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La victoria de la menorá (Janucá)

El Dr. Ioseph Udelson es profesor de historia en la Universidad del Estado de Tennessee, en Nashville.

El triunfo judío sobre los sirios helenistas que se celebra en la festividad de Janucá marca la victoria de una cosmovisión singular sobre aquella predominante en el mundo contemporáneo.
Lo que estaba en juego no era una lucha por la “liberación nacional” en el sentido corriente, ni un conflicto por la “autonomía cultural”, ni siquiera una lucha por la libertad religiosa. Detrás de las batallas físicas se ocultaba un combate espiritual acerca de la naturaleza del hombre y el universo. El tema fundamental en el núcleo de esta guerra entre judíos y griegos era qué significaba ser un ser humano en este mundo.

Derivando su cosmovisión de la Torá, el pueblo judío libraba su guerra contra una foránea, aunque seductora, alternativa fundada en las presuposiciones del pensamiento griego clásico. El triunfo de los valores de la Torá sobre el rival helenista es hermosa y sutilmente representado en la acción de cada encendido anual de la menorá de Janucá por parte de cada judío.
¿Cómo? Podemos aprenderlo al examinar una de las discusiones de los Sabios acerca de la práctica.

Nuestros Sabios enseñaron:
“La mitzvá de Janucá demanda una luz para el hombre y su familia; los celosos, encienden una luz por cada integrante del hogar; y para el caso de los sumamente celosos, hay una discusión entre dos grandes escuelas talmúdicas: la de Beit Shamái sostiene que en el primer día se encienden ocho luces y de allí en más, éstas se reducen gradualmente (siete el segundo, tres el tercero, etc.); pero la de Beit Hilel dice: en el primer día se enciende una sola luz, y de ahí en más se aumenta progresivamente (dos el segundo día, tres el tercero, etc.). Ulá dijo: en Occidente [la Tierra de Israel] dos Amoraím [Sabios del Talmud], Rabí Iosí bar Abín y Rabí Iose ben Zebida, difieren al respecto: uno sostiene que la razón de Beit Shamái es que el encendido debe corresponder con los días por venir y la de Beit Hilel es que se corresponderá con los días que han transcurrido; pero el otro sostiene que la razón de Beit Shamái es que se corresponderá con los bueyes faenados en la Festividad [de Sucot], mientras que la razón de Beit Hilel es que en materia de santidad siempre aumentamos pero no disminuimos (Talmud, Shabat 21b)”.

Precisamente tal como se inicia la Torá, no con especulación, sino con acción –la concreta creación Divina del universo– así también encontramos que los Sabios comienzan esta muy compleja y sutil exposición con un análisis de acción concreta: el acto práctico de celebrar Janucá.
Este enfoque, que es central en el pensamiento de la Torá y el Rabínico, hace al corazón de la disputa entre las cosmovisiones judía y helenista. Pues mientras la metafísica y la filosofía natural griega enfatizan la teorización abstracta, el pensamiento Rabínico está deliberadamente arraigado en lo concreto.
Estableciendo su cosmovisión en base a la Torá, los Sabios reconocieron que la especulación abstracta divorciada de lo concreto es frecuentemente más producto de la imaginación y de “experimentos de pensamiento” en “mundos posibles” que la aplicación del razonamiento y la observación empírica en este mundo. Pero, más serio aún, la meditación teorizadora es amoral, ignorando las circunstancias reales y las limitaciones que hay en el hombre y en el mundo, en favor de la idealización de “geometrías semánticas” que no implican guía ética inmediata alguna para el hombre existencial.

En el pensamiento griego, por consiguiente, no hay mediums traductores a través de los cuales convertir ideales verbales en realidades prácticas genuinas, salvo, paradójicamente, como en los cultos Dioniseos y de misterio, recurriendo a la apelación emocional irracional de la magia.
El pensamiento Rabínico, en contraste, reflejando la instrucción de la Torá, insiste resueltamente en que ambos, reflexión y emoción, deben afirmarse sólidamente en la razón tal como ésta se descubre en las realidades concretas de los detalles de la existencia humana cotidiana. Así, incluso las nociones analíticas más abstractas deben ser expresables en los aspectos específicos de la experiencia humana mundana si han de ser consideradas un postulado valedero de la razón, más que una mera fantasía imaginativa.
Como resultado, la cosmovisión judía, a diferencia de la helenista, se fundamenta en lo concreto, lo ético, y lo racional. Pero el estar investida en la actividad de la vida diaria no le impide al pensamiento judío investigar y evaluar hasta la más sutil de las distinciones lógicas.

Un análisis adicional de la discusión de los Sabios acerca del acto de encender la menorá de Janucá ilustra claramente estas características de la cosmovisión judía, así como también los múltiples niveles de significado comprendidos dentro de la discusión, siendo cada nivel particular accesible según la comprensión intelectual y la sofisticación del estudiante.
En respuesta a la pregunta de cómo realizar la mitzvá de encender la menorá de Janucá, los Sabios explican que la ley exige una única luminaria, cada noche, por hogar. Pero, significativamente, luego proceden a ahondar en el principio ético fundamental de que uno debe superar la norma mínima legal en su servicio a Di-s, cada persona conforme su capacidad y devoción religiosa personal. Así, la persona “celosa” enciende una luz por cada miembro de su hogar, cada noche de Janucá. Y una “sumamente celosa”, enciende múltiples velas cada noche.
En consecuencia, está el mínimo normativo de la ley, y también la libertad del individuo, dentro de parámetros específicos, de incrementar este mínimo como expresión de su devoción personal.

El análisis del número exacto de luces múltiples que agrega cada noche el “sumamente celoso” introduce frescos niveles de profundidad y significado a la exposición. La Escuela de Shamái sostiene que el número de luces disminuye cada noche, de ocho en la primera a una en la última, mientras que Hilel sostiene lo contrario, que las luces se aumentan cada noche, de la inicial una a las ocho de la noche final. En la baraita que abre este tema en el Talmud no se ofrece ninguna explicación para los razonamientos de Shamái e Hilel, pero son estos los que el Talmud prosigue explorando.
Ulá nos informa de una disputa entre dos Amoraím –Sabios de la época post-mishnaica— con respecto a la razón de por qué Shamái e Hilel sostienen cada cual sus posiciones:
Según la segunda opinión mencionada, Hilel sostiene que “en materia de santidad aumentamos” una vela por noche. Shamái, por supuesto, concuerda totalmente con este principio básico de la Torá, pero en el caso de la menorá deriva una analogía entre las ofrendas de Sucot, que disminuyen a diario durante la festividad, y las luces de Janucá. Hilel no acepta esta analogía –comparar una mitzvá de la Torá, Sucot, con la mitzvá Rabínica de Janucá– y por eso, en cambio, aplica la máxima de “santidad creciente” como explicación.

Es interesante notar que la baraita misma está construida siguiendo el principio de Hilel, “aumentando en materia de santidad”. Pues se inicia con el mínimo requerimiento halájico y de ahí pasa al “celoso”, y luego al “sumamente celoso”. Así, la lección ética expuesta en términos específicos concretos a comienzos de la discusión se confirma en el principio fundamental de Hilel al cierre del tema. Por consiguiente, la estructura de la disposición literaria de ambos, la baraita original y toda la discusión del Talmud de encender la menorá de Janucá enseñan esta lección ética, además de su simple cita como la razón de Hilel por uno de los Amoraím.

Otra explicación de la razón de por qué Shamái e Hilel discuten acerca del método de encendido por los “sumamente celosos” cada noche es presentada como la primera opinión del Amorá, antes del punto de la posible analogía entre Janucá y Sucot. A primera vista, esta explicación parece simplísticamente obvia: Shamái cuenta lo que está por venir, mientras que Hilel cuenta lo que ya ha ocurrido. De hecho, elegantemente codificados en esta formulación sin pretensiones hay profundos y complejos argumentos y nociones filosóficas.
El Rabí S. Y. Zevin (en leOr haHalajá, págs. 302?309) ha demostrado convincemente que, aunque característicamente nunca expresado en la terminología teórica abstracta, en el núcleo de muchas de las disputas entre las Escuelas de Shamái e Hilel hay un tema filosófico uniforme: Shamái determina la halajá según el potencial mientras que Hilel decide según su concreción. En nuestro caso, Shamái cuenta aquella porción de Janucá que disminuye a diario, lo que todavía falta por ser concretado, mientras que Hilel cuenta aquella porción de Janucá que aumenta a diario, lo ya realizado (celebrado).

No solamente vemos la consistencia de principios de las dos escuelas de pensamiento rabínico, sino que también notamos cómo deliberadamente expresan conceptos filosóficos abstractos en ejemplos concretos de la existencia humana.
Los Sabios apreciaron claramente tanto el valor fundamental como el peligro inherente de nociones tales como “potencial” y “real”. Regidos por la razón ética inspirada en la Torá, “potencial” y “realidad” indican el poder de la libertad humana para esforzarse del presente “es así” al futuro “debería ser así”. Y ésta es precisamente la enseñanza explícita de Hilel: “aumentar en materia de santidad”.

Pero esta profunda lección ética y teórica fue expresada por los Sabios siempre en “casos” específicos. Pues divorciadas de las verificaciones de la realidad concreta, estas nociones abstractas entrañan la posibilidad de convertirse en herramientas de la fantasía imaginativa amoral. Entonces, no solamente el personal “debería” podría tornarse confuso en la imaginación con su real “es”, sino, mucho más peligroso, semejante confusión podría resultar en irracionales y patológicos “deberías” individuales y colectivos forzados sobre otros, por cualquier medio, sobre realidades existentes. Con mucha facilidad, bajo semejantes circunstancias, un “debería” idealizado se transforma en un vicioso “debes”.
De hecho, ésta es exactamente la situación conmemorada con el encendido de la menorá de Janucá:
Los helenistas conquistadores de la Tierra de Israel, comprometidos como lo estaban con un modelo teórico abstracto de cultura mundial, buscaron remodelar la cosmovisión judía tal como ellos, los griegos, creían que “debía” ser; y estaban dispuestos a emplear cualquier medio a su alcance para imponer este objetivo. El triunfo de los soldados judíos fue, por lo tanto, más que un logro militar; fue, principalmente, la afirmación de la cosmovisión inspirada en la Torá definiendo “potencial” y “realidad” como expresiones existenciales del propósito ético humano. Esta genuina libertad de elección humana es simbolizada por la menorá.
El hecho de que los Sabios reconocen, y pretenden resaltar, la distinción filosófica entre esta expresión de “potencial” y “realidad” –definida por la Torá– de aquella empleada en la especulación griega, está sutilmente codificado en su análisis de la disputa acerca de qué método sigue diariamente el “sumamente celoso” al encender la menorá de Janucá. Pues complementándose mutuamente, Shamái e Hilel proclaman juntos deliberada y poderosamente la cosmovisión judía y rechazan, ambos, a las principales escuelas griegas de filosofía natural.

El énfasis de Hilel en la halajá acerca de la realidad tangible es una respuesta enfática a la teoría Platónica que concibe a los objetos mundanos concretos de este mundo como meras y desdibujadas copias de “ideas” perfectas abstractas y mentales. Así, para el helenista Platónico, lo que ocurre en este mundo “inferior” de “ilusión terrenal” es de mínima consecuencia cuando se compara con la contemplación de estas “ideas celestiales perfectas” intangibles; pues el Platónico que contempla el “bien” está siempre, por lo tanto, por encima de “meramente” hacer el bien. Hilel, hablando en nombre de la cosmovisión judía, por su parte, insiste en que es precisamente en las realidades de este mundo tangible y mundano donde seres humanos individuales y actividades reales deben emprenderse y ser entendidas; que en cada uno de los “pedazos” de este mundo debemos actuar para “aumentar en materia de santidad, mas no disminuir”.

Shamái concuerda con la crítica de Hilel de la especulación Platónica, pero a primera vista parecería concurrir con la teorización Aristotélica. Pues esta escuela rival de la filosofía griega sí aceptó la importancia de este mundo y formuló influyentes nociones de “potencial” y “concreción” sobre el mismo.
Sin embargo, hay una sutil pero profunda distinción entre la comprensión judía de estas concepciones y la griega. La filosofía natural Aristotélica habla de “potenciales” anteriormente preprogramados funcionando como la “causa final de causas” para todas las realidades del mundo; así, ninguna realidad puede ser más que una revelación de un potencial anteriormente fijado y predeterminado.

Shamái, reflejando la cosmovisión judía enseñada por el pensamiento de la Torá, rechaza este determinismo griego y enfatiza, más bien, una concepción notablemente contradictoria a estas nociones. Según Shamái, la realidad precede al potencial, que puede tener parámetros prefijados pero no obstante ello permanece abierto; las elecciones del hombre influyen significativamente sobre la emergencia del potencial futuro. La libertad de elección del hombre –sus acciones emprendidas para celebrar Janucá, para ser “sumamente celoso” en la observancia, para encender la menorá con velas múltiples que marcan el diario “crecimiento en materia de santidad” concretado en el curso del potencial menguante de la Festividad de ocho días–éste es el tema central de la enseñanza de Shamái acerca de “realidad” y “potencial”. Así, exactamente como el énfasis de Hilel en la importancia de hechos tangibles reales, el fallo de Shamái acerca de cómo encender la menorá afirma poderosamente el énfasis judío en la libre y ética elección humana para determinar la dirección y el alcance de los futuros potenciales.

Reconociendo el énfasis de la cosmovisión judía acerca de las realidades de la vida diaria tangible, no nos sorprende en absoluto que pese a que “éstas [las de Shamái] y éstas [las de Hilel] son palabras del Di-s viviente”, la halajá práctica de Janucá siga el veredicto de Hilel.
Pues éste, el período anterior a la llegada del Mashíaj, es momento de centrar nuestra atención en la realidad concreta, los días inmediatamente a mano, de manera tal que todos nosotros seamos los “sumamente celosos” que “en materia de santidad aumentan, pero no disminuyen”.

(extraído de Jabad Magazine, www.jabad.org.ar).

 

Ioseph H. Udelson

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