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Había un motivo

Un Judío de la alta Galilea perdió su propiedad y se quedó sin dinero. Se sentía muy avergonzado para pedir limosna y fue al sur esperando mejorar su suerte. Se empleó como obrero para un campesino muy adinerado a cambio de un sueldo bajo. Sin embargo, éste trabajaba concienzudamente desde la mañana hasta la noche y hacía cualquier tarea que le pedían tan eficientemente como podía.
Su amo estaba muy satisfecho con él y lo alababa con frecuencia. Transcurrieron tres años. Ahora ya se había acumulado una suma de dinero considerable a favor del obrero y éste sintió que era momento de regresar a su hogar. ¡No había visto a su familia durante tres años! Esperó que termine Rosh HaShaná (año nuevo judío) y se acercó a su amo para reclamarle su sueldo.
“Te debo el sueldo de tres años, pero no tengo dinero para pagarte,” le dijo el amo.
El trabajador no pronunció ni una palabra de protesta, pero preguntó, “Si no tiene dinero, ¿podría darme productos a cambio de mi trabajo?”
“No tengo productos para darte,” contestó el amo, aunque ambos sabían muy bien que los huertos estaban llenos de frutas maduras.
“Entonces deme una parcela de tierra por el valor de mi sueldo.”
“No tengo tierras.”
“Estoy dispuesto a aceptar animales. Deme ovejas y ganado.”
“No tengo animales.”
Insistente, el trabajador dijo: “Usted tiene ropa de cama en la casa. Deme un poco de esa ropa.”
“No tengo ropa de cama para darte,” comentó el amo.
El Galileo miró a su alrededor y vio que todo estaba en su lugar, como siempre. No había señales de pobreza repentina o desgracia. Pero no dijo ninguna palabra. Habiendo resuelto regresar a su casa, se despidió de su amo y partió.
No tenía otra alternativa más que pedir dinero prestado para prepararse para Sucot (festividad de las cabañas). Sin embargo, celebró la Festividad con alegría.
Cuando terminó la Festividad, un invitado inesperado llegó a su casa: su patrón anterior. Estaba conduciendo tres burros cargados con comida, vino y otras cosas buenas que le traía de regalo.
El trabajador lo saludó afectuosamente y preparó una comida muy abundante en su honor.
Luego de comer, el visitante sacó una bolsa llena de monedas y se las entregó al trabajador sorprendido.
“Todo lo que traje es una muestra de reconocimiento por tu dedicación y gran devoción. Aquí tienes tu sueldo correspondiente a tres años de trabajo. No falta ni un centavo.”
El trabajador le agradeció sinceramente su amabilidad.
“Dime, buen hombre,” le dijo el patrón, “¿acaso tú no viste que no me empobrecí repentinamente, ni me endeudé? ¿Pensaste que estaba evadiendo mi obligación hacia ti?”
“No,” dijo el trabajador, “Yo pensé que usted se debía haber topado con una buena compra e invirtió todo su dinero disponible en ella.”
“Y cuando te dije que no tenía ganado para darte, ¿qué pensaste?”
“Pensé que tal vez usted había alquilado los animales y todavía no se los habían devuelto.”
“¿Y qué pensaste cuando te dije que no tenía tierras para darte?”
“Pensé que quizás usted había arrendado las tierras a aparceros y conforme a la ley no eran suyas,” respondió el trabajador.
“Cuando te dije que no tenía frutas- ¡entonces habrás sospechado que yo realmente te estaba mintiendo y engañando!” dijo el amo.
“Para nada. Me imaginé que tal vez usted no había separado el maaser (diezmo) de las frutas todavía y por eso no se puede comerlas.”
“Y cuando me negué a darte ropa de cama- ¿Qué pensaste en ese momento? ¿Acaso no creíste que te estaba eludiendo al ofrecerte excusas frívolas?”
“En ese momento, tampoco desconfié de usted. Pensé que tal vez usted había consagrado todas sus pertenencias al Beit Hamikdash (Templo Sagrado de Jerusalem) y que en realidad no era dueño ni siquiera de su propia ropa de cama.”
“¡Yo declaro!” dijo el rico, asombrado. “¡Tú tenías razón! Efectivamente consagré toda mi propiedad al tesoro del Beit Hamikdash, ya que no quería que mi hijo Horkenus la herede. Pero luego me arrepentí y fui a ver a los Sabios quienes me absolvieron de mi promesa.
“¡Al igual que tú me juzgaste favorablemente, ojalá que del Cielo te juzguen favorablemente!” dijo desde lo más profundo de su corazón.

extraído de Relatos del Talmud, © Ed. Benei Sholem

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