Profundizando
1. Perspectiva del Amor desde la Torá
El Amor, La Mujer Judía y El Matrimonio
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La Diferencia Inherente

Extraido de Dos partes de un Todo

Hay un principio básico que se ha atacado viciosamente en las últimas dos décadas: la simple idea de que hombres y mujeres son intrínsecamente diferentes. Por más obvio que parezca, los efectos del movimiento de liberación femenina sobre esta idea han sido pavorosos.

El movimiento femenino tuvo varios reclamos válidos. Nació como resultado de una sociedad dominada por hombres que abusaba de las mujeres y la respuesta de éstas fue la lucha por la igualdad. Los judíos observantes de la Torá, sin embargo, no tuvieron que responder a estos reclamos, dado que a nuestras esposas nunca se las sometió a estos abusos. Nunca se las relegó a un lugar secundario.

El rey David describe a la mujer como la “akeret habait” (Tehilim 113:9). En hebreo moderno se traduciría como ama de casa, pero “akeret” tiene la misma raíz que “ikar”, esencia. La mujer es la esencia del hogar. El hogar judío no es un lugar de inferior importancia. Este es el lugar donde intentamos erigir nuestro mishkán me’at, nuestro santuario en miniatura. A la mujer se le otorgó el rol principal para crear esta estructura. Sin embargo, si no es capaz de enfrentar este desafío o si no se la eleva a este nivel de importancia, se puede convertir en la okeret habait, la desarraigadora de la casa (“okeret” tiene la misma raíz que “akeret” y que “ikar”).

El movimiento femenino ha tenido un impacto tremendo y algunos de sus elementos se han esparcido naturalmente en nuestra sociedad observante de la Torá. Esto provocó que nos cuestionáramos la enseñanza básica de la Torá de que hombres y mujeres son diferentes.

En la Torá, vemos la diferenciación entre los sexos por el hecho de que hay toda una parte completa de mitzvot que las mujeres no están obligadas a cumplir. Dado que las mitzvot se dan para mejorar y purificar nuestras personalidades y dado que las mujeres tienen menos mitzvot, significa que debe de haber una diferencia inherente en la naturaleza de los hombres y de las mujeres y esta diferencia se extiende a todas las dimensiones.

Esta idea se expresa en las palabras hebreas panim y p’nim. Panim (rostro) y p’nim (interior) tienen exactamente las mismas letras en el mismo orden, ya que según la Torá el panim es un reflejo del p’nim. No importa cuán duramente se ataque esta idea, no se puede negar. Aunque las modas, los peinados y los nombres se transformen en unisex, es claramente evidente que existe una diferencia fisiológica inherente entre hombres y mujeres; esta diferencia en el panim, en lo externo, es también una diferencia que se encuentra en el p’nim, en el interior.

Además, vemos que hombres y mujeres son básicamente diferentes cuando observamos los cambios fisiológicos que hombres y mujeres experimentan en sus ciclos de vida. Físicamente, los hombres son básicamente estables. En un hombre sano, desde la pubertad hasta la ancianidad los únicos cambios que sufre su cuerpo son los del proceso de envejecimiento gradual.

Este no es el caso de las mujeres. En el cuerpo de una mujer, desde el día en que alcanza la pubertad, su cuerpo comienza un proceso de constante fluctuación. Ocurren cambios enormes y continuos. Su ciclo mensual determina que cada día su cuerpo sea diferente al del día anterior. Este ciclo alcanza su crescendo cuando el cuerpo se vuelve fértil y, sea que la mujer quede embarazada o no, su cuerpo experimenta nuevamente un cambio masivo. Constantemente existen cambios hormonales tremendos.

Si una mujer queda embarazada, su cuerpo comienza a amoldarse para el incomparable trauma del nacimiento. Su cuerpo experimenta enormes cambios durante todo el embarazo. Cada día del embarazo, el nacimiento en sí, el período postparto y el período de lactancia, todos constituyen momentos de cambios masivos en el cuerpo de una mujer. Las fluctuaciones son intensas y continuas. Es algo que los hombres nunca pueden verdaderamente comprender y, sin embargo, actuamos frecuentemente como si las mujeres fueran capaces de enfocar la vida con las mismas actitudes que tenemos nosotros. Esto puede ser un error trágico. Nosotros somos capaces de enfrentar la vida con más equilibrio emocional porque tenemos cuerpos que atienden a dicha disposición.

Sencillamente no podemos usar nuestros propios sentimientos para tratar de entender a nuestras esposas. Este error que comete el esposo al utilizarse a sí mismo como barómetro de los sentimientos de su esposa es uno de los mayores problemas para el shalom bait. No puede entender por qué trepa gritando a la mesa sólo porque vio una cucaracha. Desde luego, él no tiene ningún problema en acercársele orgullosamente y aplastarla bajo su masculino pie. O quizás se siente atormentado yendo de un lado al otro, porque no puede entender por qué, hoy, ella está llorando por lo mismo por lo que ayer se rió. Debemos volver a analizar la situación y darnos cuenta de que nuestras esposas tienen derecho a estos cambios de carácter. Las mujeres tienen derecho a las oscilaciones pendulares del carácter, a estar lloronas o chispeantes sin ninguna razón aparente.

Los hombres, sin embargo, no pueden hacer dicho reclamo. Nuestros cuerpos son relativamente estables y ésto nos da, tal vez, una de las respuestas acerca de porqué ciertas obligaciones del matrimonio recaen únicamente en el hombre. Bajo la jupá, el hombre acepta sobre sí la obligación de tres mitzvot a las que la Torá se refiere como “she’ir, k’tut v’oná” (ver Shemot 21:10).

Las dos primeras, she’ir y k’tut, son relativamente claras. Se refieren a la obligación del hombre de proveerle a su esposa alimento, vestimenta y techo. Es la tercera obligación, la mitzvá de oná, la que generalmente se malinterpreta. Se considera erróneamente que esta mitzvá se refiere únicamente a brindarle a la esposa sus derechos conyugales. Por supuesto, oná incluye la unión física, pero es una mitzvá que abarca mucho más. El Gaón Steipler (Igueret HaKodesh) escribe que comprender y responder a sus necesidades emocionales y a sus sentimientos es una parte integral de esta mitzvá.

No existe, sin embargo, una mitzvá similar para la mujer. Dado que somos físicamente más estables, se espera que nosotros creemos la atmósfera en los hogares. Nosotros tenemos que ser el ancla y el factor estabilizador en esta relación potencialmente tumultuosa.

La mitzvá de oná está totalmente en manos de los hombres y tenemos que tener en cuenta que el éxito del matrimonio depende en gran parte de nosotros. Sin embargo, para cumplir correctamente esta mitzvá y crear, a la vez, shalom bait, debemos comprender que existe esta diferencia básica e inherente entre hombres y mujeres. Sin esta comprensión y sin la sensibilidad que debe acompañarla, es imposible cumplir correctamente la mitzvá de oná.

Tehilla Abramov

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