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Familia: un ideal en la Torá

Shaina Sara Handelman : Profesora de Estudios Judaicos e Inglés en la Universidad de Maryland.

“Un judío hoy”, escribió alguien, es quien tiene nietos judíos”. Las palabras pican, quizás más que cualesquiera otras en nuestros dolorosos debates sobre la identidad judía.
Por supuesto, la definición es sólo metafórica.

Innumerables judíos son incapaces de tener niños; otros han elegido no tenerlos. Muchos se han casado fuera de la grey mosaica; otros no están casados por elección, o por destino. Y muchos prefieren ahora, abiertamente, relaciones con miembros de su propio sexo. Raro es, de hecho, el judío que hoy puede albergar la certeza de tener nietos judíos.
No es novedad alguna que los “estilos alternos de vida”, la asimilación, los desafíos a la autoridad judía tradicional y los cambios demográficos han desolado en su conjunto a la familia judía. Ahora uno oye el argumento de que el énfasis judío tradicional en la familia es obsoleto porque excluye de la vida judía a un número significativo de judíos. Algunas feministas afirman que el núcleo familiar tradicional es una institución patriarcal y represiva cuya ideología ha ayudado a excluir a las mujeres de la participación plena en la vida institucional judía. Los homosexuales reclaman la validación de su estilo de vida. Los solteros frecuentemente se sienten heridos y condescendidos por una comunidad que los ve como insatisfechos y adultos no-plenos mientras sigan sin casarse.

El otro lado argumenta que la familia es el fundamento de la vida judía y el garante de la supervivencia judía; que el primer precepto es “sed fructíferos y multiplicáos”; y que los ataques a la familia judía no emanan de una profundidad de auténtico compromiso y comprensión judíos sino de una ética demasiado occidental de autogratificación y narcicismo. Ser judío no es algo a definirse por cualquier cosa que haga sentir a uno bien y justificado. Los estilos de vida de los judíos no deberían determinar el estilo judío de vida.
Mi objetivo aquí no es enfrascarme directamente en la óptica judía acerca de la homosexualidad (a la que la Torá se opone), en los desafíos del feminismo, o en los problemas de los solteros en la comunidad judía. Pero estas preguntas han despertado en mí una pregunta subyacente más profunda:

Más allá de todo el palabrerío usual, ¿por qué es tan importante la familia en el judaísmo?
Definir a un judío como alguien que tiene nietos judíos –con toda su ironía– me llega como algo conceptualmente profundo. Define al judío en términos de familia — pero no de familia inmediata. Valida no solamente la autorreproducción biológica, sino una continuidad espiritual más allá de lo inmediato y a través del tiempo. El judío no se define por cuán judío él o ella pueden “sentirse”, por cuántas mitzvot (preceptos) pueden cumplir, o por cuánto dinero aportan a las causas de la comunidad, sino por su capacidad de encarnar (literalmente, en hijos) y transmitir judaísmo con tanta vitalidad que esos hijos escogen seguir siendo judíos y pueden, a su vez, pasar esa chispa a sus propios hijos.
“Tres es una jazaká (certeza)”, dice la tradición judía. En otras palabras, sólo cuando algo se ha repetido tres veces, tiene el elemento de certeza, de durabilidad; uno puede confiar en su estabilidad. Los nietos son la tercera generación; confirman el judaísmo de la primera. La transmisión requiere una próxima generación biológica, pero eso no basta; la biología es modelada por la espiritualidad, el ser es impelido hacia el otro, la ceguera del presente hacia una visión del futuro.

Esto no pretende argumentar que la simple supervivencia es todo lo que implica ser judío. Que sólo de eso se trata. No obstante, más allá de todas las razones obvias para nuestro énfasis contemporáneo en la “supervivencia” (la aniquilación de la población judía durante el Holocausto, las continuas amenazas a Israel, la declinante tasa de natalidad y el matrimonio mixto), el judaísmo parece peculiarmente obsesionado con este tema y con la idea de familia desde el principio. ¿Por qué?

Interés de Nuestro Di-s con la Historia.

El Libro de Génesis, por ejemplo, es un libro por entero sobre familias, esposas estériles, rivalidades de hermanos, destrucciones por diluvio y fuego — amenazas constantes al proceso de transmisión y continuidad. Estos temas se narran en parte para demistificar a la naturaleza como una fuerza controladora autónoma y acentuar la idea, entonces revolucionaria, de que un Di-s Unico ejerce el control de ambos, naturaleza e historia.
Y la historia es significativa en el pensamiento judío precisamente porque Di-s se involucra pasionalmente en ella, y no de un modo estático, sin emociones y ahistórico como el dios de los griegos. Así como Di-s, el modelo máximo, Se involucra intensamente con las reyertas de familias desde Caín y Abel hasta los conflictos entre la familia de naciones, así también se involucran hondamente –de hecho, se definen– las heroínas y héroes bíblicos por los problemas de sus propias familias. Las familias son el gran escenario de la pugna espiritual; tanto entonces como ahora, son los paradigmas de la conexión íntima y la ambivalencia intensa. A diferencia de los héroes griegos, los héroes bíblicos no logran identidad y gloria en el combate solitario lejos de sus familias; sus problemas son hondamente domésticos.
No es accidente alguno que la prueba crítica de Avraham fuera precisamente la ordenanza de sacrificar a su hijo… y no ser tentado en el desierto o tener que sacrificarse a sí mismo. Pues el hijo no era suyo solamente, y la crisis no era sólo personal; era colectiva. El llamado a Avraham era para que se volviera una gran nación; no se trataba un pacto privado con una única persona. El judaísmo, a diferencia de otras religiones, no aboga ni promete “salvación” a los individuos. El pacto no se hizo con Avraham solamente, sino con todos sus descendientes, la familia que habría de desarrollarse en la nación que Moshé condujo a Sinaí. Y la revelación Divina en Sinaí, nuevamente, fue colectiva, a todo un pueblo, no a individuos. ¿Es esta obsesión con la familia un resabio de tribalismos primitivos? ¿Es el foco en la supervivencia un resultado de la mentalidad de desierto y las tribulaciones del exilio? ¿Y qué tiene todo esto que ver con nuestra necesidad moderna de individualismo y autodefinición?

La familia es central en el judaísmo, creo, porque es central a las ideas judías de Di-s, la Creación, el pacto, y la historia. La familia biológica nos recuerda que nosotros, como el mundo, somos creados; no somos inevitables, necesariamente autónomos. Somos un efecto del deseo de un otro y, en el mejor de los casos, el deseo de alguien de dar a otro. Tenemos una historia. La creación del mundo, también, es un algo a partir de la nada, un acto de fe y esperanza. Rehusarse a dar a luz a la generación siguiente es rehusarse a continuar la creación de Di-s, y por lo tanto también es rehusarse a vivir en la historia, y así también es negar el pacto. Porque el pacto es colectivo e histórico.

La Torá es una guía y herencia para un pueblo que habría de viajar no apenas en el espacio a la Tierra Prometida, sino en el tiempo, a través de las turbulencias de la historia. La historia — el alboroto físico de este mundo, sus pasiones, sus tentaciones. “La Torá”, como dice el libro de Deuteronomio en un pasaje famoso, “no está en el Cielo”. “Cada descenso”, dicen los místicos judíos, “es con el objeto de un ascenso”. El descenso del alma al incoherente mundo físico, las andanzas de la gente a través del curso de la historia, permiten un gran florecimiento espiritual, y así es que el Talmud comparó al pueblo judío con la aceituna: sólo cuando es prensada, rinde su aceite.

Este mundo, relaciones humanas diarias, son la escena de la acción Divina, tanto por Di-s como por Israel. El mundo no es una alegoría; la espiritualidad no está en alguna otra parte. El judío está abocado a santificar este mundo físico y tiempo histórico mundano. Es por eso que la memoria es tan importante para los judíos: es el santificado y vinculado de pasado, presente y futuro. En el tiempo judío, el pasado recuerda el futuro. La memoria, dijo el Baal Shem Tov, es el secreto de la redención.

Generación: Responsabilidad Judía

Y para decirlo con simplicidad, no hay futuro físico, ninguna historia, sin reproducción física. La familia es la unidad que crea vida y es el agente más poderoso para transmitir la memoria colectiva y personal. Es por eso que hay tanto énfasis puesto en “generación” en la Biblia, por qué enseñar y aprender son tan altamente valorados: porque son actos de transmisión hacia la generación siguiente y de recepción y renovación por parte de aquella… del patrimonio, del don. La amenaza al pacto es que no haya nadie, o esté la persona equivocada, para llevarlo adelante a la historia. Quizás éste sea uno de los significados del famoso Midrash que cuando Di-s estaba a punto de entregar la Torá, pidió garantes que la guardarían; no era suficiente que los judíos mismos prometieran cuidarla. Sólo cuando dijeron “Nuestros hijos serán nuestros garantes”, Di-s aceptó revelarla.

Tal como los hijos fueron prendados antes de que tuvieran cualquier elección en la cuestión, el ser no es una creación aislada, autónoma, totalmente libre, a pesar de los dogmas de la psicología pop americana. La familia es un pacto. Pues en la familia, continuamente se nos recuerda, obliga, involucra, apena, complace y alegra, de y por otros. Estamos en diálogo constante, aun si es enojado. Cierto, uno puede divorciar un esposo o esposa. Pero por más severa que la enajenación pueda ser, el nexo biológico de un niño con el padre es indisoluble. Como Robert Frost dijera una vez: “Hogar es aquel lugar donde, cuando tienes que ir allí, tienen que dejarte entrar”. De esta manera, las relaciones familiares son un microcosmos, terreno de entrenamiento, recordatorio, y promulgación de la tempestuosa e
íntima relación del pueblo judío con Di-s.

¿Por qué, después de todo, somos llamados “hijos” de Israel, “hijos de Di-s”? Los profetas, por supuesto, explotan las plenas implicaciones de estas metáforas: En el libro de Jeremías, Di-s puede airadamente “divorciar” al pueblo judío como su infiel “esposa” que ha hecho de ramera, pero luego clama arrebatadamente por su redención: “Regresad, hijos traviesos”.

La Integridad de los Valores Tradicionales en el Sexo

Así, especularé con que una de las razones de que la tradición judía se oponga a la homosexualidad es que no puede haber una próxima generación de ese tipo de unión — ningún niño biológico; por lo tanto, ninguna historia, ningún futuro, ningún pacto. Ahora bien, por supuesto, la tradición judía sostiene que quien enseña Torá al hijo de otro es como si lo hubiera hecho nacer. Y es un gran valor; pero el judaísmo, a diferencia del cristianismo, no rechaza con la alegoría el mandamiento físico de la Torá y busca salvación en otro mundo. El santo judío ideal no es un asceta, o uno que, como en otras religiones, logra pureza con la distancia de la comunidad, o de las demandas de una familia o el mundo físico. Porque estas pugnas son las pugnas espirituales más profundas. Los secretos de la Cabalá debían ser enseñados sólo a hombres casados. Y la Cabalá misma describe los diversos aspectos del ser místico interior de Di-s (las configuraciones de las sefirot) en términos de metáforas de familia: “padre, madre, hijo, hija”.

Así, la defensa judía tradicional en favor del casamiento, tener hijos y la heterosexualidad, pienso, no debería verse erróneamente como un patriarcado represivo, una intolerancia a los estilos de vida, un tribalismo primitivo, o una ideología anticuada. La tradición judía enseña claramente que un judío es un judío no importa lo que pase, que todo judío es santo, y parte de la comunidad judía. De ninguna manera abogo por la exclusión de la sinagoga o la comunidad judía de aquellos con ópticas alternas. Ni quiero minimizar de cualquier forma el dolor personal que esta posición pudiera ocasionar a los homosexuales. Pero el dolor no es un argumento persuasivo para cambiar.

Nuestro Deber Judío Era y Es Claro

La familia puede ser, de hecho, una institución represiva, como puede serlo cualquier relación que se deforma, pero yo he tratado de argumentar aquí que el concepto judío de familia es diferente y parte absolutamente integral del judaísmo; no es reducible al arreglo social burgués o “estilo de vida”. Es hondamente teológico. Uno es libre para hacer otras elecciones. ¿Pero cuáles serán los terrenos y valores sobre los que se hacen estas elecciones? Pues la libertad para hacer elecciones no debe confundirse con la libertad para redefinir la tradición judía a fin de ajustarla a la propia imagen de uno… teniendo sólo a uno mismo en mente. El definitivo terreno de valor en el judaísmo no es el ser autónomo, sino la personalidad conferida por el hecho de ser y continuar la creación de Di-s y Su pacto.

Alguien me dijo una vez que el tener hijos le hizo relacionarse mucho mejor con Di-s. “¿Cómo es eso?”, pregunté. “Porque ahora comprendo qué es eso de crear algo sobre lo que no tienes control”, me contestó. Esto es irónico y también muy sabio. Tener hijos es, ciertamente, un aspecto de ser hecho a imagen de Di-s. Porque la creación de Di-s como un acto de libre albedrío de Di-s nos confiere libre albedrío y de ese modo hace de nuestras acciones mismas en la historia algo significativo… y hace que la Torá sea nuestra, a ser renovada en cada generación. Un hijo es, al mismo tiempo, uno mismo y totalmente otro. Similarmente, en el proceso de transmisión, la Torá es la misma y otra: totalmente recibida, y también cambiada y ampliada con la novedad de la generación siguiente. Como dice el Talmud: “Hasta las innovaciones que un estudiante brillante enseñará un día frente a su maestro, ya se dieron en Sinaí”.

En este sentido, el escritor latinoamericano Borges dijo que sólo los judíos produjeron nietos, mientras que en la tradición occidental secular de escritos y textos, “Las Noches de Alejandría, Babilonia, Cartago y Memfis, jamás han logrado engendrar un único abuelo”. Aunque nadie lo pueda garantizar, es nuestro deber tratar de asegurarnos que nosotros sí tengamos nietos judíos.



(extraído de Jabad Magazine, www.jabad.org.ar).

 

Shaina Sara Handelman

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