Festejando
La historia de Pesaj, según jasidut de Breslov
Pesaj
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Historia V

(selección extraída del libro “La Hagadá de Breslov” © Breslov Institute Research – www.breslov.org)

Las Diez Plagas

Dios instruyó a Moshé para que retornase al Faraón y repitiese Su pedido de liberar a los Judíos. Esta vez, Dios le dio a Moshé un milagro para realizar. Esto sería una señal de que él era el mensajero del Todo Poderoso. Cuando Moshé apareció delante del Faraón arrojó su vara al suelo y ésta se volvió una serpiente. Cuando los magos Egipcios hicieron lo mismo con sus bastones, la serpiente de Moshé devoró a todas las otras. Los magos Egipcios se burlaron de ésto diciendo que si en verdad era él el enviado del Todo Poderoso, debería ser su vara la que tragase los bastones de los magos. Moshé hizo transformar nuevamente la serpiente en vara y ésta devoró los bastones de los Egipcios. Aunque se impresionaron de los poderes de Moshé, los magos atribuyeron todo eso a la magia. Enseña el Midrash que la vara de Moshé era en verdad el Angel Gobernante llamado MeTaT, quien es conocido como MaTé, una vara. Pese al milagro del que fue testigo, el Faraón se negó a liberar a los Judíos y Moshé partió.

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SANGRE. El Faraón quería que los Egipcios creyesen que él era una deidad y presentaba como prueba el hecho de que nadie lo había visto nunca cumplir con sus necesidades físicas y evacuar el vientre. Temprano cada mañana el Faraón bajaba hasta el Nilo donde cumplía con sus necesidades sin que nadie lo viese. Siguiendo las instrucciones de Dios, Moshé fue a encontrar al Faraón a orillas del Nilo y reveló así su secreto, advirtiéndole del severo castigo que caería sobre él si continuaba negándose a liberar a los Judíos. Diez plagas terribles caerían sobre Egipto, la primera de las cuales sería la Plaga de la Sangre. Dios haría que todas las aguas Egipcias se convirtiesen en sangre. Pero el Faraón se negó a escuchar la advertencia de Moshé. Cada mañana, durante tres semanas consecutivas, Moshé repitió su advertencia pero fue en vano pues el Faraón no le prestó atención ninguna. Entonces, sin más advertencia, la plaga se hizo presente. De pronto, cada gota de agua se convirtió en sangre. Así fuese en los ríos, los estanques, los pozos, las cisternas o en las vasijas para beber, toda el agua se transformó en sangre. Hasta la saliva escupida por los Egipcios se hizo sangre. También el agua en la masa para el pan se hizo sangre. Los nuevos pozos excavados por los Egipcios sólo daban sangre. El río Nilo que entraba a Egipto como agua se volvía allí sangre; y al dejar los límites de Egipto volvía a ser agua. Y mientras que los Egipcios estaban sedientos de agua, los Judíos no fueron afectados en lo más mínimo por la plaga. El pueblo de Egipto no pudo dejar de ver en ésto la Mano de Dios. Se han ofrecido una cantidad de opiniones para explicar por qué Dios vio necesario enviar una plaga sobre el agua de Egipto. Primero, los Egipcios adoraban al Nilo, el cual era su única fuente de agua y un símbolo de su poder. Otra razón era que Dios quería castigar el agua del Faraón, tanto porque él asesinaba trescientos niños Judíos todos los días para bañarse en su sangre o porque ordenara el decreto de ahogar a los recién nacidos Judíos. Otra explicación es que los Egipcios sabían que las mujeres Judías guardaban las leyes de pureza familiar. Y esperando cortar el crecimiento de la población Judía, se negaron a permitir que las mujeres cumplieran con la inmersión ritual en agua, evitando así que tuvieran relaciones con sus maridos. De acuerdo con algunas opiniones, tan pronto como comenzó esta plaga los Judíos dejaron de trabajar. Los Egipcios no podían controlarlos y se detuvo la esclavitud. (Otros dicen que sólo las formas más crueles de la servidumbre se detuvieron en ese momento, pero que la esclavitud de los Judíos sólo terminó con la Plaga de la Pestilencia.) Sin embargo, aún no había llegado el momento en que los Judíos debían dejar Egipto y aún no habían recibido las riquezas que les prometiera Dios. Pero fue durante esta plaga que esa riqueza comenzó a materializarse. Aunque los Egipcios no podían encontrar agua en todo Egipto, los Hijos de Israel tenían cantidad de ella. Si un Egipcio observaba a un Judío bebiendo agua se la quitaba, pero ello no le traía ningún bien, pues tan pronto como el Egipcio la arrebataba, ella se transformaba en sangre. Pero si se la retornaba al Judío, ésta volvía a ser agua. Si el Egipcio le ordenaba al Judío que bebiese juntamente con él del mismo vaso, el Judío bebía agua y el Egipcio sangre. La única manera en que el agua de los Egipcios podía seguir siendo agua era si se la compraban a un Judío. De esta manera, los Judíos comenzaron a recolectar los salarios que se les adeudaban por todos los años que estuvieron forzados a trabajar. La Plaga de la Sangre, al igual que las demás plagas, duró una semana, luego de lo cual el Faraón endureció su corazón y se negó a liberar a los Judíos.

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RANAS. Nuevamente Moshé volvió a advertir al Faraón que una plaga descendería sobre Egipto. El Faraón no lo escuchó y la tierra de Egipto fue invadida por un ejército de ranas. Los Egipcios se habían burlado de los Judíos, forzándolos a recolectar gusanos e insectos para que los Egipcios jugasen con ellos. Como represalia, Dios envió ranas para “jugar” con los Egipcios. Las ranas entraban en sus cuerpos y allí dentro croaban. La Plaga de las Ranas comenzó con Moshé extendiendo su vara y con la aparición de una enorme rana. Esta rana llamó entonces a muchas otras ranas para que se le uniesen. Dios hizo a las ranas como si fuesen amebas, de modo que cuando los Egipcios trataban de matar a una con un golpe, esta se dividía en dos, multiplicándose. Y como resultado de todo ello, había ranas por todos lados. Estas entraban en las camas, en las vestimentas y en los hornos del Pueblo Egipcio. No había manera alguna de evitarlas o esconderse de ellas. Incluso las paredes de mármol se quebraban para dejar entrar a las ranas y cumplir con la orden de Dios. Con los hornos Egipcios invadidos por las ranas, todos los alimentos cocinados que comían estaban mezclados con ranas. Los Egipcios no habían dejado que los Judíos descansasen ni un momento durante su forzado trabajo, ni siquiera para comer. Debido a ello, los Judíos no habían tenido otra opción que comer su alimento mientras trabajaban mezclando el mortero, de modo que la suciedad y el polvo que caían y cubrían su comida les eran muy desagradables. En respuesta a ello, los Egipcios encontraban ahora todos sus alimentos altamente desagradables ya que todo lo que comían estaba espolvoreado con ranas. Y una vez que las tragaban, esas ranas resucitaban en los estómagos de los opresores Egipcios, trayéndoles una insoportable molestia. Tal como los Judíos habían sufrido bajo su yugo sin un minuto de descanso, de la misma manera los Egipcios ahora no tuvieron, durante toda la Plaga de las Ranas, ni un minuto de paz. Dios concluyó con esta plaga haciendo que las ranas muriesen instantáneamente. Esto significa que las ranas murieron allí donde estaban, en las vestimentas, en los alimentos y en los estómagos de los Egipcios. De modo que les fue muy difícil deshacerse de los cadáveres y un terrible e insufrible hedor invadió el Egipto. El único lugar que se mantuvo totalmente libre de las ranas fue la Tierra de Goshen, lugar donde vivían los Judíos.

Diez veces aparecen nombradas las ranas en los versículos que describen esta plaga. Nos dicen nuestros Sabios que de ésto podemos aprender que la Plaga de las Ranas fue tan severa como las diez plagas juntas. Pero el Faraón no escuchó la advertencia; por el contrario se volvió más obstinado aún y endureció más su corazón.

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PIOJOS. Además del trabajo de construcción al cual estaban forzados, los Egipcios obligaban a los Judíos arealizar tareas en sus casas. Constantemente los forzaban a fregar y limpiar las casas Egipcias, sus jardines, las calles y los campos. Y aunque constantemente se ensuciaban con esas tareas, los Egipcios jamás les permitían lavarse y limpiar sus cuerpos. Y medida por medida, Dios envió la Plaga de Piojos sobre los Egipcios, infestando su tierra y sus cuerpos. De hecho, la misma tierra se transformó en piojos. Estos piojos de tierra se encontraban 50 cm por sobre el suelo y 25 cm por debajo. Ahora, cuando los Egipcios querían barrer sus casas, todo lo que podían barrer eran piojos. También infestaban sus cuerpos, causándoles una intolerable picazón. Buscando alivio para ello, los Egipcios comenzaron a rascarse contra las paredes, arrancándose la piel. Pero los piojos continuaban incrustados en sus rostros y entre sus ojos. Ni siquiera lavándose el cuerpo podían deshacerse de los piojos. Claramente se reveló la Mano de Dios con esta plaga. Durante las dos primeras plagas, los magos Egipcios duplicaron parcialmente los actos de Moshé. También ellos fueron capaces de volver el agua en sangre y traer ranas. Como resultado de ello, estaban convencidos que Moshé no era más que un mago, aunque más grande que ellos; pues las aflicciones que cayeron por mano de Moshé fueron mucho más severas que cualquier cosa que los magos Egipcios hubieran podido reproducir. Sin embargo, con la Plaga de los Piojos fue diferente, pues los magos fueron incapaces de repetir las acciones de Moshé. Esto se debió a que los piojos son diminutos y la magia no tiene poder sobre cosas tan pequeñas. “¡Es el dedo de Dios!” admitieron los magos. Pero sólo admitieron que era un dedo. Al igual que con las otras plagas, la tierra de Goshen no fue tocada y los Judíos no fueron afectados por los piojos. Aún así el Faraón endureció su corazón y no tomó en cuenta las advertencias de Moshé Rabeinu.

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LOS ANIMALES SALVAJES. Esta plaga cayó sobre los Egipcios debido a que solían enviar a los Judíos a los bosques para que trajesen animales salvajes para diversión y cacería. Dios les dijo a los Egipcios, “Ahora traeré a estos animales directamente a vuestros hogares. ¡De esta manera ya no tendrán necesidad de volver a salir a cazar!” La palabra Hebrea para decir plaga es Arov, una mezcla. La Plaga de los Animales Salvajes comprendía toda clase de bestias salvajes: leones, leopardos, lobos, osos, monos, serpientes, escorpiones, insectos, ranas y toda otra clase de animal que fuera molesto o mortífero. Incluso había aves de presa. Esto en sí mismo era un milagro. Comúnmente, cada animal se junta con los de su misma especie y nunca se mezcla con otras especies. Las aves en particular no salen a cazar con otros animales. Pero con la Plaga de los Animales Salvajes, todas las especies actuaron al unísono para cumplir con el mandamiento de Dios. Al llegar esta plaga, los Egipcios comenzaron a cerrar sus puertas y ventanas. Pero los animales rompían los techos y abrían las puertas desde adentro, permitiendo que el resto de las bestias entrase y trajera la destrucción a los hogares Egipcios. Dios hizo que también apareciesen densos bosques en medio de las ciudades para que los animales se sintiesen más a gusto en su propio ambiente. Nuestros Sabios dicen que los padres Egipcios solían enviar a sus hijos a pasear acompañados por un sirviente. Cuando el sirviente volvía al hogar sin los niños los padres comenzaban a gritar, “¿Dónde están nuestros hijos?” “Yo les diré,” les respondía el sirviente. “El león se llevó a uno, el lobo se llevó otro, el oso el tercero y así…” Goshen no fue afectada por la Plaga de los Animales Salvajes. Los Judíos podían también caminar libremente por todo Egipto, pues las bestias no los atacaban. Esta vez, el Faraón llamó a Moshé y le pidió que retirase esa plaga, prometiéndole que liberaría a los Judíos tan pronto como se hubieran ido los animales. Pero luego que la plaga terminó, el Faraón volvió a endurecer su corazón y se negó a mantener su promesa o a prestarle atención a las recriminaciones de Moshé Rabeinu.

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PESTILENCIA. Para mantener a los Judíos lejos de sus hogares e impedir que tuviesen más hijos, los Egipcios los forzaron a cuidar de sus rebaños en el desierto. Para subyugar a sus esclavos Judíos y desmoralizarlos más aún, solían colocar sobre cada uno de ellos un arnés haciéndolos tirar de un arado en lugar del buey. También se las arreglaron como para sustraer los rebaños de los mismos Judíos. Los Egipcios sabían que los Judíos no tenían tiempo como para alcanzar la cuota de tareas diarias que les habían impuesto y menos aún para cuidar adecuadamente de sus propios rebaños, de modo que utilizaban eso como una excusa para sustraerles los animales. Fue por ésto que Dios les pagó a los Egipcios con la Plaga de la Pestilencia. Hay algunos que mantienen que la pestilencia apareció con cada una de las plagas. Donde fuere que los Egipcios tuviesen ganado, éste era atacado y moría. Esta plaga, a diferencia de las otras, cayó también sobre todo el ganado y los rebaños en un instante. Así estuviesen en sus propias tierras o en Goshen junto con los rebaños Judíos, el ganado Egipcio caía diezmado. Pero, una vez más, la propiedad de los Judíos no sufrió daño alguno. Si un Judío tenía todo su rebaño o incluso un sólo animal en lo de un Egipcio, este ganado no era tocado por la plaga. Y para demostrarle a los Egipcios que los Hijos de Israel serían salvados, hasta el ganado enfermo perteneciente a un Judío estuvo libre de la pestilencia. Dios dijo, “Que una pestilencia mortal y una plaga caigan sobre aquellos que quisieron borrar a toda una nación, una nación que gustosa daría su vida por Mí.” Aunque fue instantánea, esta plaga duró una semana. De modo que si un Egipcio quería volver a recuperar su ganado, todos los animales que compraba también caían víctimas de la plaga. Pero el Faraón volvió a endurecer su corazón y no liberó a los Judíos de su esclavitud.

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