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Fela

Extraido de “The Jewish Homemaker” (NY)

EN AUSCHWITZ Y MAS ALLA, ELLA ERA `MADRE´. Y SU AMOR SIGNIFICO VIDA.

Descendimos del vagón en Auschwitz, mi madre sujetando estrechamente mi mano y la de mi pequeña hermana. Se aferró a nosotros con tanta fuerza que a los hombre de la SS les costó separarnos.

Recuerdo vivamente la desesperada voz de mi madre. Incluso después de que estuve muy lejos y había sido tragada por la muchedumbre, su voz retumbaba en el aire como el distante eco de un trueno. Esa voz me persiguió durante mucho tiempo.

Yo tenía diez años, y estaba perdida en medio de una gigantesca masa humana de miles de personas que atestaban la plaza central.
Junto a otras mil jóvenes, oscilando en edad entre los dos y los dieciséis años, fui llevada a una enorme barraca de niños: Bloque Número 8.
Durante semanas ninguna de nosotras pudo tocar el alimento que se nos daba; no era apto siquiera para animales.
Gritamos y gemimos, repitiendo la palabra mágica:
“¡Ima!”

No pasó mucho tiempo antes de que el frío, el hambre, la sed, y los appels (formación y llamado por nombres) debilitaron nuestros pequeños corazones físicamente y los inmunizaron emocionalmente.
Nos acostumbramos al demencial estilo de vida de ese infierno llamado Auschwitz, y algunas de nosotras hasta nos volvimos precoces expertas en el arte de la supervivencia. Aprendimos a olfatear y correr tras un único bocado de cáscara de papas; a hurgar en montañas de desperdicios; a rastrear “delicias” entre los cascotes asquerosos; a raspar partículas de alimento adheridas a los ángulo y rajaduras de ollas. Quienes no pudieron aprender estas tácticas, tarde o temprano acabaron en el crematorio.

Una noche me atacó una temperatura sumamente alta, y un ardiente y terrible dolor comenzó a palpitar en mis orejas. Mis secos labios comenzaron a resquebrajarse y a sangrar, y de mis orejas manaba pus. El dolor era insoportable y pensé que perdería mi sano juicio.
Justo entonces vino un llamado a formar:
“¡Appel! ¡Afuera para appel! ¡Que sólo los enfermos queden en las barracas!” Oí este griterío como en medio de un sueño.
Para aquel entonces ya sabíamos qué sucedía al enfermo, pero yo me sentía tan mal que no me importó. Yacía sobre el frío piso y me resigné a mi destino, pensando que cualquier cosa sería mejor que este terrible dolor. Hasta la muerte sería un bienvenido fin… ¡cualquier cosa con tal de librarme de este insoportable dolor!
¡Imale, Imale!…”, suspiré y gemí. Estiré mi mano en dirección a los gritos de mi madre, que todavía resonaban en mis orejas.

Repentinamente un par de ojos grises, inundados de tristeza y compasión, me observaron intensamente desde arriba.
“¡Afuera al appel! ¡Este no es un lugar para estar enferma! ¡Nadie está enfermo aquí!”
“Oh, por favor, ¡déjame!”, supliqué. “No quiero ir, y no me importa… simplemente déjame morir”.
Pero en lugar de dejarme sola, la mujer me alzó con sus poderosos brazos, y dijo furiosamente:
“¡Tienes que vivir! ¿Entiendes?”
Entonces literalmente me empujó afuera.
Esta mujer era Fela, nuestra Blockelteste (supervisora de barraca), responsable de todas las niñas en nuestra “residencia”.

Al final del appel nocturno se nos ordenó regresar a nuestras barracas. Para ese momento ya estábamos medio congeladas.
Fela me llevó como a un bebé a su privado rincón en la punta más lejana de la sala, me colocó sobre su lecho y me dio té caliente. Después de descansar un poco, limpió suavemente la pus de mis orejas, y mientras trabajaba acariciaba mi rasurada cabeza. Entonces me contó su propia infeliz historia.

Fela era una veterana en Auschwitz; había llegado con su madre cuatro inviernos antes. Cuando su madre enfermó y no pudo soportar más el sufrimiento, Fela, con sus propias manos, la había puesto en el camión que llevaba a los enfermos al crematorio.
Ahora Fela me dijo: `Pero ustedes, ustedes son niñas jóvenes. ¡Ustedes deben pelear, deben luchar por sus vidas! Porque algún judío tiene que sobrevivir…”. Ella repitió esto una y otra vez.

A partir de entonces, día tras día, cuidó de mí con la devoción de una madre. Yo no fui la única en verse privilegiada con su atención; Fela se preocupó por todas las niñas de la barraca como si fueran sus propias hijas. De noche, antes de que nos fuéramos a dormir, caminaba de litera en litera, hablando suavemente, besándonos y abrazándonos, haciéndonos prometer que no desesperaríamos, que seguiríamos peleando.

Dos meses después de mi enfermedad fui transferida a otro campo de trabajo, donde sufrí indescriptible angustia y privaciones… es innecesario registrar aquí los detalles de todo lo que sucedió allí. Lo único que puedo decir es que fue en mérito de Fela que sobreviví la guerra, pues sus fuertes ojos grises me siguieron a todos lados y me impidieron derrumbarme.

* * *

El fin de la guerra no llevó nuestros problemas a un cierre mágico, pues nosotros, los jóvenes supervivientes, quedamos huérfanos abandonados, y llevábamos una vida de congoja y soledad. Aunque nada podía compensarnos por la pérdida de nuestras familias, hubo gente que sí trató de ayudarnos. Uno de los más importantes sucesos de nuestras nuevas vidas fue el establecimiento de un hogar para niños en el distrito donde se nos había liberado, y de vez en cuando teníamos pequeñas reuniones festivas allí. Hogares infantiles como esos surgieron espontáneamente en muchos lugares, uno de los innumerables esfuerzos de salvataje que ayudaron a gente de todas las edades a volver a pararse sobre sus pies después de la guerra. En estos hogares uno podía encontrar amigos y recibir comida, pequeños destellos de consuelo en la vacía vida que ahora enfrentábamos una vida que exigía atención a la actividad diaria a pesar del dolor en nuestros corazones.

Por más bien o mal que me sintiera, nunca dejé de pensar en Fela, el alma noble que nos había cuidado tan tiernamente en Auschwitz. Me lamentaba por haber perdido contacto con ella y no saber dónde estaba, o siquiera si todavía estaba viva.

Veinticuatro años habían pasado desde que dejé a Fela. Después de la guerra emigré a Israel y me radiqué en Haifa. Cuando estalló la Guerra de los Seis Días en 1967, mi hijo estudiaba en una Ieshivá en Jerusalén, y yo le rogué que regresara a casa. “¡En tiempos de guerra la familia debe permanecer unida!”, lo presioné, pensando con renovado dolor acerca de mi propia guerra, de la madre que nunca había vuelto a ver.

“Mamá”, dijo mi hijo, “por favor, no insistas, pues no puedo abandonar Jerusalén y justamente porque se trata de una guerra tan terrible. Aquí, en Jerusalén, se necesita a todos, y todos ayudan de cualquier forma que pueden”.
Cuando terminó la guerra, estuve entre los primeros en visitar la liberada ciudad de Jerusalén, y fui derecho a la Ieshivá de mi hijo allí. Mientras pisaba su suelo, me sentí encandilada por el dulce sonido del estudio del Talmud proveniente del edificio. Este melodioso ritmo era una agradable bienvenida.
Mi hijo salió y me recibió con un bendición.
“Mamá”, dijo, “ahora te mostraré nuestra Jerusalén: Jerusalén de Oro”.

Me sentí alborozada.
Por primera vez en mi vida, parada allí afuera del edificio de la Ieshivá, sentí que por esto solo había valido la pena mi lucha por sobrevivir en el infierno Nazi. Estaba tan absorbida por mis pensamientos que por un momento me olvidé de mí misma, y cuando regresé de mi ensueño, noté un par de cansados y tristes grises ojos que me miraban fijamente.
Perdí el habla y quedé congelada en mi lugar. Cuando recobré mi compostura, sólo fui capaz de pronunciar una única palabra:
“¡Fela!…
“Bloque Número Ocho”, susurró ella con voz serena y dulce.

Mi hijo no podía comprender el súbito cambio que se había producido en mí. Nos miró a ambas, aturdido, ignorante de las nebulosas imágenes que corrían por mi mente, de la razón de por qué brotaban lágrimas de sus ojos y de los míos.
Comencé a contar a Fela todo lo que recordaba de aquellos días, y ella simplemente me miró a los ojos asintiendo con comprensión. Entonces nos invitó a su casa.

Fela me contó durante la visita que ella había llegado a Israel después de la liberación y vino a trabajar como enfermera en el Hospital Hadassah aquí, en Jerusalén. Cuando le pregunté por su trabajo, contestó:
“Día y noche cuido a mis hijos”.
“¿Qué clase de hijos?”, pregunté.
“Soldados heridos”, dijo con voz sosegada. “Hoy, todos los soldados heridos son mis hijos…”.

Fela no había cambiado para nada.
Auschwitz no había destruido su hermoso carácter y su profunda compasión por los demás.
Seguía siendo la misma Fela.

Lea Schnap

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