Festejando
Ayuno 10 Tebet
El Beit Hamikdash (El Gran Templo de Jerusalem)
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La lección que el pueblo aprendió

(selección extraída del libro «Fechas y conmemoraciones» por Shelomo Sued, © Shelomo Sued)

Este ayuno es llamado en el léxico de nuestros sabios: «El ayuno cuarto». Dicho apelativo, lo tomaron del versículo en Zacarías (8-19) que reza: «Así dijo el D-os de los Ejércitos: El ayuno del mes cuarto (17 de Tamuz); el ayuno del mes quinto (9 de Ab); el ayuno del mes séptimo (ayuno de Guedaliá) y el ayuno del mes décimo (10 de Tebet); se convertirán para la casa de Yehudd en días de gozo y regocijo…».

¿Cuál es la razón de este ayuno?.
Nos explican nuestros eruditos en el Talmud, tratado de Taanit (26-1):
«Cinco desgracias acaecieron en este desdichado día, (en distintas épocas) al pueblo de Israel:
Primera: Moshé, nuestro insigne maestro, rompió las Tablas de la Ley al pie del monte cuando advirtió que Israel adoraba al becerro de oro.
Segunda: Se suspendió el sacrificio diario que se ofrendaba sobre el altar en la época del Primer Templo, por falta de ganado.
Tercera: Fue sitiada la ciudad de Jerusalém en la era del Segundo Templo.
Cuarta: Apostomós (Emperador de Roma) quemó la Torá.
Quinta: Fue colocado un ídolo en el arca sagrada».

La cita mencionada requiere un detenido análisis. Centrémonos en la primera de las desgracias ocurridas en este infausto día. Moshé recibió las Tablas de la Ley directamente de las manos de D-os para que se las entregara al pueblo de Israel. Cuando bajó del cielo se encontró con que, el pueblo (en su mayoría conversos Egipcios que se unieron a Israel en la salida de Egipto), estaba danzando alrededor del becerro de oro. Ante esa vergonzosa acción, Moshé tiró las Tablas de sus manos y las rompió.

Cabe preguntar: Si bien es aceptable la determinación de Moshé de no entregarle la Torá a los hijos de Israel, puesto que habían renegado de la fe en la unidad. de D-os; y por consiguiente quedaban descalificados para consagrarse como «El pueblo privilegiado», es incomprensible su actitud consiguiente de romper las tablas, pues de hecho no eran suyas. En su caso, debía devolverlas a D-os para que El decidiera que hacer con ellas. ¿Cómo se atrevió a romperlas?.
Y aún más: Estando Moshé en el cielo, sabía ya que Israel había hecho el becerro de oro. Claramente se lo dijo D-os: «Entonces, el Señor habló a Moshé diciendo: ¡¡Baja en seguida, porque se ha corrompido tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto!!». «Se ha apartado rápidamente del camino que le prescribí, hizo un becerro de fundición, se ha postrado ante él, le ha ofrecido sacrificios y ha dicho: Estos son tus dioses oh Israel, que te ha hecho subir de la tierra de Egipto» (Shemot 32-7/8).

Siendo así, ¿para que bajó las Tablas?. Ante ese vergonzoso panorama, las hubiese dejado en el cielo hasta que el pueblo se retractara de la falta en que incurrió, y solo después de recibir la clemencia Divina, se las hubiese entregado!.

Varias respuestas fueron vertidas en torno a este escabroso tema, producto de la pluma de nuestros grandes exégetas. Mencionaremos solo dos de ellas, dejando para el final un pensamiento que, con la ayuda de D-os, además de responder la interrogante, aclarará y acallará la gran polémica que se presenta frecuentemente.

* El exegeta Abarbanel, en su comentario sobre la Torá responde: «Con toda intención rompió Moshé las Tablas, pues quiso que el pueblo viera con sus ojos y percibiera con sus sentidos el gran daño que ocasionó. De haberlas devuelto al cielo intactas, jamás hubiese conocido Israel la gravedad del pecado, pues, mientras el ojo no ve con plenitud las consecuencias del acto, el corazón no siente ni comprende la dimensión del error. Con la ruptura de las Tablas, el pueblo comprendió inmediatamente su falta. De pronto se le cayó la máscara que cubría sus ojos. Su corazón se angustió, su espíritu decayó y casi desfalleció ante la cruda realidad que le acusaba y descalificaba. Esa sensación de culpabilidad, fue la que le otorgó a Moshé el valor para pedir perdón ante D-os, y éste a su vez, le otorgara el indulto».

* El exegeta Sefomo, basándose en ojo argumento, responde al interrogante de manera genial: «D-os es complaciente con el ser humano cuando éste peca y se rebela contra El. Bien sabe que el hombre está compuesto de cuerpo y alma, de materia y espíritu, por lo que está propenso a caer constantemente, en la tentación y la rebeldía. La función del instinto del mal en este mundo es, incitar al hombre a la insubordinación, a la indisciplina, a fin de conducirlo finalmente hacia el pecado. El hombre, siendo el centro de batalla, logra en algunas ocasiones apaciguar sus pasiones, no obstante, en muchos otras, es dominado por ellas y transgrede. Ante esta etapa de rebeldía, todavía el rigor de la justicia Divina no actúa, no castiga, pues la misericordia celestial detiene y aplaca a los ángeles del mal, quienes se disponen castigar al transgresor. D-os espera al hombre con paciencia y consideración. Le brinda grandes oportunidades, le abre varios caminos para que despierte de su letargo y regrese contrito al camino correcto. No obstante, esta tolerancia se acaba en la etapa posterior al pecado. D-os es muy escrupuloso ante la reacción del pecador, pues ahí es precisamente cuando demuestra su verdadera personalidad; cuando sale a relucir su sentimiento interno. Básicamente hay dos formas de reacción:

Primera: «La vergüenza». El hombre se apena con D-os y consigo mismo por haber sucumbido ante el hechizo del instinto del mal, quien solo le ofrecía un placer pasajero, vano, carente de todo valor y él lo aceptó, haciendo a un lado la orden Divina que es la única que le otorga sosiego en este mundo y la que lo llevará a gozar plenamente del mundo venidero.

Segunda: «El descaro». El hombre no solo peca a ciencia cierta con alevosía y convicción, sino que también se enorgullece del pecado, goza de él y lo presume entre sus amistades.

La primera reacción es fácil de perdonar. La vergüenza pues, es una reacción espontánea que demuestra el remordimiento del infractor, y ella es, la que le abre la puerta a la complacencia de D-os. En cambio, el descaro es un defecto odiado, difícil de eximir, pues provoca que la ira Divina se encienda y como consecuencia, la clemencia tarde en llegar. En el suceso del becerro de oro, el pueblo no solo renegó de la fe en la unidad de D-os; no solo olvidó de pronto los grandes milagros que presenció en Egipto, en el mar y en el desierto, sino que también danzó descaradamente frente a él.

Con ese acto (la danza), Moshé ya se sentía desalentado, veía perdida la oportunidad de que Israel regresara al mismo nivel de espiritualidad en que se encontraba antes del pecado y pudiera recibir esas mismas tablas. Por esa razón las bajó y las rompió con firmeza y determinación.

* Los preceptos de la Torá están divididos básicamente en dos partes: Las obligaciones del hombre para con D-os, y las obligaciones para con la sociedad. Numerosos son los preceptos que D-os nos ordena en su Torá, no obstante, en esencia, están divididos en estos dos grupos. Respecto a la polémica citada anteriormente, muchos son los que piensan equivocadamente y determinan que, es suficiente con cumplir uno de estos grupos. «Basta con cumplir a la perfección la parte de las obligaciones para con la sociedad y ya no es necesario cumplir con las de D-os», opinan. «Aunque no guarde el Shabat ni respete las leyes de Kashrut, cumplo cabalmente con la sociedad, no robo ni engaño, y eso para mi, es lo principal», suelen decir.

Varias son las respuestas que refutan por completo y ponen en ridículo este falso y equivocado argumento. Sin embargo, nos conformaremos con aportar el siguiente pensamiento, que se relaciona -precisamente- con el tema del «Rompimiento de las Tablas».

Moshé también pensó -podríamos decir- de igual manera. Bien sabía, cuando estaba en el cielo, que el pueblo se había corrompido y había hecho el becerro de oro, y aún así, decidió bajar las tablas. Su cálculo se basaba precisamente en esta controversia. «Cierto! dijo Moshé, el pueblo pecó, pero solo incurrió en la parte de las obligaciones para con D-os; mas la segunda parte, la que trata sobre el respeto y el derecho al prójimo aún la cumple cabalmente. Entre ellos, reina todavía la hermandad y la unidad».
«Vale la pena entonces, entregarle la Torá, pues por medio de su luz sagrada, logrará elevarse espiritualmente, y de ese modo corregirá la parte averiada». Mas cuando bajó del monte y advirtió que el pueblo mató a «Jur» (hijo de Miriám) por haberle aconsejado que no cayera en la precipitación y no hiciera el becerro de oro (Midrash Raba, Perashat Ki Tisá 41-7), comprendió (Moshé) que las dos partes están entrelazadas, y una sin la otra, no produce el efecto requerido en el carácter del individuo para elevarlo y perfeccionarlo. Por esa razón rompió las tablas, para enseñarle al pueblo y a las generaciones futuras la siguiente lección:

«Quien no cumple con la parte de sus obligaciones para con D-os, Finalmente llegaría a incumplir con las de la sociedad».

Las dos partes provienen del mismo origen -de D-os- por lo que no se da lugar a divisiones ni concesiones. Ambas otorgan, influencia santa en el corazón del hombre, dotándolo de sutileza espiritual, nobleza y dignidad. El incumplimiento de una de ellas, deja al hombre vulnerable frente a las tentaciones que lo acosan constantemente y lo alejan de D-os. Solo aceptando los preceptos de la Torá en todo lugar, a cada momento y en cada acto, tanto si se relaciona con D-os o con la sociedad, podremos aspirar a llegar, si no a la perfección, al menos a lo más cercano a ella.

Shelomo Sued

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