Estudiando
6.Jukat
El Libro de Bamidbar (Números)
+100%-

Estudiando algunos midrashim

Extraido de El Midrash Dice. Edit. Bnei Sholem

Las Leyes de Pará Adumá / La Vaca Roja

En el primero de Nisán, de 2.449, el último Día de Inauguración del Mishkán, Hashem le reveló a Moshé las leyes relativas a las personas impuras que son expulsadas del Campamento y las leyes de pureza de los cohaním. Hashem le enseñó cómo es alcanzada la purificación de los diferentes tipos de impurezas (o por inmersión en una mikvá (pileta de inmersión) o en manantial surgente, y así sucesivamente), así como los sacrificios que consuman el procedimiento de purificación. Cuando Hashem le enseñó a Moshé que un judío se vuelve tamé por tocar un cuerpo muerto, Moshé preguntó, «¿Cómo se purifica de su tumá?»
El Todopoderoso no contestó su pregunta, y el rostro de Moshé se oscureció de pena y vergüenza. (No puede haber más gran dolor para un talmid jajam (erudito de la Torá), cuyo objetivo de vida es perfeccionarse a sí mismo en el conocimiento y cumplimiento en Torá, que ser negado el conocimiento que él busca.)
Más tarde aquel día Hashem resumió el tema, explicándoles a Moshé y a Aarón ,»Si alguien se volvió impuro por contacto con un cadáver, debe ser salpicado con una mezcla especial de agua y cenizas de una vaca roja.»
El Todopoderoso los instruyó en las leyes de la pará adumá:
– La pará adumá es adquirida del tesoro del Beit Hamikdash, de un fondo conteniendo las donaciones anuales de medio shekel de cada judío.
Para calificar como una pará adumá, una vaca debe tener al menos tres años (suficientemente madura para tener cría).
Su color debe ser completamente rojo; aún dos pelos de otro color la descalifican.
El animal también es descalificado si fue alguna vez enjaezado a un yugo, aún si no realizó labor.
Habiendo buscado por todas partes una vaca completamente roja, al Sanhedrín (la Asamblea) le fue finalmente informado que tal vaca era propiedad de cierto no- judío.
Se enviaron delegados para intentar adquirirla.
El propietario dijo, «Por un buen precio estoy dispuesto a vender el animal. Dádme cuatrocientas piezas de oro.»
«Vos las tendréis,» prometieron los jajamím. «Nosotros retornaremos con el dinero.»
Ellos partieron para obtener del Sanhedrín los fondos necesarios. Mientras tanto, no obstante, el no- judío contó a sus amigos acerca de la venta potencial, y descubrió cuán extraordinario y precioso era su animal.
Cuando los delegados retornaron con la suma acordada, el gentil les dijo, «He cambiado de opinión; no vendo mi vaca.»
«Nosotros estamos dispuestos a pagar un precio más alto,» replicaron los jajamím. ¿Queréis otras cinco piezas de oro?»
«No la venderé,» insistió el no- judío.
«Tomád diez piezas de oro más,» ofrecieron ellos.
«Vosotros no podéis tenerla,» repitió él.
«Os pagaremos veinte piezas de oro extra,» dijeron ellos.
«Fuera de la cuestión,» replicó él.
Los miembros del Sanhedrín elevaron su oferta, hasta que el hombre finalmente accedió a la venta por un adicional de cien piezas de oro. ( Algunos dicen, un adicional de mil.)
Los Sabios le dijeron que retornarían con la cantidad total e irían por el animal al día siguiente.
Después de que hubieron partido, el gentil dijo riendo a un vecino, «¿Sabéis vos por qué estos judíos insistieron en adquirir esta vaca particular? Ellos la necesitan para sus ritos religiosos porque nunca fue enjaezada a un yugo. No obstante, les jugaré un pequeño truco.»
Aquella noche el rashá (malvado) tomó su vaca roja, la enjaezó, y aró con ella.
A la mañana siguiente los jajamím retornaron. Antes de pagar, examinaron al animal. Ellos sabían que una vaca que no fue nunca enjaezada a un yugo es reconocible por dos cosas: 1. Dos pelos determinados sobre su cuello están derechos mientras no fueran tocados por un yugo, pero se doblan una vez que un yugo es puesto sobre el animal. 2. Los ojos de un animal no uncido están fijos. Después de que fue uncido parpadean porque el animal tuerce los ojos para ver el yugo.
Esta vaca, inmediatamente se dieron cuenta, tenía los signos de un animal uncido.
«Quedarás con la vaca,» le dijeron al gentil. «Nosotros no la necesitamos.»
Aún la boca blasfema de este rashá reconoció, «Bendito es El Quien escogió esta nación.»
Abatido al perder la fortuna que él podía haber ganado, el gentil se ahorcó.

– El cohén sacrifica la vaca «fuera del Campamento.» Durante los años en el desierto era sacrificada fuera de todos los tres Campamentos, y en el tiempo del Beit Hamikdash sobre el Monte de los Olivos, dado que esta montaña es considerada «fuera de Ierushalaim
El colecta algo de la sangre de la vaca en su mano izquierda, sumerge su índice derecho dentro de ella, y la salpica en la dirección de la entrada al Heijal, la cual él puede ver desde la montaña.
Un fuego es encendido, y el cohén supervisa la quema de la vaca.
Con una cuerda de lana roja ata juntos una vara de cedro y algo de hisopo y pregunta a todos los presentes,
«¿Es ésta una vara de cedro?»
«Sí,» replican ellos.
«¿Es ésta una vara de cedro?» pregunta él una segunda y una tercera vez.
El recibe réplicas afirmativas a las tres preguntas. También pregunta tres veces, «¿Es ésta lana roja?» y se le responde cada vez afirmativamente.
¿Por qué esta ceremonia?
No todos los tipos de hisopo, cedro, y tintura roja son casher para la pará adumá. A menos que todas las especies utilizadas satisfagan requerimientos halájicos (de ley), la mitzvá entera es inválida. De ahí que, el cohén enfatiza que ellas están todas de acuerdo con los mandamientos de la Torá.
Mientras la vaca está ardiendo, el atado conteniendo la vara de cedro y el hisopo es arrojado en su cadaver.
Las cenizas de la vaca son divididas en tres partes: una es colocada en una cierta sección del patio del Beit Hamikdash, donde es preservada a fin de cumplir la mitzvá de que las cenizas de la pará adumá deben ser mantenidas para todas las generaciones. Una segunda parte es dividida entre los grupos de cohaním que sirven en el Mishkán, para estar a mano para purificar a un cohén quien se volvió tamé. La tercera parte es colocada en un lugar en el Monte de los Olivos para la purificación de Benei Israel.
Quienquiera que fue comprometido en la preparación de las cenizas – por ejemplo, la persona que quemó la vaca, quien arrojó el atado dentro del fuego, quien recogió madera, quien tocó o transportó las cenizas – se vuelve tamé.(impuro)
Las cenizas de la vaca son mezcladas con agua fresca de manantial en un utensilio.
Las aguas mezcladas con cenizas de la pará adumá son salpicadas por alguien que está él mismo puro de tumat hamet (impureza por contacto con un muerto) sobre el judío que se purifica. Lo salpica en el tercer y séptimo día de la purificación del individuo. Más aún, durante el séptimo día la persona que está siendo purificada debe sumergirse ella misma en una mikvá para consumar su purificación.
Hasta este día, nueve Vacas Rojas han sido quemadas.
La primera fue preparada por Elazar ben Aarón bajo la supervisión de Moshé en el segundo día de Nisán, de 2.449. (Moshé dirigió los pensamientos apropiados hacia ella, porque Elazar no comprendía sus razones.) Algunas de las cenizas de la pará adumá de Moshé fueron mezcladas con las cenizas de cada una de las posteriores (dado que la vaca de Moshé fue la única preparada con los pensamientos apropiados).
Una bendición descansó sobre la porción de las cenizas de Moshé reservadas para purificación; ellas duraron hasta el tiempo de Ezrá. Bajo la supervisión de Ezrá, una segunda pará adumá fue quemada; una tercera y una cuarta bajo la guía de Shimón HaTzadik, y dos más en el tiempo de Iojanán Cohén Gadol. Desde entonces hasta la destrucción del Segundo Beit Hamikdash tres parot adumot adicionales fueron quemadas. La décima será preparada por Mashíaj, que él venga pronto.

El Fallecimiento de Miriam y la Desaparición del Manantial de Miriam

En el diez del mes de Nisán del cuadragésimo año en el desierto, ocurrió una tragedia nacional. Cuando los judíos arribaron al desierto de Tzin, la hermana de Moshé, Miriam falleció. Ella tenía ciento veinticinco años de edad. Miriam había enseñado y guiado a las mujeres, al igual que Moshé y Aarón habían enseñado a los hombres. Ella fue una de las siete profetisas conocidas. Miriam falleció sin dolor. La Shejiná (Divinidad) se le reveló, de ese modo atrayendo a su alma gozosamente de regreso a su fuente (mitat neshiká).
La narración de la muerte de Miriam sigue a las leyes de la pará adumá (a pesar de que su fallecimiento ocurrió en el cuadragésimo año en el desierto, mientras la pará adumá fue quemada en el segundo año). La Torá yuxtapuso estos dos eventos para enseñar que la muerte de un tzadik (justo) logra expiación para Kelal Israel, así como lo hacen las aguas de la pará adumá.
Tan pronto como Miriam falleció, Hashem provocó que el Manantial de Miriam desapareciera temporariamente, para que Benei Israel se dieran cuenta que su manantial de agua había sido dado en el mérito de Miriam. Así apreciando su grandeza, ellos harían duelo por esta tzadeket (justa) en una manera apropiada.

La generación del desierto recibió tres dones en mérito de sus tres grandes líderes:
En el mérito de Miriam, un manantial
En el mérito de Aarón, Nubes de Gloria
En el mérito de Moshé, el man.

¿Por qué están estos tres líderes asociados con estos particulares dones?
Ellos personificaron los tres pilares que sostienen el mundo- Torá, avodá (servicio), y actos de bondad.
– Moshé fue el dador de la Torá y su maestro por excelencia. Por consiguiente, en su mérito los judíos recibieron el man, cuya entrega diaria aliviaba la necesidad de ganarse la vida y cuya ingestión los asistía en el estudio de Torá.
– Aarón personificó la avodá. Su devoción al Servicio de los sacrificios trajo la Shejiná (Divinidad) a Kelal Israel. Las Nubes de Gloria fueron por lo tanto provistas en su mérito, porque ellas representaban la Shejiná que moraba con el pueblo judío.
– Miriam sobresalió en el tercero de los tres fundamentos, bondad.
Desde su juventud se dedicó al bienestar de su pueblo. Aún como una niña pequeña, asistió a su madre como partera y llevó comida a los pobres.
A causa de su atributo de jesed (bondad), Hashem proveyó a los judíos de agua, una necesidad vital.

Mei Merivá / Moshé y Aarón Pecan en las Aguas de Merivá

Hashem dijo a Moshé, «El pueblo será ahora testigo de un milagro que santificará Mi Nombre. «Reúne a los tzadikím (justos) y grandes personas ante la roca de la cual el agua fluía mientras Miriam estaba viva. Mándale proveer a los judíos de agua una vez más.
«Mientras estés parado con la santa congregación frente a la roca, enséñales a ellos una halajá (ley judía) o un pasaje de Torá. Luego ordena a la roca emitir agua. El mérito del estudio de Torá comunal causará que produzca agua, como hizo en el mérito de Miriam.» «Más aún, todos aquellos que atestiguen el milagro aprenderán la gran lección de que, `Si aún una dura roca obedientemente se vuelve un manantial a instancias de Hashem, nosotros los judíos estamos ciertamente obligados a obedecer a Hashem con felicidad y buena voluntad (¡y no porque nos sentimos compelidos a servirlo a El!)»
Hashem había advertido a Moshé llevar sólo a los tzadikím a la roca, pero Moshé (quien deseaba que todos vieran el milagro) reunió a la congregación entera de grandes a pequeños, incluyendo aún a los erev rav. Un milagro permitió a todo el pueblo pararse directamente delante de la roca, a pesar de que el área era demasiado pequeña para contener a todos.
A algunos de entre los erev rav se les escuchó burlarse, «¿Quién dice que Ben- Amram realizará un verdadero milagro? Debe haber una razón por la que él está determinado a dirigir la palabra a una roca particular. Quizás él sabe que la roca contiene humedad y puede por consiguiente producir agua. Moshé solía ser un pastor y está familiarizado con diferentes tipos de minerales. ¡Veamos si puede realizar esta hazaña sobre una roca de nuestra propia elección!»
La mofa de los burlones hizo impresión sobre el pueblo, llevándolo a dispersarse en todas direcciones. El jefe de cada Tribu alzó una piedra y demandó, «Moshé, ¡nosotros queremos agua de esta roca!»
Los erev rav proclamaron, «¡A menos que nos des agua de la roca de nuestra elección, no queremos nada en absoluto!»
Moshé estaba extremadamente afligido. El había esperado estudiar Torá junto a una solemne reunión de judíos delante de la roca. Ellos entonces experimentarían por medio del impactante milagro que su estudio de Torá tenía el poder para cambiar las mismas leyes de la naturaleza. En lugar de ello, él encaraba a una multitud de burlones que cuestionaba si un milagro real estaba a punto de suceder.
Más aún, Moshé se dio cuenta de que la Shejiná (Divinidad) estaba ausente. (En la primera ocasión, cuando se le mandó golpear la roca en Refidím, él había percibido la Shejiná.) La mofa del pueblo había causado a la Shejiná partir.
Moshé estaba inseguro de cómo proceder. La atmósfera no era conducente al estudio de Torá. ¿Cómo podía él enseñar a un pueblo que se rebelaba contra su maestro? ¿Y qué roca debía él escoger? ¿Debería ignorar la demanda del pueblo y traer agua del verdadero Manantial de Miriam? Si fuera así, los erev rav alegarían que él no realizó un genuino milagro. ¿O debería acceder a realizar el milagro por medio de una roca diferente? Si así fuera, él podría ser culpable de transgredir el mandamiento de Hashem. Más aún, Hashem podría juzgar al pueblo indigno de recibir agua de una roca diferente.
Moshé decidió que él debía reprochar incisivamente al pueblo por desafiar descaradamente a su rebe. Se dirigió a ellos estrictamente, «¡Oíd ahora, vosotros rebeldes y tontos! ¿Por qué vosotros pensáis que vuestro entendimiento es más grande que el de vuestro maestro?»
Al comienzo del liderazgo de Moshé, el Todopoderoso le había advertido en contra de encolerizarse con los judíos. Moshé se había guardado siempre a sí mismo cuidadosamente del enojo, no importaba cuán grandemente él fuera provocado. No obstante, ahora su reproche, a pesar de ser dicho para el beneficio del pueblo, traicionaba un sutil grado de enojo. Hashem no lo perdonó por esto.

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