Festejando
Ayuno 9 de Av
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La Caída de Betar

Ya han transcurrido tantos años desde entonces, que por eso perdimos toda noción del tiempo y de la magnitud de los acontecimientos. Es difícil y esto ya lo hemos escrito en otras ocasiones, ocuparse en otra época que no es la propia y comprender los acontecimientos como si fueron contemporáneos. Sin embargo, la historia de nuestro pueblo es una, y los sucesos por más que transcurran los años, cambien los idiomas y se muden geográficamente, nos unen a través de todos los tiempo. Por qué – pregunta Ud. La respuesta es que ser judío hace 100, 1.000 o 2.000 años significó siempre la misma idea. El mensaje Di-vino que marca todo nuestro estilo de vida tan particular, la misiva de la cual somos depositarios y responsables de transmitir a la humanidad, no se modificó, y hoy, como siempre, nos alegramos por todo aquello que ayude a difundirla y a avanzar en el sentido correcto y nos entristecemos por todo lo que signifique una retroceso hacia el rumbo contrario, tanto si fuese en este instante o en otra era. Con este sentimiento, nos aproximamos a la culminación de las «tres semanas» más tristes del calendario hebreo, sabiendo que en cada generación constituimos uno de los eslabones que nos enlaza con el pasado y con el futuro. Los ayunos del 17 de Tamuz y del 9 de Av, marcan los eventos fatídicos de todas las épocas como derivación o secuela del proceder de los judíos en el desierto, tanto en el episodio del montaje del becerro de oro, lo cual constituyó una afrenta a la unicidad de D»s, como en el incidente de los espías, donde demostraron desconfianza ante el desafío de ingresar a tomar posesión de la tierra de Israel. Es este, el segundo, el que luego se sumó a las faltas posteriores del pueblo, para causar el destierro del pueblo de la tierra de Israel tal como lo conocemos hoy. Nosotros, casi dos milenios después de este largo exilio, aun sufrimos las consecuencias, no sólo por la expatriación geográfica de Israel, sino por todas las demás derivaciones que surgen del desarraigo espiritual, siendo el antisemitismo latente y los atentados sangrientos una parte de ellas. Varios de los acaecimientos sucesivos, recordados el 9 de Av, están vinculados con nuestro exilio actual. Uno de ellos está relacionado con la destrucción del segundo Bet HaMikdash a manos del imperio romano, al cual estaba sometida la provincia de Judea en la época de sus emperadores Vespasiano y Tito. El Bet HaMikdash había estado en pie durante 420 años y había sido embellecido por el rey Herodes 100 años antes, en un acto de «remordimiento» por haber matado a muchos de los sabios Tanaim. El Talmud cuenta que quien no conoció al Bet HaMikdash, no tuvo oportunidad de haber visto una edificación hermosa en su vida. Sin embargo, más dolidos estamos por la causa por la cual fue destruido (que aún no ha sido remediada) y por las consecuencias, que por el edificio del Bet HaMikdash en si. Los Sabios nos enseñan que el odio injustificado entre judíos, nos hizo acreedores de tal privación. Luego de un sitio prolongado, la ciudad de Ierushalaim cayó en medio de muchas muertes y destrucción general. Esto ocurrió aproximadamente en el año 70 de la era común. Muchos de sus pobladores fueron llevados a las arenas del Coliseo de Roma para luchar como gladiadores contra los animales salvajes, y otros fueron arrastrados a las ferias de Alejandría para ser vendidos como esclavos. Poco tiempo antes de caer la ciudad, R. Iojanán ben Zakai logró ciertas concesiones de parte de Vespasiano. El pueblo de Iavne y su Ieshivá se salvaron. A partir de allí, la Torá volvió a florecer y a imbuir al pueblo nuevamente con espíritu de vida. Sin embargo, los años que siguieron no fueron fáciles. Los judíos de otras latitudes dentro del imperio romanos quedaron expuestos a manos de sus enemigos griegos y las matanzas siguieron en Cyrene (Libia), Alejandría, Chipre y Asia Menor. El Sanhedrín, máxima autoridad de los judíos, que se había establecido en Iavne, debió trasladarse a Usha, luego a Tzipori y a varios lugares más para no estar en las miras de los gobernadores romanos. Raban Gamliel y su hijo, R. Shimón ben Gamliel, descendientes de la dinastía de los Nesiim (jefes del Sanhedrín) de Hillel y del rey David, debieron vivir ocultos durante varios períodos para evitar provocar a los romanos. Salvo en el breve gobierno del emperador Nerva, quien tuvo una actitud más justa con los judíos, la situación religiosa fue muy precaria. Las cosas llegaron a su punto más bajo con la campaña del emperador muy ambicioso Trajano (Marcus Ulpus Traianus) quien asumió el poder sobre Roma unos 27 años después de la destrucción del Bet HaMikdash y quiso capturar la Mesopotamia (Bavel), lugar de una de las concentraciones judías más importantes de la época, tanto por su número de pobladores como así también por el nivel de estudio. La campaña terminó mal para Roma. Los judíos locales ayudaron a la población a impedir la invasión romana. A la vuelta, Trajano y su representante en Judea, Lucius Quietus, hicieron caer el peso de su derrota sobre los judíos que habitaban en Israel. La penurias fueron en aumento.

Cuando finalmente Trajano murió, los judíos respiraron con alivio a la espera que cualquier cambio fuera para mejor. El próximo emperador, pareció cumplir con tal expectativa. Adriano (Publus Aelius Adrianus) incluso ofreció a los judíos la posibilidad de reconstruir el Bet HaMikdash. Hubo euforia entre los judíos, similar a la declaración de Balfour en este siglo. ¿Sería éste un nuevo Koresh (Cyro – rey persa que vivió durante el exilio anterior) encargado por D»s que ayudaría a restablecer la gloria perdida? No. Las expectativas fueron desmesuradas. Las intenciones de Adriano eran distintas. Quería «integrar» a los judíos para tornarlos «más romanos». Esto chocó con la resistencia espiritual de los judíos. Adriano cambió de táctica. Intentó forzar la situación. Pero los judíos se sublevaron. A pesar de la fuerza que representaba Roma, pensaron que podían oponerse. No sería la primera vez que «los ocos derrotaran a los muchos». Surgió un líder llamado Bar Koziba, luego conocido como Bar Kojvá. R. Akiva, máxima autoridad rabínica de su época, lo apoyó inicialmente creyendo que él sería el Mashiaj esperado. Esto ocurrió aproximadamente a los 60 años después de la destrucción del Bet HaMikdash. Al comienzo, la revolución fue exitosa y los romanos debieron abandonar parte de Judea. Sin embargo, los romanos volvieron y Bar Kojvá actuó de manera soberbia hasta el punto de hablar en forma blásfema a D»s. Su suerte estaba sellada. La última fortaleza, Beitar con cientos de miles de habitantes, fue masacrada y con ella, toda esperanza de volver a establecer una vida política independiente en la tierra de Israel quedó archivada por mucho tiempo.

Los muertos de Beitar, quedaron expuestos a las inclemencias del tiempo por muchos años, pero gracias a un milagro de D»s no sufrieron descomposición y más tarde pudieron ser enterrados. Adriano aró a Ierushalaim como si fuera un campo, para que no quedara ni un recuerdo de ella. En su lugar construyó una ciudad romana «Aelia Capitolina» cuya calle, el «Cardo» se puede visitar hasta hoy. La entrada de judíos a dicha ciudad quedó penada. Enseñar Torá en público se convirtió en una actividad peligrosa. Diez de los Sabios de la Mishná más importantes, entre ellos el propio R. Akiva, fueron muertos (casi todos en aquella época) en medio de torturas indescriptibles. Fueron varios años hasta que murió Adriano. Recién en la época del emperador Marco Aurelio, la situación de los judíos mejoró notablemente, aun si fuese sólo temporeramente. Mientras tanto, y durante los próximos dos siglos, los judíos fueron abandonando la tierra de Israel para alejarse de las persecuciones romanas que fueron en aumento, cuando los emperadores aceptaron la fe cristiana como religión oficial. Cuando en las Ieshivot abrimos la Mishná y la Guemará (el Talmud), nos encontramos con todos aquellos personajes que padecieron estas aflicciones. Sin embargo, aun si ellos murieron, sus enseñanzas siguen muy vivas en boca de quienes intentamos entender cada definición en sus sagradas palabras. La Torá es vida y es eterna. Unicamente en Tishá BeAv, nos está vedado estudiar Torá y los recordamos con tristeza. Apenas termina aquel día, volvemos a unirnos con ellos a través del estudio. En cierta ocasión, R. Akiva estaba con otros Sabios frente a las ruinas del Bet HaMikdash. En eso, vieron a un zorro que salía del lugar donde había estado situado el Santuario. Los Sabios lloraron y R. Akiva rió. Le preguntaron: «¿Por qué ríes?» A lo cual respondió: «¿Por qué lloran?» Ellos aludieron al cuadro tétrico que acababan de presenciar. A lo cual les retrucó: «Quien hizo cumplir los vaticinios nefastos de los profetas, hará que se cumplan de la misma manera, todas las profecías alegres». Que se cumplan sus palabras pronto en nuestros días.

Rab Daniel Oppenheimer

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