Festejando
La historia de Pesaj, según jasidut de Breslov
Pesaj
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Historia IV

(selección extraída del libro “La Hagadá de Breslov” © Breslov Institute Research – www.breslov.org)

Cuando el Faraón emitió el decreto de muerte para los recién nacidos, Amram, líder de los Judíos en ese momento, decidió divorciarse de Iojeved, su esposa. Amram pensó que no tenía sentido alguno traer niños al mundo sólo para verlos asesinar al nacer. Y una vez que el líder se divorció, todos los Judíos siguieron su ejemplo divorciándose de sus esposas. La hija de Amram, Miriam, que tenía en ese entonces cinco años de edad recriminó duramente a su padre por este hecho, “¡Tu decreto es más duro que el del Faraón! Pues mientras su decreto sólo se aplica a los varones, ¡el tuyo va en contra de los varones y de las mujeres! El decreto del Faraón sólo afecta a este mundo, mientras que tu decreto afecta a este mundo y al próximo. (Sin nacer en este mundo es imposible alcanzar el Mundo que Viene; en cambio, una vez nacido, aunque sea asesinado o muera prematuramente, le es posible alcanzar el próximo mundo.) El Faraón emitió un decreto y puede o no ser llevado a cabo; pero, en cuanto a ti, siendo un Tzadik, ¡tu decreto debe ser cumplido!” Siendo el verdadero líder que era, Amram aceptó el reproche de su hija de cinco años y aceptó volver a casarse con Iojeved. Pero no sólo eso. Para que los demás Judíos siguiesen su ejemplo, Amram hizo anunciar públicamente su matrimonio, el cual se llevó a cabo con gran ceremonia y pompa. Luego de ello, todos los Judíos volvieron a casarse con sus esposas. Miriam, que era una profetisa, previó que ahora que sus padres volvían a estar juntos, tendrían un hijo destinado a liberar a los Judíos de su servidumbre. Desde el día en que Amram y Iojeved volvieron a casarse, los Egipcios comenzaron a contar los meses, esperando el nacimiento del niño para así poder matarlo. Pero Moshé nació en el primer día del séptimo mes del embarazo de Iojeved (el 7 de Adar del 2368). Esto le permitió a Iojeved mantener el secreto del nacimiento de su hijo, escondiéndolo durante tres meses. Fue al nacer Moshé que Amram y Iojeved supieron que su hijo estaba destinado a la grandeza pues toda la casa se llenó de una luz radiante.

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El 6 de Siván, cuando Moshé contaba tres meses de edad, su madre, Iojeved, lo colocó en un canasto hecho de juncos y lo depositó en el agua. Los astrólogos le informaron de inmediato al Faraón que el supuesto futuro líder de los Judíos había sido arrojado al Nilo y el decreto de ahogar a los niños fue derogado. Esto hizo que Amram cuestionase la validez de la profecía de su hija, de modo que Miriam corrió al río para ver qué suerte correría su hermano Moshé. En el ínterin, la hija del Faraón había decidido convertirse al Judaísmo. El mismo día en que Moshé fue puesto sobre las aguas, ella bajó al río para sumergirse en sus aguas, como en una Mikve y así purificarse de sus creencias paganas. Fue entonces que vio el canasto y quiso recuperarlo. Sus siervas se interpusieron e intentaron impedírselo, pero el ángel Gabriel descendió y las corrió. Aunque el canasto estaba a una distancia de 60 cúbitos (un cúbito son aproximadamente 50 cm.) del lugar donde ella estaba, otro milagro tuvo lugar de modo que su mano llegó hasta él. Al abrirlo, vio al niño y comprendió que era un niño Judío. De inmediato decidió que llevaría al niño a su casa y lo salvaría. Debido a que mostró compasión y estuvo dispuesta a llevar a su hogar, como si fuese su hijo, al futuro adversario de su padre, Dios llamó a la hija del Faraón con el nombre de Bat – IaH – “Mi Hija” – y le prometió que nunca experimentaría el gusto de la muerte. Batiah no logró amamantar al lloroso Moshé y tampoco pudieron hacerlo otras mujeres. Dios había dicho, “La boca que un día hablará con la Divina Presencia sólo debe tomar leche pura.” Miriam, que estaba observando todo ésto, se ofreció a traer un ama de leche que fuese Judía. Esta sugerencia fue del agrado de la hija del Faraón, de modo que Miriam trajo a Iojeved, la propia madre del niño para que lo alimentase. Y así Moshé estuvo con su madre durante veinticuatro meses, luego de lo cual ella lo llevó al palacio del Faraón, en donde creció. De modo que el mismo Faraón, el mayor enemigo de los Judíos, fue quien ayudó a criar a Moshé Rabeinu, la esperanza y salvación del Pueblo Judío. Vale notar que situaciones similares tuvieron lugar más de una vez en la historia Judía y que aún hoy continúan sucediendo. Aunque tenemos numerosos enemigos, muchas veces son ellos, sin desearlo, los que nos dan los medios de salvación. Y éste también será el caso en el futuro. Como se mencionó más arriba, Esaú e Ishmael rechazaron el Pacto de Abraham y se negaron a participar de los sufrimientos que ello implicaba. De modo que la carga cayó únicamente sobre Iaacov. Pero, debido a que él pagó la deuda y aceptó el Pacto, sólo Iaacov recibirá la recompensa, ¡una recompensa que será entregada por los mismos Esaú e Ishmael!

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La Torá nos dice que cuando Moshé era joven salía a caminar entre los Judíos. Viendo sus sufrimientos y los males que les infligían los Egipcios, Moshé trató de alivianar algo su carga. Le advirtió al Faraón que trabajar los siete días de la semana era demasiado y que los “esclavos” serían más eficientes en su producción si les fuese permitido un descanso. El Faraón estuvo de acuerdo en permitir que los Judíos se tomasen el Shabat. Además de ésto, Moshé logró una distribución equitativa de los trabajos, de modo que los más fuertes y capaces físicamente fuesen quienes llevasen las cargas más pesadas y que los más débiles recibieran las más livianas. Cierta vez, en una de sus caminatas, Moshé vio a un Egipcio que golpeaba sin misericordia a un Judío. Moshé pronunció el Nombre Inefable y el Egipcio murió. Escondió entonces el cuerpo en la arena. Aunque no se había percatado de ello, su acción había sido vista por dos malos Judíos, Datán y Aviram. Al día siguiente Moshé encontró a esos dos Judíos peleándose entre sí y uno de ellos estaba por golpear al otro. Moshé los reprendió. En respuesta, los dos malos Judíos fueron a ver al Faraón y testificaron que Moshé había dado muerte a un Egipcio. Moshé fue sentenciado a muerte por decapitación. Pero cuando su cuello fue alcanzado por la espada del verdugo, éste se volvió más duro que la piedra. Dios envió entonces a un ángel con el aspecto de Moshé que lo reemplazó en su cautiverio. Esto le permitió a Moshé huir de allí, luego de lo cual el ángel desapareció. Cuando el Faraón preguntó por el paradero de Moshé, sus sirvientes se quedaron sordos, mudos y ciegos, de modo que nadie pudo darle respuesta alguna. Mientras tanto, Moshé huyó a Etiopía donde habitó por muchos años. Luego se mudó a Midián, donde se casó con Tzipora, la hija de Ietró, el sheik de esa tierra.

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Salvación

Mientras Moshé estuvo en Midián, el Faraón fue atacado de lepra y sus médicos le recetaron bañarse diariamente en la sangre de los niños Judíos. El Faraón ordenó la matanza de ciento cincuenta niños cada mañana y otros ciento cincuenta por la noche y así sumergir su cuerpo en esa sangre. Mortificados por esa extrema crueldad, los Judíos comenzaron finalmente a suspirar y a clamar a Dios por Su salvación. Otros enseñan que el Faraón murió y que cuando todo Egipto, incluyendo los esclavos, asistieron al funeral, los Judíos tuvieron un pequeño respiro de su trabajo. Viendo a los Judíos seguir el sarcófago y llorar, los Egipcios pensaron que estaban lamentándose de la pérdida del Faraón. De hecho, los Judíos habían encontrado finalmente la oportunidad de llorar y clamar a Dios. Y éste fue el comienzo de su salvación. De acuerdo a la opinión de que ahora había un nuevo Faraón en el trono de Egipto, este clamar a Dios había sido generado por otro decreto emitido en contra de los Judíos. Para suprimir cualquier noción de que él sería más benévolo que su sucesor, el nuevo Faraón ordenó que todo Judío que no produjera su cuota, sería castigado haciendo que sus hijos fuesen colocados como piedras en las paredes que los Judíos estaban levantando. Los Egipcios esperaban que todos sus decretos terminasen por debilitar a los Judíos tanto física como moralmente y privarlos así de toda esperanza por el futuro. Cuando todos estos decretos fallaron, los Egipcios colocaron guardianes Judíos para que fuesen responsables de las cuotas de producción. La orden era que estos guardias castigasen a aquellos esclavos Judíos que no trabajaran de acuerdo a los deseos del Faraón. La intención de ésto era desmoralizar más aún a los Judíos haciéndolos participar de su propia destrucción, tal como los Nazis pusieron kapos Judíos para hacer la mayor parte de su trabajo sucio. Pero los guardias Judíos en Egipto se rehusaron a castigar a sus hermanos y ellos mismos fueron severamente golpeados cuando no se alcanzaban las cuotas. Por ésto fueron más tarde recompensados, llegando a ser los Ancianos y líderes de la nueva nación. Sin embargo, cuando se quejaron ante el Faraón por los castigos, éste decretó que una carga adicional cayese sobre los Judíos. Sin disminuir sus cuotas diarias, los esclavos Judíos debían ahora buscar la paja y los otros materiales para fabricar el mortero, pues las autoridades ya no se los facilitaban. Como resultado de este decreto, los Judíos y sus guardias Judíos no tuvieron forma de evitar el castigo diario que los Egipcios les infligían. Durante este período, algunos de los descendientes de la tribu de Efraím calcularon que los 400 años de exilio habían llegado a su fin y huyeron por la fuerza de Egipto. Su error estuvo en calcular el decreto del exilio desde el Brit bein HaBetarim y no 30 años después, desde el nacimiento de Itzjak. Su escape fue prematuro y todos fueron aniquilados por los Filisteos en su camino hacia Kanaán.

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Mientras tanto, Moshé cuidaba los rebaños de Ietró en Midián. Un día los llevó al Monte Sinaí y allí vio la Zarza Ardiente. Aunque el arbusto estaba en llamas, el fuego no lo consumía. Esto era un signo para decirle a Moshé que aunque los Judíos estaban sufriendo no serían destruidos. Fue entonces que se le apareció el Santo y le ordenó que descendiese a Egipto y redimiese a los Judíos. Dios le comunicó a Moshé que la promesa que El le hiciese a Abraham respecto a que “tus descendientes sufrirán el exilio y la opresión durante 400 años,” ya se había cumplido y que había llegado el momento de cumplir con la segunda parte de esta promesa: “Yo traeré juicio contra la nación que los esclavice y ellos saldrán entonces con gran riqueza.” Dios le dijo también que luego del Exodo, El daría la Torá en esa montaña, el Monte Sinaí. Moshé se veía indigno de tal misión e intentó evitar ser enviado. Dios le dijo que la razón por la cual los servidores del Faraón habían quedado ciegos, sordos y mudos no era más que para que él pudiese llevar a cabo esta misión. Moshé aceptó entonces la orden de Dios y descendió a Egipto. Allí reunió a los Ancianos de los Judíos y les informó sobre el Exodo que pronto sucedería. Los Judíos expresaron su fe en Dios y se colmaron de gratitud por Su promesa de poner fin a la esclavitud y servidumbre. Moshé y su hermano mayor, Aarón, fueron entonces hacia el palacio del Faraón; un lugar al cual no se le permitía entrar a ningún Judío. Al ingresar al gran recinto en donde se encontraba el Faraón sentado en su trono, éste los miró con estupor. Ambos eran de talla elevada, erguidos y majestuosos en su apariencia. De inmediato el Faraón les lanzó sus leones, pero Moshé los domó antes que pudiesen llevar a cabo la orden de su amo. Esto impresionó al Faraón quien quiso saber el motivo de su visita. Moshé Rabeinu declaró que había venido en Nombre de Dios a pedirle al Faraón que libere a los Judíos de su esclavitud. En esa época, el Faraón era el gobernante más poderoso del mundo y Egipto el país más fuerte. Sus murallas y fortificaciones eran tales que ningún esclavo hubiera podido jamás huir de allí. Cuando Moshé, en Nombre de Dios, le pidió que liberase a los Judíos, el Faraón se rió de él. El Faraón se consideraba a sí mismo una deidad y se vanagloriaba de no haber escuchado nunca hablar del Dios Judío. Con ira expulsó a Moshé y a Aarón de su palacio, declarando que nunca liberaría a los Judíos de bajo su mano. Fue en ese momento que ordenó su cuarto decreto: utilizar a los niños Judíos como ladrillos y hacer que los Judíos obtuviesen sus propios materiales. Moshé sintió ira por el rechazo del Faraón y se quejó a Dios por haberlo enviado en una misión inútil. Haber estado frente al Faraón sólo trajo como resultado empeorar las cosas para sus hermanos. La respuesta de Dios fue que Moshé vería ahora los milagros y maravillas que El estaba por realizar. No sólo los Egipcios dejarían a los Judíos en libertad sino que los empujarían a irse.

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