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Fieles al Rey

Se cuenta que una vez una persona quiso hacer algo que estaba prohibido por la Torá. Y esta persona alegaba que esto que pretendía hacer estaba permitido, pues traería un gran beneficio para todos los Iehudím.
Se acercó con él Rabí Israel Salanter y le dio un ejemplo: Un rey designó a uno de sus ministros como su emisario en un determinado país. Antes de enviarlo, le advirtió:
“Yo conozco a los gobernantes de ese país, y te prohibo que hagas con ellos cualquier apuesta”.
“Sí, Alteza”, le respondió el ministro.
El rey insistió:
“¡No me conformo con que sólo me digas que sí! ¡Quiero que me obedezcas!”.
“No se preocupe, su majestad. No apostaré con nadie; tiene mi palabra” le aseguró el ministro.

Una vez en ese país, se encontró el ministro con sus gobernantes. éstos le dijeron:
“Nos hemos enterado que tú tienes una joroba debajo de tus ropas”.
“Se equivocan. No soy ni nunca fui jorobado”, afirmó el ministro.
“¡Pues apostemos! ¡A ver quién tiene la razón!” le replicaron.
El ministro recordó lo que le había advertido su rey.
“No, no debo hacer apuestas con nadie”, les dijo.
La oferta no se hizo esperar:
“¡Apostemos un millón de monedas a que tú eres jorobado!”.
El ministro lo pensó más detenidamente: “En realidad, el rey me dijo que no apostara, pero si gano la apuesta (lo que es seguro, porque no soy jorobado), le haré ganar mucho dinero”.
“¡Trato hecho!”. Y luego de sacarse la ropa, agregó: “¿Ya ven? ¡No tengo ninguna joroba, y deben darme el millón de monedas que les gané!”.
Eufórico de alegría, el ministro regresó a su país con el millón de monedas, las cuales se las entregó al rey mientras le contaba lo sucedido. Cuando terminó de hablar, el rey le dijo:
“¡Insensato! ¡Te he advertido que no hicieras ninguna apuesta con ellos!”.
“Pe.. Pero su majestad. Le he hecho ganar a usted mucho dinero”.
“¡No sólo no me has hecho ganar nada, sino que me has hecho perder una fortuna!”.
“¿Por qué? No entiendo”.
“¡Pues por la sencilla razón de que yo aposté con ellos cien millones de monedas, que no te harían sacar la ropa en público! ¡Tu desobediencia me costó nada menos que noventa y nueve millones de monedas!”.

La moraleja, dice Rabí Israel Salanter, es clara: La persona cree que en ciertas ocasiones se puede transgredir las leyes de la Torá para obtener algunos beneficios. Hay que decirle a estas personas que estos supuestos beneficios, Hashem ya los tuvo en cuenta. Y si aún así Hashem los prohibió a través de la Torá, es porque no son beneficios, sino perjuicios.
Nosotros, fieles hijos de Hashem, debemos mantener nuestra Torá inamovible; sin agregar ni quitarle nada. Porque sabemos que sus palabras son precisas, reales y eternas.

(Gentileza Revista semanal Or Torah, Suscribirse en: ortorah@ciudad.com.ar )

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