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La sabiduría del Rey Shlomo

Tres Iehudim iban caminando por el campo el día viernes, y se les hizo Shabat de repente. Segundos antes se dijeron uno al otro: “Escondamos nuestro dinero en un lugar, y luego vendremos por él cuando acabe Shabat”.
Así lo hicieron y en la mitad de la noche de Shabat, uno de ellos tomó el dinero de los tres y lo escondió en otro lado. Cuando acabó Shabat y se dispusieron seguir en su camino, fueron por el dinero donde lo habían dejado, y ya no estaba.
“¡Tú lo robaste!”. “¡Yo no fui, fuiste tú!”, le decía uno al otro. Al final, decidieron ir al juicio frente a Shelomó Hamelej.
El rey escuchó el relato de los tres, y luego les dijo:
“Antes de darles mi veredicto, quiero que me ayuden a tomar una decisión respecto a un juicio que tengo pendiente, pues escuché de ustedes que son sabios y estudiosos. ¿Aceptan?”.
Después de que los tres asintieron, Shelomó Hamelej comenzó a relatarles el caso:
“Un joven y una jovencita se querían mucho desde que eran niños, y le dijo él a ella: “Vamos a hacer un trato bajo juramento. Si alguien quiere casarse contigo, no aceptarás sino es con mi consentimiento”, a lo que la niña aceptó y le juró. Pasó el tiempo y ella se comprometió con un hombre.
Antes de casarse, le dijo a su novio: “Iré con una persona a pedirle permiso para casarme contigo, pues así le juré”. Fue con él, y le ofreció un cofre lleno de dinero. “Toma esto”, le dijo, “y permíteme casarme con otro hombre”. El joven respondió: “Como te mantuviste fiel a tu juramento, permitiré que te cases con otro hombre, sin que me des nada a cambio”. Fue muy contenta la mujer, y en su camino de regreso la interceptaron unos ladrones y la tomaron prisionera. La llevaron con un ladrón anciano, que cuando la vio quiso aprovecharse de ella. La joven pidió clemencia y le dijo al anciano: “¡Déjeme contarle mi historia!”. Cuando terminó, le dijo al anciano: “Si ese joven que está en la flor de su vida dominó su instinto y no se aprovechó de mi, ¡cuánto más y más tú deberías hacerlo, que ya eres anciano!”. Y agregó: “¡Quédate con todo el dinero y déjame libre para casarme con mi amado!”. Cuando escuchó esto el anciano, reconoció su error y le pidió perdón a la muchacha, dejándola libre sin quedarse con nada de su dinero. Ahora, les dijo Shelomó Hamelej a los tres viajeros, quiero que me digan quién de los tres protagonistas de la historia merece más elogios”.
“Yo considero que la muchacha es la mejor de los tres, porque se mantuvo firme en su juramento y no lo violó”, dijo uno.
“Para mí, su amigo de la infancia tiene más mérito” declaró el segundo, “porque dominó su instinto y permitió que la muchacha se casara con otro a cambio de nada”.
El tercero dijo:
“Según mi opinión, los ladrones son los que mejor se portaron, porque una vez que tenían el dinero en las manos, lo regresaron todo por motivos triviales”.
En ese instante, Shelomó Hamelej exclamó:
“Este último fue el que robó el dinero. Porque si ni siquiera estuvo allá, sino que sólo escuchó un relato, y aún así lo que más le interesó fue el dinero, con más razón que tomó ilegalmente el dinero que pudo tocar”.
Efectivamente, luego de presionarlo con preguntas, confesó que fue él quien tomó el dinero y lo escondió.
Después de esto, se dijo de Shelomó: “¡Vean la Sabiduría de Di-s en su interior, para hacer justicia!”.

Keter Batorá 1

(Gentileza Revista semanal Or Torah, Suscribirse en: ortorah@ciudad.com.ar )

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