La Muerte como último recurso
La historia de las 10 plagas es fascinante. No solo por su contenido sino también por la sofisticación de su narrativa. Las plagas comienzan con el enfrentamiento de un Moisés tímido y un faraón arrogante.
SANGRE
Cuando Moshé convierte el río Nilo en sangre, la reacción del faraón consiste en indiferencia y orgullo. El dios Nilo, una de las principales deidades de Egipto, ha sido derrotado, dañado y herido. La industria pesquera colapsa. El Faraón –que alimentó al dios del Nilo con los cuerpos de los infantes hebreos– ahora ve con sus propios ojos cómo la sangre emerge como testimonio de su genocidio. Pero el Faraón está (o actúa co o si estuviera) inmutable. Lejos de ceder, pide a sus magos que reproduzcan lo que parece ser un gran acto de ilusionismo, un formidable “truco de magia” realizado por Moshé y Aharón. Y cuando ve que los magos replican la plaga, el monarca se convence a sí mismo que era un truco y declara victoria. Le da la espalda a Moshe (vayifen) y se retira con soberbia a la comodidad de su palacio. Pensando que este gran truco será el final de la contienda con Moshé y el Dios de los hebreos.
RANAS
En la segunda plaga, las cosas comienzan a afectar al Faraón “personalmente”. Las ranas salen del río e invaden las ciudades, las casas, y el palacio y los aposentos del propio Faraón. Las ranas eran adoradas como dioses de la reproducción en Egipto. Pero esa reproducción ahora está fuera de control, infestando a Egipto. Los magos, una vez más, reproducen la plaga. Pero el Faraón se da cuenta, un poco tarde, de que lo que necesita de sus magos no es solo una demostración de que pueden replicar el truco. ¡Necesita que sus magos detengan la plaga y controlen a las ranas! Cuando los magos fallan en hacer eso, el Faraón –en su primer gesto de concesión– envía a buscar a Moisés y Aarón e intenta negociar. Y miente. Les dice que si las ranas desaparecen, aceptará sus demandas. Pero cuando las ranas se van, el Faraón «endurece su corazón», rompe su promesa –pensando probablemente que Moshé ya ha agotado toda su magia– y no deja que los judíos se vayan.
PIOJOS
La tercera plaga son los piojos. El Faraón confirma ahora lo que ya sospechaba: sus ilusionistas no pueden detener las plagas. Se da cuenta de que sus magos han sido derrotados. También se da cuenta de que uno por uno, sus dioses han sido afectados. Los insectos, al igual que el Nilo y que las ranas, eran venerados por los egipcios. Representaban la manifestación invisible y mágica de los espíritus divinos. Y ahora esos «dioses» estaban siendo controlados por un poder supremo y se estaban volviendo contra los egipcios.
LA ECONOMÍA
En la antigüedad, Egipto es el país más próspero y poderoso de Oriente Medio. La única tierra de esa árida región que gracias a su caudaloso Nilo no dependía de la lluvia para sobrevivir. Para la séptima y octava plaga, mencionada en nuestra Parashá semanal, el imperio está en ruinas, y los consejeros de los faraones declaran las plagas como un desastre nacional. Todo lo que contribuye a la prosperidad de Egipto colapsa: primero la industria pesquera, luego la ganadería y ahora, en las últimas plagas —granizo y langostas— se destruye la cosecha. Ya no queda nada para comer… El Faraón, ahora más desesperado, sigue negociando. Pero en este punto es Moshé quien no se rinde.
OSCURIDAD
Llega la novena plaga, la oscuridad, y paraliza el país. La oscuridad también tiene un efecto psicológico devastador en el Faraón y su pueblo. ¿Por qué? Porque el principal dios de los egipcios era “Ra”, el dios del sol. Los egipcios están presenciando la derrota del dios supremo de Egipto, que no tiene poder contra el Dios verdadero. El paganismo ha sido derrotado. Las plagas han demostrado que los dioses visibles aparentemente poderosos no son más que imaginarios. Los egipcios -y sobre todo los hebreos- empiezan a comprender que el Dios invisible de los judíos, es el verdadero Creador, y como tal, controla todas las fuerzas de la naturaleza.
EL ÚLTIMO RECURSO
La última plaga es la muerte del primogénito. Esta es la plaga más grave, y hasta cierto punto la más relevante en cuanto a su devastador efecto psicológico sobre la cultura y la teología egipcias. Los egipcios estaban obsesionados con la muerte. Afirmaban que podían controlar la muerte y que poseían los secretos de la inmortalidad. Cuando un noble: un faraón, un sacerdote o un primogénito (que cumplía funciones sacerdotales) estaba a punto de morir, se hacían preparativos con anticipación para ayudar a sus espíritus en su viaje hacia la inmortalidad: se momificaban los cuerpos, se sacrificaban los sirvientes y se colocaban tesoros junto al cuerpo del noble. En algunos casos especiales, se construiría una pirámide para proteger el cuerpo hasta que ocurriera la reanimación. Pero cuando la muerte no era natural sino súbita o accidental, como en la Décima Plaga, se perdía el privilegio de la supuesta eternidad. Con la muerte de los primogénitos, que siempre estaban protegidos por su carácter divino, el Dios de Israel demuestra que la inmortalidad de los nobles egipcios era solo una ilusión (o un engaño) .
¿QUIÉN LO DIJO PRIMERO?
Finalmente, hay una última cosa que podemos notar en la décima plaga. Durante las primeras ocho plagas, el Faraón desafió a Moshé e incluso trató de humillarlo, pero nunca amenazó a Moshé con la ejecución. En la novena plaga, sin embargo, el Faraón le dice a Moisés. “Puedes irte, tú y tu gente, los ancianos y los niños, pero debes dejar tu ganado aquí”. El monarca todavía juega juegos. Accede a dejar que se vayan, pero en sus términos y condiciones: «No llevarán vuestros bienes, los dejarán aquí como garantía de que volverán». Moshé rechaza la oferta. Y en ese momento, el Faraón muy nervioso pierde la paciencia y menciona por primera vez la idea de “ejecución”: (Shemot, Éxodo, 10:27): “Fuera de aquí —le dice a Moshé— y no me vuelvas a ver nunca más, porque el día que aparezcas ante mí, morirás.”
La muerte de los primogénitos pudo haber sido la primera plaga y seguramente hubiera convencido al arrogante faraón. Pero HaShem la dejó como Su último recurso, luego de que todas las demás advertencias fueron ignoradas y no lograron doblegar la arrogancia del tirano dictador. Y lo que es más: no fue Moshé, sino el Faraón, el que puso la opción de la “muerte” sobre la mesa por primera vez.
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Rab Iosef Bitton