Conectándose
Comer como vínculo
Crecimiento Espiritual
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Hacia una Dieta Equilibrada

Los judíos tenemos un régimen de alimentación muy estricto. Esto lo sabe toda persona que cumple con los preceptos del Cashrut como así también todo aquel que está en la producción de alimentos y provee a una clientela judía aunque él mismo no observe estas leyes. Los estatutos de lo que es el casher surgen de la lectura de la Parshá de esta semana, más una cantidad de decretos rabínicos posteriores. Es muy posible que la mayoría de la gente que observa las leyes del Cashrut no conozca a fondo el porqué de todas estas legislaciones, lo cual no quita de la hazaña y heroicidad de nuestro pueblo quien le ha sido fiel durante todos estos siglos y milenios al observar las mismas aun en situaciones extremas de indigencia y persecución.

Así como ocurre en todos los demás preceptos de la Torá ningún ser humano conoce todas las razones concebidas por Quien tiene una sabiduría perfecta y en su omnisciencia sabe absolutamente todo. Basta con decir que la mayoría de quienes intentaron justificar su falta de cumplimiento del Cashrut racionalizando su actitud con distintos pretextos, siguen sin cumplir las leyes aun cuando sus excusas demuestran no ser correctas. El Casher no es más caro en el 95% de la canasta familiar que el no-casher (en parte gracias a la publicación de la guía de Casher) y los lugares de expendio y elaboración de alimentos casher son al menos tan higiénicos, si no más, que su pares no-casher.

Lo importante, entonces, es que nuestro pueblo se aferró a estos preceptos en el contexto de su observancia de la Torá y la alimentación casher le dio y le sigue dando una identificación especial cada vez que hace sus compras, que cocina y que se sienta a comer. Y comer, bueno, lo hacemos varias veces por día. (Algunos extremistas comen una sola vez por día – comienzan a la mañana y terminan a la noche).

De todos modos, sepamos que algunos Sabios explican que la Torá nos vedó el consumo de ciertos animales por la naturaleza de ellos y porque el contacto fluido con esas características influiría nocivamente sobre nosotros. A su vez, sostienen otros, dado que el cuerpo humano contiene al alma, la ingestión de alimentos prohibidos afecta negativamente a la pureza del alma. Por tal razón, se debe cuidar a los niños aun en su temprana edad, cuando aún no están obligados a observar las Mitzvot, para que no se les alimente con comidas no-casher, pues el efecto es dañino al crecimiento espiritual de la criatura.

La limitación que presenta la observancia del Cashrut, asimismo, nos ayuda a purificar nuestra disposición hacia la necesidad de alimentarnos, por un lado, y el deseo de satisfacer nuestros deseos animalísticos, por el otro. Esto se suma al hecho que no todos los horarios (antes de la Tefilá) o los lugares (en el baño y afines) son aptos para comer, que aun los alimentos casher no se pueden consumir en forma indiscriminada uno después o junto al otro (como p.ej. la carne y la leche) y que antes y después de comer debemos recitar las bendiciones correspondientes. No es fácil perfeccionar nuestros instintos y elevarnos. Las leyes de Cashrut nos ayudan en esta complicada tarea. Recordemos que el primer mandato que D”s le exigió a Adam y Javá estuvo relacionado con el consumo de los frutos de determinado árbol.

A esta altura, es importante señalar algunos conceptos errados que algunas personas tienen acerca de su propio judaísmo. En primer lugar, comer no tiene ninguna connotación negativa y abstenerse de comer, no es una virtud. Todo judío tiene el deber de alimentarse bien, en lo posible. Tampoco es un pecado gozar de la comida. Los judíos bendecimos por la variedad de frutas prefiriendo y adelantando la bendición más específica de una fruta (Ha’etz– del árbol)) por la más genérica (Ha’adamá- de la tierra) de la otra. El poder disfrutar de una fruta nueva al llegar la nueva estación, aun por las diferentes variedades dentro de una misma especie, es, a su vez, motivo de la bendición de Shehejeianu (“que nos permitió vivir y llegar a este momento”). No sólo hay bendiciones para la ingestión de comidas, sino que el goce de los aromas de las flores y de ciertas frutas suscita la invocación de una Brajá.

En segundo lugar, las leyes de Cashrut no se reducen ni se asemejan a cuestiones de salud. Si así fuera, la prohibición se extendería a las demás naciones y no sería una cuestión netamente judía. De hecho, los demás seres humanos consumen todo lo que nos está prohibido y gozan de no menor “buena salud”. Restringir las leyes de la Torá a cuestiones coyunturales de alguna época, fue el pretexto de muchos para no obedecerla. De allí surge la relación que trataron de inventar entre la prohibición de la carne del cerdo con la enfermedad de la triquinosis. No hay peor desprecio a la Eternidad de la Torá (uno de los fundamentos de nuestra ley), que quitarle su vigencia y actualidad permanente.

Lo que nos queda tratar en este fascículo, sería estudiar nuestra posición al observar estas leyes en una sociedad que no tiene un aprecio especial por ellas. ¿Qué sentimos cuando nos traen la vianda distinta y especial, el famoso “kosher meal” en el avión, mientras los vecinos pasajeros – por ignorancia, aburrimiento, envidia o simple curiosidad – nos miran? ¿Nos molesta la posible falta de aprobación de los otros? ¿Sentimos vergüenza? ¿Por qué?

Y qué sucede si un correligionario nuestro celebra su fiesta de lo que sea (en buen hora) y elige un servicio no-casher, pero, para acomodar a sus parientes, “amigos”, socios, etc. les sirve esas cajitas con viandas de comida casher “tipo avión”… – ¿debemos convalidar con nuestra presencia y aceptada auto-discriminación recibiendo y consintiendo a la comida de los “muy-religiosos”, el hecho que públicamente y lastimosamente, cientos de judíos consuman comida no-casher? Sin obligar a nadie a que haga lo que no cree, ¿somos los que cumplimos con la ley una especie de extraterrestres?

Volviendo a casa y a la educación de nuestros hijos. Cómo hablamos de la comida que nos está prohibida? ¿Explicamos que los alfajores no-casher son muy, pero muy ricos, pero que no los comemos porque D”s los prohibió, o los tildamos de “horrible”, “repugnante” y “repulsiva” para quitarles las ganas y la tentación de comerlos? Por un lado, la Torá misma se refiere a las especies prohibidas con términos no muy elogiosos. El uso de este léxico incluso puede ayudar a sentirnos un poco más distanciados de ciertos alimentos que la industria moderna ha sabido disfrazar con envases más que atractivos para aumentar el caudal de su venta. Por otro, es muy probable que el niño alguna vez “peque” y se entere que la comida no-casher también puede ser muy sabrosa y que todos los epítetos eran un simple engaño…

Y… ¿cómo respondemos cuando amistades nos ofrecen alguna golosina no-casher? ¿Respondemos con la verdad, revelando que no los comemos porque la Torá nos lo prohibe, fingimos una inesperada pero oportuna descompostura (para no ofender) o nos escondemos detrás de una falta de apetito o detrás de una recién adoptada dieta médica o régimen para adelgazar?

Por último, ¿cuál es nuestra actitud hacia el Cashrut en general? (Obviamente me refiero a aquellos que sí lo acatamos). Nos consideramos más “expertos” que en otras áreas? ¿Cuestionamos en nuestra ignorancia: “¡qué puede tener un alfajor!”(aparte de grasa vacuna), etc. ¿Tenemos una somera idea de lo que son los “saborizantes, emulsionantes, colores permitidos” que figuran en el rótulo? ¿Tomamos conciencia, aunque no nos guste, de que consumir un pequeño insecto en la lechuga, acelga o en una nuez, está tan prohibido como comer un cerdo enorme? A su vez, ¿nos quejamos incesantemente por el precio más elevado de la carne casher, clamor – quizás algo justificado – pero que no lo hacemos extensivo a otras compras menos importantes?

Tenemos la suerte que el tema casher ha tenido una mayor difusión en los últimos años permitiéndonos una vida algo más fácil que la que tenían nuestros padres hace treinta años cuando las cosas eran menos accesibles. Quizás justamente- debido a eso, tengamos el deber de ser aun más escrupulosos en su observancia y transmitir su importancia a nuestros seres más cercanos y queridos, para que también participen de esta dieta tan judía.

Rab Daniel Oppenheimer

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