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Hishtadlut – Esfuerzo

Extraido de Y nada me faltara. Ezriel Tauber

Hishtadlut significa esfuerzo. Es un principio de la Torá. Implica que debemos esforzarnos en llevar a cabo todo lo que esté en nuestras manos, a pesar de que Dios controla todo, desde el principio hasta los resultados. Si uno está enfermo, hay que acudir al médico; si uno tiene una familia, hay que encontrar una fuente de ingresos.

El principio de hishtadlut no niega el hecho de que Dios controla todo. Simplemente está basado en el entendimiento de que Dios creó un mundo con lógica y orden. Por ejemplo, si tomamos medicina, nos aliviamos. Si trabajamos, ganamos dinero. Existe un orden natural de causa y efecto y, por tanto, de predicción. Dios creó al mundo de tal forma que podamos aprender a utilizarlo nosotros mismos y, así, compartir con Dios mismo el desarrollo del mundo. Sin embargo, realmente no existe tal causa y efecto; solamente Dios. De hecho, en ocasiones Dios intercambia las leyes naturales de causa y efecto para enseñarnos cuán limitados somos y nos demos cuenta de que nadie más que Dios determina si algo sucede o no.

Hishtadlut es la responsabilidad y la oportunidad que Dios nos da para que formemos parte del desarrollo del mundo. No es una contradicción que las aparentes leyes de causa y efecto fueran creadas y se mantengan únicamente porque Dios decide mantenerlas.

Ahora, dado que Dios es el verdadero operador detrás de todos los acontecimientos, hishtadlut puede tomar muchas formas. Quizá signifique poner una cantidad tremenda de esfuerzo o tal vez se necesite un esfuerzo mínimo. Ante los “ojos” de Dios, los actos pequeños pueden ser actos grandísimos, y viceversa, los actos grandes pueden ser realmente diminutos.

Hace poco tiempo, por ejemplo, me llamó por teléfono un rabino de la comunidad. Me explicó que acababa de recibir la llamada de un joven que estaba estudiando Torá en Jerusalén. Era martes. El joven, como me explicó el rabino, tenía una hermana que estaba a punto de casarse con un gentil el domingo siguiente. El joven explicó al rabino que había intentado todo para evitarlo; le escribió, le habló, intentó todo y nada había funcionado. El rabino quería pasarme la responsabilidad. Le pregunté qué esperaba de mí; faltaban sólo unos días para la boda; muchos habían tratado de disuadirla y ella se mantenía firme.

Era mediodía y yo tenía una cita esa misma noche. Sin embargo, apunté el número de teléfono de la familia, ya que si esta llamada me había llegado era por algo. Supuse que, por lo menos, debía hacer un mínimo esfuerzo en ese problema; después de todo, yo no lo había buscado, él me había buscado a mí.
Tomé el teléfono y, nervioso, marqué el número que me habían dado. Por suerte, la mamá contestó. Le dije que sabía que su hija estaba por casarse el domingo siguiente y que su hijo había contactado a alguien que, a su vez, me había pedido que tratara de evitar el matrimonio.

“Rabino”, me dijo con voz exasperada, “hice lo que pude. Me rindo. Si quiere hablar con mi hija, adelante, pero yo ya no me meto en su vida”. Si quiere, mi hija va a llegar a las siete de la noche. No puedo garantizarle que acepte hablar con usted, pero si usted llama, yo le paso la llamada.”
Colgué el teléfono algo confundido. Estaba cansado y no sabía qué esperaba exactamente Dios de mí. Sin embargo, sabía que, si la llamada había llegado a mí, algo podía hacer. Esa tarde regresé a casa temprano y le pedí a mi esposa que me preparara algo especial de comer, ya que iba a necesitar un poco de energía extra. Después de todo, quién sabe cuánto duraría la conversación con esa joven. Tomé una siesta de mas o menos una hora para estar descansado, cené y me preparé para lo que parecía una larga y difícil noche.

Exactamente a las siete de la noche tomé el teléfono y marqué el número. La madre me contestó y me dijo: “¡Oh, rabino!, sus rezos han sido escuchados por Dios. Mi hija va rumbo al aeropuerto para tomar el próximo avión hacia Israel. La boda se canceló”.
Mientras tanto pensé: “¿Mis rezos fueron respondidos? Lo único que hice fue comer y dormir”.
Le pregunté por qué su hija había cambiado de opinión. La madre me dijo que el cartero había traído una carta del hermano de la muchacha esa tarde, que la había hecho decidir viajar a Israel.
Por cierto, más o menos diez días después de la llamada fui a Israel y encontré a este muchacho acompañando a una chica en la calle en la calle. Le pregunté si ella era su hermana y me contesto que sí. Entonces dije a ella: “Gracias por mi comida y mi siesta”.

Reflexionando sobre este incidente, me di cuenta de la influencia de Dios en cada aspecto de nuestras vidas. Lo último que quería ese día era hacer esa llamada; la hice porque estaba completamente seguro de que si había llegado a mí era por alguna razón. Es decir, estaba obligado a hacer algo respecto a esa situación. Me reclutaron. No sabía exactamente qué clase de hishtadlut tenía que hacer, pero sí que debía invertir algo de mí mismo. En este caso, mi hishtadlut consistió en prepararme comiendo y durmiendo. Al estar Dios completamente detrás de todo, de todas maneras a veces requiere se un simple reconocimiento de nuestra parte para estar conscientes de que todo depende de él. Bajo otras circunstancias, un hishtadlut requerirá un poco más de trabajo. El hishtadlut de cada persona puede tomar muchas formas.

-Rabino, Norman preguntó hace poco específicamente acerca de trabajar para vivir -dijo Shemuel-. Sé que toda la gente se pregunta esto, pero, ¿cuál es el mejor balance entre bitajón (confianza) e hishtadlut respecto a trabajar para poder vivir? ¿Cuánto hishtadlut debemos poner?

-Toda la gente se hace esta pregunta porque realmente no hay una respuesta definida; para cada persona y cada situación la respuesta es diferente
-contestó el rabino.

-¿Por lo menos hay alguna regla general que sea conveniente seguir? -preguntó Shemuel.

-Usualmente cada situación particular nos indica cuánto hishtadlut tiene uno que poner. Si la situación es salir de la ciudad para trabajar, seguramente hay que hacerlo; si la situación es hacer muchas llamadas telefónicas para cerrar algún trato, entonces hay que hacer llamadas; si la situación es entrenarse para conseguir un buen trabajo, hay que hacerlo. Generalmente hay que seguir la norma.

-Vayamos al punto -dijo Shemuel-. Si trabajo más horas, ¿ganaré más dinero?

-Por supuesto que no. Los ingresos anuales de cada persona, la comodidad o las molestias con las que va a vivir, se deciden en Rosh HaShaná. Los ingresos no tienen relación con el hishtadlut. Si se decretó que una persona tiene que vivir en la pobreza, ningún trabajo podrá cambiar ese decreto.

Eso me recuerda una pequeña anécdota sobre Rabí Abraham Ibn Ezrá. El Ibn Ezrá vivió en la pobreza toda su vida; nunca tuvo éxito en lo relacionado con el dinero. Llegó a tal punto su estado económico que en una ocasión dijo al Rambam (Maimónides) que si él, Abraham Ibn Ezrá, entrara al negocio de mortajas la gente dejaría de morir.
“Estás equivocado”, contestó el Rambam con su incomparable agilidad mental. “Si entraras al negocio de las mortajas, la gente pediría no ser enterrada con mortaja.”

A pesar de que el nivel de bitajón de cada persona varía mucho y estamos obligados a hacer algún tipo de hishtadlut, con trabajo o sin trabajo el resultado final no cambia. Todo viene de Dios.

-Nunca entendí eso bien -dijo Shemuel-.

-¿Significa que si no pongo nada de hishtadlut, de todas maneras tendré el mismo ingreso?

-Sí. Por supuesto, no debes tratar de pasarte de listo con Dios. Si decides dejar de trabajar, Dios decidirá probarte al hacerte perder toda tu fortuna para ver si te admites responsable o lo haces a él responsable.

Ezriel Tauber

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