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Juzgar para bien

Estudiaron nuestros Jajamim (sabios) que el que juzga a su compañero para bien, lo juzgan del cielo de la misma manera. Cuando vemos de una persona actitudes que aparentan ser malas, y las justificamos o las juzgamos buenas, también, cuando hagamos cosas que parezcan malas, nos juzgarán para bien.

Se cuenta de un hombre que llegó desde la alta Galilea hasta el sur de Erez Israel a emplearse con el dueño de un campo, para conseguir con qué mantener a su familia. Al cabo de tres años de trabajo, en la víspera de Iom Kipur, se acercó a su patrón y le dijo:
“Dame, por favor, mi pago, pues debo llevarle el sustento a mi esposa y a mis hijos”.
“No tengo dinero”, le respondió el dueño del campo.
“Bueno. Págame, entonces, con frutas”.
“No tengo frutas”.
“Está bien. Acepto terrenos”.
“Tampoco tengo terrenos”.
“De acuerdo. ¿Me podrías pagar con animales?”.
“No. Tampoco puedo pagarte con animales”.
“En ese caso entrégame unas ropas”.
“Lo siento. Ni siquiera ropas puedo darte”.
El trabajador no dijo nada más. Tomó sus cosas y se fue para su casa.
Cuando acabó la época de las festividades (después de Simjá Torá) el trabajador recibió en su casa al dueño del campo, que llegó con tres burros cargados de comidas y regalos. Se sentó con él, y además de darle todo lo que tenían los burros, le entregó un generoso pago en dinero. Luego le preguntó:
“Dime: Cuando me pediste que te pague tu trabajo y te respondí que no tenía dinero, ¿qué pensaste de mí?”.
“Me imaginé que encontraste una mercadería de ocasión, y utilizaste todo tu dinero para comprarla”.
“¿Y cuando no te di los animales que me pediste?”.
“Pensé que se los alquilaste a otras personas”.
“¿Y cuando tampoco te di terrenos?”.
“Bueno. Me dije que se los diste en concesión a otros campesinos para que los trabajen”.
“Luego me pediste frutas, y tampoco te las di. ¿Qué pensaste, entonces?”.
“Que tenías frutas, pero que no me las podías dar porque no les habías quitado el Maaser (diezmo)”.
“¿Y por qué creíste que no te di ni siquiera ropas?”.
“Porque como eres un hombre tan benevolente, las donaste todas a obras de caridad”.
El dueño del campo, al escuchar al hombre, exclamó:
“Realmente, así sucedieron las cosas. Y lo de las ropas fue porque, en un arrebato de furia, prometí donarlos porque mi hijo no quería seguir el camino de la Torá. Pero luego, cuando él recapacitó y se arrepintió, me anularon la promesa. Ahora estoy aquí contigo, para darte lo que te mereces, y mucho más”.
Luego concluyó:
“Así como tú pensaste bien de mí, ¡qué te juzguen para bien desde el cielo, por siempre!”.

Talmud – Masejet Shabat 126

(Gentileza Revista semanal Or Torah, Suscribirse en: ortorah@ciudad.com.ar )

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