Profundizando
1. Perspectiva del Amor desde la Torá
El Amor, La Mujer Judía y El Matrimonio
+100%-

La Belleza bien entendida

Extraído de Tovim Hashnaim, del Rab Daniel Oppenheimer

En los capítulos anteriores discurrimos acerca del proceso de la elección de la pareja para el matrimonio, sobre las intenciones y prioridades que se debe proponer, sobre el valor primordial del Jesed y de las Midot en la persona a considerar y sobre lo perentorio de invocar la Asistencia Di-vina al buscar al cónyuge.

En este capítulo prestaremos atención a uno de los aspectos más espinosos para nuestra cultura: todo lo que se refiere a la apariencia física de la persona a quien se considera para contraer enlace. Entiendo, por muchas conversaciones que he tenido, que esto es uno de los impedimentos más conflictivos para mucha gente.

Uno de los puntos que nos llama la atención en el relato del Jumash al presentarnos a las matriarcas, es que la Torá ponga énfasis en su belleza. Esto se menciona respecto a Sará (Bereshit 12:11), Rivká (Bereshit 24:15 – si bien no dice que esa fuera la razón por la que se la eligió como esposa) y nuevamente con Rajel (Bereshit 29:16).
Considerando que aun hoy, al sugerirse un Shiduj apropiado a un muchacho observante no se hará hincapié en el aspecto físico de la joven, es obviamente mucho más llamativo que a la Torá sí le interese aludir a este item.

En particular interesa notar el hecho de que la Torá divide la cuenta de los años vividos por Sará en tres partes, cuando falleció, diciendo que vivió cien años y veinte años y siete años. Rash”í dice que esta segmentación de los años de Sará, es para enseñarnos que fue piadosa a los cien igual que a los veinte y bella como a los siete años. ¿A qué atractivo se refiere cuando la compara con una niña de siete años? Rav Yissochor Frand shlit”a cita una explicación de Rav Mottel Katz.sz”l, que será importante para echar luz a un tema tan delicado.

Entendamos, sin embargo, que la dificultad en captar el núcleo del tema surge por las limitaciones que tenemos los contemporáneos, fruto del condicionamiento de una cultura que fue imponiéndonos medidas corporales muy específicas para que alguien sea considerado bello, y de ese modo, restringir nuestra sensibilidad por aspectos más íntimos y reservados de hermosura.

A tal fin, comienza dándonos un ejemplo de un pasaje del Talmud (Kidushín 49:) que no está relacionado con los aspectos anatómicos humanos, pero sí con el concepto de la belleza – referente a Ierushalaim: “Diez medidas de esplendor cayeron al mundo: nueve llevó Ierushalaim y el resto se lo llevó el resto del mundo”.
¿Qué significado y qué importancia tiene el hecho que Ierushalaim fuera hermosa? ¿No estamos hablando, acaso, de una ciudad a la cual la gente va por su calidad de santa y moral? ¿Acaso los peregrinos dejarían de ir a Ierushalaim, si fuera un poco menos encantadora que otras ciudades?

La respuesta radica en el hecho de que efectivamente los seres humanos estamos influenciados por el entorno físico. La perfección corporal, permite que la persona entre en un estado mental más receptivo a la espiritualidad (obviamente, si es que realmente vaya en búsqueda y le interese aquella espiritualidad…). Del mismo modo, enseñan los Sabios, que hay “tres aspectos que amplían la mente del hombre: Una casa hermosa, utensilios hermosos y una esposa hermosa” (Talmud Brajot 57:) Este pasaje del Talmud, nos hace saber que cuando las condiciones de vida son agradables, y uno no está restringido por distracciones físicas, puede ser más receptivo a las cuestiones de santidad.
Cuando quien visita Ierushalaim puede divisar las encantadoras colinas y los valles y bosques que embellecen el derredor de la ciudad, su mente se despeja, dando lugar a aquella santidad que está buscando.

Volviendo a lo humano, el pasaje famoso del final de Mishlei (31:30), nos dice que: “engañosa es la gracia, y vana la hermosura, (sino que) una mujer temerosa del Creador debe ser elogiada”. ¿En qué quedamos, es importante – o no – la belleza corporal?

Para explicar este pasaje, algunos comentaristas comparan la simpatía y la belleza con el número cero. ¿Cuánto vale la cifra cero por sí misma? ¡Nada! Sin embargo, al colocarle otra cifra al comienzo, entonces los ceros que se agreguen luego, potencian aquella cifra inicial: el 1 se convierte en 10, 100,1000, o más…
Del mismo modo, el atractivo físico es el cero que solamente enaltece a la persona que ya ha trabajado sus aspectos morales de Temor al Todopoderoso. De otro modo, es solamente un cero.

Quizás podamos complementar esta explicación con otra que también he visto. La hermosura periférica de la persona no es fruto del trabajo de quien la ostenta. D”s le obsequió a cada uno su aspecto exterior, razón por la cual no tiene de qué enorgullecerse, aun más considerando que la simpatía puede utilizarse correctamente, pero también sirve como medio de engaño y encubrimiento. Sin embargo, el trabajo interno de mejoría y crecimiento en las Midot, es mérito de uno mismo: “Todo está en Manos Di-vinas, salvo el temor por el Todopoderoso (que está en manos de cada ser humano)”.
Lo que este pasaje nos viene a enseñar es en qué aspecto poner énfasis: ¿en lo que recibimos como legado, o en lo que hemos logrado con esfuerzo?

La belleza y la hermosura en una persona según la definición de la Torá, no equivalen – sino que se contrastan – a las nociones sensuales que la gente llama atractivo, irresistible, sugestivo, provocador, de lo que sería una “ganadora” de un concurso de belleza. – en donde solamente la gracia física, y nada más que eso – son la virtud de la elegida. Ni el gimnasio, ni la peluquería son lugares para adquirir valor interno.

Es importante destacar – pues es parte de la carencia de sana cultura en nuestra generación – que existe la noción de elegir a la persona para “quedar bien ante el público” (la mayoría de la gente niega que sea así, pero lamentablemente es parte inherente de la actitud humana contemporánea).
Esto no es algo nuevo. En la orgía que organizó Ajashverosh, rey de Persia en la historia de Esther que leemos en Purim, encontramos que “el séptimo día cuando estaba ya embriagado con el vino, dijo que llamaran a Vashtí, para mostrar a los pueblos y a los ministros su belleza, pues era hermosa” (Esther 1:11), el típico sentimiento ególatra de dominio mediante la persona que uno “posee”.

Por otro lado, cuando el rey Ajashverosh reclutó doncellas por todo su imperio, y estas se preparaban durante doce meses con toda clase de perfumes que estaba a su disposición para luego ser recibidas por el rey, quien terminó siendo reina – Esther- no pidió absolutamente nada para intentar embellecerse (Esther 2:15). No obstante, cayó en gracia y fue elegida reina. Este mismo hecho, la evidente intervención Di-vina (pues “caer en gracia ante la gente es un obsequio de D”s) a fin de que sea escogida emperatriz, fue el argumento principal de Mordejai a fin de convencerla de que era su misión arriesgarse para salvar a su pueblo de manos de Hamán (Esther 4:14).

Todo lo que acabamos de exponer aparece muy bien en los papeles, sin estar bajo la influencia real de la presencia concreta de la que hablamos. Pues al momento de poner en práctica los ideales, es casi imposible no estar influenciado por el aspecto físico de/la muchacho/a, precisamente porque es lo que primero se ve al encontrarse. Sin embargo, al estar bajo el encanto y el hechizo de la seducción – no hay lógica que valga. Y ese momento es tan difícil, a menos que la persona tenga su “cable a tierra” de personas en quien pueda confiar.

Pirkei Avot (5:19) nos advierte del riesgo de enamorarse por la belleza, así como por cualquier factor exógeno a la devoción y entrega por otra persona. Muy contundentemente, esa Mishná sentencia que todo amor que depende de agentes ajenos (sentimientos egoístas), está destinado a no sobrevivir más allá del lapso que experimente ese interés.
El ejemplo clásico, mencionado en dicha Mishná es el de Amnón, hijo del rey David quien se había enamorado de la hermosa Tamar (Shmuel II 13:1).
Amnón terminó por violarla, producto de su pasión irresistible, y “y fue mayor el odio que sintió Amnón por Tamar, que el amor que había previamente tenido por ella…” (Shmuel II 13:15).
¿Le parece conocida esta historia? ¿Vivió de cerca alguna situación en la que los “ex” se odian con una pasión que no tiene comparación en otros contextos de la vida?
¿Cómo y adónde desaparecieron el deslumbramiento y la fascinación que lo tenía ciego impidiendo ver la realidad de quien estaba adorando?
Quizás se deba a las culpas de haber “caído” en la trampa (propia) de la pasión y de no haber escuchado su propia conciencia que le advertía que “algo no cierra”, pero que uno desoyó…

Si bien en todo lo que acabamos de exponer, llamamos más la atención en la desequilibrada actitud prevaleciente hacia lo exterior y lo físico en una mujer, en relación a su valor interior como persona – por parte de los hombres y de las mismas mujeres, se debe analizar la actitud análoga exagerada respecto a la importancia que se le atribuye al poder, al dinero y a los atributos físicos del hombre en yuxtaposición a su sabiduría y corrección de Midot.

Sin duda que hay muchísimo más para reflexionar sobre este tema, y este capítulo no intenta ser más que una aproximación a la cuestión, a fin de permitirnos ponderar uno de los tropiezos más comunes de nuestros tiempos.

Rab Daniel Oppenheimer

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1 comentario
  1. Beatríz

    SHALOM…. GRACIAS por compartir Esta Enseñanza,,Es muy útil para salir de la ignorancia en la que vivimos…Slds Cordiales

    04/06/2018 a las 23:24

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