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La Tora e Israel
Sobre Israel y las Naciones.
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Israel y las naciones


Entre los profundos conceptos que conforman la conducción de Dios en el mundo, se encuentra la relación de entre Israel y las naciones del mundo. Desde el punto de vista de la naturaleza humana pareciera que son idénticos en verdad, en cambio desde el punto de vista del pensamiento de la Torá se diferencian grandemente y se distinguen como especies diferentes del todo.

Explicará ahora en este tema una explicación suficiente, y comentará en que se asemejan el uno al otro, y en que se diferencian el uno del otro.

Adam el primer hombre antes del pecado se hallaba en un estado extremadamente elevado con respecto a aquel en que está el hombre ahora, ya explicamos este tópico en la primera parte, capítulo tercero. El nivel de humanidad según tal estado consistía en un nivel en extremo honorable, propicio a un rango elevado y eterno, como lo mencionamos. Y si no hubiese pecado, se hubiese perfeccionado y elevado aun de elevación en elevación.

En tal excelente estado el hombre debía engendrar descendencia, en número determinado por Su sabiduría, según la verdad de lo que es conveniente para la perfección de quienes disfrutan de Su bien, y así todos disfrutarían con él de tal bien.

Con respecto a estas descendencias que era conveniente que engendrase, se decretó y consideró en Su presencia que existiesen en niveles especiales. Es decir, que hubiese entre ellas descendencias primordiales y secundarias, o sea generaciones fundamentales y otras derivadas, conllevándose una de la otra en un orden específico, como los árboles y sus ramas; y tanto el número de los árboles como el número de las ramas, todo es considerado con total exactitud.

Cuando Adam, el hombre primigenio, pecó descendió extremadamente de su nivel, y se internalizó en él la obscuridad y opacidad en una gran cantidad, como ya lo mencionamos, así el conjunto de la especie humana descendió de su nivel y quedó en un nivel muy inferior, sin merecer el rango elevado y eterno que se le había destinado en un principio; y no quedó destinado y listo sino para un nivel mucho muy inferior a aquel en el que estaba. Y en tal situación engendró descendencia en el mundo, todos en este nivel inferior que estipulamos.

Ciertamente, a pesar de ello no cesó de hallarse en el género humano como algo global debido a su verdadero origen, una dimensión superior con respecto a la dimensión en que se halló esta especie en el momento de su decadencia. Sin embargo Adam, el hombre primigenio, no fue marginado del todo, de tal manera que no pudiese regresar al nivel superior sino se encontró de hecho en el nivel inferior y en potencia con respecto al nivel superior.

Dios otorgó a tales descendencias que existían en aquel tiempo, el libre albedrío, para que se fortaleciesen y se esforzasen en elevarse del nivel inferior y se situasen a ellos mismos en el nivel superior. Y les otorgó un período para ello, como lo consideró la sabiduría suprema que era conveniente para tal esfuerzo. Y ello es análogo a lo que se nos concede a nosotros en la actualidad para que alcancemos la perfección y el nivel en la comunidad de los herederos del mundo venidero, como lo mencionamos antes. Pues realmente todo lo que es esfuerzo necesita poseer un límite.

La sabiduría divina observó que era conveniente que este esfuerzo se divida en dos épocas, una destinada a las generaciones fundamentales y otra para las derivadas. Es decir, que haya primeramente un periodo de esfuerzo para las generaciones fundamentales y luego para las derivadas de entre ellas; o sea, que con respecto a la totalidad de la especie humana era aún necesario que se afianzase apropiadamente su naturaleza y que se perfeccionase de los deterioros que hubiese en ella. De acuerdo al orden de las jerarquías era conveniente que se afianzasen al principio las generaciones humanas fundamentales y primordiales, estableciéndose en un nivel perfeccionado y consolidándose en él tanto ellas como sus derivadas. Pues las generaciones derivadas siguen siempre alas fundamentales.

El periodo para este esfuerzo generacional fundamental fue no obstante delimitado, de manera tal que quien mereciese del conjunto de los individuos creados durante los períodos que esta posibilidad aplicaba, poseyendo además esta opción y preparándose sí mismo como es debido, se estableciese como una generación óptima y preciada, apta para un nivel superior, conveniente éste para quien fuese hombre en óptimo estado, y no hombre en un estado en deterioro. De tal modo que alcanzase también engendrar descendencias apropiadas a su rango. Es decir, en el nivel y estado fundamentales que ya alcanzó él según sus actos.

Esta fue la época que comprende desde Adam, el hombre primigenio, hasta el periodo de la División [la Torre de Babel]. Ciertamente, durante todo este período no cesaron los justos de explicar la verdad a las multitudes, por ejemplo, Janoj, Metushelaj, Shem y Ever, encomendándoles a que se perfeccionasen a sí mismos.

Debido a que se rebasó el límite asignado a los hombres, es decir, en el periodo de la División, juzgó según el principio de Su justicia, como conveniente que finalizase el período del esfuerzo generacional fundamental. Y que fuese el fin de las cosas que se estableciese lo que fuera conveniente establecer con respecto a lo fundamental, según lo que ya había acontecido y sucedido hasta el aquel periodo.

Y entonces Dios evaluó a todos los seres humanos, y vio todos los niveles que eran apropiados establecer en ellos tales hombres según sus conductas, y los fijó en ellos, en su aspecto fundamental, como lo estipulamos. De tal modo, según lo que fue introducido en ellos, así se decretó que engendrasen a sus descendientes, conforme a lo que ya se había considerado que era conveniente a tal fundamento, y hubiera de esta forma especies fijas en el mundo, todas de acuerdo a su sistema y naturaleza, como en el resto de las especies creadas. Y se les concedió entonces engendrar descendencia según su naturaleza y características, como el resto de las especies.

Y ciertamente se hallaron todos, según el decreto supremo, aptos para permanecer en un nivel humano inferior al que llegaron Adam, el hombre primigenio, y sus descendientes debido al pecado, no elevándose de tal rango en lo absoluto. Solamente Abraham fue escogido por sus conductas y se elevó, y se consolidó como árbol ensalzado y preciado, según la realidad de lo humano en tanto óptima; y se le concedió engendrar descendencia según su naturaleza.

Fue entonces que se dividió el mundo en setenta pueblos, cada uno de ello en su nivel sabido, mas todos en la realidad humana inferior, e Israel en la realidad humana superior.

Después de estos sucesos, se clausuró la posibilidad de las generaciones fundamentales, y comenzó el desarrollo y la dirección en las generaciones derivadas, cada uno según su naturaleza. Tenemos así que a pesar de lo que pudiese parecer, la realidad nuestra y la realidad de los antiguos es similar. Mas en verdad no es así, sino que hasta el periodo de la División primó la estructura temporal de la humanidad generacional fundamental, y acontecieron las cosas según este principio. Y cuando llegó el fin de este periodo se consideraron los procesos según su estructura, y empezó otra época, que es la época de los derivados en la que nos hallamos aún ahora.

A causa de la abundancia del amor y de la bondad de Dios, se decretó y concedió lugar incluso a los descendientes de los pueblos del mundo, que si quieren, por su libre voluntad y por sus actos se desliguen de sus orígenes, y se integren a la descendencia de Abraham, nuestro patriarca. Con este objetivo, destinó Dios a Abraham para que sea el padre de todos los prosélitos, diciéndole “Y serán bendecidas en ti todas las familias de la tierra” (Bereshit 12:3). Sin embargo, si no se esfuerzan en ello, permanecerán bajo su naturaleza original y se comportarán según su propia esencia.

Has de saber que el conjunto de las descendencias humanas se divide metafóricamente en árboles, raices y ramas [o derivados], como ya mencionamos, así en cada árbol por sí mismo se distinguen sus ramas principales, de las cuales se derivan específicamente el resto de sus detalles.

Las ramas de Abraham, nuestro patriarca, son en general seiscientos mil, número de personas que salieron de Egipto, forjándose con ellos el pueblo de Israel, y para ellos se dividió la tierra de Israel. Y todos los que vienen después de ellos son considerados como particulares y descendencia de tales ramas generales. A éstos se les entregó la Torá, ocurriendo entonces que el árbol llegó a su plenitud.

Sin embargo, un gran bien hizo Dios con todos los pueblos, y es el hecho de que pospuso su juicio todavía hasta el momento de la entrega de la Torá, y les brindó la Torá a todos para que la aceptasen; y si la hubiesen aceptado, todavía les era posible que se elevasen de su nivel inferior. Y puesto que no quisieron, entonces se selló su decreto del todo, cerrándoseles la posibilidad de mejorar colectivamente su condición sin apertura alguna. No obstante, quedó para todo hombre en lo particular de estas ramas, la posibilidad de convertirse e ingresar por su libre albedrío bajo el árbol de Abraham, nuestro patriarca.

No obstante, no fue el decreto que se perdiesen estos pueblos, sino que permaneciesen en el nivel inferior que mencionamos. Estos seres constituyen la especie humana, que no hubiera sido conveniente que existiese si no hubiera pecado Adam, el hombre primigenio; mas él con su pecado ocasionó que existiese.

Y efectivamente, puesto que hay en ellos la dimensión humana, a pesar de que es inferior, Dios deseó que hubiera en ellos semejanza apropiada a la humanidad verdadera; y es que poseyesen alma como las almas de los hijos de Israel. A pesar de que su nivel no es como el nivel de las almas de los hijos de Israel, sino inferior en grado sumo a ellas. Y que tuviesen mandamientos a través de los cuales conquistasen logro físico y espiritual, asimismo de acuerdo a lo conveniente a su dimensión real; y ellos son los mandamientos de los hijos de Nóaj.

En el momento de la creación se definió que todas las cosas fuesen así si ocurriera que el hombre pecare. Así como fueron creados todo el resto de los daños y los castigos con condición, como lo afirmaron los Sabios, de bendita memoria.

En el momento que el mundo fue dividido así, Dios designó setenta supervisores de la categoría de los ángeles, que fuesen los agentes sobre estos pueblos, y que velasen por ellos y supervisasen sobre sus asuntos. En cambio Dios no supervisa provee sobre ellos sino forma global, siendo el agente celestial quien provee sobre ellos en forma particular, según la potestad que le confirió Dios al respecto.

Y sobre ello se dice: “Sólo a ustedes conocí de todas las familias de la tierra” (Amos 3:2). Y ciertamente, no a causa de ello carece Dios de conocimiento específico de todos los elementos de la creación; pues todo es claro y evidente en Su presencia desde siempre. Mas se trata de que no supervisa ni influye directamente sobre tales realidades específicas. Y este asunto compréndelo a partir de lo que explicaremos más adelante, Dios mediante.

Sin embargo, de las conductas de Israel Dios hizo depender el perfeccionamiento de toda la creación y su elevación, como ya mencionamos. Y sometió, por así decirlo, la dirección del mundo a sus comportamientos, para iluminar e influenciar, o para ocultar y desaparecer. Mas los comportamientos de los pueblos no añaden y no empeoran los procesos de la creación, ni la revelación divina, ni Su ocultación no obstante, atraen sobre ellos mismos provecho o pérdida, ya sea en el cuerpo o en el alma; y otorgan fuerza o provocan debilidad en su ministro celestial.

Y ciertamente, a pesar que Dios no supervisa sobre los pueblos del mundo en forma detallada, es posible no obstante que supervise sobre ellos para el provecho de un individuo de Israel o para el conjunto del pueblo judío. Y efectivamente, ello pertenece a los acontecimientos que son medios para un fin que explicamos en el capítulo precedente.

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