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La Historia de Jana y Eli (el Cohen Gadol)

Y fue en la época de los Shoftim (jueces).

Elkaná y sus dos esposas, Peniná y Janá, subieron al Mishkán (-Tabernáculo- la tienda sagrada que los judíos armaron en el desierto) de Hashem (literalmente “el Nombre de Di-s) en Shiló desde sus hogares para guardar Rosh HaShaná (Año Nuevo Judío) como  lo hacían año tras año . Hace muchos, muchos años, a los hombres se les permitía casarse con más de una esposa a la vez.. Esta costumbre fue suspendida por los judíos Ashkenazim hace alrededor de mil años, luego de que Rabeinu Guershom estableció un jerem (disposición) prohibiendo más de una esposa. A pesar de que los judíos Safaradim no aceptaron el jerem de Rabeinu Guershom, a través de los años ellos también prácticamente  abolieron la costumbre de tener más de una esposa.

El día de la Festividad, la familia se sentó a comer la comida de Iom Tov (día festivo) con buen humor. “Baruj Hashem (Bendito Sea Di-s)”, reflexionó Peniná, mirando a su familia alrededor de la mesa. “Di-s me ha bendecido con todo: un esposo justo y bueno quien satisface todas mis necesidades, hijos encantadores y sabios, virtuosos y buenos. ¿Qué más puede pedir una mujer? Debo agradecer a Di-s desde lo más profundo de mi corazón por toda esta generosidad y bendición”.

La otra esposa de Elkaná, Janá, estaba sentada sola, triste, en otra mesa, ya que ella no tenía hijos que la distrajeran con su charla alegre y divertida. Janá no fue bendecida con hijos y esto le causaba mucha pena y dolor. Pero ella guardaba su dolor pacientemente y en silencio. Ahora, sin embargo, en la Festividad, sintió su carencia más que nunca. “Ribonó shel Olam (Señor del Mundo)”, murmuró internamente. “¿Cuándo me bendecirás como bendijiste a Peniná? ¿Cuándo podré abrazar a mis propios hijos y tenerlos cerca de mi corazón? He esperado un hijo tantos años, pero todavía estoy sola.”

Elkaná notó la expresión triste de Janá y trató de alegrarla dándole otra porción pero ella la alejó. El pudo ver las lágrimas formándose en sus ojos. “¿Qué te está preocupando, esposa mía?”, le preguntó dulcemente. “¿Por qué estás tan deprimida? ¿Acaso no soy yo para ti mejor que diez hijos?”

Janá estaba demasiada acongojada para responder. Después de comer, Janá se levantó y fue a derramar su corazón y su dolor delante de Hashem en el Mishkán. Su plegaria silenciosa salía de las profundidades de su alma, pero sólo sus labios se movían, su voz no se podía escuchar.

“¡Oh mi Creador! Tú has creado tantas criaturas en Tu extenso mundo! ¡Son innumerables! ¿No podrías crear sólo una criatura más? ¿No podrías otorgarme sólo un hijo que cuando crezca sea un tzadik (hombre recto) y que te sirva a Ti toda su vida?. Te prometo que si me bendices con un hijo lo voy a consagrar a Ti. Lo traeré a este lugar para que te pueda servir en Tu propio Santuario”. Janá sollozó suavemente y luego continuó. “Por favor, Di-s mío. Otórgame un hijo que llegue a ser un hombre entre los hombres. Alguien que sea término medio en todas las cosas: ni demasiado inteligente ni demasiado lerdo, ni moreno ni con piel pálida, sino un niño normal como todos los otros niños normales”.

“Tú no creaste nada extraordinario en este mundo. Todo tiene un propósito. El hombre tiene ojos para ver, oídos para escuchar, nariz para oler, boca para hablar, manos para trabajar, pies para caminar. Por favor, ayúdame a cumplir mi propósito en la tierra. Yo fui creada para dar a luz hijos. Bendíceme con un hijo para que mi vida no haya sido en vano”. Janá se encontraba rezando de pie y no se dio cuenta que estaba Elí, el Cohén Gadol (sumo sacerdote), sentado cerca. Él esperó y se sorprendió. “¿ Qué clase de mujer es ésta que mueve sus labios y cierra sus ojos firmemente. ¿Es ésta una mujer digna que está rezando resueltamente? ¿O quizás está ebria? Otra gente reza en voz alta para que sus palabras se escuchen, pero esta mujer mueve sus labios en silencio. ¿Acaso ella está en posesión de sus cinco sentidos? ¿Sabe lo que está haciendo? Si no es una mujer respetable, debo expulsarla de este lugar sagrado ya que ella lo profana.

“Le preguntaré a los Urim Vetumim (trozo de pergamino sobre el que estaba escrito el Nombre Sagrado de Di-s colocado dentro del Joshen) y encontraré una respuesta a mi pregunta” Elí hizo su pregunta y cuatro letras se encendieron en su peto: reish, jaf, shin y hei. “Estas letras forman la palabra shikorá (ebria),” pensó el Cohen Gadol, “no es una mujer respetable del todo.”

Pero Elí estaba equivocado. Cuando las letras se encienden en los Urim Vetumim, le corresponde al Cohén Gadol saber cómo ordenarlas. Cuando él pensó  que Janá estaba embriagada, las había ordenado mal. Él no sabía que del Cielo significaba que ella era kesherá (persona digna), una palabra que se forma con las mismas cuatro letras. Elí se acercó a Janá y le dijo, “¿Por qué has venido a este lugar sagrado en tu embriaguez? ¡¿Sabes que está prohibido que  una persona rece mientras está embriagada, ni tampoco puede entra al Mishkán?! ¡Vete a tu casa! ¡Y regresa cuando te encuentres sobria!”

“Señor”, le dijo ella. “Ha cometido un grave error. Yo no estoy ebria; no he bebido vino ni licor. Yo estoy angustiada porque sufro mucho, y he venido aquí a derramar mi corazón afligido delante de Hashem.” Su sinceridad era evidente. Elí se conmovió profundamente con sus palabras y comportamiento, su pureza y su dolor. “Perdóneme”, dijo él humildemente, “por haber sospechado falsamente de usted ¡Regrese a su casa en paz y sea la voluntad del Di-s  de Israel que se le conceda su plegaria rápidamente”.

“¡Amén!” respondió ella alegremente, con su rostro radiante al escuchar la bendición del Cohén Gadol. Sabía que Elí era un hombre muy santo y estaba segura que su bendición se cumpliría. Su expresión triste se transformó en una bella sonrisa de esperanza y confianza en que, finalmente, su plegaria fue escuchada y sería respondida. Con corazón alegre regresó a su casa.

Janá concibió y dio a luz a su hijo ese mismo año. El rostro del niño resplandecía con una gracia y belleza celestial.  El niño todavía era joven y la gente ya se daba cuenta que era una persona destinada para la grandeza. Los Sabios aprendieron varias halajot importantes de la plegaria de Janá.

Porque se expresa: “Janá habló a su corazón,” aprendemos que aquél que dice una plegaria debe concentrar su corazón en Di-s y pensar en lo que está diciendo. Pero los pensamientos no son suficientes. Uno debe pronunciar las palabras de su plegaria, ya que dice sobre Janá, “Sólo sus labios se movían.” Como “su voz no se escuchaba,” aprendemos que no debemos alzar la voz durante Shmoné Esré (plegaria que consta de dieciocho bendiciones y se dice de pie). Cuando Elí sospechó que Janá estaba ebria, ella respondió, “yo no bebí ni vino ni licor.” Rabí Elazar aprende de esto que cuando alguien es sospechoso de un acto malo, y en realidad es inocente, debe defenderse él mismo delante de quien lo acusa.

Elí la reprendió por rezar mientras se encontraba ebria, lo que nos enseña que una persona que bebió alcohol no puede rezar hasta que los efectos de la bebida no se hayan terminado. Como Elí optó por reprender a Janá, aprendemos que una persona que ve a otra haciendo algo malo debe reprenderla.

Cuando Elí vio que la había juzgado erróneamente, se reconcilió con Janá y no dejó que se fuera hasta que la bendijo.  De esto aprendemos que aquél que sospecha falsamente de otra persona primero debe reconciliarse con ella y luego debe bendecirla.

1 comentario
  1. Tania Jaramillo.

    Hermoso!!!!

    03/07/2017 a las 07:05

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