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La sabiduría de Rabí Maizles

El Gaón Rabí Dob Berish Maizles Z”L, era uno de los grandes de su época. Venían de todos los rincones hasta una pequeña aldea de Polonia, donde ejercía como Ab Bet Din (juez supremo), para aprender de su vasta sabiduría en todas las áreas de los conocimientos, además de la Torá.

Una vez llegaron dos personas a su casa: un pobre Moré (maestro), y un hombre rico. El Moré contó que se alojaba en la hostería del hombre que lo acompañaba, y, como llegó antes de Shabat, le dio la bolsa con su dinero para que se la guardara. Cuando terminó el Shabat, el hotelero desmintió que hubiera recibido cualquier cosa de su cliente. Y mientras el Moré se desesperaba dentro de su indignación y enojo, el otro se mostraba de lo más tranquilo.

“¿Estás dispuesto a jurar que no has recibido nada de este hombre?”, le preguntó el Rab, luego de escuchar la exposición de los dos.
“¡Claro que sí; en cualquier momento!” respondió.
No procedió el Rab a la toma de juramento por parte del hotelero, porque sospechaba de que, así como no tuvo reparos en robarle al pobre maestro, tampoco le importe jurar en vano. Mientras, comenzó a mantener una conversación con él sobre diferentes temas.
Después de un rato, se dio cuenta que el hombre rico llevaba consigo un valioso reloj, y le dijo:
“Veo que posees una hermosa joya. ¿Me permites verla bien, por favor?”.
“¡Claro tómala!”, le dijo el hotelero mientras se la entregaba en sus manos.
“¡Oh, es una verdadera belleza!”, exclamó el Gaón al observarla. En el rostro del hotelero se dibujaba una expresión de orgullo.
“Este reloj tan valioso merece que lo vea mi esposa. ¿Me permites que se lo lleve para que lo admire como yo lo he hecho?”.
“¡Sí, sí! ¡Por supuesto!”.

El Rab salió por unos instantes a la trastienda de su casa. Fue con su esposa, y le dijo: “Por favor. Ve con la esposa del hotelero y dile que te dé el dinero que le dejó a su marido el maestro que se alojó. Y como prueba de que es el marido quien te envió, dale este reloj a cambio”.
El Rab volvió con sus visitantes, y trató de entretenerlos hasta que regresara su esposa. Pasó un rato, y llega la mujer con la bolsa que tenía el dinero que le había entregado el maestro al hotelero, y la cara de éste se puso blanca…
“Te advierto una sola cosa; le dijo el Rab al hotelero; no le vayas a reclamar a tu esposa por lo que hizo, porque si no, te tendré que citar aquí nuevamente…”.

Moréshet Abot

(Gentileza Revista semanal Or Torah, Suscribirse en: ortorah@ciudad.com.ar )

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