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Halajá: la ley imprescindible

por Shaina S. Handelman

“Reb Leib, el hijo de Sará, el tzadik oculto que deambuló por la tierra, siguiendo el curso de ríos a fin de redimir las almas de los vivos y de los muertos, dijo esto: `No fui al Maguid –el Predicador de Mezritch, principal discípulo y sucesor del Baal Shem Tov— a fin de oír Torá de él, sino para ver cómo desataba sus zapatos y los volvía a atar nuevamente'”.
Así corre la conocida historia jasídica, algo rara y extraña para nuestros oídos. ¿Qué podría aprender un gran tzadik, uno se pregunta, de la manera en que otro ata sus zapatos, y por qué concentrarse en semejantes trivialidades del todo?

De hecho, el judío moderno tiende a formular la misma pregunta acerca de gran parte del cuerpo de la ley judía transmitido a nosotros en el Shulján Aruj y otros códigos, o sea, sobre la halajá en general. O quizás debiéramos decir mejor la halajá en sus “detalles”: ¿qué se puede aprender de ella, y por qué concentrarse en semejantes trivialidades del todo? Esa masa de prescripciones enojosamente detallistas que cubre las páginas del Shulján Aruj es uno de los más grandes obstáculos para el judío moderno en busca de sí mismo. Sus leyes parecen imposibles, extremas. Aquí hay directivas acerca de cuestiones tales como qué zapato ponerse primero, cuándo lavarse las manos, qué vestir y cuánto del cuerpo debe cubrirse, cuándo no tocar al propio cónyuge, cómo dormir, comer, beber ?? ¡hasta cómo salir de cuerpo! Y quién habla ya de las complicadas directivas en cuanto a la observancia apropiada de las Festividades, la plegaria, los litigios, etc.

Sin embargo, dice el Talmud: “Desde que se destruyó el Gran Templo, Di-s no tiene lugar excepto los cuatro cúbitos de la halajá“. ¿A qué clase de Di-s, uno se pregunta, le importan los cordones de los zapatos? Nadie discutirá la necesidad de fortalecer la “identidad” judía, su “cultura”, sus “valores”; pero que necesitemos fortalecernos ateniéndonos a la ley judía, en todos sus pegajosos pormenores, es otra cosa. Qué importa si uno conduce su automóvil en Shabat para ir a la sinagoga en tanto llegue allí, o qué zapato se pone primero, y así sucesivamente. Justicia, moralidad, ser una buena persona, apoyar a Israel — estos son los verdaderos componentes del judaísmo. Shabat, kashrut, quizás incluso la mikvé (el Baño Ritual) crean un bonito “estilo de vida”; pero no vayamos demasiado lejos; no seamos irracionales, fanáticos; y sobre todo, no lo llamemos “ley”.

Muchas Facciones Han Rechazado la Halajá

La validez de la halajá es, de hecho, uno de los puntos principales de controversia para la judería moderna. La disociación de la halajá del resto de la Torá, por supuesto, no comenzó hace poco. Ni siquiera con los pensadores judíos del Iluminismo, aquellos precursores de los teólogos liberales-humanistas de los últimos cien años que ayudaron a crear las diversas facciones del judaísmo moderno. Estuvieron también, por supuesto, los Karaítas en el Siglo IX, quienes desde cierta perspectiva fueron bastante “modernos”: en esencia, sintieron que la Torá Escrita, o sea la Biblia, era perfectamente aceptable; pero la Torá Oral, aquella masa de intrincada interpretación, discusión, y prescripción Rabínica, se había desviado del punto y podría ser dispensada. Y antes de ellos, los judíos helenistas. Pues para los griegos, la Torá no era ni hermosa ni racional; sus directivas de conducta eran extrañas y tortuosamente legalistas.

Para los cristianos, la halajá fue (y todavía es) un anatema. La “letra” de la ley fue enterrada frente a su “espíritu”, con Pablo argumentando que, de hecho, la ley era la fuente misma del pecado. En lugar de seguir a la halajá, sólo se necesitaba “creer”, sentir, y renacer en espíritu, no seguir la disciplina de una ley pesada, sino las iluminaciones del corazón interior de uno. Y no pasó mucho tiempo antes de que el reformador grupo de judíos asociado a Jesús se separara completamente del judaísmo, llevando consigo algunos conceptos judíos fundamentales, pero adaptándolos muy exitosamente a la filosofía y cultura del mundo pagano hasta que el elemento judaico se convirtió en una cáscara vacía, llena de creencias antijudías.

Todo esto es lo mismo que decir: cuando el judaísmo es separado de la halajá, cuando la flor es arrancada del tallo, podría continuar olorosa y linda, pero no por mucho tiempo.
¿Cuán inevitable es el proceso? ¿Es también el destino de los movimientos reformistas, que tanto han influido sobre el judaísmo contemporáneo en los últimos dos siglos, verse sutil e inconscientemente transformados en pocos más que reflejos del helenismo y paganismo en su disfraz moderno? ¿No hemos, con el rechazo a la halajá, también helenizado y cristianizado inconscientemente esas muy “esenciales raíces” que buscamos, aborreciendo la letra por el espíritu? Con todo buscamos un “estilo de vida” judío, una “identidad” judía. ¿Cómo puede tener la halajá algo que ver con esto?

La Halajá Une Lo Espiritual Con Lo Mundano

De hecho, el término popular, “estilo de vida”, si lo estiramos una pizca, podría servir como una ásperamente precisa traducción de la palabra hebrea para “halajá”, que como bien se sabe proviene de la raíz haloj, que significa “caminar”. La palabra no denota específicamente “ley” (en hebreo, din o mishpat), sino “senda”, la “manera de caminar”, la manera de modelar la propia vida.

Pero hay más. Estilo no es siempre sinónimo de substancia. Hay un profundo saber en el cliché popular, “estilo de vida”: buscamos desesperadamente un estilo de vida porque carecemos de substancia de vida. Estilo de vida puede llegar a ser un substituto del contenido. Y así tratamos de seleccionar y escoger, amalgamar y desechar, imitar y absorber trozos y pedazos de las vidas de otros pueblos, culturas, religiones, filosofías, políticas, pugnando por coser algún emparche de ideas para vestir nuestra desnudez. Como la era que dio origen al cristianismo, la nuestra es una de gran sincretismo religioso.

Pero la halajá es algo más que estilo; aunque tiene su propio mecanismo interior para tratar los efectos de los cambios temporales, culturales y geográficos, la esencia de la halajá no cambia. Precisamente porque la esencia de la halajá es la unidad de las acciones concretas que prescribe, con la base “teórica o conceptual” de la Torá. La halajá es aquello que une los aspectos más “espirituales” del judaísmo con los detalles más mundanos y físicos de la vida. Es aquella expresión religiosa única que, superponiéndose a los límites de otros conceptos no-judíos de “espiritualidad”, de algún modo es capaz de conectar a Di-s… con cómo uno se ata los cordones del zapato. Ser bueno, ético, espiritual, etc., está vinculado de algún modo, insiste la halajá, con la manera en que comemos, nos vestimos, cocinamos, dormimos, guardamos el Shabat, y así sucesivamente. ¿Por qué?
Porque en esencia, la Torá enseña que nada, literalmente nada, es trivial para el judío; que no hay absolutamente ningún aspecto de la propia vida que es insignificante; ninguna acción, palabra, pensamiento con el que uno puede permitirse permanecer insensible. No hay aspecto o momento de la vida en que el judío no busca elevar, santificar y permear, de judeidad. A ello se debe que en el judaísmo, alma y cuerpo, idea y acción, lo más metafísico y los planos más mundanos, no están separados, como es el caso de la cultura greco-cristiana. Y la halajá es esta mismísima unidad de estilo y substancia, alma y cuerpo, espíritu y letra, vida cotidiana y lo Divino. Tenemos un Di-s que “Se entromete”.

La Halajá No Debería Modernizarse

Es precisamente en el detalle que uno encuentra la totalidad o, para usar una terminología más filosófica, sólo mediante el particular uno alcanza lo universal; lo concreto y lo abstracto no pueden separarse. Es precisamente en los aparentemente pequeños detalles, en las insignificancias, en las halajot concretas, donde se encuentra expresada la esencia de la Torá.
Este concepto es realmente muy contemporáneo. La ciencia del Siglo XX nos enseña la misma lección: el secreto de la naturaleza, el máximo poder y la fortaleza definitiva del universo yace no en algún lugar de la vasta extensión cósmica, sino dentro del infinitamente pequeño mundo del átomo. La fuerza explosiva más grande proviene de una reacción altamente controlada que usa los componentes nucleares más diminutos.
Quienes estén familiarizados con la Cabalá reconocerán que el mismo término, tzimtzúm, que significa “contracción, condensación”, es central en el pensamiento místico judío. La idea es que Di-s, para decirlo de alguna manera, Se contrajo para hacer un espacio para el universo, y que condensó Su pensamiento y voluntad mediante innumerables contracciones en las palabras y letras físicas de la Torá.

La halajá, para el místico, es la altamente condensada sabiduría de Di-s, inseparable de la más abstracta especulación metafísica. Lo que por lo tanto explica por qué el mismo recopilador y editor del Shulján Aruj no fue otro que el gran místico y cabalista del círculo de Safed, Rabí Iosef Caro.
Y Caro no estuvo solo; nuestros más grandes místicos especulativos también fueron nuestros más grandes halajistas. Esta combinación de ley y misticismo es peculiar al judaísmo. Los más espiritualmente sensibles de nuestra tradición fueron también los más atentos al detalle de la halajá, pues la halajá es el cuerpo, la expresión concreta del alma de la Torá. Quienes alcanzaron los más altos niveles no buscaron abolir, alterar, o “modernizar”, la halajá, sino reforzarla.
Con todo, la convocatoria de la judería americana fue “modernizar” la halajá, ajustarla a las normas de la cultura predominante, hasta que, gradualmente, la halajá no ha hecho más que desaparecer y ser una cuestión de cada cual para sí mismo. Cada cual debe decidir por sí mismo, según su propia “luz interior”, qué es correcto, qué es incorrecto, qué comportamiento es impropio o apropiado, qué está bien y qué está mal.
Cuán protestantes nos hemos vuelto.
Corta la flor del tallo y no puede durar demasiado tiempo. Se marchita y muere.
Nos queda alguna abstracta, ineficaz espiritualidad o vago monoteísmo ético, y hemos creado en América un judaísmo que no tiene cuerpo, sin contenido, un estilo sin substancia que ha alienado judíos a mansalva.

Debemos Buscar Significado en la Halajá

¿Puede ser atractiva la halajá hoy? Sí, porque es la muy concreta expresión, el suelo y basamento pétreo mismo de la “identidad” judía, la “cultura” judía, los “valores” judíos, y todas las demás palabras abstractas que no existen en la Biblia — porque la palabra “Torá”, que significa “enseñanza, instrucción”, incluye y aúna de manera indisoluble la “religión”, la “ética” y la “política” entre sí y con la manera en que uno ata sus zapatos. No se los puede separar; separa la halajá de la Torá, la acción judía del pensamiento judío, y has separado al judío del judaísmo.
Ciertamente, algunas halajot no son congruentes con algunos estilos contemporáneos de pensamiento y comportamiento. Eso, sin embargo, no es necesariamente razón para desecharlas inmediatamente y racionalizar un judaísmo al que nos adherimos sólo cuando nos resulta cómodo de observar. ¿No deberíamos nosotros, de todos los pueblos, ser de lo más escépticos en cuanto a los estilos y las manías conceptuales de la cultura moderna? ¿No hemos sufridos nosotros en este siglo principalmente de la mano de aquellos que eran los más avanzados cultural y tecnológicamente? ¿No nos falló miserablemente “el humanismo liberal”? ¿No parece que comenzara a fracasarnos nuevamente?

En vez de arrojar a lo lejos la halajá, busquemos su significado más profundo, su conexión intrincada e indisoluble con esos aspectos de judaísmo incuestionablemente significativos para nosotros y el mundo.
Pero indaguemos con ojos judíos, no con los ojos del griego que busca sólo la belleza superficial, la armonía, y la proporción racional. O con los ojos del cristiano que menosprecia este mundo mundano de carne y busca su salvación en un plano puramente abstracto, espiritual.
Pues encontraremos en la halajá aquello que al cristiano le es trivial e “inespiritual”, y aquello que al griego le es inhermoso y no-racional. La Torá no trata solamente con los elementos hermosos, espirituales y racionales de nosotros mismos, ignorando el resto, sino también (y quizás eso sea lo más importante) con aquello que no es hermoso ni racional, y lo que es espiritualmente intratable: con nuestro comportamiento físico en el mundo de nuestra vida cotidiana, hasta el último detalle.

Pues si uno no presta atención cuidadosa a esos aspectos del comportamiento humano que son no-racionales, ellos pueden fácilmente convertirse en salvajes, destructivamente irracionales, en lugar de ser la guía que nos conduzca mucho más allá de los límites de la razón.
Incluso quien está preocupado por la belleza, la proporción y la estética, nos dirá que los detalles son importantes. El artista, sobre todo, sabe que una línea incorrecta, un ángulo torpe, fuera de color, puede destruir la pintura; el poeta se atormenta sobre la palabra exacta. La belleza judía, sin embargo, no es personificada en yeso, pintura y poesía, sino en actos, acciones físicas –el más diminuto, el más mundano– sobre los que el judío se atormenta y reflexiona tan hondamente como lo hace el artista sobre su composición. La meditación acerca de la manera apropiada para atarse los zapatos se combina con la meditación acerca de los secretos de la Creación, el Shulján Aruj con la Cabalá.
Al ir al tzadik para aprender cómo ata sus zapatos, uno lo aprende todo.
Pues la vida del judío, su manera de “caminar”, los detalles específicos de la halajá, constituyen la esencia de su talento, su máxima obra de arte.

(extraído de Jabad Magazine, www.jabad.org.ar).

 

Shaina S. Handelman

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