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La esencia y el exilio

Extraido del Calendario cabalistico [Nisan] de Ben Itzjak. Editorial Edaf

El exilio obligatorio

El hombre es capaz de captar únicamente lo específico y definido. Puede leer lo infinito entre líneas sólo a través de palabras exactas. Puede captar la sonrisa más hermosa de un niño sólo gracias a los gestos de su cara. Puede vibrar ante la más bella melodía que surge de estrictos y marcados compases musicales. Lo indefinido e inefable en estado de pureza le resultan absolutamente inaprensibles.
Por tanto, si el objetivo es revelar y dar a conocer el mensaje de eternidad oculto en la materia, si el propósito es nombrar la esencia, la palabra primera y primaria, el único camino conocido es el pacto entre lo inefable y lo definido, entre el número exacto y el infinito.
Para que lo esencial pueda captarse debe primero venir envuelto en papel de exactitud.

Esta dinámica de ocultación y revelación, de oscuridad y luz, es la dinámica del exilio y el desexilio.
Y si una vez más recurrimos al idioma esencial, al hebreo energético de creación, volveremos a sorprendernos al descubrir que el término “exilio”, galut, comparte raíz con el término que expresa el acto de revelar, legalot.
Se revela y se descubre lo esencial únicamente a través del galut, del exilio y su posterior desexilio.
El exilio es el camino necesario, obligatorio. El desexilio es el esfuerzo humano por entender el mensaje oculto que clama por ser oído desde el corazón mismo del mundo limitado.

El valor del desexilio

La gran mayoría de nosotros padecemos las características esenciales del exilio [El destierro, el sometimiento y la dispersión] porque en realidad seguimos sin entender lo que la creación intenta transmitirnos.
Y aunque no practiquemos el desexilio de un modo consciente, su ejercicio suele darnos excelentes resultados.

Reflexionemos: comprendemos lo más profundo cuando padecemos los componentes del exilio. La lejanía física o el destierro muchas veces nos acerca de un modo esencial a la “tierra” abandonada. Cuántas veces deseamos alejarnos, abandonarlo todo, y precisamente cuando logramos el objetivo y experimentamos la más dura lejanía, entonces exactamente en el extremo opuesto se nos revela la unión esencial que éramos incapaces de registrar estando físicamente en el lugar.
El destierro incrementa nuestro apego al sitio esencial.

La dispersión de ideas nos confunde, nos marea, y muchas veces nos asusta. Hay quienes prefieren no exponerse, no arriesgar sus “verdades” por temor a una posible confusión. Sin embargo, sólo aquel que es capaz de aceptar la confusión y el torbellino de ideas será capaz de desechar lo casual y transitorio y detectar lo importante, lo fundamental y duradero. La confusión provocada y consciente, calma y pacífica -sin culpa y sin exigencias de resultados inmediatos-, es la tierra fértil en la que crecen las ideas más brillantes.

La confusión nos clarifica. El sometimiento nos asfixia, nos debilita, nos afecta y nos deteriora. Las exigencias sociales nos esclavizan, y el moderno faraón se ríe a carcajadas al quitarnos todo nuestro tiempo a cambio de “un guiso de lentejas”. Pero llega un día en que la copa se llena y sin saber cómo y por qué experimentamos la nostalgia más feroz por recuperar nuestro tiempo y nuestra libertad. Y casi sin darnos cuenta nos encontramos luchando a brazo partido por recuperar el ejercicio más elemental del libre albedrío.

El sometimiento nos libera

Ben Itzjak

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