realizó, llámense las Diez Plagas y todo lo que siguió. Ellos deberían haber reconocido y apreciado cuán incansablemente Moisés trabajó y se esforzó en su beneficio durante el Éxodo de Egipto y la redención subsiguiente. Moisés, después de todo, estaba en peligro tanto como ellos. Debían haberle dicho: “Moisés, nuestro maestro, muchas gracias por todo lo que has hecho por nosotros, pero la situación es difícil y aterradora. ¡Ayúdanos! ¡Guíanos!”. En vez de eso, se quejaron, demostrando que carecían de la más elemental decencia que debe tener una persona. Por lo tanto, su ingratitud fue su gran fracaso.

Obviamente, no se podía esperar que los Hijos de Israel –esclavos emancipados recientemente– alcanzaran el nivel de Emuná, fe auténtica, necesario para poder percibir que una situación aparentemente desesperada fuera para su último beneficio. Ese nivel en esa etapa tan temprana de su redención, era demasiado alto para ellos. Bajo la esclavitud de los idolatras egipcios, ellos se habían hundido en un nivel de impureza espiritual, donde la Luz Divina estaba profundamente oculta. Sin embargo ellos podrían haber expresado algún tipo de gratitud, de apreciación y agradecimiento a HaShem, tanto como a Moisés. Por lo menos pudieron haberse abstenido de quejarse y negar el bien que HaShem y su siervo Moisés les habían hecho. Después de todo, vieron con sus propios ojos ¡milagros fantásticos durante el período de las Diez Plagas!
Si el Pueblo de Israel hubiera sido agradecido, hubiera inmediatamente sido testigo de milagros aún mayores.

En vez de eso, los Hijos de Israel dijeron: “Es preferible para nosotros servir a Egipto”. Los seres humanos tienden a dejarse engañar por la falsedad que les rodea. Como tales, los Hijos de Israel se habían resignado a una vida de esclavitud. Si ellos hubieran percibido la esencia de la verdad, hubieran preferido morir mil muertes en vez de continuar viviendo en la atmósfera cruel y aplastante de la servidumbre de Egipto. Aún más, si ellos hubieran desarrollado el rasgo de la gratitud, hubiesen entendido que es preferible morir mil muertes y no negar la bondad de Moisés.
Si los israelitas hubieran ponderado la verdad objetivamente, se hubieran dado cuenta que Moisés hizo muchísimo por ellos. Su situación no era su culpa, por el contrario, se trataba de una prueba para ellos –una prueba para ver si podían apreciar las bondades o ignorarlas.

La siguiente manifestación de ingratitud se produjo después de la partición del Mar Rojo. El pueblo había estado unos días sin agua, hasta que llegaron a un lugar llamado Mará. Pero el agua allí era amarga, Y el pueblo se quejó a Moisés: “¿¿Qué vamos a beber??”.
Debieron haber dicho: “Muchas gracias por todos tus esfuerzos en nuestro nombre hasta ahora. Por favor, ora por nosotros, y así tendremos agua”. ¿Por qué se quejaron? Debido a que no tenían ningún deseo de redención. Ellos no querían elevarse de su estado de oscuridad y ocultamiento espiritual a una vida de Emuná, de fe pura y auténtica. Ellos dejaron Egipto a regañadientes, como si estuvieran haciéndole un favor a Moisés. Posteriormente, cada vez que algo no funcionó, se quejaron: “¡Te dijimos que no nos sacaras! ¡Nosotros te hicimos un favor al salir de Egipto! Y míranos ahora…”.
Sin deseo de algo, no hay dedicación ni sacrificio, cualquier dificultad se convierte en un desafío aparentemente insuperable y un motivo de queja.

El exilio es una situación en la que las personas no desean la verdad, sino que están dispuestas a renunciar a su misión en la vida, a cambio de un poco de consuelo –incluso los alimentos o el agua. Malinterpretan la libertad creyendo que es el cumplimiento de todos los deseos materiales y el confort. Pero la verdadera libertad es el deseo de cumplir con su misión y propósito en este mundo. El exilio es la vida sin propósito ni finalidad. Sin embargo, la verdadera libertad es la vida con un objetivo final.

Aquí otro ejemplo de ingratitud: Luego que Moisés endulzara las aguas en Mará, los Hijos de Israel continuaron su viaje por el desierto de Zin. También se lamentaron allí (Éxodo 16:2–4): “Y se quejó toda la congregación de los Hijos de Israel contra Moisés y Aarón en el desierto… y les dijeron: ‘¡Si sólo hubiéramos muerto en las manos de HaShem en la Tierra de Egipto, cuando nos sentábamos alrededor de la olla de carne, comiendo pan hasta saciarnos! ¡Pero ustedes nos han sacado a este desierto para matar a toda esta congregación con hambre!’…”.

¡De nuevo vemos cómo estaban dispuestos a renunciar a la redención solo por ‘llenar sus estómagos’! El verdadero estado de redención es lo explicado en la Mishná (tratado Avot 6:4): “Pan con sal comerás, agua con mesura beberás, sobre el piso dormirás, etc.”. El hombre verdaderamente libre recibe su vitalidad –su sentido de “vivir”– de su última finalidad en la vida. Él es libre de sus necesidades corporales y urgencias constantes. La persona que busca el sentido de vivir en los deseos físicos –que solo son fantasías– es esclavo de su cuerpo transitorio y limitado. No hay peor esclavitud que esa.

Y ésa es la principal fuente de dolor de HaShem – nuestras acciones impropias, el no actuar como personas decentes. Un ser humano digno está muy agradecido por todo lo que se hace por él. Incluso si es un hombre materialista, que busca sólo los placeres de su cuerpo y niega la verdadera libertad espiritual, debería por lo menos decir gracias. Siempre puede acudir al Creador y decir: “HaShem, ayúdame a ser agradecido y expresar mi gratitud. Por favor, Ten misericordia de mí”.

“Un Pueblo de dura cerviz”

Los ejemplos anteriores ilustran una tendencia aterradora: Después que el pueblo atestiguó milagros y maravillas que nunca se habían visto o experimentado ni en cantidad ni en calidad, al encontrar algún tipo de prueba o dificultad – ¡se quejaba! Instantáneamente después de impresionantes salvaciones, los israelitas negaron las bondades de HaShem y el hecho que Dios Mismo los sacó de la aplastante esclavitud a la verdadera libertad. Esta historia de ingratitud proviene de una amnesia selectiva: Olvidar los maravillosos favores del Creador.

Tomemos por ejemplo la prueba de Mará, donde los Hijos de Israel no pudieron encontrar agua potable durante tres días. Este incidente ocurrió inmediatamente después de todos los increíbles milagros de las plagas en Egipto y el asombroso milagro de la partición del Mar Rojo. El poderoso ejército egipcio fue derrotado sin que un solo israelita moviera un dedo. Pero a pesar de la inspiradora intervención Divina que atestiguaron, de inmediato los Hijos de Israel se quejaron por sus dificultades. Rashi explica (cometario sobre Éxodo 15) que HaShem les dio una prueba de fe y vio su terquedad al acercarse a Moisés irrespetuosamente. Ellos deberían haber dicho: “Moisés, pide misericordia para nosotros, que podamos tener agua para beber”. En cambio, se quejaron… Rashi nos enseña aquí que acercarse a Moisés respetuosamente y pedirle orar por misericordia, es una acción completamente aceptable. Pero cuando los Hijos de Israel se quejaron, ellos manifestaron el mal rasgo de ingratitud y terquedad. La explicación de Rashi, pone de manifiesto la fina línea entre una petición de clemencia –que es permitida y deseable– y una queja, que HaShem desprecia.
La oración en forma de queja, no sólo no es respondida; estimula aún más duras sentencias.

El Shulján Aruj, El Código de la Ley Judía, explica (Oraj Jaim 98, 5; véase también tratado Berajot 55a) que si una persona piensa que sus oraciones deberían ser respondidas – ya despierta Juicio severos sobre sí misma. Si una persona confía en sus propios méritos y no en la bondad de Dios, sus obras son revisadas exhaustivamente, y tanto más cuando demanda algo o se queja.

¡Deja de lloriquear!

Los ejemplos anteriores son sólo una parte de las quejas registradas en el libro del Éxodo. Sin embargo, la queja que colmó el proverbial vaso, fue el ‘llanto gratuito’ del Pueblo de Israel al escuchar las palabras de los espías. Los espías calumniaron a la Tierra de Israel en el Libro de Números (Parashá Shelaj Lejá). Entonces HaShem dijo al pueblo: “Ustedes lloraron en vano – ¡ahora Yo estableceré que lloren a lo largo de generaciones!”… El llanto innecesario provocó un castigo devastador, miles de años de exilio terrible, lleno de sufrimientos y penurias.

El castigo que el Creador decretó para los israelitas por el pecado de los espías es impactante. Cada uno debería reflexionar: ¿Acaso el Pueblo de Israel realmente merece semejante castigo por generaciones sólo porque lloró sin verdadera causa una noche? La destrucción de los dos Templos Sagrados, la posterior indecible tortura y muerte de millones, que han afectado a los judíos a lo largo de este prolongado y arduo exilio. ¿Es esto Justicia Divina? Cuántos problemas y sufrimiento hay en nuestra generación: terribles problemas maritales, enfermedades fatales, accidentes de tráfico, terror y graves problemas económicos. Ésta es sólo la punta del iceberg de las tribulaciones de esta generación. ¿Estas pruebas son sólo porque el Pueblo de Israel lloró innecesariamente una vez? ¿Es esto realmente tan terrible? Después de todo, ¿qué hicieron? No participaron en actos de lujuria, ni adoraron ídolos. Todo lo que hicieron fue llorar una noche… ¿Deben sufrir semejante castigo generación tras generación?
No existe ninguna transgresión, ningún pecado tan severo en todo el mundo, que pudo cometer el Pueblo de Israel o que pueda cometer y que reciba ni la millonésima parte de este castigo, ¡sin exagerar – ningún pecado! La peor cosa que se puede hacer – no tiene un castigo tan severo y duro como éste.

La respuesta es sorprendentemente simple: ¡El Creador desprecia la ingratitud más que cualquier otro pecado! No puede soportar el lloriqueo. HaShem es plenamente consciente de que la gente tiene malas inclinaciones y que está dominada por los deseos. Aunque despreciables, estos fallos humanos no se acercan al mal rasgo de la ingratitud. Miren todas las bondades que HaShem hace por el hombre: Él le da la vida, lo rodea de bien y lo eleva de las alcantarillas de la promiscuidad y los deseos del cuerpo. HaShem personalmente opera sobre cada parte de nosotros. Nos da de comer, nos da salud, familia, sustento. ¿Y después de una vida plena de bondades y salvaciones la persona aún se queja, llorando lágrimas sin fundamento? HaShem enseña que quejarse y lloriquear son las peores formas de comportamiento. Por lo tanto, el castigo por llorar en vano es el más grande de todos.

¡La razón principal que el castigo por llorar innecesariamente en el desierto continúa, es porque continuamos llorando y quejándonos hasta el día de hoy! ¡Continuamos llorando y quejándonos por todo lo que no va exactamente acorde a nuestros deseos!

El exilio de hoy no es por lo ocurrido miles de años atrás en el desierto. ¡Es porque aún nos estamos quejando y lloriqueando todo el tiempo! El Creador desea que rectifiquemos este pecado y desarraiguemos de nosotros la ingratitud, ¡de una vez por todas! Mientras no rectifiquemos este mal rasgo, el exilio y todos sus dolores continuará. En otras palabras, no estamos siendo castigados por nuestras lágrimas en el pasado, sino por el hecho que todavía seguimos llorando en vano. A la luz de esto, las palabras de HaShem: “Yo estableceré que lloren a lo largo de generaciones” significa que, en tanto el Pueblo de Israel llore, los “Diním”, Divinos Juicios severos, son despertados, e invocan la misma Ira Divina que fue invocada en el desierto. Por lo tanto, sólo cuando el terrible mal rasgo de la ingratitud será desarraigado – llegará la redención completa, sin demora alguna.

 

Rab Shalom Arush

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4 comentarios
  1. Moisés Lopez Onofre

    Sin Ti no tiene caso vivir grato es comunicarme contigo a cada instante que privilegio lo he logrado me esforze y lo he hallado

    31/07/2016 a las 22:26
  2. JBM

    Gracias Hashem por todo lo bueno, lo malo y lo que no alcanzamos a ver que haces con tu infinita misericordia.
    Bendito seas.Amen.

    26/09/2018 a las 19:29
  3. Jesús Antonio

    Extraordinaria BENDICIÓN EL SER AGRADECIDO, LA EXPRESIÓN DE EMUNÁ
    GRACIAS

    25/05/2019 a las 15:33
  4. tobias kadosh

    la felicidad en HaShem no la vamos a encontrar atravez de algun medio , como por ejemplo una estatua , muro , imagen labrada de oro NO . HaShem es uno lo encuentra la persona misma con EL , de nada nos sirve hacer plegarias todos los dias si hacemos que eso se vuelva algo monotono , debemos hacer que nuestra coneccion con el Eterno se eleve cada vez mas .

    04/08/2019 a las 23:57

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