Ascendiendo
Conceptos místicos en el Jasidismo
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La Forma Humana Y Las Metaforas

Extraido del Tania Completo.Conceptos Místicos en el Jasidismo por el Rabino Jacob Immanuel Schochet

1. Formas Humanas

La terminología de la Cabalá y el Jasidismo —y por lo tanto sucede lo propio en las exposiciones siguientes— es altamente antropomórfica, es decir, recurre a términos prestados de lo humano y el mundo empírico. La razón de ello es que ésta es la única clase de palabras que el hombre puede usar de alguna manera significativa. Las formas de los conceptos espacio-temporales se imponen en la mente del hombre, quien vive en un mundo espacio-temporal. Es por esta mismísima razón que la Torá, los Profetas y nuestros Sabios, usan un leguaje humanizado, como declaran:
 “La Torá habla en el lenguaje de los hombres”.
Pues “de haberse limitado a conceptos y términos abstractos apropiados a Di-s, no hubiéramos comprendido ni los términos ni los conceptos. Las palabras e ideas empleadas tienen que ser, por consiguiente, tal como se adaptan a la capacidad mental del oyente, de manera que el tema primero penetre en su mente en el sentido corpóreo con que se entiende lo concreto. Sólo después podemos avanzar a una comprensión de que la presentación es sólo aproximada y metafórica, y que la realidad es demasiado sutil, extremadamente enaltecida y remota, para que podamos comprender su sutileza. El pensador sabio se empeñará en despojar al núcleo de la cáscara de los términos (es decir, su significado materialista), y elevará su concepción paso a paso hasta que finalmente logre tanto conocimiento de la verdad como su intelecto sea capaz de captar”.
Por lo tanto, debe tenerse presente constantemente que los términos y conceptos deben despojarse de toda connotación temporal, espacial y corpórea. Ninguna noción y concepto humano es atribuible a la Divinidad, como declaran explícitamente las Escrituras: “¿A quién, entonces, compararán a Di-s? ¿O qué semejanza compararán a El?… A quién Me compararán para que Yo sea igual, dice el Santo” (Isaías 40:18, 25).
 Esta premisa cardinal fue adoptada por Maimónides como la tercera en su compilación de los “Trece Principios Fundamentales de la Fe”.
A la vez, sin embargo, debe advertirse también que la terminología humanizada empleada por las Escrituras, los místicos y otros, no es arbitraria simplemente por hallarse bajo la protección del mencionado requisito. Más bien, estos términos son escogidos cuidadosamente y poseen un significado profundo
.
Los escritos rabínico-midráshicos y místicos abundan en referencias a la idea de que el mundo inferior en general, y el hombre en particular, fueron creados en la “imagen” del “mundo superior”. Todas las categorías a encontrarse en el mundo inferior y en el hombre son representaciones homónimas de, y alusiones a, determinados conceptos y nociones superiores con que se corresponden. Ciertamente, no hay semejanza alguna entre Di-s y la creación, y en los niveles en lo Alto, el plano estrictamente espiritual, no hay cosas tales como ojos, oídos, manos, etc., ni actividades y efectos tales como oír, ver, caminar, hablar, etc.; sin embargo, todas estas actividades y conceptos espacio-temporales simbolizan —y, de hecho, por esa razón cobraron existencia— las categorías originales supremas, pura y estrictamente espirituales.

En un ampliamente citado pasaje, Rabí Iosef Guikatila explica adecuadamente esta relación de correspondencia por medio de la siguiente analogía: Cuando se escribe el nombre de una persona sobre un trozo de papel, seguramente no hay semejanza alguna, nexo o relación, entre las palabras o letras escritas sobre el papel y la entidad físico-mental de la persona cuyo nombre se ha anotado. Aún así, esa escritura es un símbolo o señal relacionado con aquella persona, trayendo a la mente, y denotando, toda su entidad concreta. Lo mismo sucede con los conceptos y términos antropomórficos: aunque no hay semejanza o nexo concreto directo entre ellos y los significados que pretenden expresar, son, no obstante, signos y símbolos correspondientes relacionados con, y denotando, categorías específicas, nociones y conceptos, que son de una naturaleza estrictamente espiritual, no-espacial y no-temporal.
Esta, entonces, es la manera en que debe entenderse la terminología antropomórfica.

2. La Metáfora Humana

Al analizar la Divinidad en relación con el universo, la favorita de los místicos (como de muchos filósofos) es la analogía con el hombre. Los conceptos teológicos y la relación Di-s/mundo se explican a menudo desde la perspectiva de la relación alma/cuerpo, y particularmente en términos de las diversas facultades del alma, sus poderes, funciones y manifestaciones.
 Los “textos de prueba” para este uso son el versículo “De mi carne contemplo a Di-s” (Iyov 19:26) y la analogía rabínica “Tal como el alma permea el cuerpo entero… ve pero no es vista… sostiene al cuerpo entero… es pura… mora en los recintos más íntimos… es única en el cuerpo… no come ni bebe… ningún hombre conoce su lugar… así el Santo, bendito sea,…”. Esto, también, sigue en un cierto sentido el antedicho principio de una correspondencia “terrenal-superior”.
Pero aun cuando una comprensión del alma es útil para entender cuestiones que se relacionan con la Divinidad, ésta no es sino una aproximación antropomórfica que no puede llevarse demasiado lejos y precisa ser calificada. Debe recordarse, como señala Rabí Shneur Zalman, que en algunos aspectos la analogía se quiebra y es totalmente inadecuada: “Esta analogía es sólo para ‘calmar al oído’.
En verdad, no guarda similitud alguna con el objeto de comparación. Pues el alma humana… se ve afectada por los eventos que acontecen con el cuerpo y su dolor… Di-s, en cambio, no se ve afectado —Di-s libre— por los eventos del mundo y sus cambios, ni por el mundo mismo, pues ninguno de ellos afecta cambio alguno en El…”. También: “El alma y el cuerpo son realmente separados uno del otro en sus fuentes.
 La fuente del cuerpo y su esencia cobra existencia del alma…”. Así, mientras el cuerpo puede estar totalmente subordinado al alma, son, no obstante, dos entidades distintas. En contraste, “en relación con el Santo, bendito sea, [quien trae todo a la existencia a partir de la nada,] ‘todo, ante El, es considerado como realmente nada’, como la luz del sol dentro del sol”.

3. La Metáfora de la Luz

Tal como el alma provee una metáfora favorita, del mismo modo encontramos que el término “luz” es favorecido por los místicos para describir las diversas manifestaciones y emanaciones de la Divinidad. Este
 término es cuidadosamente elegido por una serie de razones. Rabí Iosef Albo ve en él las siguientes ventajas que análogamente pueden relacionarse con Di-s:
(1) La existencia de la luz no puede negarse. (2) No es una cosa corpórea. (3) Hace que el sentido de la vista y los colores pasen de lo potencial a lo real. (4) Complace al alma. (5) Quien jamás en su vida ha visto un cuerpo lumínico no puede concebir colores ni la agradabilidad y el placer de la luz. (6) E incluso quien sí ha visto objetos lumínicos, no puede tolerar el observar una luz intensa, y si insiste en hacerlo más allá de su resistencia, sus ojos se opacan al grado de que de ahí en más no puede ver siquiera aquello que normalmente es visible.
Con todas estas cualidades, la luz porta una mayor similitud con las entidades libres de materia que cualquier otra cosa a la que aquellas podrían compararse, y en consecuencia se las compara con la luz para hacer el tema más comprensible.
Asimismo, Rabí Iosef Ergas enumera las siguientes ventajas:
 (1) La luz es la más sutil y tenue de todas las percepciones sensoriales.
 (2) Tiene numerosas cualidades características de las emanaciones Divinas, como, por ejemplo:
    (a) Es emitida por una luminaria sin jamás separarse de ella. Aun cuando su fuente se oculta o es quitada, sin emitir más luz perceptible, los rayos previos no perduran como entidades separadas de la luminaria sino que se retiran con ella*. Esta es una cualidad única de la luz que no es compartida con ninguna otra substancia.
    (b) La luz se expande instantáneamente.
    (c) Irradia todos los objetos físicos y es capaz de penetrar sin obstáculos todos los objetos transparentes.
    (d) No se mezcla ni combina con otra substancia.
    (e) La luz propiamente dicha nunca cambia. La percepción de mayor o menor intensidad lumínica, o de luces de colores diferentes, no se debe a cambio alguno en la luz misma sino a factores externos.
    (f) Es esencial para la vida en general.
    (g) Se recibe y absorbe conforme la capacidad del receptor; etc.

Pero, una vez más, este término es apenas un acercamiento homónimo, usado a modo de metáfora y analogía. No debe tomarse en su sentido pleno, literal. Rabí Iosef Albo ya advierte que “No ha de cometerse error alguno a los efectos de que la luz intelectual es algo emanando desde un objeto corpóreo como la luz perceptible”. Rabí Moshé Cordovero es aún más enfático al advertirnos que esta metáfora no debe llevarse demasiado lejos “pues no hay imagen cualquiera que puede concebirse que no sea corpórea”. Y Rabí Menajem Mendel de Lubavitch —el Rebe Tzemaj Tzedek— demuestra cómo, en algunos aspectos, también esta analogía evidentemente se quiebra y resulta inadecuada. Por ejemplo, la emisión de luz perceptible desde su fuente es automática e intrínsecamente necesaria: la luminaria no puede retener la luz. Demás está decir que esta restricción no puede ser atribuida a las emanaciones del Omnipotente.
En conclusión, entonces, como los místicos jamás se cansan de decir, no puede mencionarse con suficiente frecuencia ni acentuarse en exceso que todos los términos y conceptos relacionados con la Divinidad deben despojarse de toda connotación temporal, espacial y corpórea, y deben entenderse en un sentido estrictamente espiritual.
 

Rabino Jacob Immanuel Schochet

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