Profundizando
Educación Judía
El rol de los padres en la educación
+100%-

La individualidad de los niños

¡PAPÁ, MAMÁ, HOLA, AQUI ESTOY!

Desde la sala de neonatología se escucha el llanto del bebé y la familia, todos, los padres, abuelos, tíos y amigos, se alegran con estos jóvenes padres primerizos que pronto se llevarán la criatura a su casa. Después viene lo de siempre – los regalos, los consejos, los comentarios acerca de a quién se parece, los preparativos para el Brit Milá si es varón, etc.
Y después comienza la vida “normal”. Salvo que las cosas ya no son como antes. De noche hay que levantarse. Los bebés suelen padecer de cólicos y no dejar dormir a nadie. Son todas esas cosas que pasan. A veces se lleva el bebé a pasear un domingo soleado y no deja de llorar, y nadie sabe porqué… y los demás transeúntes lo miran con cara de “por qué no se ocupa…” o “qué le está haciendo al chico…” Peor es si le toca viajar en avión de noche con la criatura que aún no comprende el porqué de los efectos del cambio de presión en sus oídos, y los demás pasajeros que lo miran con cara rara…

Los años pasan. Y “antes que nos dimos cuenta” el “bebé” ya está enorme. La gente lo ve y dice: “¡Cómo pasa el tiempo!”, sin hacer nada al respecto para impedirlo. Se suscitan muchísimas preguntas a lo largo de su crecimiento relacionadas con su desenvolvimiento. En fin, nadie es experto en todo, ni tampoco hicimos “escuela para padres”, así que tenemos derecho a no saber ciertas cosas. Las preguntas de orden médico las evacuamos con el pediatra o con quien él nos aconseje. ¿Y las preguntas acerca de la educación? Pues, las respondemos solos, “a oído”…
“¡Perdón!” – dirá Ud. – “¿A qué preguntas se refiere?” Y bien, la maestra me dice que es un poco agresivo con los compañeros, que el rendimiento podría ser superior, que no trae los útiles y los deberes hechos, que está dormido en clase…
En casa está levantado hasta cualquier hora, llorisquea y patalea para conseguir lo que quiere… y lo consigue. Está permanentemente descontento. A la mañana le cuesta levantarse.
¿Qué hago? ¿Lo obligo, o va a ser contraproducente? ¿Lo mimo o lo reto? ¿Lo incentivo con premios, o lo castigo cuando “se hace el loco”? ¿Lo dejo más tiempo con la computadora porque “le va a servir en la vida” o es un simple vicio? ¿Lo mando a hacer deporte para que se “descargue”, qué deporte, dónde? ¿Lo dejo que salga con quien quiera, o le elijo yo los amigos? ¿Les permito que paseen solos? ¿Los dejo ir a los jueguitos electrónicos “porque no puede crecer en una burbuja de cristal y debe saber cómo es el mundo para defenderse solo en la vida” o me dejo asustar por la gente que anda por allí?

Si lo acompaño a todos lados para cuidarlo… ¿se va a sentir “raro porque lo protejo exageradamente y me va a odiar”?
Sin duda, estas son algunas de las tantas dudas que algunos podemos ostentar. Otros padres parecen “tenerla clara” y saben siempre que hacer, quizás prefieren no dudar…
En la lectura de esta semana, encontramos que Itzjak y Rivká tuvieron hijos mellizos. Iaacov y Eisav. Seguramente, como todo padre judío conciente de hoy, también hubiesen querido que ambos llevaran adelante el legado espiritual de la casa de Avraham. Sin embargo, vemos que no fue así. Eisav, al final quedó afuera. ¿Por qué?
Lo que sigue, son reflexiones del Rav Sh. R. Hirsch sz”l quien comienza el tema con la siguiente introducción. La Torá no nos hubiese relatado los incidentes que tuvieron nuestros ancestros, los Patriarcas y Matriarcas, si no fuese con el objetivo que podamos extraer una lección práctica de aquellos episodios. Lo cual no significa que los estemos juzgando (¿quiénes somos nosotros, acaso, para hacerlo?) Pues entonces, si Itzjak y Rivká no tuvieron satisfacción de la educación que le impartieron a Eisav, es importante saber el porqué para no repetir aquellos mismos errores. Esto, en absoluto va a quitar la reverencia por los “tzadikim” en cuyo mérito pedimos Asistencia Di-vina diariamente y con cuyo ejemplo bendecimos a nuestros hijos/as.
La Torá nos cuenta que “cuando crecieron los muchachos, resultó ser (vaiehí = lo inesperado) Eisav un hombre que se dedica a la caza, un hombre de campo, mientras que Iaacov era un hombre recto, que se sienta en las tiendas (a estudiar)”. El hecho en si, como explica Rash”i es que “cuando eran niños, nadie supo distinguir la tendencia de cada uno de ellos”, es fundamental al intentar comprender el desvío de Eisav. Se lo educó inicialmente sin prestar atención a sus inclinaciones naturales. No existe quehacer (en las ciencias, las artes, los deportes, etc.) del hombre que no se pudiera llevar a cabo en forma casher, si está la voluntad de hacerlo; (en muchas ocasiones, el entorno no permite que esa tendencia se pueda satisfacer dentro de un ambiente sano, mas no por la vocación en si). No obstante, se requiere la guía de los padres, que estén atentos y lo acompañen en su camino.
Rechazar una tendencia de los hijos no implica que desaparezca. Muchas veces situaciones de vida forzadas sólo conducen a niños (y luego adultos) frustrados. En ciertas situaciones es útil intentar satisfacer la curiosidad y creatividad de los niños en otra área que le interese, aun más cuando la vocación por algún proyecto no es propia sino adquirida por imitación a lo que “hacen todos”. Pero no con todos. El versículo de Mishléi (Proverbios) nos enseña a “educar al muchacho según su camino”. Aquel “camino” está íntimamente relacionado con sus inclinaciones naturales. Esto debe convertirse desde temprano en la preocupación principal y constante de los progenitores. No faltan padres que ya decidieron en sus mentes el niño qué iban a tener, la carrera que iba a seguir, etc. sin siquiera permitir que en esta decisión fuese partícipe el protagonista principal.

Aun así, no debemos olvidar que en todo sentido, cada persona goza de elección propia en muchos rumbos, para bien y para mal. Por más que los padres fuesen los mejores y los más santos como los propios Itzjak y Rivká, esto no le impide a Eisav engañarlos y abrirse su propio camino que conduce en el sentido contrario de aquel en el que lo educaron. Los padres deben educar a sus hijos, lo cual no es tarea fácil. Es una Mitzvá de la Torá. Esto no significa que se hagan cargo y culpa de lo que no les corresponde.
En el caso del propio Eisav, la Torá nos cuenta que “su padre lo amó, pues había caza en su boca”. Esto se puede entender en distintos niveles. El más literal, significa que Eisav le proveía alimento a su padre (los Sabios nos dicen que Eisav era extremadamente escrupuloso en honrar a su padre). Las mismas palabras, sin embargo, guardan otros significados. La “caza de la boca” es el engaño. Eisav sabe lo que debe decir para impresionar bien a su padre. Todos los niños lo saben (y los padres participamos del juego), pero Eisav era un especialista. Consultaba con su padre cuestiones exageradas de acuerdo a la ley para dar a entender que estaba siendo muy exigente consigo mismo. Exigencia asi misma (Guevurá), era la cualidad que caracterizó a Itzjak y, por lo tanto, bien se podía identificar con el hijo que aparentaba enarbolar aquel mismo ideal.
En la mayoría de los casos, los padres sufrimos de aquel mismo auto-engaño al pretender creer que nuestros hijos – por ser nuestros hijos – son lo mejor del mundo (¡¿no es, acaso, verdad?!). Esto no nos permite un juicio objetivo que sería tan necesario para guiarlos bien.
Nos queda un tema más. La Tefilá (plegaria). Al mismo tiempo que mantenemos los ojos bien abiertos, no debemos olvidar que únicamente D”s nos puede asistir en asegurar el futuro judío de nuestros hijos. En la Tefilá sincera tomamos conciencia de cuáles son las prioridades que nos proponemos para ellos. (que sean observantes, que sean honestos, que sean exitosos, o que tengan prosperidad económica…). La lectura de la semana nos debe dejar pensando… y actuando.

Rab Daniel Oppenheimer

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